El hombre que dibujé 16
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Ulloa dejó pasar el silencio a propósito. Vega se lo había visto hacer otras veces: esperar tres segundos más de lo normal para que el otro sienta la necesidad de rellenar.

Joaquín no rellenó nada. Se quedó quieto, mirándose las manos, con la paciencia de quien lleva dieciséis años esperando cosas peores que una pausa.

Ulloa abrió por fin la carpeta y sacó dos fotografías.

—Señor Vidal, le voy a enseñar unas imágenes. No son agradables, pero no hay cuerpos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Puso la primera boca arriba y la deslizó por la mesa: el dibujo de una mujer dormida, fotografiado sobre una funda de almohada blanca.

Joaquín lo miró cuatro o cinco segundos.

—¿Esto lo ha hecho el que dicen?

—Sí.

—Dibuja bien —dijo, y lo dijo con el respeto profesional de quien lleva trece años tratando papel—. Eso es carboncillo. Del duro, del que no mancha tanto.

Ulloa deslizó la segunda: la fotocopia doblada en cuatro sobre la misma almohada.

Vega no miró la cara de Joaquín. Le miró las manos, como había dicho que haría.

Las manos no se movieron. Siguieron una encima de otra, quietas, con los pulgares planos. Lo único que hizo fue separar el índice derecho un centímetro de la mesa y volver a bajarlo.

—Ese soy yo —dijo.

—Ese es el retrato de 2010 —dijo Ulloa.

—Ya. Eso he dicho.

El fluorescente zumbaba. Fuera, en el pasillo, alguien arrastró una silla.

—¿Ha muerto alguien? —dijo.

—Sí.

—¿Una mujer?

—Una mujer de treinta y tres años. En su casa.

Joaquín bajó la vista a la mesa y estuvo callado un rato largo, más del que resulta cómodo.

—Lo siento —dijo—. Ya sé que a ustedes eso no les sirve de nada y que lo dice todo el mundo. Pero lo siento.

—¿Quiere que le cuente lo que va a pasar ahora?

—Joaquín se recolocó en el asiento—. Va a salir en la tele que el asesino de Madrid es un imitador mío.

Los que me odian se van a poner contentos porque tienen tema.

Y en la junta de tratamiento de febrero, alguien va a escribir que el interno mantiene una posición conflictiva respecto al hecho, como escribe siempre.

—Se encogió de hombros—. Y eso es todo lo que va a pasar.

—Señor Vidal, ¿dónde estuvo usted la noche del 23 al 24 de octubre de 2010?

—En mi casa. Durmiendo. Solo. —Ni un cambio de ritmo—. Esa respuesta se la he dado a un juez, a dos abogados, a cuatro psicólogos, a una junta cada seis meses y a un chico de una universidad con un cuestionario. Es la misma desde el primer día porque es la única que tengo.

—Nadie la corrobora.

—No. Vivía solo. —Movió una mano un centímetro—. Ustedes tienen la idea de que la gente tiene coartada. La gente no tiene coartada. La gente está en su casa.

—Hábleme de 2005.

—De 2005. —Ahora sí hubo algo: una contracción pequeña en la mandíbula, esa tensión que aparece cuando se toca algo que sigue doliendo por motivos que no son los judiciales—.

En 2005 me di de hostias a la salida de un bar en la calle Libreros con un tío que se había puesto pesado con la chica con la que yo salía entonces.

Le rompí la nariz. Me denunció, me condenaron a una multa y a no acercarme, pagué la multa y no me acerqué. Eso es todo. Doce minutos de mi vida.

—Doce minutos que en 2010 le pusieron en una lista.

—Doce minutos que en 2010 me convirtieron en el vecino con antecedentes. —Levantó la vista—. ¿Sabe cuántos vecinos había en ese bloque? Veintidós pisos. Yo era el único con una hoja.

—Y la huella del pasamanos.

Joaquín se rio. Fue un ruido corto, sin alegría, más una expulsión de aire.

—La escalera la limpiaba yo, inspectora. Los martes y los viernes, de arriba abajo, con la mopa y con la mano en el pasamanos porque si no te matas. —Se miró los dedos—. Encontraron mi huella en mi trabajo. Y eso se lo leyeron a un jurado como si me hubieran pillado saliendo del piso.

—No hubo jurado —dijo Ulloa.

—Pues a los magistrados. Es igual.

Vega llevaba veinte minutos sin decir una palabra.

—Señor Vidal —dijo.

Joaquín giró la cara hacia ella con una lentitud deliberada.

—El retrato que yo hice en 2010 —siguió Vega—, ¿cuándo lo vio usted por primera vez?

—En comisaría. Me lo enseñaron encima de una mesa antes de la rueda.

Ulloa dejó de escribir y levantó el bolígrafo dos centímetros del papel, que en ella era el equivalente de dar un puñetazo en la mesa.

—¿Antes de la rueda? —dijo Vega.

—Antes de la rueda, sí. Un señor de paisano me lo puso delante y me dijo: «Joaquín, mira, ¿tú qué me dices de esto?

». Y yo dije que no me parecía a eso. Y él dijo que ya.

—Volvió a poner las manos como las tenía—.

Eso lo declaró mi abogado en el juicio. Está en algún papel de esos que tienen ustedes.

No sirvió de nada porque yo no soy la testigo.

A mí me lo pueden enseñar todas las veces que quieran.

Vega se quedó con la vista en la mesa atornillada.

—¿Y a la testigo? —dijo.

—Eso pregúnteselo a ella. —Joaquín se rascó el dorso de una mano con dos dedos—.

Mire, yo de leyes no sé. Aprendí lo justo en la biblioteca de aquí, y lo aprendí tarde.

Pero hay una cosa que a mí me la explicó un chaval de Barcelona que estuvo dos años en mi módulo y que había sido abogado antes de meter la mano donde no debía.

Me dijo: «Joaquín, a ti no te condenó el dibujo. Te condenó el orden.»

—¿El orden?

—El orden en que le enseñaron las cosas a la señora. —Levantó las dos manos, las puso una delante de otra y las cambió de sitio—. Primero el dibujo. Luego yo. Si es al revés, dijo él, a lo mejor no estoy aquí. Y como fue así, aquí estoy.

Vega tenía las manos debajo de la mesa.

—¿Y usted le guarda rencor a la testigo?

Joaquín se lo pensó de verdad. Fue la única pregunta de la mañana que se pensó.

—Al principio sí. Los tres o cuatro primeros años, mucho.

—Movió la cabeza—. Luego me enteré de que tenía sesenta y dos años y de que le habían enseñado un papel, y ya no.

A una señora de sesenta y dos años le enseñas un papel y le dices que es el asesino de la chica del tercero, y esa señora se lleva ese papel a la cama. Yo también me lo llevaría.

Ulloa cerró la carpeta.

—Una última cosa y le dejamos. ¿Recibe usted visitas?

—No.

—¿Ninguna?

—Tuve. —Por primera vez, algo se le movió por dentro y se le notó en la garganta—. Mi hija venía. Desde que tenía dieciocho años vino todos los meses, hasta el año pasado.

—¿Y qué pasó el año pasado?

—Que se murió su madre. —Joaquín miró la ventana alta con la reja—. Y a los tres o cuatro meses vino un sábado y la vi rara. Con una carpeta. Traía papeles, y hablaba de mi caso, y de un abogado nuevo, y de que iba a hacer no sé qué. —Movió la cabeza despacio—. Y yo le dije que no volviera.

—¿Le dijo que no volviera?

—Le dije: no vuelvas. Búscate una vida. Yo aquí estoy y de aquí no me saca nadie, y tú te vas a gastar la tuya viniendo a esta sala. —Se pasó la lengua por el labio—. Se levantó y se fue sin decir nada. No ha vuelto.

—¿Y usted cómo se quedó?

—Yo me quedé bien —dijo Joaquín—. Mejor así.

Lo dijo mirando la mesa, y a Vega, que llevaba veinte años leyendo caras para ganarse la vida, le bastó ese medio segundo para saber que era la única mentira que aquel hombre había dicho en toda la mañana.

El funcionario abrió la puerta y dijo el nombre.

Joaquín se levantó con la lentitud del que lleva dieciséis años levantándose cuando le dicen. Ya en el umbral, con la mano del funcionario en el marco, se giró.

—Señora Navarro.

Vega levantó la cabeza.

—Cuando salga usted de aquí, va a hacer otro dibujo de ese hombre. —No había amenaza; había cálculo, como quien avisa de una gotera—. Hágalo bien.

Y se fue por el pasillo con el funcionario detrás.