6
El portal de la calle Almansa tenía dos coches patrulla en doble fila y un policía joven apoyado en la puerta que no dejaba pasar ni al del pan.
Vega aparcó en doble fila detrás de la furgoneta de la científica y estuvo veinte segundos sin quitar las manos del volante.
Ulloa salió a buscarla con el mono puesto y la capucha bajada.
—Antes de que entres —dijo—. La ha estrangulado. En la cama. La forense dice que entre las tres y las cinco.
Vega se estaba poniendo la segunda calza y se quedó con el pie en el aire.
—Yo hablé con ella a la una y media.
—Ya lo sé. Sale en su móvil. —Ulloa la miró un segundo más de lo necesario—. Luego me cuentas eso. Ahora quiero que veas la casa, no el cuerpo. ¿Vale? El cuerpo lo tienen ellos.
—Vale.
—Vega. Que no entres al dormitorio.
—Que vale.
Entró.
Lo primero que notó fue que la casa estaba en orden. No revuelta, no forzada, no volcada. El bolso de Miriam colgaba de la silla del recibidor. Las zapatillas, juntas, bajo el mueble. En la cocina había una taza limpia boca abajo en el escurridor y un tique del súper sujeto con un imán.
Lo segundo lo notó de golpe, como se nota un mueble que falta.
En el pasillo había cuatro marcos. Los cuatro estaban colgados, rectos, con el cristal limpio.
Los cuatro estaban vacíos.
Vega se acercó al primero. El cartón de fondo seguía dentro, con el rectángulo más claro donde había estado la foto y cuatro puntos de pegamento seco en las esquinas.
Alguien había abierto el marco por las lengüetas de atrás, había sacado la foto y había vuelto a cerrarlo.
Con cuidado. Sin romper ni una lengüeta.
—¿Lo ves? —Ulloa estaba detrás de ella.
—¿Todos?
—Todos. Cuatro en el pasillo, dos en el salón, tres imanes de la nevera. —Ulloa señaló con la barbilla hacia la cocina—. Los imanes están, con su plástico. Las fotos, no.
Vega fue al salón. La estantería tenía un hueco de la anchura exacta de un álbum. En el cajón del mueble bajo, donde la gente guarda cables y facturas, había una caja de zapatos con papeles y ni una sola fotografía.
—El móvil —dijo.
—Formateado no, más fino. —Ulloa sacó una libreta pequeña—. La galería vaciada. Las fotos de ella borradas una a una, incluida la papelera. Las de los turnos del hospital, las capturas, los memes, todo eso sigue. Lo que ha borrado son las que salía ella.
—¿Y la mirilla?
—Ven.
Volvieron al recibidor. La mirilla con cámara seguía atornillada en la puerta, con su carcasa de plástico blanco. La tapa trasera estaba abierta y colgaba de una bisagra.
La ranura de la tarjeta estaba vacía.
—Se la ha llevado —dijo Ulloa—. Y ojo: eso lo hizo al salir, no al entrar, porque la cámara grabó hasta las cuatro y ocho. La tarjeta la sacó después.
—¿Y no grabó nada?
—Grabó hasta las cuatro y ocho y ahí se acaba el archivo. Lo que hay en la nube no hay: esta cámara no tenía nube, era de tarjeta.
Vega se quedó mirando la carcasa abierta. Se acordó de Miriam en el taburete, con el destornillador de cocina, a las once de la noche, contándoselo el día anterior con una especie de orgullo tímido, y tuvo que apoyar la mano en el marco de la puerta.
—Entonces la grabó a ella —dijo—. La cámara.
—La grabó a ella y grabó lo que grabara. Puede que nada. Puede que él en el rellano. —Ulloa cerró la libreta—. Vamos a lo otro. Y esto lo tienes que ver tú.
La llevó por el pasillo hasta la puerta del dormitorio y se paró en el umbral, de lado, tapándole a Vega la mitad de la habitación con el cuerpo. Vega vio el pie de la cama, una esquina de la colcha en el suelo y las piernas de dos técnicos moviéndose.
—Mira solo la almohada.
En la almohada, en el lado izquierdo, había un papel doblado en cuatro y abierto sobre la funda, con los pliegues marcados y las esquinas levantadas.
Era una fotocopia.
Vega no necesitó acercarse. La habría reconocido a tres metros, a diez, con menos luz.
La calidad era mala, de fotocopiadora de papelería, con la trama de puntos ampliada y las medias tintas comidas, y era un recorte de prensa fotocopiado: se veía media columna de texto en el borde superior, cortada, y un fragmento de titular.
El retrato del caso Ruano.
Su retrato.
—¿Es lo que creo que es? —dijo Ulloa.
—Sí.
—Vale. —Ulloa exhaló por la nariz—. Vale. Pues ya tenemos titular para tres semanas.
—¿De dónde ha salido esa fotocopia? —dijo Vega—. ¿Se puede saber?
—Dímelo tú, que eres la que sabe de papeles.
Vega miró desde el umbral, sin entrar, con las manos detrás de la espalda.
—Es una fotocopia de una página de periódico, no de un manual ni de una lámina.
Se ve la trama de puntos del huecograbado, ampliada.
—Entrecerró los ojos—. Y no es una fotocopia de una fotocopia: el grano está sucio pero los negros aguantan.
Yo diría que es primera generación, sacada directamente del papel.
—O sea, que alguien tiene el recorte.
—Alguien tiene el periódico. —Vega señaló con la barbilla el borde superior del papel—. Ahí arriba se ve el arranque del titular y un trozo de columna. Con eso se saca la cabecera y la fecha en una hemeroteca en veinte minutos.
Ulloa lo apuntó sin mirar la libreta.
—Veinte minutos que le voy a robar a Sanabria mañana.
Un técnico se acercó con la cámara y les pidió sitio. Salieron al pasillo, entre los marcos vacíos, y se quedaron las dos de pie sin decir nada mientras dentro alguien contaba en voz alta los milímetros de algo.
—Estrangulada —dijo Vega al final.
—Sí.
—Estela Ruano fue estrangulada.
—Sí. —Ulloa se pasó la mano por la cara, hacia arriba, y se dejó el pelo peor—.
Estrangulada, en su casa, en su cama, con el mismo perfil de víctima.
Y un tío que va dejando dibujos y que se lleva las fotos de las paredes.
Y encima nos deja el retrato de Vidal en la almohada, por si a alguno se nos escapaba el chiste.
—Miró a Vega—. Esto es alguien que se ha estudiado el caso.
Vega no contestó.
Le habría bastado con decir tres frases. Que el retrato que Ulloa iba a difundir esa misma mañana era el mismo que tenía dentro de aquella habitación, doblado en cuatro. Que llevaba doce puntos comprobados en una hoja cuadriculada en el suelo de su salón. Que había una oreja sin comprobar.
—¿Falta algo más? —dijo—. Aparte de las fotos.
—Nada. Ni dinero, ni el ordenador, ni las joyas de la madre, que están en una caja en el armario a la vista de Dios. —Ulloa se encogió de hombros—. Se llevó imágenes. Solo imágenes.
—¿Y el álbum?
—¿Qué álbum?
—Hay un hueco en la estantería del salón, de este ancho. —Vega separó las manos un palmo—. Con polvo alrededor y sin polvo dentro del hueco. Ahí ha habido algo con lomo hasta hace muy poco.
Ulloa la miró un segundo, sacó la libreta y lo apuntó sin dejar de mirarla.
—¿Ves? Por esto te llamo a ti.
Bajaron juntas. En el rellano, la vecina del 3.º B seguía explicándole a otro agente que ella se acuesta a las diez.
En la escalera se cruzó con dos técnicos que subían con una caja de reactivos y se apartó contra la pared para dejarlos pasar.
En la calle hacía ya un calor blanco de julio y había dos cámaras de televisión al otro lado de la acera, frente al toldo verde de la farmacia.
Vega se quedó un momento en el portal, mirando ese toldo, que era exactamente el sitio donde Miriam había visto dos veces a un hombre parado mirando hacia arriba.
Y entonces cayó en la cuenta.
En aquel piso no quedaba ni una sola imagen de Miriam Soler. Ni una foto de su comunión, ni de su hermana, ni de un viaje, ni del móvil. Nada.
La única imagen de ella que seguía existiendo estaba en una bolsa de pruebas, en un juzgado de plaza de Castilla, con una etiqueta y un número.
Era el dibujo de una mujer dormida.
Y lo había hecho él.