El hombre que dibujé 17
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El trastero estaba en el sótano dos, al final de un pasillo con luz de temporizador que se apagaba cada noventa segundos.

Vega bajó el martes por la tarde con una linterna, dos bolsas de basura y la idea concreta de encontrar un cuaderno de espiral con tapas de hule.

Era, técnicamente, una decisión honrada. Duró setenta kilómetros.

El candado estaba duro. Tuvo que darle dos veces con la base de la linterna, y la puerta metálica se abrió con ese ruido de trastero que se oye en todo el sótano.

Lo suyo estaba a la derecha, en las baldas de arriba: cajas de láminas viejas, dos carpetas de tamaño A2, los cursos de los primeros años, un proyector de diapositivas que no funcionaba desde 2011.

Tardó veinte minutos en dar con la caja de 2009-2012 y otros cinco en encontrar el cuaderno, debajo de un fajo de fotocopias de anatomía.

Se sentó en un cubo del revés y lo abrió con la linterna entre los dientes.

Noviembre de 2010 ocupaba tres páginas y media.

Su letra de los veinticinco, apretada, con las horas al margen.

Estaba la sesión del día 8: hora de entrada, hora de salida, la lista de bandejas, tres números de lámina rechazados, una nota sobre la luz de la sala.

Estaba el día 9: dos líneas sobre el paso a limpio.

Estaba el 12: nada, una lista de la compra.

De la primera visita a casa de Rosario Quintana no había ni una palabra.

Pasó las hojas hacia atrás y hacia delante dos veces, buscando un hueco, un margen, cualquier cosa. Las páginas eran correlativas y ninguna estaba arrancada.

Se quedó un rato con el cuaderno abierto en las rodillas y la linterna apuntando al suelo.

Ella había ido a casa de aquella mujer. De eso se acordaba con una nitidez de cocina: el piso pequeño, una mesa camilla con faldas en pleno noviembre, un gato viejo, una televisión encendida sin volumen.

Habían estado hablando cuarenta minutos.

Y ella lo había apuntado, porque ella lo apuntaba todo, porque a los veinticinco años apuntaba hasta lo que desayunaba.

O lo apuntó en un folio suelto. En una carpeta. En cualquier sitio menos en el cuaderno.

Se levantó y el temporizador del pasillo se apagó.

Se quedó a oscuras dos segundos, con la linterna apuntando al techo, oyendo el zumbido del cuarto de contadores al otro lado del muro.

Pensó, sin ninguna razón, en el gato de Rosario Quintana encima de la televisión.

Salió a darle al interruptor y volvió.

Cuando volvió a darle a la luz, se quedó mirando el otro lado del trastero, el de la izquierda, donde estaban las cajas que Nacho y Julia habían traído en marzo de la casa de Alcalá.

Eran nueve. Estaban apiladas de tres en tres, rotuladas con rotulador grueso y la letra de su hermano: LIbrOS. LIbrOS. PAPELES. DESPACHO. DESPACHO. COCINA. FOTOS. VARIOS. VARIOS.

Vega no las había abierto. Las había dejado ahí en marzo con la intención sincera de ocuparse de ellas en verano y el verano había llegado con otra cosa dentro.

Antes de bajar ninguna, se fijó en algo sin darle importancia.

La caja de FOTOS estaba precintada con cinta nueva. Las otras ocho llevaban la cinta marrón de embalar de marzo, ya amarilleada por los bordes; esa llevaba una cinta transparente, más estrecha, puesta encima de la otra y en sentido contrario.

Vega la miró tres segundos y siguió.

Nacho había hecho cuatro viajes en marzo, con la niña dando vueltas por la casa vacía y quejándose del polvo, y habían cerrado y abierto cajas varias veces para repartir el peso. Una cinta distinta es una cinta que se acabó a mitad de mudanza.

Bajó la de DESPACHO.

Dentro había lo que hay en el despacho de un inspector jubilado que se murió sin avisar: dos cajas de puros vacías, un cargador de móvil de 2015, un pisapapeles del Cuerpo, un montón de tarjetas de visita sujetas con una goma podrida, tres cuadernos de tapa negra y una carpeta de anillas azul.

También había, al fondo, envuelto en una bolsa de plástico de farmacia, el marco de la mesa de su padre: la foto de los tres en Peñíscola, en el 96, con Nacho de cuatro años a hombros y ella de trece haciendo una mueca. Vega la sacó, la limpió con el pulgar y la volvió a meter en la bolsa.

Los cuadernos eran las libretas de servicio de su padre. Vega las conocía: las llevaba encima siempre, escribía en ellas con bolígrafo azul y letra de médico, y las guardaba cuando se llenaban.

En la caja de PAPELES, que abrió después por curiosidad, había un hueco. Los documentos estaban apilados de canto, apretados, y en el centro quedaba una separación de dos dedos con los folios de alrededor abombados hacia dentro, como quedan los libros cuando sacas uno de una estantería llena.

Vega metió la mano y palpó el fondo. No había nada caído.

Eso también era la mudanza. Nueve cajas, cuatro viajes, dos personas: si al final falta algo, está en otra caja.

Cogió la libreta de arriba y miró la primera página: 2010 .

La abrió por la mitad.

Era su padre entero. Nombres, teléfonos, matrículas, la lista de la compra en medio de un interrogatorio, «llamar a Chelo», dos partidos de fútbol apuntados con el resultado. Fue pasando páginas hacia octubre.

El 20 de octubre. El 21. El 22.

Entre el 22 y el 25 faltaba una hoja.

No estaba cortada con cúter ni doblada: estaba arrancada de un tirón, de arriba abajo, y en el canto quedaba el flequillo de papel roto pegado a la espiral y la marca de presión del bolígrafo sobre la hoja siguiente, esas cuatro rayas fantasma que deja lo que se escribió encima.

Vega se quedó con la libreta abierta y el pulgar en el canto roto.

Pasó la yema por las rayas fantasma de la página siguiente, esas marcas de presión que quedan cuando alguien escribe apoyando fuerte, y le vino de golpe una cosa de niña: ponerle un papel de calco encima y sombrear con un lápiz plano para leer lo que se escribió arriba.

Truco de cría. Además, con dieciséis años de papeles encima ya no quedaría nada legible.

Su padre arrancaba hojas. Lo había hecho toda la vida: arrancaba una hoja para apuntarte una dirección, para dejarte una nota en la nevera, para escribir un número de teléfono en el bar. Aquella libreta debía de tener diez hojas menos por lo menos.

Miró el canto. Contó.

Faltaba esa.

Dejó la libreta encima de la caja y sacó la carpeta de anillas azul.

Dentro había papeles del trabajo, mezclados sin criterio: una circular de 2008, un cuadrante de turnos, la fotocopia de un plano, dos folios de un curso de tráfico.

Y, en el medio, un documento de cuatro folios doblado en tres, con las marcas de haber estado así muchos años.

Lo sacó de la carpeta con dos dedos y notó el papel: cebolla, de aquel que se usaba en las comisarías para las copias y que ya casi no existe. Pesaba nada.

Vega lo desdobló con la linterna en la boca.

Era una transcripción. Encabezado a máquina, con el membrete de la comisaría de Alcalá y una fecha: 26 de octubre de 2010. Trece días antes de la sesión.

Toma de contacto con testigo. R. Q. P. Domicilio de la testigo. Presentes: inspector A. Navarro y colaboradora V. Navarro. Transcripción literal de grabación.

Y debajo, transcritas en estilo directo, con las pausas marcadas entre paréntesis y las preguntas numeradas, cuarenta minutos de conversación con Rosario Quintana que no estaban en el sumario, que no estaban en el índice, que no estaban en ningún expediente del mundo.

Vega se sentó otra vez en el cubo.

La luz del pasillo se apagó y no se levantó a darle.

Leyó a la luz de la linterna, con el papel temblando un poco, y en la tercera respuesta, a la pregunta de si podría reconocer al hombre que había visto salir del portal, estaba escrito lo que Rosario Quintana había dicho de verdad, aquel martes, en su cocina, delante de los dos.

Un hombre normal. No le vi bien. Iba oscuro.