El hombre que dibujé 14
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La respuesta de Merche llegó el sábado a las once y diecinueve de la mañana, mientras Vega hacía la compra.

Fue un mensaje de voz de cincuenta y un segundos.

Vio el aviso en la pantalla mientras cogía una lata de tomate, y lo dejó pasar dos veces antes de ponerse el auricular, porque llevaba dos días esperándolo y había aprendido, en veinte años de informes, que las cosas que uno espera mucho conviene abrirlas de pie y en un sitio neutro.

Lo escuchó en el pasillo de las conservas, con el carro parado y una señora esperando a que se apartara.

Vega se quedó de pie en el pasillo.

La señora del carro le pidió permiso dos veces y a la segunda pasó rozándola.

Se quedó con el móvil en la mano y la pantalla apagándose sola.

Había una parte de ella, la profesional, la que llevaba veinte años sentándose delante de gente rota, que ya estaba haciendo lo que hace siempre: separar el dato del ruido, ordenar, buscar la siguiente comprobación. Y había otra parte, más abajo, que solo repetía una cifra.

Dieciséis años. Sin salir. Ni un día.

Salió del supermercado sin la compra. Se sentó en el coche, en el aparcamiento subterráneo, con las manos en el volante, y volvió a escuchar el mensaje entero. Luego lo escuchó una tercera vez, parando en un punto concreto y retrocediendo cinco segundos, dos veces seguidas.

No ha disfrutado ni un permiso ordinario en dieciséis años.

Llamó a Merche.

—¿Estás segura?

—Es lo que hay en el sistema, Vega. No es una interpretación mía.

—¿Ni un fin de semana? ¿Ni una salida programada, ni un ingreso hospitalario, ni un traslado, nada?

—Un traslado sí, en 2014, de Soto a Estremera, en furgón y con dos funcionarios. —Merche hizo una pausa—. ¿Qué pasa?

—Que necesitaba que estuviera fuera.

—Pues no lo está. Y te digo más, porque he leído por encima el último informe de la junta, el de marzo: le han vuelto a denegar.

Con el mismo argumento de hace catorce años.

—Merche bajó la voz—. Es un preso modélico que no va a salir nunca en el régimen ordinario, porque para que lo dejen salir tiene que decir que lo hizo. Y lleva dieciséis años diciendo que no.

Vega miró el techo del aparcamiento, las tuberías pintadas de rojo.

—¿Y su familia? —dijo—. ¿Le visita alguien?

—Espera. —Un tecleo—. Tuvo comunicaciones regulares con una hija durante años, muchas, casi todos los meses. Y se acabaron. —Más tecleo—. La última, en junio del año pasado. Desde entonces, ninguna.

—¿Y eso qué suele significar?

—Puede significar cuarenta cosas. Que la chica se ha cansado, que se ha ido fuera, que se ha muerto alguien, que se han peleado.

—Merche chasqueó la lengua—. O que él le dijo que no volviera.

Eso pasa más de lo que crees. Hay gente aquí dentro que a los diez o doce años empieza a echar a los suyos, uno por uno, porque no soportan que les vean así.

—¿Y él tiene pinta de ser de esos?

—Vega, yo esto lo estoy leyendo en una pantalla. —Un silencio—. Pero llevaba dieciséis años sin fallar un mes. Y de repente, nada.

—Merche, esto que me estás contando…

—Ya sé lo que te estoy contando. —La voz se le puso seca—. Llevo veinte años en esto. Los que dicen que no son de dos tipos, y con los dos tipos hacemos exactamente lo mismo.

Colgaron.

Se quedó otros cinco minutos en el coche, con el motor apagado y el aparcamiento zumbando alrededor.

Dieciséis años. Cinco mil ochocientos cuarenta y tantos días.

Un hombre que se levanta, va al taller de encuadernación, pega lomos, cose cuadernillos, come, sale al patio, vuelve.

Y cada seis meses una junta que le pregunta, con otras palabras, si ya está dispuesto a decir que lo hizo, y cada seis meses el mismo no, que es la única cosa suya que le queda, y que es exactamente lo que lo mantiene dentro.

Un preso modélico que no va a salir nunca porque no se rinde.

Vega llamó a Ulloa desde el mismo sitio, sin arrancar el coche. Descolgó al tercer tono, con ruido de niños detrás y una puerta que se cerraba.

—Ya lo tengo yo también —dijo Ulloa, antes de que preguntara—. Me llegó anoche por el conducto oficial y esta mañana lo he confirmado por teléfono con el centro. Vidal está dentro. Nunca ha salido. Ni un día.

—Ni un día.

—Ni uno. Y ahora dime tú, que eres la técnica, qué hago yo con esto. Porque llevo tres días con una teoría muy cómoda que decía «hay un tío ahí fuera que se parece al del retrato», y esa teoría se sostenía sobre la idea de que el tío del retrato podía estar por ahí.

Vega no contestó enseguida.

Ordenó los datos como llevaba veinte años ordenándolos, en columnas, porque era lo único que sabía hacer con las cosas que no entendía.

Cuatro mujeres. Tres sesiones independientes.

Doce puntos anatómicos comprobados con la reproducción de 2010, doce coincidencias.

Un dibujo dejado en una almohada. Una fotocopia de prensa dejada en otra.

Un hombre que llevaba dieciséis años, cinco mil ochocientos días, sin pisar la calle ni un solo día, porque se negaba a decir que había hecho algo.

Y una cara.

La cara estaba en cuatro casas de Madrid este verano. Estaba en la memoria de tres mujeres que no se conocían. Estaba en un papel doblado en cuatro encima de la almohada de una mujer muerta. Estaba en la portada de tres periódicos.

Y el hombre al que pertenecía llevaba dieciséis años encerrado en Estremera.

—Sonia —dijo Vega, y era la primera vez que la llamaba por el nombre—. Esa cara no puede estar en la calle.

—Ya.

—Es que no es que no debiera. Es que no puede.

—Ya lo sé —dijo Ulloa—. Por eso te he llamado a ti y no a la científica.

Se quedaron las dos calladas, cada una en su coche, en dos aparcamientos distintos de la misma ciudad.

—Voy a ir a verle —dijo Ulloa—. El lunes. Y quiero que vengas.

—¿Para qué me quieres a mí allí?

—Para que le mires la cara. —Ulloa lo dijo sin dramatismo, como quien pide una herramienta—. Tú eres la única persona de este país que sabe lo que hay entre esa cara y ese dibujo. Yo voy a ver a un condenado. Tú vas a ver un original.

Colgaron a la una menos cuarto.

Vega condujo a casa sin la compra y subió los tres pisos sin acordarse de haberlos subido.

Dejó las llaves en el recibidor, entró en el estudio y encendió el flexo de la mesa de dibujo.

Sacó la carpeta del cajón de abajo. Sacó de la letra R la reproducción buena, la de trescientos puntos. Puso las dos láminas encima del tablero, una al lado de la otra, y cortó dos trozos de cinta de carrocero.

La lupa de mango estaba donde estaba siempre.

Fijó la primera lámina por las cuatro esquinas. Alineó la segunda. Cogió la lupa, la levantó y la sostuvo a la altura del papel, con el codo apoyado en el tablero, y se quedó así.

El sábado por la tarde entraba plano por la ventana del estudio y le daba a las dos hojas por el mismo lado.

Sonó el móvil.

Era Ulloa: Confirmada la visita para el lunes a las 11. Hay que estar a las 10 con el DNI. ¿Te va?

Vega escribió sí con la mano izquierda, sin soltar la lupa.

Luego dejó la lupa en la mesa, apagó el flexo y salió del estudio, y por segunda vez en dos días cerró la puerta desde fuera con la sensación exacta de estar cumpliendo un horario.