El hombre que dibujé 8
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Nacho llegó el viernes a las ocho y diez con dos bolsas del mercado y Julia detrás, mirando el móvil.

—He cogido merluza porque estaba bien de precio, no porque me guste. —Dejó las bolsas en la encimera y le dio a Vega un beso en el pelo, de paso—. Hola, tú. Tienes cara de haber dormido tres horas.

—He dormido cuatro.

—Pues no se te nota nada.

Vega vio cómo su hermano se hacía dueño de su cocina en cuarenta segundos, como siempre: el delantal en el gancho de la puerta, el cuchillo bueno, la radio de fondo, las cebollas antes que nada.

Nacho cocinaba los viernes desde hacía cuatro años, desde que su padre murió y quedó claro que si no cocinaba alguien, aquella familia dejaba de verse.

Julia se sentó en el taburete de la isla sin soltar el móvil.

—¿Qué tal el instituto? —dijo Vega.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Bien bien.

Nacho, sin levantar la vista de la tabla:

—Han suspendido a media clase en Física y ella ha sacado un siete.

—¡Tío! —Julia le tiró un trozo de pan.

—¿Qué? Es información pública.

—Es información mía.

—Eso no existe. —Nacho barrió las cebollas al cazo con el canto del cuchillo—. En esta familia nada es información de nadie. Se hereda como los muebles.

A las nueve menos cuarto, Julia puso el telediario en la tele pequeña de la cocina, sin volumen, porque en esa casa la tele de la cocina se ponía sin volumen desde siempre.

Y el retrato apareció a los seis minutos.

Ocupó la pantalla entera, con el rótulo debajo: La Policía busca a este hombre por dos agresiones y un homicidio en Madrid .

La cara que Vega había construido el martes por la tarde, ampliada, en horario de máxima audiencia, con la ceja partida y el párpado y la implantación del pelo, y las orejas que ella había bajado por debajo del catálogo.

Nacho se giró con el cazo en la mano.

—Anda. ¿Ese es el tuyo?

—Ese es el mío.

—Julia, sube el volumen.

—Bajadlo —dijo Vega.

Julia lo dejó donde estaba, a mitad, y los tres se quedaron mirando la pantalla hasta que la presentadora pasó a una noticia de tráfico.

—Qué cara más rara tiene —dijo Julia.

—¿Rara por qué? —Vega lo preguntó demasiado rápido.

—No sé. Rara. —Julia se encogió de hombros—. Parece un dibujo.

—Es un dibujo, tonta —dijo Nacho.

—Ya, pero los otros no lo parecen tanto.

Nacho volvió a los fogones.

—Pues a mí me parece un tío normal —dijo—. Ese es el problema de los retratos esos, ¿no? Que luego lo ves por la calle y no lo reconoces ni de coña.

—Ese es el problema —dijo Vega.

Cenaron a las nueve en la mesa de la cocina, que era donde se cenaba cuando eran tres.

Vega no habló del trabajo y Julia no habló del instituto, así que hablaron de la comunidad de vecinos de Nacho, de un compañero suyo del estudio que se había comprado una moto a los cincuenta y dos, y de si la merluza estaba pasada de sal, que lo estaba.

A los postres, Julia empezó a contar una cosa larguísima sobre una profesora de Historia que se llamaba Charo y que tenía, según ella, una cara imposible.

—Imposible cómo —dijo Nacho.

—Imposible de dibujar. —Julia se giró hacia su madre—. Mamá, ¿tú podrías dibujarla?

—Si tú me la describes, sí.

—Ya, pero es que no se puede describir.

—Trae. —Nacho cogió una servilleta de papel y sacó el bolígrafo del bolsillo de la camisa—. A ver. ¿Cómo tiene la cara, redonda o larga?

—Larga. Como… así.

—¿Y el pelo?

—Rizado. Y siempre lleva una diadema.

Nacho dibujó. Lo hizo deprisa, hablando, sin mirar demasiado el papel: era delineante y llevaba veinte años haciendo líneas por dinero, y se le notaba en la seguridad del trazo y en que no levantaba el bolígrafo casi nunca.

Salió una caricatura de profesora con diadema, mandíbula larga y expresión de estar a punto de mandar callar a alguien.

Julia se rio con la boca llena.

—¡Es ella! ¡Es exactamente ella!

Vega cogió la servilleta y la puso a la altura de la lámpara, por costumbre, como se mira un papel que va a ir a un expediente.

Estaba bien. Estaba muy bien, dentro de lo que es una caricatura hecha en cuarenta segundos sobre papel de cocina. La mandíbula tenía intención, la diadema estaba resuelta con dos líneas.

Y los ojos estaban machacados.

Eran dos manchas apretadas, repasadas varias veces con el bolígrafo hasta que la tinta se acumuló y el papel se puso brillante. En el ojo derecho el bolígrafo había insistido tanto que se veía el relieve por detrás.

Vega le dio la vuelta a la servilleta con el pulgar y sonrió.

—Sigues sin saber hacer ojos.

—No sé hacer ojos —dijo Nacho, sin ofenderse lo más mínimo, recogiendo platos—. Nunca he sabido. Papá me decía que era porque tenía prisa.

—Papá te decía que era porque eras un vago.

—Eso también. —Se rio—. A ti te salían siempre. Todavía me acuerdo de las Navidades esas en que nos puso a los dos a copiar la lámina de la abuela y tú acabaste en veinte minutos y yo estuve hasta las tantas.

—Tenías nueve años.

—Tenía nueve años y ya sabía que iba a hacer planos y no caras. —Abrió el grifo—. Cada uno lo suyo.

—Papá también dibujaba —dijo Julia—. En la casa de Alcalá había una carpeta con dibujos suyos, en el mueble ese del pasillo.

Vega levantó la vista.

—¿Tú has estado revolviendo en la casa de Alcalá?

—Fui con el tío a por las cajas del abuelo, en marzo. —Julia recogió una miga con el dedo—. No revolví. Miré.

—Miró y me hizo llevar tres cajas al coche —dijo Nacho—. Que la niña tiene un morro que se lo pisa.

—Eran ligeras.

—Eran de libros.

Vega se rio, y fue una risa auténtica, la primera del día.

Julia se llevó la servilleta y la puso de pie contra el frutero, apoyada, como un cuadro.

Recogieron los tres. A las once menos veinte Julia bajó su mochila del cuarto y se puso las zapatillas en el recibidor, y Vega tuvo, como todos los viernes, medio segundo de algo que no era exactamente pena.

—¿Seguro que no te importa? —dijo.

—Mamá, llevamos cuatro años.

—Ya. Lo digo por él.

—Si me importara no vendría a buscarla —dijo Nacho desde la puerta, con las llaves en la mano—. Y me importa: los viernes veo la tele con alguien que se ríe de mis chistes. A ver dónde encuentro yo eso.

—Me río por lástima —dijo Julia.

—Me vale igual.

Cuando se fueron, la casa se quedó con la luz de la cocina encendida y el ruido del lavavajillas.

Vega se sirvió lo que quedaba de vino y se sentó en el taburete de Julia, y se dio cuenta de que llevaba cuatro días sin decirle a nadie una sola frase entera sobre lo que estaba pasando.

Cogió el móvil y llamó a su hermano.

—¿Se ha dejado algo? —dijo Nacho.

—No. —Vega miró la servilleta apoyada en el frutero—. ¿Puedes hablar?

—Estoy conduciendo, pero llevo manos libres y la niña se ha puesto los cascos. Dime.

Y Vega se lo contó.

Se lo contó todo, o casi todo: la llamada de Ulloa, las tres sesiones, la mujer muerta el jueves, los marcos vacíos del pasillo, el papel doblado en cuatro sobre la almohada.

Se lo contó como se le cuentan las cosas a la única persona en el mundo que te conoció antes de que fueras nadie, y notó cómo se le iba soltando el cuello a medida que hablaba.

Nacho escuchó sin interrumpir. Al final dijo lo justo, que era lo que siempre había sabido hacer mejor que nadie.

—Joder, Vega.

—Ya.

—¿Y tú estás bien?

—No sé.

—Pues no estás bien. —Un intermitente, un cambio de marcha—. Oye, prométeme una cosa: si tienes que ir a alguno de esos sitios de noche, me llamas y te llevo. No me hagas discutir contigo.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Es que quiero.

Colgaron a las once y cuarto.

Vega se quedó un rato con el móvil en la mano, en la cocina de su casa, sintiéndose mejor de lo que se había sentido en cuatro días.