13
Paula llamó a las siete y cuarto de la mañana del viernes.
—¿Paula?
—Está aquí.
—¿Dónde estás?
—En el descansillo. He salido. Estoy en el descansillo con la vecina. —La voz le salía plana, administrativa, que es como sale cuando el miedo ya lleva un rato instalado—. Vega, ha estado dentro.
Tardó cuarenta minutos en cruzar Madrid. Cuando llegó, había un coche patrulla, dos furgonetas y una periodista en la acera con un cámara detrás.
Ulloa la esperaba en la puerta del piso.
Vega enseñó el carné al agente del portal y subió detrás de un técnico que llevaba el maletín de revelado.
Ulloa la esperaba en la puerta del piso, con las calzas ya puestas y el pelo recogido de cualquier manera.
—Ni un forzamiento —dijo, antes del saludo—. Cerradura nueva, de las buenas, puesta en abril. Bombín intacto. Ventanas cerradas. Y la barra de la ventana del salón, puesta.
—¿Y la puerta del dormitorio?
—Con la silla. —Ulloa la miró—. La silla seguía puesta cuando se despertó. Por dentro.
—¿Y ella cómo está?
—Ella está sentada en un escalón desde las siete menos veinte y no ha querido entrar ni a por la ropa. —Ulloa se apartó para dejar pasar a un técnico—. Se despertó, fue a la cocina a poner la cafetera y se lo encontró.
En la cocina había tres personas de la científica y un olor a café hecho hacía rato.
Sobre la mesa, en el centro exacto, había un dibujo.
Era Paula. Estaba dormida en un sofá, de lado, con una manta hasta el pecho y la cabeza en el reposabrazos, y con el resplandor de una pantalla dándole en la cara: se notaba en cómo estaban trabajadas las luces, todo el modelado hecho desde un solo foco bajo.
Carboncillo sobre el mismo papel grueso. La misma mano.
Los ojos, repasados hasta abrir el papel.
Encima del dibujo, sujetándolo por una esquina, estaba la taza de Paula. La suya. La que ella misma había dejado la noche anterior en el fregadero, según dijo, y que apareció limpia, seca y colocada encima del papel como un pisapapeles.
—Ella duerme en la habitación —dijo Vega.
—Sí.
—Con la silla en la puerta.
—Sí.
—Entonces esto no es de anoche. —Vega se agachó para leer la esquina inferior derecha, sin tocar—. Aquí hay una fecha.
Ulloa se puso las gafas.
—Del martes.
—Del martes. —Vega se enderezó despacio—. Paula se durmió en el sofá con la tele puesta el martes. Él estuvo aquí el martes, la dibujó, se fue, y ha vuelto esta noche a traerlo.
—¿La taza? —dijo Vega.
Una técnica levantó la vista.
—Limpia. Y no limpia de fregada: limpia de pasada con un paño. Tiene restos de fibra en el borde. —Señaló el fregadero con el bolígrafo—. El estropajo está seco. Aquí lo ha secado alguien con un trapo y ese trapo no está.
—O sea, que se lo ha llevado.
—Se lleva cosas. Fotos, tarjetas, trapos. —La técnica se encogió de hombros dentro del mono—. Yo llevo veinte años y esto no lo había visto: normalmente se llevan lo que vale dinero.
En el pasillo, alguien de la científica dijo algo sobre el conducto del aire acondicionado y otro contestó que ni de coña.
Salieron al rellano. Un vecino del cuarto había bajado a preguntar qué pasaba y un agente lo estaba subiendo otra vez con mucha educación.
Encontraron a Paula sentada en el escalón del descansillo, con un pantalón de chándal y una camiseta de dormir, y con la vecina al lado sosteniéndole el codo como se sostiene a alguien que se ha caído en la calle.
—¿Lo has visto? —le dijo a Vega.
—Lo he visto.
—¿Y qué hago?
—Hoy no vuelves a entrar ahí. —Ulloa se agachó a su altura—. Hoy te vienes con nosotros, hacemos la declaración y esta noche duermes en casa de tu madre, en Alicante o donde sea. Yo te llevo a la estación si hace falta.
—El martes vi la tele hasta tarde —dijo Paula, con la mirada en el rellano—. Estaban dando una de esas de médicos. Me dormí en el sofá y me desperté a las cuatro con la manta puesta.
Vega se quedó muy quieta.
—¿Con la manta puesta?
—Yo pensé que me la había echado yo. —Paula lo dijo despacio, como quien lee algo por primera vez—. Uno se echa la manta y se duerme y luego no se acuerda. Eso pensé el miércoles. El miércoles eso me pareció normal.
Ulloa cerró los ojos un segundo.
—Si me voy, gana él.
—Paula.
—Ya sé, ya sé. —Se apretó las rodillas con las manos—. Es que lo dije el lunes en la comisaría. Lo dije delante de todos: que a lo mejor todavía no me tocaba.
Nadie contestó a eso.
Antes de bajar, Vega volvió a entrar en la cocina.
El dibujo seguía sobre la mesa, dentro de una bolsa de pruebas transparente, con la etiqueta ya rellenada. Se agachó hasta ponerse a su altura, con las manos en las rodillas, y lo miró como se mira un trabajo ajeno.
Estaba hecho deprisa. Menos de media hora, quizá veinte minutos, con el papel apoyado en algo que no era una mesa, porque en el borde inferior había una curvatura del trazo que solo aparece cuando se dibuja sobre el propio muslo.
La luz de la pantalla estaba resuelta con oficio: un único foco bajo, las sombras remontando hacia arriba, el mentón iluminado por debajo.
Y los ojos, otra vez, machacados hasta romper la fibra. En un dibujo de veinte minutos, alguien había gastado la mitad del tiempo en dos centímetros cuadrados.
—¿Ves algo? —dijo Ulloa desde la puerta.
—Que dibuja muy bien y que los ojos no le salen.
—¿Eso significa algo?
—Significa que le importan mucho.
Abajo, en la calle, la periodista había conseguido que el conserje del edificio de enfrente le dijera algo delante de la cámara, y a mediodía la palabra acosador estaba en todos los informativos con el retrato al lado.
A la una, el vídeo de un vecino grabando el portal tenía sesenta mil reproducciones.
A las dos, dos tertulianos discutían en directo sobre si la Policía había tardado tres meses en unir tres denuncias, que era exactamente lo que había pasado.
En la comisaría, a las cinco de la tarde, Ulloa cerró la puerta de su despacho de un empujón con el pie.
—Vale. Se acabó. —Puso las tres carpetas sobre la mesa, una al lado de otra—. Andreu, Balboa, Soler. Quiero saber cómo las elige, y lo quiero para mañana.
—No se conocen —dijo Sanabria.
—Ya sé que no se conocen. —Ulloa golpeó las carpetas con dos dedos—.
Nadie elige a cuatro mujeres de cuatro distritos al azar.
Nadie. Un tío que entra en casas ajenas sin forzar una cerradura, que sabe qué noche duerme cada una en el sofá, que vuelve dos veces, ese tío no va probando puertas.
Las ha mirado antes. Semanas antes. Y si las ha mirado, en algún sitio se ha cruzado con ellas, aunque sea con una pantalla de por medio.
—¿Redes?
—Redes, aplicaciones, compras, gimnasios, farmacias, la puta lotería del barrio. —Se quitó la chaqueta—. Todo. Y desde hoy, protección para Andreu y Balboa, que ya tengo la amenaza concreta que me faltaba y me la ha traído él en una mesa de cocina.
—Y una cosa más —dijo Ulloa, ya con la mano en el pomo—. A partir de hoy, todo lo que llegue de este caso pasa por mí antes que por el jefe. Todo. Si alguien de esta casa habla con un periodista, se va a la calle, y lo digo en serio y lo he dicho arriba.
—Nadie ha hablado con nadie —dijo Sanabria.
—Alguien ha hablado. Lo del retrato de Alcalá lo teníamos el jueves a las once de la mañana en una sala de reuniones y salió publicado el jueves por la noche. —Abrió la puerta—. Y esto, señores, se acaba de convertir en un caso que va a mirar todo el mundo.
Vega salió a las siete.
En el aparcamiento, mientras buscaba las llaves, se acordó de la pregunta que Paula le había hecho en el descansillo, después de todo lo demás, en voz muy baja, cuando ya se llevaban a la vecina.
¿Por qué a mí no me mató?
Y de que no había sabido contestar.