El hombre que dibujé 20
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Vega salió del trastero a las nueve y veinte de la noche con la transcripción dentro del bolso.

Lo hizo sin decidirlo. Eso fue lo que más le costó reconocer después: que no hubo un momento de deliberación, ni un cálculo, ni una frase interior que dijera me la llevo .

Dobló los cuatro folios por donde ya estaban doblados, se los metió en el bolso entre la agenda y el neceser, cerró la caja de DESPACHO, la subió a su balda y colocó encima la de VARIOS para que quedaran iguales.

Luego apagó la luz, cerró el candado y subió andando los dos pisos de sótano, y en cada tramo se fue diciendo una cosa distinta: que se lo llevaba para leerlo con calma, que se lo llevaba porque en un trastero comunitario no se deja un documento así, que se lo llevaba porque al día siguiente lo pondría encima de la mesa de Ulloa y era mejor tenerlo a mano.

Las tres cosas eran razonables. Ninguna de las tres era la razón.

En el ascensor se miró en el espejo por costumbre y apartó la vista enseguida.

En casa se sirvió un vaso de agua, no lo bebió, y se sentó a la mesa de la cocina con los cuatro folios delante y el móvil al lado.

Los leyó otra vez enteros, con luz decente, y fue peor.

En la penumbra del trastero la transcripción había sido un documento.

En la cocina, con la lámpara encima, volvía a ser una tarde de octubre: se oía a Rosario decir «hijo» cada dos frases, se oía a su padre dar las gracias por el café, se oía a la propia Vega hacer dos preguntas —dos— y las dos eran correctas.

Esa era la parte que no había podido colocar en dieciséis años. Que aquel martes ella lo hizo bien.

En el margen del segundo folio, a bolígrafo azul, había cuatro palabras con la letra de su padre.

No sirve. Volver el lunes.

Vega puso el dedo encima de esas cuatro palabras un rato.

Pensó en llamar a Nacho.

Lo pensó de la manera tonta en que se piensan estas cosas: cogió el móvil, buscó su nombre y tuvo el pulgar encima dos segundos. Su hermano estaría en el sofá, con la tele puesta, contestaría al primer tono y diría dime, jefa .

Y ella tendría que empezar por algún sitio.

En dieciséis años no se lo había preguntado nunca.

Ni una vez. Ni en el entierro de su padre, ni en las cenas de los viernes, ni en las dos borracheras serias que se habían cogido juntos en toda su vida adulta, ni aquel verano en Santander en que Nacho se puso a hablar de la adolescencia y ella cambió de tema con una destreza que le salió sola.

No le había preguntado dónde estuvo la noche del 23 al 24 de octubre de 2010.

No le había preguntado si sabía que su padre lo había visto entrar.

No le había preguntado nada, y él tampoco le había contado nada, y sobre ese silencio de dos personas se habían construido dieciséis años de cenas.

Dejó el móvil en la mesa.

El número de Ulloa estaba el tercero en la lista de recientes.

Lo pensó de verdad. Durante veinte minutos lo pensó en serio, formulando las frases, ensayando el orden: primero la transcripción, luego la ficha de Vidal, luego la oreja. Empezar por lo pequeño e ir subiendo. O empezar por lo grande y sostener el silencio.

Y en algún punto de esos veinte minutos, sin darse cuenta, la pregunta cambió de forma. Dejó de ser cómo se lo cuento y pasó a ser qué pasa cuando se lo cuente .

Lo que pasaba era esto.

Pasaba que la investigación de Ulloa se detenía en seco y se convertía en otra cosa: en una revisión del caso Ruano, con inspección, con asuntos internos, con un juez de Alcalá jubilado teniendo que explicar un auto de 2011.

Pasaba que su padre, muerto hacía tres años y con una placa en un pasillo de comisaría, se convertía en titular.

Pasaba que ella entraba en un procedimiento penal que iba a durar cuatro años y que iba a terminar donde tenía que terminar.

Y pasaba, sobre todo, que mientras todo eso ocurría —los peritajes, las declaraciones, los meses—, había un hombre entrando en casas de Madrid por las noches.

Ese fue el argumento.

Vega lo vio formarse delante de ella con una claridad casi hermosa, con la limpieza de las cosas que uno necesita creer: que contarlo ahora no salvaba a nadie.

Que Joaquín Vidal llevaba dieciséis años dentro y podía esperar tres semanas más.

Que Paula Andreu y Rocío Balboa, en cambio, no podían esperar nada.

Que lo urgente era el hombre que estaba en la calle, y que ella, precisamente ella, era la única persona de este país que entendía qué relación había entre esa cara y ese dibujo.

Que hacía más falta dentro que fuera.

Había un problema con el argumento y Vega lo vio, porque era buena en su trabajo y porque el problema estaba a la vista.

El argumento decía que lo urgente era el hombre de la calle.

Perfecto. Pero la transcripción que tenía delante no ayudaba a encontrar a ningún hombre en ninguna calle: solo demostraba que el retrato de 2010 se había construido sobre una descripción que no describía a nadie.

Entregarla no ralentizaba la caza. Entregarla solo la ralentizaba a ella.

Se quedó con eso encima de la mesa unos segundos.

Y luego lo colocó donde llevaba dieciséis años colocando las cosas que no encajaban: en la casilla de más adelante.

Cuando el hombre estuviera identificado.

Cuando Paula y Rocío pudieran dormir. Cuando ella pudiera contarlo entero, ordenado, con la cronología hecha y el contexto puesto, y no como una mujer que aparece en una comisaría a las once de la noche con cuatro folios doblados sacados del trastero de su padre muerto.

Se levantó, buscó una carpeta de plástico, metió los cuatro folios y la guardó en el archivador del estudio, en la letra R, detrás de la reproducción buena del retrato de 2010.

Las dos cosas quedaron en la misma carpeta, separadas por una hoja de seda.

Antes de escribir a nadie, hizo una última cosa que después no supo explicar.

Fue al estudio, sacó de la carpeta la reproducción buena del retrato de 2010 y la puso en el tablero. Encendió el flexo. Cogió la lupa de mango.

Y esta vez sí miró la oreja izquierda, durante unos cinco segundos, sin regla, sin medir, sin comparar, como se mira una cicatriz propia en el espejo del baño.

Seguía donde ella la había dejado.

Apagó el flexo.

A las once menos cuarto le escribió a Ulloa.

Mañana te veo. Se me ha ocurrido algo con la lista de Sanabria.

Ulloa contestó a los tres minutos.

¿Qué lista?

La de quién ha pedido el sumario Ruano en dieciséis años. Prensa, universidades, documentalistas. Si alguien de fuera reconstruyó el caso con ese nivel de detalle, tuvo que pedir papeles. Y si pidió papeles, dejó nombre.

Eso lo tiene en cola desde el jueves.

Que me lo pase a mí. Yo sé qué buscar en esos expedientes y él no. Yo sé qué se pide cuando se quiere reconstruir un retrato.

Los tres puntos suspensivos aparecieron y desaparecieron dos veces.

Vale. Mañana a las 9 te lo doy. Y oye: gracias. Sé que esto para ti no es un caso más.

Vega escribió no es un caso más y lo borró. Escribió gracias a ti y lo borró también. Al final mandó un pulgar hacia arriba, que era lo que mandaba siempre que no sabía qué mandar, y dejó el móvil boca abajo sobre la mesa de la cocina.

Se quedó mirando la pared un rato largo, con las manos planas sobre la madera, y notó cómo se le iba asentando dentro una cosa que no era alivio y que se le parecía bastante: la sensación exacta de haber tomado la decisión correcta.

Acababa de colocarse en el centro de la investigación de su propio delito, y lo había hecho con un argumento tan bueno que iba a poder repetírselo durante semanas.

Y todavía tuvo tiempo, antes de acostarse, de pensar en su padre en aquella cocina, con la mano en su nuca, diciéndole que solo le pedía el lunes.

Le había salido igual de bien.