El hombre que dibujé 7
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A las once de la mañana la sala de reuniones de la UDEV olía a café recalentado y había once personas dentro para nueve sillas. Vega se quedó de pie al lado de la ventana, con la carpeta de las hojas de sesión debajo del brazo, hasta que alguien le acercó una silla desde la pared.

El comisario Ferreras presidía de pie, con las manos en el respaldo de la suya, que era su manera de decir que aquello iba a durar poco. Ulloa expuso en siete minutos: cronología, escena, las tres denunciantes, el patrón de los dibujos, las imágenes sustraídas, la tarjeta de la mirilla.

Cuando llegó a la fotocopia de la almohada, la puso en la pantalla.

Vega la vio aparecer ampliada a metro y medio, con la trama de puntos convertida en manchas del tamaño de una uña y el fragmento de titular en el borde.

A esa escala el dibujo se deshacía: las medias tintas del carboncillo desaparecían y solo quedaba el esqueleto, las cuatro líneas de proporción sobre las que ella había construido la cara una tarde de noviembre en una sala prestada con un radiador que hacía ruido.

En la sala hubo ese ruido corto de doce personas moviéndose a la vez en sus asientos.

—Eso es el caso Ruano —dijo alguien.

—Eso es el retrato de Alcalá —dijo el subinspector Sanabria, que tenía treinta y pocos y se había puesto de pie—. Yo lo tengo en un tema del temario.

Y ahí Vega hizo lo único que se podía hacer, porque en cuarenta segundos lo iban a decir todos y era mucho peor que lo dijeran ellos.

—Es mío —dijo.

La sala se giró.

—Ese retrato lo hice yo en noviembre de 2010, en Alcalá de Henares, en el caso de Estela Ruano.

—Habló despacio, sin levantar la voz, con las manos quietas sobre la mesa—.

Y lo digo yo antes de que lo diga la prensa, que lo va a decir hoy.

Está en dos manuales y en el temario de acceso.

Es una de las imágenes más reproducidas que existen en este país en nuestro campo.

Ferreras se sentó por fin. La forense, que había entrado con dos minutos de retraso y no se había quitado la mochila, aprovechó el silencio.

—Adelanto lo poco que puedo adelantar. Estrangulación manual, con las dos manos y por delante.

Fractura del hioides. No hay defensa apreciable en las uñas, lo que casa con que estuviera dormida al principio.

—Consultó el móvil—. Y una cosa para la comparación que os interesa: la presión es asimétrica. Más fuerza en el lado derecho de ella.

—¿Eso qué nos dice?

—Poco. Que probablemente el agresor es diestro o que se apoyó peor con una mano. Con una sola víctima no significa nada. Con dos, ya empieza a ser un patrón.

—Pues recemos por no tener dos —dijo Ulloa.

—En Alcalá, en 2010, fue también estrangulación manual —dijo Sanabria, que tenía el sumario abierto en la tablet y no lo había soltado desde que entró.

Ferreras se pasó la lengua por los dientes.

—A ver, Navarro. El retrato que nos hizo usted ayer con las tres testigos.

—Se parece.

—¿Se parece o es el mismo?

—Se parece mucho. Y no me refiero a un aire de familia: le hablo de proporciones.

Distancia interpupilar, altura del tercio medio, implantación del pelo.

—Vega sostuvo la mirada—. Y le voy a decir por qué, porque es la primera pregunta que van a hacer en un juicio y prefiero que la respuesta esté en un acta desde hoy.

Ese retrato de 2010 lo ha visto medio país.

Ha salido en televisión, en periódicos, en un documental y en las paredes de las comisarías.

Cuando una imagen así circula durante dieciséis años, aparece en la memoria de la gente sin que la gente sepa que la tiene.

Se llama contaminación por exposición y está en toda la bibliografía.

—O sea, que las tres testigos se lo han inventado.

—No. —Cortó seco—. Las tres testigos han visto a un hombre. Lo que digo es que a la hora de ponerle cara pueden haber tirado, sin saberlo, de una cara que ya tenían dentro.

—¿Y cuál de las dos cosas es? —dijo Ferreras.

—No lo sé todavía.

Fue Sanabria quien lo dijo, con el entusiasmo de quien lleva veinte minutos deseando decirlo:

—O es un tío que se parece de verdad. Uno que sabe que se parece. —Miró alrededor—. Piénsalo: un fulano obsesionado con el caso, que se estudia el sumario, que copia el modus, que estrangula, que deja el retrato del condenado en la almohada. Es un imitador. Está haciendo un homenaje.

Hubo un murmullo de aprobación. A Vega le pareció ver cómo la teoría se sentaba en la sala y se ponía cómoda.

—Es coherente —dijo Ulloa, sin entusiasmo—. Explica el retrato en la almohada, explica las fotos, explica que elija mujeres del tipo. Y no explica una cosa.

—¿Cuál?

—Por qué nos avisa. —Ulloa señaló la pantalla—. Si tú eres un imitador y quieres seguir, no dejas tu tema de examen encima de la cama. Ese papel es un cartel. Alguien nos está señalando el caso Ruano con el dedo, y a mí eso no me parece un homenaje. Me parece un empujón.

Ferreras dio dos golpecitos en la mesa.

—Vale. Vamos con lo práctico. —Repartió—.

Sanabria, listado de todo el que haya pedido el sumario Ruano en dieciséis años: prensa, documentalistas, estudiantes, curiosos, criminólogos de fin de semana.

Todo. Blázquez, tú con las mujeres: perfil de las tres, cómo las elige, qué comparten.

Y el sumario completo hay que releerlo desde el principio.

—Yo lo pido —dijo Ulloa.

—Lo pides y lo lees, pero no lo lees sola. —Ferreras se giró hacia Vega—. Navarro, usted trabajó ese caso.

—Sí.

—Nadie de esta casa lo conoce mejor. —Se levantó y recogió su carpeta—. Ayúdela con el expediente. Quiero saber si hay algo ahí dentro que explique por qué dieciséis años después alguien nos lo deja en una almohada.

—Una última cosa —dijo Ferreras, ya de pie—.

La nota de prensa con el retrato sale hoy a las dos, porque si no sale hoy sale mañana filtrada y peor.

Y va a pasar lo que va a pasar: en cuanto la gente vea esa cara, medio país va a decir que se parece al de Alcalá, porque se parece. Así que quiero preparada la respuesta.

—¿Cuál es la respuesta? —dijo Blázquez.

—Que Joaquín Vidal está donde está. —Ferreras cogió su carpeta—. Comprobadlo antes de decirlo. No quiero enterarme por un periodista de que el hombre lleva ocho años en tercer grado saliendo los fines de semana.

—Lo compruebo yo esta tarde —dijo Ulloa.

La sala se vació en treinta segundos, con ese ruido de sillas y móviles.

Vega se quedó sentada mirando la pantalla, que seguía encendida, con su propio dibujo de hace dieciséis años a metro y medio de alto y la trama de puntos temblando un poco por el proyector.

Ulloa volvió a por su chaqueta y se quedó un momento mirando la pantalla con ella en el brazo.

—¿Sabes que yo hice prácticas en Alcalá? —dijo—. En el nueve. Un año antes de esto.

Vega tardó un segundo en girar la cabeza.

—No lo sabía.

—Pues sí. Tres meses de becaria con vuestro padre.

—Ulloa sonrió a la pantalla—. El inspector Navarro.

Yo tenía veintitrés años y me pasaba el día pensando que no valía para esto, y él me dijo una frase que llevo veinte años repitiendo a la gente nueva: «el caso no se cierra cuando encuentras al que encaja, se cierra cuando no encuentras a nadie más que encaje».

—Sí. —Vega miró la mesa—. Eso lo decía mucho.

—Y en aquel caso lo hizo. —Ulloa se colgó la chaqueta del hombro—. Me leí el sumario entero cuando entré aquí, por curiosidad y porque era suyo. Está trabajado hasta debajo de las piedras. Por eso te digo una cosa: si en esos papeles hay algo raro, no va a ser porque nadie mirara.

—No.

—¿Puedes? —dijo Ulloa desde la puerta—. Sé que es un marrón.

Puedo decirlo ahora, pensó Vega. Aquí. A esta mujer, en este pasillo, en doce segundos.

Se levantó, fue hasta la pantalla y apoyó la mano en el papel proyectado, sobre la mejilla. La luz del cañón le pintó el dorso de la mano de gris y el retrato se le quedó impreso encima de los dedos, deformado.

—Puedo —dijo.