22
La reunión del jueves duró cuarenta minutos y en el minuto once se le cayó a todo el mundo la teoría.
Empezó Blázquez, que llevaba nueve días con las cuatro vidas encima de la mesa y tenía cara de haber dormido en la silla.
—Voy a decir primero lo que no hay, para quitármelo de encima y que no me lo preguntéis luego.
—Repartió tres folios grapados—. Andreu, Balboa, Soler y Reig no se conocen.
No comparten médico de cabecera, ni farmacia, ni gimnasio, ni supermercado, ni aplicación de citas, ni compañía de la luz.
Dos usan el mismo banco, que es el banco de media España.
No coinciden en aficiones, ni en horarios, ni en barrio.
Andreu vive en Prosperidad, Balboa en Carabanchel, Soler en Tetuán y Reig en Vallecas.
—Espera —dijo Ulloa—. ¿Reig?
—A eso voy.
Sanabria levantó la vista de la tablet.
—Tania Reig, treinta y siete años, Puente de Vallecas. No la habíamos tocado porque no ha denunciado nada. —Blázquez pasó al segundo folio—. Sale en esto.
—¿En qué?
—Vamos por partes. —Blázquez se puso las gafas—. Hemos pedido a las tres el volcado de mensajes y ha aparecido en las tres. Es esto.
Puso una captura en la pantalla.
Era un mensaje directo, enviado desde una cuenta sin foto y con un nombre de usuario de letras y números. Debajo del texto había una imagen adjunta, y la imagen era el retrato de 2010.
Hola. Perdona que te escriba así, no soy un bot y no quiero venderte nada.
Te escribo porque te pareces mucho a Estela Ruano, que fue asesinada en Alcalá en 2010.
Hay un hombre que lleva años buscando mujeres con vuestra cara.
La policía dice que está en la cárcel. No está.
Si ves a este hombre cerca de tu casa, no le abras, no le hables y llama al 091. Perdona otra vez y cuídate.
Vega leyó el mensaje tres veces.
Estaba bien escrito. Esa fue su primera reacción y le dio rabia tenerla: estaba bien escrito, era corto, no pedía nada, no incluía enlaces, se disculpaba dos veces y terminaba con un imperativo útil.
Quien lo había redactado sabía que un mensaje así se borra en tres segundos y había hecho todo lo posible para que no se borrara.
En la sala no dijo nadie nada durante unos segundos.
—Las fechas —dijo Ulloa.
—Ahí está lo bueno. —Blázquez pasó el folio—.
A Paula Andreu le llegó el 2 de marzo. La agredieron el 11 de abril.
A Rocío Balboa, el 9 de marzo; agresión, 22 de mayo.
A Miriam Soler, el 14 de marzo; primer dibujo en el buzón, finales de junio.
—Levantó la vista—. Y a Tania Reig le llegó el 16 de marzo y a Tania Reig no le ha pasado nada. Todavía.
—¿Y a Reig por qué no le ha pasado nada? —dijo Sanabria.
—No lo sé. —Blázquez se encogió de hombros—. A lo mejor porque vive con su hermana. A lo mejor porque todavía no.
—¿Habéis hablado con ella?
—Ayer, por teléfono. —Blázquez miró sus notas—.
Recibió el mensaje en marzo, le pareció una de esas cadenas raras, lo bloqueó y no lo denunció.
Cuando le he dicho que otras tres mujeres recibieron el mismo mensaje y que a las tres les ha pasado algo, se ha quedado callada quince segundos y luego me ha preguntado si podía cambiar la cerradura y si eso lo pagaba alguien.
Ferreras se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa con las dos patillas abiertas.
—A ver si lo he entendido. Alguien les escribió a las cuatro, semanas antes, para avisarlas de que iban a por ellas.
—Alguien les escribió a las cuatro semanas antes —dijo Ulloa—. Lo de avisar es una interpretación.
—¿Y cuál es la otra?
—Que alguien escribió a cuatro mujeres para meterles esa cara en la cabeza. —Ulloa señaló la pantalla—. Y luego las cuatro, o tres de las cuatro, describieron esa cara.
Ruth Colomer, la psicóloga de la unidad, que llevaba media hora sin hablar, se movió en la silla.
—Eso tiene un nombre —dijo—. Y es un nombre feo para un procedimiento.
—Dilo.
—Contaminación de la memoria del testigo por exposición previa.
—Ruth juntó las manos—. Si a una persona le enseñas una cara, le dices que ese hombre puede entrar en su casa y semanas después alguien entra en su casa de noche, en condiciones de mala luz y con el nivel de activación que os podéis imaginar, esa persona va a recordar la cara que le enseñaste.
No porque mienta: porque el cerebro rellena con lo que tiene a mano.
Y lo hará con absoluta sinceridad y con absoluta certeza subjetiva.
Vega tenía la vista en la mesa.
Estaba todo dicho. Estaba dicho por otra persona, con las palabras correctas, sin que ella hubiera tenido que abrir la boca, y encima Ruth Colomer lo estaba diciendo mejor de lo que lo habría dicho ella.
—Vale. —Ferreras se pasó la mano por la cara—. ¿Y entonces qué tenemos? ¿Un retrato que no vale nada?
—Tenemos un retrato del que no podemos fiarnos al cien por cien —dijo Ruth.
—Que es lo mismo dicho más fino.
—Un momento. —Ulloa se puso de pie—. Un momento, que nos estamos yendo a lo cómodo.
Cogió el rotulador y escribió tres cosas en la pizarra.
—Uno. A Miriam Soler alguien la estranguló en su cama.
Dos. A Paula Andreu alguien la dibujó dormida en su sofá el martes y le dejó el dibujo en la cocina el viernes, con la cerradura sin tocar.
Tres. Alguien se llevó todas las fotografías de una casa y la tarjeta de una cámara.
—Golpeó la pizarra—. Todo eso lo hacen unas manos.
Un mensaje directo no entra en casa de nadie.
—Nadie ha dicho eso —empezó Ruth.
—Ya lo sé, y no lo digo por ti. —Ulloa miró a la sala entera—.
Lo digo porque en dos días vamos a estar todos encantados con la teoría de la sugestión.
Es cómoda: si el retrato no vale, no hay que buscar esa cara, y si no hay que buscar esa cara, se acaban las cuatro mil llamadas de gente que ha visto al del dibujo en el autobús.
—Golpeó la pizarra otra vez—. Pero la sugestión explica los retratos y no explica el cadáver. Y a mí me pagan por el cadáver.
Se hizo un silencio corto.
—Yo estoy de acuerdo contigo —dijo Ruth—. Solo añado una cosa, y luego me callo. Si esto sale a la prensa como está, las cuatro mujeres van a leer mañana que su testimonio no vale. Y a mí me van a mandar a hablar con ellas.
—No va a salir —dijo Ferreras.
—Sale todo, comisario. —Ruth recogió su carpeta—. Lo del retrato de Alcalá salió en doce horas.
—¿Cuenta anónima? —dijo Ferreras.
—Sin foto, sin nombre real, con correo desechable y servidor fuera. —Sanabria pasó el dedo por la tablet—. Vamos a necesitar comisión rogatoria y eso son semanas.
—Pues que empiecen hoy.
—Ya está pedido. —Levantó la vista—. Y hay otra vía, que es la fácil: la cuenta ha publicado fotos de dos mujeres con autorización. Si tienen autorización, hablaron con alguien.
—Eso me gusta más. —Ulloa lo apuntó—. Localiza a esas dos mujeres y pregúntales quién las entrevistó.
—Sin foto, sin nombre real, con correo desechable. —Sanabria pasó el dedo por la tablet—. Pero es la misma que lleva diez meses publicando ese retrato en abierto. Se llama «El retrato miente» y tiene mil doscientos seguidores. Lo levantó la perito Navarro hace ocho días.
Todas las cabezas se giraron un cuarto.
—Lo levanté —dijo Vega—. Se lo pasé a la inspectora hace ocho días.
—Y yo se lo pasé a Sanabria y Sanabria tenía otras nueve cosas encima —dijo Ulloa, sin ninguna intención de repartir culpas y repartiéndolas igual—. Eso es mío.
—Pues a partir de hoy es prioridad uno. —Ferreras se levantó—. Ulloa, quiero saber quién es antes del lunes. Con oficio, con juez y con lo que haga falta.
Salieron en fila, con ese ruido de sillas y carpetas que Vega ya asociaba a esa sala. Ferreras se quedó dentro hablando por teléfono con la puerta abierta.
En el pasillo, Ruth Colomer se puso a la altura de Vega.
—¿Tú qué opinas? —dijo—. Del retrato.
Vega miró al frente.
—Que si esas mujeres recibieron esa imagen en marzo, el retrato que hice yo en julio no vale para identificar a nadie.
—Eso pienso yo.
—Ya. —Vega apretó la carpeta contra el costado—. Pero eso lo tiene que decir alguien con muchos datos delante y por escrito. Si lo decimos ahora, en un pasillo, mañana un abogado lo usa para tirar abajo un retrato de hace dieciséis años.
Ruth se paró.
—¿Y sería tan grave?
—No lo sé —dijo Vega, y siguió andando.