El hombre que dibujé 18
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Ella tenía veinticinco años y una niña de cuatro meses que solo dormía en brazos.

Su padre la llamó un lunes por la mañana.

—Ha aparecido una chica muerta en Sandoval y Rojas. Veintiún años. —Nunca preguntaba cómo estaba—. Hay una testigo, una vecina. La quiero ver contigo antes de meterla en una sala.

—Papá, tengo a la niña.

—Trae a la niña. Es una señora de sesenta años, le va a encantar.

Fueron el martes 26 por la mañana, con el coche de su padre, que olía a tabaco frío aunque él lo hubiera dejado en el 2002.

Vega se acordaba del portal, del ascensor con espejo, de la mesa camilla con faldas en octubre y del gato viejo encima de la tele.

Se acordaba de que Rosario le cogió a Julia en brazos nada más entrar, sin pedir permiso, con la naturalidad de las mujeres de esa generación, y de que la niña se durmió con ella en doce segundos después de llevar dos meses sin dormirse con nadie.

Y se acordaba de la conversación entera, porque su padre la grabó y luego la pasó a máquina una administrativa de la comisaría, y porque Vega leyó aquella transcripción tres veces en noviembre de 2010 y no la había vuelto a ver hasta esa tarde, en un sótano, con una linterna.

—Cuénteme lo que vio, Rosario, sin prisa.

—Poco, hijo. Yo lo que vi fue poco.

—Vio a un hombre salir del portal.

—Vi salir a un hombre, sí. Yo me levanto al baño a las tantas, que ya no duermo de un tirón desde que se murió mi Paco, y al pasar por el descansillo miré por la ventana, que la tengo ahí al lado, y vi que salía uno y se iba para la esquina andando rápido.

—¿Cómo era?

—Un hombre normal.

—Normal cómo. Alto, bajo.

—Normal. Ni alto ni bajo. Iba oscuro.

—¿Oscuro de piel o de ropa?

—De ropa. Todo oscuro. Yo la cara no se la vi, ¿eh? Que conste. La cara no se la vi.

—¿Nada de la cara?

—Es que no. Estaba oscuro y yo miré un momento. Si le digo otra cosa le miento.

—¿Y si le enseñáramos fotos? —dijo Vega—. A veces con fotos…

—Con fotos peor —contestó su padre, sin mirarla—. Con fotos elige seguro.

Su padre no insistió aquel día. Su padre era muy bueno. Le dio las gracias, se tomó el café, le preguntó por el gato, le dijo que ya la llamarían, y en el ascensor, con Julia en el carro, dijo una sola frase:

—Con esto no vamos a ningún lado.

Vega no volvió a saber del caso durante diez días.

El 5 de noviembre, un viernes, su padre se presentó en su casa a las nueve de la noche, sin avisar, con una bolsa de la pastelería de la esquina que dejó en la encimera sin sacar nada de dentro.

Su madre llevaba dos años muerta. Nacho tenía diecisiete y estaba en su cuarto con la música puesta, como estaba siempre aquel otoño, desde el verano, desde antes.

Julia se había dormido a las ocho y media y se había despertado a las nueve menos cuarto, y Vega la tenía en el hombro izquierdo, dando esos pasos cortos de cocina que dan todas las madres del mundo.

—Siéntate —dijo su padre.

—No puedo sentarme, se despierta.

—Vale.

Se apoyó en la encimera, con las dos manos en el borde, y se quedó un rato mirando el suelo.

—Vamos a hacer el retrato el lunes —dijo—. Con la vecina.

—¿Con Rosario? Papá, esa mujer no vio nada. Te lo dijo tres veces.

—Vio a un hombre salir del portal a las tres y media de la mañana.

—Vio una silueta.

—Vio a un hombre. —Levantó una mano—. Y tenemos a uno en el bloque. Un tal Vidal, primero izquierda, hace el mantenimiento, con una condena de 2005 por darle una paliza a otro en la calle. Vive solo. Dice que estaba durmiendo. No hay quien lo confirme.

—Eso no es nada, papá.

—Ya sé que no es nada. —Su padre seguía mirando el suelo—. Por eso hace falta el retrato.

—¿Y no hay nada más? ¿Nadie ha oído nada, nadie ha visto nada?

—Hay un vecino del segundo que dice que esa noche oyó la televisión de Vidal a las tres.

—Lo dijo sin énfasis, como quien enumera trastos—.

Un señor mayor, con audífono, que se levanta cuatro veces por la noche y que no sabe decir si era el jueves, el sábado o el martes.

Eso no lleva a ningún lado, Vega. Un abogado se lo come en dos preguntas.

—Pero está.

—Está en un folio, en una pila de sesenta folios. —Se apoyó mejor en la encimera—. Como todo.

Vega cambió a la niña de hombro.

—No entiendo qué me estás pidiendo.

Y entonces su padre levantó la cabeza y ella le vio la cara y supo, con esa parte del cuerpo que sabe las cosas antes que la cabeza, que la conversación que estaban teniendo no era la conversación que estaban teniendo.

—Nacho estuvo allí esa noche —dijo.

En la cocina había un grifo que goteaba desde el verano.

—¿Allí dónde?

—En esa calle. En ese portal.

—¿Qué?

—Bajó a las dos y media y volvió a las cuatro y algo. —Hablaba muy despacio, marcando cada palabra, como si las estuviera colocando en una repisa—. Yo estaba levantado. Le vi entrar. Y estaba mal, Vega. Estaba mal de una manera que yo no le había visto nunca.

—Papá.

—Y no me ha contado nada, y yo no se lo he preguntado. —Se pasó la mano por la nuca, ese gesto suyo—. Y ahora hay una chica de veintiún años muerta a dos calles de nuestra casa.

Vega se quedó de pie en mitad de su propia cocina con una niña de cuatro meses dormida encima del hombro.

Nacho aquel otoño. Nacho aquel otoño era un chico de diecisiete años que había dejado el fútbol, que había cambiado de amigos dos veces en un año, que se metía en su cuarto a las siete de la tarde y salía a las once de la noche, y que llevaba desde el verano con una manera nueva de estar en las habitaciones: pegado a la pared, quieto, mirando.

Su madre se había muerto dos años antes. Vega había cargado con eso lo que había podido, y luego había tenido una niña, y luego había dejado de mirar.

—Tiene diecisiete años —dijo su padre.

—Tiene diecisiete años —dijo su padre—. Tiene diecisiete años y una vida entera, y si alguien de la comisaría empieza a tirar de ese hilo, tú sabes lo que va a pasar, porque lo sabes tan bien como yo.

Lo van a coger. Lo van a coger porque estuvo allí, y da igual lo que hiciera o lo que no hiciera, y se lo van a comer entero.

—¿Y si lo hizo?

Fue la única vez en toda la conversación en que su padre subió la voz.

—Es tu hermano.

El grifo goteaba. Julia se removió en el hombro y volvió a quedarse quieta.

—Yo no te estoy pidiendo que inventes nada —dijo él, otra vez bajo, otra vez razonable, otra vez el hombre más razonable del mundo—. Te estoy pidiendo que hagas tu trabajo con esa señora. Nada más. Ella vio a un hombre, tú vas a dibujar a un hombre. Eso es lo que haces.

—Papá.

—Y luego habrá una rueda, y un juez, y un abogado, y quince personas mirando. Yo no puedo decidir nada de eso y tú tampoco. —Cogió la bolsa de la pastelería de la encimera y la volvió a dejar—. Solo te estoy pidiendo el lunes.

Se acercó, le puso la mano en la nuca a su hija, como se la ponía desde que ella tenía seis años, y se quedó así un momento.

—¿Entiendes lo que te pido? —dijo.