El hombre que dibujé 19
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No llovía. Eso lo recordaba porque siempre que contaba aquel día en clase le salía diciendo que llovía, y no llovía: hacía un frío seco y había sol en la calle Vía Complutense.

Vega había llegado a las dos. Había colocado la mesa, las bandejas, el bloc, dos lápices de grafito blando y una goma moldeable, y había pedido que quitaran el reloj de la pared porque los testigos lo miran.

En la carpeta, debajo de las láminas, llevaba una fotocopia de la ficha policial de Joaquín Vidal Arranz.

No la había pedido. Se la había dado su padre el domingo, doblada en dos, con la frase con la que se dan estas cosas: «Por si te sirve para orientarte».

Vega la había mirado esa noche durante un minuto y medio, en la cocina, después de acostar a la niña, y en ese minuto y medio se había aprendido dos cosas que ya no se podían desaprender: una ceja partida en el tercio medio y un párpado derecho dos milímetros más caído que el izquierdo.

Se acordaba de haber pensado, mientras colocaba las bandejas, que si la mujer no colaboraba no habría retrato, y de que esa idea la había tranquilizado un momento: que a lo mejor la sesión se caía sola y ella no tenía que hacer nada.

Empezó bien. Esa era la parte que más le costaba recordar sin sentir algo físico: empezó bien.

Hizo el rapport, preguntó por el gato, preguntó por la casa, dejó que la mujer hablara veinte minutos de su marido muerto y del descansillo y de la luz que se funde y nadie cambia. Trabajó como se trabaja.

Y luego sacó las bandejas.

—Vamos a mirar formas de cara, Rosario. Usted no me diga nada: búsquelo.

—Hijo, si no le vi la cara.

—Ya lo sé. Pero a veces uno ve más de lo que cree. Mire despacio.

Rosario miró treinta y dos óvalos con las gafas en la punta de la nariz y al final puso el dedo en uno porque hay que poner el dedo en alguno.

—Este, no sé. ¿Este?

—¿Segura o parecida?

—Yo qué sé, hijo.

Vega lo anotó como elección.

En la bandeja de cejas, Rosario pasó las láminas dos veces y dijo que no sabía. Vega esperó. Rosario dijo que no sabía otra vez.

Y entonces Vega hizo la primera cosa.

—A veces hay rasgos que se recuerdan aunque no se recuerde la cara —dijo—. Una cicatriz, una marca. Algo que rompe.

—¿Algo que rompa?

—Una ceja partida, por ejemplo. De esas donde el pelo se interrumpe.

Rosario se quedó pensando con la boca un poco abierta.

—Puede.

—¿Puede que sí o puede que no?

—Puede que sí. —Miró a Vega—. ¿Eso es normal?

—Es bastante común, sí.

Vega dibujó la ceja partida.

Después vino el párpado. Ahí no hizo falta preguntar: bastó con dibujarlo caído y girar el papel a los cincuenta minutos, cuando la mujer ya llevaba una hora colaborando y ya había dicho que sí a tres cosas, porque decir que sí es un músculo y se calienta.

—¿Así?

—Ay, sí. Así tenía la cara.

—¿Sí?

—Sí, sí. Ahora que lo veo, sí.

Ahora que lo veo. Vega escribió el retrato entero sobre esas cuatro palabras y no anotó ni una sola vez la palabra «ninguna» en la hoja de sesión, porque en la hoja de sesión, aquel día, no había casilla de ninguna.

A las cinco y media, Rosario estaba cansada y contenta.

Esa era la otra cosa que Vega llevaba dieciséis años sin poder colocar en ningún sitio: que la mujer se fue contenta.

Que le dio las gracias. Que le dijo que qué manos tenía y que si no le importaba, se llevaba una fotocopia para enseñársela a su hermana.

Vega le dijo que no se podía.

Su padre, desde la puerta, dijo que sí. Dijo, textualmente: «Déjela, mujer, que se lo enseñe a su hermana, que bastante ha hecho». Y le acompañó al pasillo y le pidió a un agente que le sacara una copia en la máquina de la primera planta.

Vega se quedó recogiendo las bandejas y no dijo nada, y esa fue la primera vez en su vida que se quedó recogiendo las bandejas y no dijo nada.

A las seis y veinte el retrato estaba terminado. Estructura correcta, proporciones medidas dos veces, la sombra bajo el pómulo hecha con el canto. Un trabajo impecable de una chica de veinticinco años que sabía dibujar mejor que nadie de su promoción.

Los rasgos que lo identificaban no eran de Rosario Quintana. Eran de un folio doblado en dos que estaba debajo de las láminas.

Y entonces, a las seis y veintidós, con la sala vacía y su padre hablando por teléfono en el pasillo, Vega hizo lo otro.

Miró la puerta. El pasillo estaba vacío y su padre seguía al teléfono, de espaldas, con una mano en la cintura.

Cogió el lápiz y bajó la oreja izquierda.

No un poco. Un centímetro largo por debajo de donde puede estar una oreja humana, con la implantación arrancando por debajo del ángulo de la mandíbula, en una posición que no existe, que no se da, que no aparece en ninguna lámina de ningún catálogo del mundo porque ningún cráneo humano se construye así.

Lo hizo despacio, con el pulso firme, y luego trabajó la sombra alrededor para integrarla y que no cantara a primera vista.

Se apartó del papel y lo miró desde un brazo de distancia, que es como se mira un dibujo terminado.

No cantaba. Había que buscarlo.

Nadie mide una oreja. Todo el mundo mira los ojos, la boca, la nariz. Las orejas se miran cuando alguien decide comprobar un retrato de verdad, con una regla, en una mesa, con las dos imágenes fijadas.

Alguien lo iba a mirar. Un perito de la defensa.

Un forense. Un catedrático de los que se pelean por un milímetro en un artículo.

Alguien, en algún momento de aquel procedimiento largo con quince personas mirando, iba a coger ese dibujo, iba a medir, iba a levantar la cabeza y iba a decir: esto está mal; esta cara no puede existir; ¿de dónde ha salido esta cara?

Y entonces todo se caería solo, sin que ella tuviera que decir nada, sin que nadie le preguntara a su hermano dónde estuvo la noche del 23 al 24, sin que ella tuviera que elegir.

Aquella noche durmió cuatro horas seguidas por primera vez desde el parto.

Aquella misma tarde, mientras Vega recogía las láminas, su padre entró en la sala con la fotocopia todavía caliente de la máquina y se la enseñó desde la puerta.

—Ha quedado muy bien —dijo—. De verdad. Muy bien.

Y Vega, que tenía veinticinco años y llevaba tres meses sin dormir, notó que aquello le gustaba, y esa fue la parte de la que no se le pasó nunca la vergüenza: que le gustó que su padre le dijera que había quedado muy bien.

El 12 de noviembre, el retrato salió en la prensa local. El 15, en dos periódicos nacionales.

El 19, un agente reconoció en él a un vecino del propio edificio y se abrió la línea de investigación sobre Joaquín Vidal Arranz.

El 2 de diciembre, en la rueda, Rosario Quintana señaló al número tres sin dudar. Llevaba tres semanas con una fotocopia del retrato en el bolso, enseñándosela a su hermana.

El día que detuvieron a Joaquín Vidal, Vega estaba dando de comer a la niña en la cocina y se enteró por la radio, y luego su padre la llamó y le dijo cuatro palabras: «Lo tenemos. Gracias, hija».

En marzo de 2011 hubo juicio.

El perito de la defensa era un hombre de sesenta y muchos años con dos periciales al mes que discutió la fiabilidad de la identificación, citó dos estudios y no habló del dibujo, porque el dibujo no era la prueba.

Nadie midió la oreja.

Nadie la midió en el juicio, ni en el recurso, ni en los dos manuales donde el retrato se reprodujo como caso de éxito, ni en el documental de La 2, ni en las jornadas de Salamanca de 2014 donde ella misma lo proyectó a tres metros de alto delante de doscientas personas, ni en ninguna de las clases de Ávila, cada julio, durante dieciséis años.

Nadie la midió nunca.