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La hemeroteca del Ministerio abría a las nueve, pero a Vega le bastó con su propio altillo.
Extendió el material en el suelo del salón, en dos filas, como se extiende una partida.
Eran dos folios. Su letra de los veinticinco, más redonda y más lenta, con las tes muy cruzadas.
Anotaciones escuetas: la hora de inicio, la hora de fin, cuatro números de lámina y una frase al pie.
Ninguna referencia a bandejas rechazadas.
Ninguna casilla de «ninguna». Ningún registro de en qué orden se le habían enseñado las cosas a la testigo, porque entonces eso no se anotaba y no había cámara ni la habría en años, y una hoja de sesión era un papel que archivaba el dibujante para sí mismo, si le apetecía archivarlo.
Así se trabajaba entonces. Ella misma lo contaba en clase como ejemplo de todo lo que había mejorado.
De la sesión de 2010 se acordaba a trozos, y siempre de los mismos trozos: la sala prestada, un radiador que hacía ruido, la testigo —una mujer de sesenta y dos años, viuda, con un bolso en el regazo que no soltó en tres horas— y su propio pulso de novata, que le había obligado a parar dos veces.
Y el final. El final se lo sabía entero porque lo había contado cien veces: la mujer mirando el papel, y la frase de la mujer, y su padre en la puerta con la mano en el marco.
Al lado colocó el retrato de esa tarde, todavía sin fijar, con el grafito fresco.
Puso los dos bajo la lámpara de pie, uno junto a otro, y empezó a comprobar, porque comprobar era lo que sabía hacer y porque existe una forma de aterrorizarse que consiste en ponerse a medir.
Lo primero que hizo fue lo que hacía siempre antes de cotejar: igualar las escalas.
Midió en las dos imágenes la distancia entre los cantos externos de los ojos, sacó el factor y anotó la proporción en una esquina.
Sin eso, dos caras cualesquiera parecen la misma o no se parecen en nada, según convenga, y ella había visto a peritos hacer las dos cosas.
Cogió una hoja cuadriculada y trazó dos columnas.
Distancia interpupilar respecto a la anchura del cráneo: coincidía.
Ángulo del maxilar: coincidía.
Altura del tercio medio: coincidía.
Implantación del pelo, con la entrada asimétrica más profunda a la derecha: coincidía.
Anchura del dorso nasal: coincidía.
Comisura izquierda, un milímetro más baja que la derecha: coincidía.
Tajo de la ceja izquierda, longitud, altura, interrupción del pelo: coincidía.
Párpado derecho, la caída de dos milímetros que en 2010 le había costado media hora sacarle a la testigo: coincidía.
Ángulo externo del ojo respecto a la horizontal: coincidía.
Distancia del labio superior a la base de la nariz, en proporción al tercio inferior: coincidía.
Anchura bigonial: coincidía.
Comprobó doce puntos. Los anotó con la letra pequeña y ordenada que usaba para los informes, y al terminar tenía doce síes seguidos y una hoja que parecía un examen aprobado.
No comprobó las orejas.
Se dio cuenta a la una y veinte, cuando fue a la cocina a por hielo y volvió y vio la hoja desde arriba, con su hueco. La oreja izquierda no estaba en la lista. Se sentó otra vez en el suelo, con el bolígrafo en la mano, y se quedó con la punta a un centímetro del papel.
El cuerpo se le puso en contra antes que la cabeza.
Se le cerró la garganta, se le enfriaron las manos, le entró esa cosa física de los ascensores pequeños que arrastraba desde los treinta y pico y que un médico le había explicado una vez con mucha paciencia y varios folletos.
Estuvo así casi un minuto, midiendo la distancia entre el bolígrafo y el papel, sin escribir nada.
Guardó el bolígrafo en el bolsillo.
Doce de doce. Un retrato no se valida ni se descarta por una oreja: se valida por el conjunto, y el conjunto ya estaba comprobado dos veces.
Además, la reproducción de imprenta que tenía delante era de periódico, con la trama de puntos gruesa, y en esa zona el papel había amarilleado.
Cotejar un pabellón auricular ahí, de madrugada, en el suelo de un salón, con una lámpara de pie, era hacer mal el trabajo.
Eso se hacía con luz de día, en el estudio, con las dos láminas fijadas en la mesa y una lupa. Con rigor.
Lo haría por la mañana, a las nueve, con la reproducción buena que le podía pedir al archivo del ministerio, no con un recorte de periódico de hace dieciséis años.
Recogió las hojas y las volvió a dejar donde estaban. No las guardó en la caja.
A la una y cuarto le entró un mensaje de Julia: una foto de un plato de pasta con el pulgar de su hija en la esquina y un «cenando sola otra vez, gracias por preguntar 🙂».
Vega empezó a escribir una respuesta, la borró, escribió otra y la dejó a medias en la pantalla.
El móvil se apagó solo al cabo de un minuto y ella no volvió a encenderlo.
A la una y media sonó el móvil. Número desconocido.
—¿Vega? Perdona la hora. Soy Miriam Soler, la de esta tarde.
Me ha dado tu número la inspectora. —Hablaba muy deprisa y muy bajo, con la voz de quien está en una habitación a oscuras—.
Perdona de verdad, es que no consigo dormir y hoy tú eras la única que no me miraba como si me lo estuviera inventando.
—No te lo estás inventando.
—Ya. —Ruido de sábanas—. Oye, una tontería. El dibujo que dejó lo tiene la policía, ¿verdad? Es que no me acuerdo de si me lo devolvieron y no soy capaz de levantarme a mirar.
—Lo tienen ellos. Está en el juzgado, dentro de una bolsa, con una etiqueta y un número.
—Vale. Vale, mejor. —Respiró—. Es que si estuviera en casa no pegaría ojo. Y como no lo pego igual, pues mira.
Se rio un poco. Se le quebró al final.
—Oye. —Un silencio corto—. ¿Tú lo has visto? El dibujo que hicimos, digo, el de esta tarde, el bueno. ¿Se parece?
—Se parece mucho.
—¿A él? —La voz le cambió—. ¿A él de verdad, o a lo que dijimos nosotras?
Vega miró el suelo del salón, los dos papeles bajo la lámpara.
—Es lo mismo, Miriam. En este trabajo es lo mismo.
—Ya. —Miriam se quedó pensando eso un momento—. Pues qué mal. Digo que qué mal si un día no lo fuera.
—Duérmete.
—Que sí, que sí. —Se oyó cómo se giraba en la cama—. Vega, ¿lo van a coger, verdad?
En el suelo del salón, los dos retratos seguían uno al lado del otro bajo la lámpara, con la hoja cuadriculada encima y sus doce síes.
—Sí —dijo Vega.
—Vale. —La voz de Miriam se aflojó de golpe, agradecida, y eso fue lo peor de la noche—. Gracias. En serio. Ya te dejo dormir.
Colgó a la una y treinta y cinco.
Vega se durmió en el sofá a las tres, con la caja abierta y la lámpara encendida, y la despertó el teléfono a las siete y diez con la ventana ya blanca. Era Ulloa. Se lo dijo sin preámbulo, con la voz plana de quien lleva dos horas en el sitio.
—Miriam Soler ha aparecido muerta.
Vega miró el suelo. Los papeles. La hoja cuadriculada con el hueco de la oreja izquierda.
—Voy —dijo.