El hombre que dibujé 10
18%

10

Empezó esa noche, en el sofá, con el ordenador en las rodillas y la falsa sensación de que era un trámite.

Antes de encenderlo hizo lo que llevaba tres días sin hacer: sacó el retrato de la carpeta, lo puso en la mesa baja y lo miró a la distancia a la que se mira un dibujo terminado, que es un brazo entero. El grafito ya había asentado. La proporción aguantaba. Era, técnicamente, un trabajo impecable.

Le dio la vuelta y lo dejó boca abajo antes de abrir el ordenador.

Escribió caso Estela Ruano retrato y le salieron los reportajes de aniversario, la ficha de un documental, dos artículos suyos y una entrada de blog jurídico sobre identificaciones.

Nada nuevo. Lo esperaba: en dieciséis años había hecho esa búsqueda una docena de veces, casi siempre en fechas señaladas, con esa mezcla de pudor y vanidad con la que uno se busca a sí mismo.

Luego buscó la imagen.

Arrastró el archivo del retrato a la caja de búsqueda —el escaneado bueno, el de trescientos puntos, el que guardaba con la hoja de seda— y le dio a intro.

La pantalla se llenó.

No de doce resultados. De páginas.

El retrato aparecía en foros de crímenes reales, en hilos de una red social, en dos canales de vídeo, en un blog con plantilla de 2011 y en cuatro perfiles distintos que lo habían subido en fechas distintas.

Aparecía recortado, ampliado, con el contraste subido hasta perder las medias tintas, con marcas de agua, en blanco y negro y en un tono sepia horrible que alguien había considerado artístico.

En una de las versiones habían reencuadrado tan mal que la proporción del cráneo se había estirado un ocho por ciento largo, y aun así seguía siendo reconocible, porque el reconocimiento facial humano perdona casi todo menos la posición de los rasgos.

Y aparecía, una y otra vez, en la misma cuenta.

El retrato miente.

Vega la abrió.

Y lo primero que pensó, antes que nada, fue una idiotez profesional: que quien llevara aquello sabía tratar una imagen. El retrato estaba subido siempre en la misma resolución, sin comprimir, sin recortar, sin filtros. Alguien que entendía que una reproducción degradada no vale para nada.

La cuenta tenía diez meses. La foto de perfil era el propio dibujo. La descripción decía: Joaquín Vidal, condenado en 2011 por un retrato. Aquí vamos a mirar ese retrato de cerca.

Bajó.

Había ciento y pico publicaciones. Estaban ordenadas, escritas con cuidado, sin faltas, con esa prosa de alguien que ha leído mucho sobre un solo tema.

Había fotografías del portal de Alcalá. Había un plano de la calle.

Había capturas de la sentencia con párrafos subrayados en amarillo.

Había una entrada larguísima, de hacía siete meses, dedicada entera a la rueda de reconocimiento de diciembre de 2010, con una pregunta repetida cuatro veces en negrita: ¿cuándo vio la testigo el retrato por primera vez, antes o después de la rueda?

Vega se descubrió leyendo con la mandíbula apretada.

Bajó más.

Había una entrada sobre ella.

No era un insulto. Habría preferido un insulto.

Era una ficha: su nombre completo, su formación, el año en que empezó a colaborar con la policía, la lista de sus publicaciones, una foto suya de un congreso de Salamanca en la que salía riéndose de algo que había dicho alguien fuera de plano.

Y debajo, un párrafo sobrio, casi respetuoso, que terminaba así: Nadie duda de su competencia.

La pregunta no es si Vega Navarro sabe dibujar.

La pregunta es quién estaba en aquella sala mientras dibujaba.

Siguió bajando con el ratón, despacio.

Había una entrada dedicada a la hoja de sesión.

A la suya. Alguien había pedido el expediente por vía de transparencia, o lo había sacado de un anexo de la sentencia, y allí estaban sus dos folios de noviembre de 2010, escaneados, con su letra de los veinticinco.

Debajo, una lista de preguntas numeradas: por qué no constaba el orden de las bandejas, por qué no había ninguna anotación de láminas rechazadas, por qué no figuraba una casilla de descarte, por qué no existía grabación.

Las cuatro preguntas eran correctas. Eran, palabra por palabra, las cuatro preguntas que Vega enseñaba a hacer en Ávila.

Había otra entrada con dos fotografías del retrato puestas una al lado de la otra: la versión publicada en prensa y la versión reproducida en un manual, con las proporciones ligeramente distintas por el reencuadre de imprenta.

El autor de la cuenta lo señalaba como prueba de manipulación.

No lo era: era un recorte de maquetación, cualquiera del oficio lo sabría.

Vega se sorprendió a sí misma redactando mentalmente la respuesta técnica, punto por punto, como si tuviera que defenderse de algo.

Cerró el ordenador.

Estuvo tres minutos con la palma de la mano encima de la tapa, en el sofá, con la lámpara encendida y el aire acondicionado del salón haciendo su ruido.

Luego lo volvió a abrir.

Los comentarios eran lo peor. No por hostiles, sino por lo contrario: había gente organizada ahí abajo.

Gente que aportaba enlaces, que corregía fechas, que se ofrecía a buscar hemerotecas.

Alguien había hecho un mapa del barrio de Alcalá.

Alguien preguntaba si se podía escribir a la prisión.

En la última entrada, de hacía nueve días, había cuarenta y un comentarios y el autor había contestado a treinta y siete, uno por uno, con educación.

La cuenta llevaba diez meses subiendo el retrato en bucle.

Lo había subido cuarenta veces, cincuenta.

Lo había subido con el titular del periódico, sin el titular, ampliado a pantalla completa.

Una de las publicaciones, de marzo, tenía doce mil reproducciones.

Otra la habían compartido dos cuentas de crímenes reales con mucho público.

En abril, un pódcast le había dedicado un episodio entero.

En abril.

Paula fue agredida en abril.

Vega se levantó, dio dos vueltas por el salón y se sentó otra vez.

Ahí estaba. Ahí estaba lo que llevaba cuatro días buscando sin admitir que lo buscaba: la razón por la que tres mujeres de Madrid, sin conocerse, podían tener la misma cara metida en la cabeza.

No era un misterio ni una imposibilidad.

Era una imagen que llevaba diez meses circulando por los mismos sitios donde circula todo, empujada por alguien con mucho tiempo y una obsesión, justo en las semanas en que a esas tres mujeres se les había roto la vida.

Se le aflojaron los hombros de una manera casi vergonzosa.

Cogió una libreta y lo puso por escrito, porque escribirlo lo hacía más verdad: fecha de creación de la cuenta, número de entradas, picos de difusión, el episodio del pódcast de abril, las tres agresiones.

Una columna al lado de otra. Visto así, en la libreta, la cronología encajaba con la limpieza de las cosas que son ciertas.

Debajo escribió, con letra más pequeña: exposición previa documentada — explica concordancia de los tres retratos .

Y subrayó explica .

Le mandó a Ulloa un enlace y dos líneas: Mira quién lleva un año haciendo circular mi retrato. Diez meses, ciento y pico entradas, un pódcast en abril.

Ulloa contestó a los veinte minutos, con el tono de quien está cenando de pie.

Vaya. ¿Y esto quién es?

Ni idea. Anónimo.

Vale. Se lo paso a Sanabria para que lo mire cuando pueda. De estos hay doscientos, Vega. Con cada caso gordo salen. Hay uno que lleva desde 2004 diciendo que el de Sevilla era inocente y le manda cartas al Rey.

Este está bien escrito. Y tiene material: hoja de sesión escaneada, sentencia, planos.

Peor me lo pones. Los que escriben bien son los que no paran nunca. Tres puntos suspensivos, un rato. Gracias. Mañana lo vemos.

Vega dejó el móvil boca abajo en la mesa.

Fue a la cocina, se bebió un vaso de agua de pie, volvió al salón, guardó el retrato en la carpeta con una hoja de seda encima para que no se corriera el grafito, apagó la luz y se acostó a las doce y veinte, y durmió seis horas seguidas por primera vez desde el jueves.

Antes de dormirse pensó, con una claridad tranquila y ordenada, que todo tenía explicación: que las tres coincidencias eran contaminación, que la contaminación tenía origen documentado, que ese origen tenía fecha y URL, y que a la mañana siguiente se lo diría al comisario con dos folios y una cronología.

No pensó, porque estaba cansada y porque hay preguntas que el cuerpo aparta antes de que lleguen arriba, en la única cosa que aquella cuenta no explicaba.

Que alguien había entrado en cuatro casas.