9
El lunes citaron a las dos supervivientes a la misma hora y las sentaron en la misma sala, que fue el primer error.
Vega estaba allí en calidad de nada: Ulloa la había llamado por si las mujeres querían revisar algún detalle del retrato, y ella se había sentado en la esquina, junto a la ventana, con la carpeta cerrada sobre las rodillas.
Rocío Balboa llegó primero. Paula Andreu, cinco minutos después, con un cárdigan a pesar del calor y con la cara de quien lleva tres noches con la tele encendida. Se reconocieron al instante, aunque no se hubieran visto nunca. Eso también era información: se reconocieron por el modo de sentarse.
Vega las miró sentarse. Rocío ocupó la silla entera, con los codos fuera. Paula se sentó en el borde, con el bolso todavía colgado del hombro, y tardó cuatro minutos en dejarlo en el suelo.
Empezó Sanabria, con un cuaderno y las mejores intenciones del mundo.
—Lo primero, gracias por venir. Como sabéis, ha habido un fallecimiento y eso nos obliga a repasarlo todo desde cero. Nada de lo que digáis va a contradecir lo anterior, ¿vale? Solo queremos afinar.
—Vale —dijo Paula.
—Rocío, tú describiste al agresor con la ceja partida.
—Sí.
—¿En qué momento exactamente le viste la ceja? Porque en tu declaración de mayo dices que la cocina estaba a oscuras y que él llevaba una linterna apuntando al suelo.
—Cuando la levantó.
—¿La levantó?
—La levantó un momento. —Rocío hizo el gesto, la mano a la altura del pecho, subiendo—. Y le dio en la cara de abajo arriba, como cuando te pones una linterna en la barbilla de pequeño.
Sanabria lo apuntó. Se le veía contento con la respuesta.
—Perfecto. Y una pregunta que tengo que hacerte y que no te va a gustar. —Sonrió para amortiguarlo—. Antes de la agresión, ¿tú habías visto alguna vez el retrato del caso Ruano? El de Alcalá, el del noventa y…
—Del dos mil diez —dijo Ulloa desde el fondo.
—Del dos mil diez. Que ha salido mucho en prensa.
Rocío tardó dos segundos.
—¿Me estás preguntando si me lo inventé?
—No, no, en absoluto…
—Porque es la tercera vez. —Se enderezó en la silla—. La primera me lo preguntó un agente en mayo. La segunda, una señora por teléfono. Y ahora tú.
—Es una pregunta de procedimiento.
—Yo qué sé si lo he visto. —Rocío abrió las manos—. Habré visto mil caras. He visto el telediario todos los días de mi vida. ¿Y qué? Yo tenía a un hombre encima en mi cocina. ¿Tú crees que en ese momento yo estaba pensando en un dibujo de un periódico?
—Nadie dice eso —intervino Ulloa.
—Sí lo decís. —Rocío miró a Paula—. ¿A ti también?
Paula tenía las manos entre las rodillas.
—A mí me lo preguntaron el viernes por teléfono —dijo—. Si lo había visto en internet.
En la esquina, junto a la ventana, Vega se estudió los nudillos.
Era su frase. Era literalmente su frase, la que ella misma había puesto encima de la mesa el jueves por la mañana delante de doce personas, con su bibliografía y su nombre técnico, para explicar algo que no quería explicarse.
La habían cogido y la habían bajado dos plantas y allí abajo, sin bibliografía, sonaba a otra cosa.
Sonaba a usted no vio lo que dice que vio .
Estuvo a punto de decirlo. Que la contaminación no significa que la testigo mienta, que la sugestión es un fenómeno del sistema y no un defecto de la mujer, que la culpa de que una imagen lleve dieciséis años dando vueltas no es de quien la recuerda.
No lo dijo, porque la siguiente pregunta habría sido de quién es la culpa entonces.
Sanabria intentó recomponerlo.
—Rocío, en serio, nadie duda de ti. Es que si esto llega a juicio…
—Si esto llega a juicio yo me siento delante del juez y digo lo mismo que estoy diciendo aquí.
—Rocío se cruzó de brazos—. Y os digo otra cosa, ya que estamos.
Cuando yo llamé en mayo, vino una patrulla, miró la puerta, dijo que no había signos de fuerza y se fue.
En junio llamé para preguntar cómo iba y me dijeron que estaba «en trámite».
La primera vez que alguien de esta casa se ha sentado conmigo dos horas ha sido ella.
—Señaló a Vega con la barbilla, sin mirarla—. Y ha sido para dibujar.
Hubo un silencio incómodo de los que duran demasiado.
—Tiene razón —dijo Ulloa.
Sanabria levantó la vista, sorprendido.
—Tiene toda la razón —repitió Ulloa—. Eran tres expedientes en tres comisarías y nadie los juntó hasta hace ocho días. Eso es lo que ha pasado y no lo voy a maquillar. Ahora están juntos y los llevo yo.
Paula habló por primera vez en diez minutos, sin levantar la voz.
—Yo duermo con una silla en la puerta.
Vega giró la cabeza.
—Desde abril —siguió Paula—. Sé que no sirve para nada.
Cambié la cerradura, puse una barra en la ventana y sigo poniendo la silla, porque si no la pongo no me duermo.
Y ahora resulta que a la que ha matado es a la que no tocó.
—Miró a Ulloa—. Así que no me digáis que a nosotras no ha vuelto. Es que a lo mejor todavía no le tocaba.
—¿Y qué pasa con la protección? —dijo Paula.
Sanabria levantó la vista del cuaderno.
—¿Cómo?
—La protección. Ha muerto una. Éramos tres y ahora somos dos. —Lo dijo sin dramatismo, contando—. ¿Qué protección tenemos?
Ulloa se adelantó, y Vega le vio en la cara que llevaba media hora esperando y temiendo esa pregunta.
—A ver. Os voy a decir la verdad, que es lo que os merecéis.
—Se apoyó en la mesa—. Un dispositivo de protección permanente, con agentes en la puerta, no lo tenéis.
No os lo puedo dar. Tendríamos que tener una amenaza concreta y directa contra vosotras dos, y ahora mismo, sobre el papel, lo que tenemos es un agresor sin identificar.
—Ha matado a una de las tres —dijo Rocío.
—A la que no había agredido. A vosotras dos os agredió en abril y en mayo y no ha vuelto. —Ulloa levantó una mano antes de que la interrumpieran—. Ya sé cómo suena. Os estoy diciendo lo que dice el papel, no lo que pienso yo.
—¿Y qué tenemos?
—Tenéis mi móvil personal, que es esto. —Repartió dos tarjetas—.
Tenéis prioridad absoluta en el 091: cuando llaméis desde vuestro número, salta un aviso.
Y tenéis a un compañero que va a pasar por vuestras calles cada noche.
—Hizo una pausa—. Y os voy a pedir una cosa que no es policial: hablad con vuestros vecinos.
En serio. El vecino de arriba es más rápido que yo.
Paula miró la tarjeta un rato largo antes de guardarla.
—O sea, que si viene, grito.
—Si viene, gritas —dijo Ulloa—. Y ojalá no venga.
Salieron a las once y media. Rocío se fue sin despedirse de nadie más que de Paula, a la que le puso una mano en el hombro en la puerta y le dijo algo al oído.
Vega recogió su carpeta y salió la última. En el pasillo, Paula se había parado delante del tablón de anuncios de la comisaría, donde había un cartel de carreteras, otro de una campaña de reciclaje y una hoja con el retrato, la de la nota de prensa, pegada con celo por las cuatro esquinas.
Estuvo mirándola diez segundos largos y luego siguió andando sin decir nada.
Vega bajó con Ulloa en el ascensor.
—Lo de internet no lo tenías que haber dejado correr —dijo Vega.
—No lo he dejado correr. He dejado que salga aquí y no en un juicio.
—Ulloa miró el techo del ascensor—. Y ahora tú me vas a decir una cosa, y quiero la respuesta de perito y no la de amiga.
Si mañana un abogado defiende a un tío con esa cara y me dice que las tres testigos lo describieron porque llevaban dieciséis años viendo ese retrato en la tele, ¿le funciona?
Vega miró los números bajar.
—Le funciona —dijo—. Si demuestra que la imagen circulaba, le funciona muy bien.
—Vale. —Ulloa se recolocó la chaqueta—. Pues a ver quién la ha estado haciendo circular.
Las puertas se abrieron. Vega no salió con ella.
Se quedó dentro del ascensor, con la mano en la puerta para que no se cerrara, hasta que Ulloa dobló el pasillo.