15
—A Estremera no vas sola —dijo Nacho.
—Voy con la inspectora.
—La inspectora va en su coche y a su hora y tiene su trabajo. —Se oía el tráfico de fondo, el manos libres—. Yo te llevo, te espero fuera, y a la vuelta paramos a comer en un sitio que conozco en Arganda que hace unas croquetas que te vas a querer casar.
—Nacho, es una hora de coche.
—Es una hora de coche que no tengo que trabajar porque el lunes tengo el estudio cerrado. —Una pausa—. Vega, llevas diez días con esa voz.
—¿Qué voz?
—Esa. —Otra pausa—. Que te llevo, joder. Déjame llevarte.
El lunes salieron a las ocho y media. Nacho llegó a buscarla con dos cafés de máquina en el portavasos y un croissant en una bolsa de papel que le puso en las rodillas sin decir nada.
Conducía como conducía siempre, con una mano y el codo en la ventanilla, y puso la radio en una emisora de música vieja que a Vega le ponía de los nervios y que no apagó.
Hablaron de cosas normales durante cincuenta minutos: del pago del seguro de la casa de Alcalá, que seguía sin venderse; de que a Julia había que mirarle la vista porque entrecerraba los ojos con el móvil; de una vecina de Nacho que había puesto un felpudo con un mensaje agresivo.
A la altura del desvío, Nacho bajó la radio.
—¿Puedo preguntarte una cosa sin que me contestes mal?
—Depende.
—Ese hombre al que vas a ver. —Cambió de carril—. ¿Tú crees que lo hizo?
Vega miró la carretera.
—Lo condenó un tribunal.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya sé que no es lo que me has preguntado. —Se apretó el puente de la nariz—. No lo sé. Nunca lo he sabido. Yo hice un dibujo, y a partir de ahí el caso lo llevaron otros.
—Papá.
—Papá y quince personas más.
—Ya. —Nacho puso el intermitente—. Es que si papá lo cerró, estará bien cerrado. Era un plasta insoportable pero para eso era bueno.
—Para eso era bueno —dijo Vega.
El centro penitenciario Madrid VII apareció a la derecha, plano y largo, con los muros color arena y la garita a la entrada. Nacho aparcó en la zona de visitas, entre un Ibiza rojo y una furgoneta de reparto.
—Aquí te espero.
—Puede que tarde dos horas.
—Tengo el móvil, tengo el aire y tengo cuarenta y ocho podcasts que no escucho nunca. —Le apretó el antebrazo dos veces, un gesto que había heredado de su padre y que hacía sin darse cuenta—. Anda, ve. Y come algo cuando salgas, que tienes cara de papel.
Vega salió del coche y se quedó un momento fuera, con la mano en la puerta.
—¿Vega?
—¿Qué?
Nacho se había inclinado sobre el asiento del copiloto para verla desde abajo.
—Que no es tuyo —dijo—. Sea lo que sea lo que te vayas a encontrar ahí dentro. Tú hiciste un dibujo, y de eso hace media vida.
—Ya.
—Pues eso.
Dentro tardaron cuarenta minutos en pasarla: el DNI, el arco, la taquilla para el móvil y las llaves, un formulario, otro arco, un funcionario con una lista y dos puertas que no se abren hasta que se cierra la anterior.
Ulloa la esperaba en el segundo control, con la acreditación colgada y cara de llevar allí un rato.
—Ha aceptado la visita —dijo—. Sin abogado. Se lo he ofrecido dos veces.
—¿Le has dicho por qué?
—Le he dicho que se ha reabierto interés sobre su caso. Ni una palabra de lo de Madrid. Quiero verle la cara cuando se lo digamos.
—Una cosa —dijo Vega, mientras esperaban en el pasillo—. Cuando le enseñes el retrato, déjame verle las manos a mí.
—¿Las manos?
—La cara se controla. Todo el mundo controla la cara: se aprende a los cuatro años. —Vega miró la puerta cerrada del locutorio—. Las manos no. La gente no sabe qué hacer con las manos cuando le enseñas algo que no esperaba.
—¿Eso lo hacéis los dibujantes?
—Eso lo hace cualquiera que se pase la vida mirando a gente asustada.
El locutorio era una sala de tres por cuatro con una mesa atornillada al suelo, cuatro sillas y una ventana alta con reja. Olía a lejía de pino.
Joaquín Vidal entró a las once y diez, acompañado por un funcionario que se quedó fuera, al otro lado del cristal de la puerta.
Vega lo había visto tres veces en su vida, todas en 2010 y todas de lejos: una en la rueda, detrás del espejo; dos en fotografías del atestado.
El hombre que entró no se parecía al retrato.
Fue lo primero que pensó, y lo pensó con una precisión de oficio que le resultó casi obscena en aquella habitación.
La estructura seguía ahí —el maxilar, la implantación del pelo, la distancia interpupilar, que no cambian nunca—, pero encima había dieciséis años.
El tercio inferior se le había vaciado. Tenía el pelo gris y muy corto, la piel de quien no ha tomado el sol de forma seguida, y una manera de sostener los hombros que Vega había visto antes en gente que ha aprendido a ocupar poco sitio.
Un retrato robot de aquel hombre, hecho hoy, no habría servido para identificar al hombre del papel.
Y el hombre del papel llevaba dieciséis años siendo más real que él.
—Siéntese, por favor —dijo Ulloa—. Soy la inspectora Ulloa, del Grupo de Homicidios de Madrid. Ella es Vega Navarro, perito.
Joaquín se sentó. Puso las dos manos sobre la mesa, una encima de la otra, y las dejó ahí.
—Sé quién es —dijo.
No lo dijo con rencor. Lo dijo como se dice el nombre de una calle.
Vega le miró las manos porque era lo único que podía mirar sin que pareciera que estaba haciendo lo que estaba haciendo.
Las tenía grandes, con los pulgares planos y las uñas cortísimas, y los dedos manchados de un gris que no era suciedad: cola, papel, tinta de imprenta vieja.
Manos de taller. Manos que llevaban trece años cosiendo cuadernillos.
—Trabaja en encuadernación —dijo.
—Desde el trece. —Joaquín se miró las manos como si se las hubieran señalado—. Reparamos los libros de la biblioteca y hacemos las carpetas de los cursos. Ahora estamos con unas actas del ayuntamiento de aquí al lado, del siglo pasado, que están hechas polvo.
—¿Y le gusta?
—Es lo mejor que hay aquí. —Volvió a poner las manos como las tenía—. Se tarda mucho en hacerlo bien, y aquí lo que sobra es tiempo.
Ulloa abrió su carpeta y la dejó cerrada encima de la mesa, que era una manera de decir que aquello iba a durar.
—¿Sabe por qué estamos aquí?
—Supongo que porque alguien ha hecho algo y se parece a lo que dicen que hice yo. —Joaquín lo dijo sin ironía, con una lentitud administrativa—. Aquí las visitas raras siempre son por eso.
—¿Le ha visitado alguien más? ¿Periodistas, investigadores, alguien interesado en su caso?
—Hace años vino un chico de una universidad, con un cuestionario. —Se encogió de hombros—. Le dije que sí a todo para salir un rato del módulo.
—¿Y su abogado?
—Mi abogado me llama en febrero y en octubre. —Una pausa—. En febrero para el recurso y en octubre para decirme que no hay recurso.
—Señor Vidal —empezó Ulloa—, hemos venido porque en Madrid se están produciendo unos hechos que…
—Lo he visto en el telediario.
Ulloa se detuvo.
—¿Qué ha visto?
—El dibujo. —Joaquín movió la cabeza un centímetro hacia Vega—. El del jueves. Aquí hay televisión, inspectora. Aquí se ve todo y encima se ve dos veces, porque no hay otra cosa.
En la sala se oía el zumbido del fluorescente.
—¿Y qué pensó cuando lo vio? —dijo Ulloa.
Joaquín tardó en contestar. Miró la mesa, la pared, la ventana alta con la reja. Después giró la cara hacia Vega y la miró de frente por primera vez, sin prisa, recorriéndole la cara como quien comprueba algo que llevaba mucho tiempo queriendo comprobar.
—Que ya éramos dos —dijo.
—¿Perdón?
—Usted lleva dieciséis años dibujándome cada noche. —Volvió a poner las manos como las tenía, una encima de la otra, muy quietas—. Yo también.
Ulloa se movió en la silla y abrió la carpeta.
Vega no la oyó. Estaba mirando al hombre que tenía enfrente, el original, el que había perdido el parecido con su propio retrato mientras el retrato salía en los periódicos, y por primera vez en dieciséis años se le ocurrió una pregunta con la forma exacta de un agujero.
Cuántas veces se puede dibujar una cara antes de que la cara empiece a ser la del dibujo.