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El expediente Ruano ocupaba cuatro cajas de archivo y olía a sótano.
Se lo subieron a una sala del cuarto el miércoles por la mañana, en un carro de reparto de oficina, con los precintos ya cortados y un albarán que Vega tuvo que firmar por triplicado sin saber muy bien qué estaba firmando. Ulloa llegó con dos cafés y un rotulador.
—Yo empiezo por el atestado y tú por lo tuyo —dijo—. Si algo te chirría, aunque sea una tontería, lo dices.
—Vale.
—Y quiero decir cualquier cosa. Una fecha que no cuadre, un folio mal numerado, lo que sea. Los sumarios viejos están llenos de cosas que en su día no importaban.
Vega abrió la caja uno.
Lo que había dentro lo conocía de memoria y aun así lo leyó entero, en orden, con el rotulador sin destapar. Era su trabajo. Era, además, la única forma de mantener las manos ocupadas.
Estela Ruano Melgar, veintiún años. Estudiante de segundo de Magisterio, de Guadalajara, alquilaba una habitación en un tercero de la calle Cardenal Sandoval y Rojas, en Alcalá.
La encontró su compañera de piso el domingo 24 de octubre de 2010 a las once y media de la mañana, al volver de casa de sus padres.
Estrangulación manual. Sin robo. Sin señales de fuerza en la puerta.
La ventana del patio. Estaba entornada, con el cierre viejo y la madera hinchada, de esas que se quedan encajadas y parecen cerradas sin estarlo. Por ahí se entraba desde la galería del segundo si uno sabía dónde pisar. En el informe había cuatro fotografías del alféizar.
La compañera de piso. Nuria Estévez, veintidós años, había pasado el fin de semana en Guadalajara.
Su declaración ocupaba dos folios y estaba llena de las cosas que dicen los que llegan tarde: que la puerta del piso estaba cerrada con llave, que la mochila de Estela seguía en la silla, que la ventana del patio siempre se quedaba así porque el marco estaba hinchado y llevaban dos años pidiendo que la arreglaran.
El informe de inspección ocular. Doce páginas y un croquis a mano alzada, con las medidas de la galería del segundo y una anotación al margen: acceso posible por persona de complexión media con conocimiento del inmueble .
Vega se detuvo en esa línea más de lo necesario y luego siguió.
La vecina. Rosario Quintana Piera, sesenta y dos años, viuda, primero derecha.
Declaró que la madrugada del sábado al domingo se levantó al baño y, al asomarse a la ventana del descansillo, vio salir del portal a un hombre que caminaba deprisa hacia la esquina.
Dijo la hora aproximada: entre las tres y las cuatro.
Dijo que no le vio bien la cara. Dijo que iba oscuro.
Vega pasó al bloque de sus propios folios.
La sesión. 8 de noviembre de 2010, comisaría de Alcalá, sala de reuniones cedida, quince horas y diez minutos.
Se acordaba del radiador. Se acordaba de que Rosario no soltó el bolso en tres horas y de que llevaba las manos hinchadas por el calor.
Se acordaba de su propio pulso, que le había obligado a parar dos veces a afilar un lápiz que no necesitaba afilarse.
Trabajó como le habían enseñado: volumen antes que detalle, proporción antes que parecido, láminas de reconocimiento antes que descripción.
El óvalo. La mandíbula. El nacimiento del pelo.
La distancia interpupilar respecto a la anchura del cráneo, medida dos veces.
El párpado derecho, dos milímetros más caído, que le costó media hora.
La ceja partida, con el tajo en el tercio medio y el pelo interrumpido, que Rosario buscó y buscó hasta que dio con una lámina que le servía.
El retrato salió a las seis y veinte de la tarde. En la fotocopia del expediente se veía el grafito reducido a manchas, sin las medias tintas, pero la estructura estaba: la que ella había construido con cuatro líneas antes de poner un solo rasgo.
Debajo, la hoja de sesión. Dos folios. Su letra de los veinticinco.
Vega los leyó despacio.
Hora de inicio, hora de fin, cuatro números de lámina, una frase al pie: La testigo manifiesta reconocer el resultado como parecido al varón observado. Y ya.
Se quedó un momento con el folio en la mano.
Ella había anotado más que eso. Estaba casi segura. Recordaba haber apuntado bandejas descartadas, recordaba haber escrito algo sobre la iluminación del descansillo, recordaba el número de una lámina que Rosario rechazó tres veces.
O no lo había apuntado. Con veinticinco años uno cree que se va a acordar de todo y que las hojas de sesión son un trámite; ella misma había tardado años en entender que la hoja no es para el dibujante, es para el juicio.
Entonces nadie se lo había explicado, no había protocolo escrito, no había cámara, no la habría hasta bien entrada la década.
La hoja de sesión de 2010 era un papel que el dibujante archivaba si le apetecía archivarlo.
Lo apuntaba todo en un cuaderno aparte, eso era.
Un cuaderno de espiral con las tapas de hule que llevaba a todas partes aquel año y en el que anotaba lo que no cabía en dos folios: bandejas, rechazos, la hora de las pausas, el estado de la testigo.
Ese cuaderno estaría en alguna caja, en el altillo o en el trastero, con las láminas viejas y los cursos de la época.
Habría que buscarlo. Lo apuntó en un pósit y lo pegó en el borde de la mesa, y el pósit se quedó allí toda la mañana, a la altura de sus ojos, cada vez que levantaba la vista.
Pasó de página.
La primera toma de contacto. No estaba.
Antes de la sesión formal había habido una entrevista previa con Rosario, una conversación de tanteo en el domicilio de la testigo. Se hacían siempre. No figuraba en el índice ni entre los folios. Vega revisó la numeración: era correlativa, sin saltos.
En 2010 aquello no se documentaba. Una toma de contacto no era una diligencia: era ir a casa de una señora, tomarse un café y ver si la señora podía. Nadie levantaba acta de un café.
Cerró esa carpeta y abrió la siguiente.
Joaquín Vidal Arranz, treinta y cuatro años.
Vivía en el primero izquierda del mismo edificio y hacía el mantenimiento y las suplencias de portería en tres bloques de la misma calle.
Antecedente de 2005: una condena leve por lesiones en una pelea a la salida de un bar.
Aquella noche, según su declaración, estaba en su casa, dormido, solo.
La huella. Una parcial de Vidal en el pasamanos de la escalera, en el tramo entre el segundo y el tercero.
En el informe de la científica constaba lo que tenía que constar: que el investigado realizaba tareas de limpieza y mantenimiento en el inmueble y que la presencia de sus huellas en zonas comunes era esperable.
En el escrito de acusación, cuatro meses después, esa misma huella figuraba en un párrafo distinto, junto a la identificación de la testigo, y ahí ya no parecía lo mismo.
Vega releyó los dos párrafos, el de la científica y el de la acusación, uno detrás de otro.
Así se construyen los casos, pensó. No hay nada irregular en subrayar lo que te conviene: para eso hay una defensa.
La rueda. 2 de diciembre de 2010. Cinco varones. Rosario Quintana señaló al número tres, que era Joaquín Vidal, y lo hizo, según el acta, «sin dudar».
El juicio. Marzo de 2011. Veinte años.
Ulloa levantó la cabeza a media mañana con un folio en la mano.
—Oye. La declaración de Vidal.
—¿Qué pasa?
—Que es de dos párrafos. —Lo giró para enseñárselo—. Un tío al que le preguntas dónde estaba la noche de un homicidio y te contesta en cuatro líneas. «En mi domicilio, durmiendo, solo.» Y ya.
—¿Y eso es raro?
—Es raro o es verdad. —Ulloa lo dejó en la pila—. Los que se inventan una coartada la adornan. Los que no tienen ninguna dicen esto.
Vega llegó al final de la caja tres a las dos y media de la tarde, con la espalda dura y los ojos secos, y se quedó mirando el archivador abierto.
En algún punto de aquellas semanas —no sabía cuál, nunca había conseguido situarlo— su padre había aparecido en la puerta de la sala prestada con la mano en el marco, y le había dicho que lo estaba haciendo muy bien.
Ulloa levantó la cabeza al otro lado de la mesa.
—¿Qué tal por ahí?
Vega cerró la carpeta.
—Está todo —dijo.