El hombre que dibujé 21
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Ulloa había pedido una pizarra, y en aquella casa pedir una pizarra era pedir permiso para que un caso creciera.

—Ya sé lo que estás pensando —dijo Ulloa, sin darse la vuelta—. Que esto parece una serie.

—No he dicho nada.

Se sentaron. Ulloa había estado allí desde las siete y se le notaba en los tres vasos de café alineados en el alféizar, todos con un dedo de líquido frío, porque nunca se terminaba ninguno.

—Te resumo. Arriba lo tienen claro: un imitador.

Y yo lo tendría claro también si no fuera por ese papel doblado en cuatro.

—Golpeó el rotulador contra la palma—. Así que voy a hacer lo que no le gusta a nadie, que es abrir 2010 en paralelo.

No para revisar la condena, que eso no me toca ni de lejos.

Para saber por qué alguien ha decidido, dieciséis años después, señalarnos ese caso con el dedo.

—Eso te lo van a discutir arriba.

—Ya me lo han discutido. —Ulloa se sentó en el borde de la mesa—.

Ferreras me ha dicho, textualmente, que como esto se convierta en una revisión de una condena firme nos comen vivos.

Y tiene razón. Así que no es una revisión.

Es una línea de investigación sobre por qué un homicida de 2026 nos deja en la almohada un recorte de 2010.

—¿Y por dónde empiezas?

—Por lo que puedo tocar. —Ulloa levantó tres dedos—. Quién ha pedido el sumario en dieciséis años. Quién ha visitado a Vidal en dieciséis años. Y cómo se hizo el retrato, que es lo único de aquel caso que aparece también en este.

Vega puso las manos sobre la mesa.

—Sanabria me ha pasado la lista de peticiones —siguió Ulloa—.

Dieciséis años: cuarenta y una. Veintiocho son de prensa, casi todas de los aniversarios, cinco y diez años.

Cuatro de una productora que hizo el documental.

Tres de universidades. Dos de un criminólogo que escribe libros.

Y cuatro particulares que pidieron copia parcial por transparencia, con nombre y DNI, y a los tres los tenemos ya identificados: dos son vecinos del bloque, uno es un jubilado de Guadalajara que pide expedientes de todo tipo desde 2015 y al que ya conocemos en tres comisarías.

—Has dicho cuatro.

—El cuarto pidió por vía electrónica y con un certificado que ya no está activo. Nombre de mujer. Estamos tirando de ahí.

Vega no cambió de postura.

—Y ahora lo tuyo —dijo Ulloa, y se sentó enfrente con la libreta—. Necesito entender cómo se hizo aquel retrato. No para buscarte las cosquillas: para saber qué le puede reprochar un listo de internet.

—Pregunta.

—¿Cuántas horas estuviste con la testigo?

—Tres y diez. Está en la hoja.

—¿Y antes? ¿La habías visto antes?

Vega tenía las manos sobre la mesa y no las movió.

—Hubo una toma de contacto previa, unos días antes, en su domicilio. Se hacía siempre. Se iba, se hablaba con la persona, se veía si podía y en qué condiciones.

—¿Eso está en el expediente?

—No. Una toma de contacto no era una diligencia. —Cada palabra, cierta—. No se documentaba.

—Joder con 2010. —Ulloa lo apuntó—. ¿Hubo grabación de la sesión?

—No.

—¿Se anotaron las láminas que la testigo descartó?

—No.

—¿Había casilla de «ninguna»?

—En la hoja de sesión de entonces, no. —Vega hablaba despacio, con la voz plana de los informes—.

En 2010 no existía protocolo escrito para esto en España.

Cada uno lo hacía como le habían enseñado, y a muchos no nos había enseñado nadie.

La grabación sistemática llegó bastante después, y la casilla de descarte también.

Ulloa lo apuntó y levantó la vista.

—Entonces, técnicamente, hoy no podemos saber si aquella sesión se hizo bien o se hizo mal.

—Técnicamente, no.

—Ya. —Ulloa dejó el bolígrafo—. Bueno. Se hizo bien.

Vega se quedó quieta.

—Digo que se hizo bien —repitió Ulloa, y se echó hacia atrás en la silla— porque el caso lo llevaba tu padre y yo he leído ese sumario dos veces.

Está trabajado hasta debajo de las piedras: hay diligencias que ningún juez había pedido, hay una inspección ocular con croquis a mano que hoy no la hace nadie, hay declaraciones de dieciocho vecinos.

Eso no es un caso mal hecho. Un caso mal hecho tiene doce folios y una detención.

Había un hueco ahí. Vega lo vio como se ve un escalón.

Podía decir: que un caso tenga muchos folios no significa que esté bien hecho; significa que está bien documentado, que es otra cosa. Era verdad, era lo que enseñaba en Ávila y era, además, exactamente el argumento que hacía falta.

—Era muy metódico —dijo.

—Metódico es poco. —Ulloa sonrió a la pizarra—.

Yo lo vi trabajar tres meses y me marcó la carrera.

Y te voy a decir una cosa que a lo mejor te suena rara viniendo de mí: si esto lo hubiera llevado otro, yo ahora estaría mirando el sumario con lupa a ver dónde se torció.

Llevándolo él, lo miro para entender por qué a alguien de fuera le parece que se torció.

—Ya.

—¿Te incomoda que hable de él?

—No. —Vega se oyó decirlo—. Me gusta.

Y era verdad, esa era la parte sucia: le gustaba. Le gustó durante cuatro segundos enteros, como le habría gustado a cualquiera que oye hablar bien de su padre muerto, y en el quinto segundo llegó lo otro, y en el sexto ya estaba mirando la pizarra con cara de estar pensando en el caso.

Se le quedó dentro toda la mañana, como un sabor.

Trabajaron hasta las dos. A las doce y media, Sanabria entró con dos folios y la cara de quien trae poco.

—Del cuarto particular, el del certificado caducado.

—Dejó los folios—. La petición es de octubre del año pasado.

Pidió copia de la sentencia, del acta de la rueda y de la pericial caligráfica, que no sé para qué querría esa.

Nombre de mujer, veintitrés años entonces.

Estamos con el juzgado a ver si nos dan el DNI completo.

—¿Veintitrés años? —Ulloa levantó la vista—. ¿Y qué hace una cría de veintitrés años pidiendo un sumario de 2010?

—Un trabajo de la universidad —dijo Sanabria—. Pasa mucho.

—Pasa mucho. —Ulloa se quedó con los dos folios en la mano un momento más de lo necesario y luego los dejó en la pila—. Vale. A la cola. A la una y media, Ulloa se paró en mitad de una frase, con el dedo en un folio.

—La testigo —dijo—. Rosario Quintana. ¿Vive?

Vega tardó medio segundo.

—No lo sé.

—Rosario Quintana Piera —leyó Ulloa del folio—. Nacida en el 48.

—Setenta y ocho años. —Buscó en el ordenador—. Vive. Y en la misma dirección de 2010, mira tú. —Lo apuntó y rodeó el nombre dos veces—. Voy a tener que hablar con ella. No esta semana, que la tengo llena, pero voy a tener que ir.

—¿Para qué?

—Para preguntarle cómo fue aquella sesión. —Ulloa se encogió de hombros—. Es la única persona viva que estuvo en esa sala aparte de ti.

Vega bajó al aparcamiento a las dos y cuarto.

Estaba abriendo el coche cuando le llegó el sonido de un motor al ralentí, dos filas más allá, con esa vibración baja de los diésel viejos.

Levantó la cabeza por reflejo. Vio un coche oscuro parado en la zona de carga, con las luces cortas puestas a pleno sol, y le pareció que lo conocía de algo, con esa media familiaridad que tienen todos los coches del mundo.

Se metió en el suyo, puso el aire y estuvo dos minutos con las manos en el volante, con el motor en marcha y sin meter la marcha atrás, pensando en Rosario Quintana y en la palabra «días».

Cuando levantó la vista, la zona de carga estaba vacía y la barrera de salida estaba bajando sola, despacio, como baja siempre cuando acaba de pasar alguien.