12
El jueves su nombre salió en tres periódicos.
A las nueve y cuarto tenía once llamadas perdidas. A las diez, veintitrés.
Julia le mandó una foto de la página del periódico, hecha en el quiosco de al lado del instituto, con un solo mensaje debajo: mamá?????
Vega le contestó que estaba todo bien, que era su trabajo de hace años y que no pasaba nada, y Julia le puso un corazón y después, dos minutos más tarde, pero si sales en el periódico es que sí pasa algo , y Vega no supo qué responder a eso y se metió en la ducha.
Nacho llamó a las diez y veinte.
—Estás en el Marca —dijo.
—No estoy en el Marca.
—Estás en el de al lado del Marca. —Se le oía en la calle—. Oye, ¿esto es malo? Digo para ti, en tu trabajo.
—Es incómodo. No es malo.
—Vale. Porque si es malo me lo dices y yo qué sé, hago algo.
—¿El qué vas a hacer tú?
—Ni idea. Algo. —Se rio—. Cuídate. Y come.
Se encerró en el estudio con el móvil boca abajo y llamó a Merche Ibarra,
Se encerró en el estudio con el móvil boca abajo y llamó a Merche Ibarra, que había sido jurista en Soto del Real, que ahora estaba en Servicios Centrales y con la que Vega había compartido tres cursos y dos borracheras en catorce años.
—Anda, la famosa —dijo Merche.
—No empieces.
—Es que me lo ha enseñado mi cuñado esta mañana. Mi cuñado, Vega. El que no lee. Me ha mandado la foto del periódico con un «¿esta no es tu amiga?» y tres signos de exclamación.
—Necesito una cosa y no te la puedo pedir por escrito, y si no puedes, me lo dices y no pasa nada. —Vega se apoyó en la mesa de dibujo—. Joaquín Vidal Arranz, condenado en 2011 por el caso Ruano. Quiero saber en qué situación está.
Hubo un silencio corto.
—¿En qué situación en qué sentido?
—En el sentido de si está fuera.
—¿Fuera fuera?
—Merche, lleva dieciséis años dentro de una condena de veinte.
—Vega hablaba deprisa, con la lógica ordenada, casi impaciente—.
Con dos tercios cumplidos, sin conflictividad, con edad, tiene que estar en tercer grado desde hace años.
Puede que en libertad condicional. Lo que quiero saber es desde cuándo y con qué régimen de salidas.
—Ya. —Merche tecleaba—. Vega, esto no te lo puedo mirar yo así como así, que hay un protocolo y hay una ley y me la sé de memoria. Te lo tiene que pedir la Policía Judicial por el conducto, y el conducto tarda.
—Ya lo va a pedir la inspectora. Yo lo que quiero es una idea.
—Una idea. —Merche dejó de teclear—. Te doy una idea general y no me cites: la mayoría de esos, con dieciséis de veinte, están fuera. La mayoría. Pero no todos, y en los que no lo están el motivo siempre es el mismo y no es la conducta.
—¿Cuál es?
—Que hay una casilla en el informe de tratamiento que se llama, más o menos, asunción del hecho. —Lo dijo con un cansancio antiguo—. Si no la marcas, no hay pronóstico favorable. Y si no hay pronóstico, no hay permiso, no hay tercer grado y no hay condicional.
—O sea que quien no confiesa, no sale.
—Quien no reconoce, no sale. Que suena distinto y es lo mismo. —Un ruido de silla—. Oye, ¿esto es por lo del periódico?
—Es por lo del periódico.
—Pues te lo miro y te llamo. Dame dos o tres días, que lo tengo que pedir con una excusa decente.
—Merche.
—Dime.
—Si estuviera fuera, ¿lo sabría alguien? —Vega se oyó a sí misma y le pareció una pregunta de aficionada—. Digo si sale en algún sitio público. Si un periodista lo puede saber.
—Un periodista no, salvo que se lo cuente alguien de dentro. La familia sí, claro. El juzgado de vigilancia, la víctima si se personó en su día. —Merche hizo una pausa—. ¿Por qué?
—Por nada. Por saber quién tiene el dato antes que yo.
—Todo el mundo tiene el dato antes que tú, bonita. Tú eres la que hizo el dibujo, no la que lleva el caso. —Se le suavizó la voz—. Oye, ¿estás bien?
—Estoy bien.
—Vale. Pues come algo, que os conozco.
Colgaron a las once menos veinte.
Vega se quedó en el estudio, de pie, mirando la mesa de dibujo, que estaba vacía y limpia porque llevaba una semana sin trabajar en ella.
En el cajón de abajo estaba la carpeta con el retrato nuevo, con su hoja de seda. En el archivador de la pared, en la letra R, estaba la reproducción buena del de 2010, la de trescientos puntos, la que le había pedido al ministerio hacía años para una ponencia.
Las dos cosas estaban a metro y medio de distancia, y encima de la mesa había una lupa de mango con una lente de sesenta milímetros que su padre le había regalado cuando aprobó el primer curso.
Serían diez minutos. Sacar las dos láminas, fijarlas con cinta de carrocero, medir la implantación del pabellón izquierdo respecto a la línea de los ojos en las dos y comparar los dos ángulos.
Diez minutos.
Se quedó mirando la mesa un rato largo y luego cerró la puerta del estudio desde fuera.
Dos o tres días. Vale. En dos o tres días tendría el dato, y el dato sería el que tenía que ser: Joaquín Vidal en la calle desde 2019, o 2021, o el año que fuera, con su régimen de salidas y su vida rehecha en algún sitio, y entonces todo aquello sería un caso feo pero normal.
Un hombre condenado por un crimen que se parece a estos crímenes, suelto, con la cara que se parece a esta cara.
Un caso feo pero normal.
Bajó a la calle a por el pan porque necesitaba salir de casa.
En el quiosco de la esquina, los tres periódicos estaban en el expositor con las dos caras a doble columna, y una mujer con carrito de la compra se había parado a mirarlas. Vega la observó desde tres metros: la mujer miró la portada ocho o diez segundos, movió la cabeza y siguió andando.
Ocho segundos. Eso era todo lo que hacía falta.
El móvil vibró otra vez. Número fijo, prefijo de Madrid. Descolgó por agotamiento.
—¿Vega Navarro? Buenos días, soy Álvaro Cifuentes, del Diario de la Tarde . Perdone que la moleste en su móvil.
—¿De dónde ha sacado mi móvil?
—De un compañero. —Ni siquiera fingió apuro—. Serán dos minutos. ¿Ha visto usted el retrato que difundió ayer la Policía?
—Lo he visto.
—¿Y qué le parece el parecido con el suyo del caso Ruano?
—Le voy a decir lo mismo que le he dicho a la Policía, para que lo publique entero o no lo publique.
—Vega habló despacio, escogiendo—. Ese retrato de 2010 lleva dieciséis años circulando por televisiones, periódicos, manuales y comisarías.
Cuando una imagen circula así, entra en la memoria de la gente sin que la gente sepa que la tiene.
Eso, en mi campo, tiene un nombre y una bibliografía.
—Perdone, ¿bibliografía? —El periodista se rio un poco—. Es que esto lo va a leer gente en el autobús.
—Entonces dígalo así: si a cien personas les enseñas una cara mil veces durante dieciséis años, esa cara deja de ser de nadie y pasa a ser de todos.
—O sea, que usted cree que las testigos actuales están contaminadas.
—Yo creo que es una hipótesis que hay que descartar antes que ninguna otra.
—Ya. —Un tecleo rápido al otro lado—. Una última. ¿Usted sigue creyendo que Joaquín Vidal es culpable?
Vega se quedó con la mirada en la mesa vacía.
—Yo nunca dije que Joaquín Vidal fuera culpable —dijo—. Yo dibujé una cara.
Colgó.
Y se quedó quieta, con el móvil en la mano, porque acababa de darse cuenta de que en dieciséis años no había dicho esa frase en voz alta ni una sola vez.