El hombre que dibujé 4
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Rocío Balboa llegó a las nueve y media del día siguiente con un termo y con ganas de acabar.

—Yo se lo cuento las veces que haga falta —dijo, sentándose—, pero le aviso de que en comisaría ya me han preguntado dos veces si no lo habría visto antes por internet.

—¿Y qué contestó?

—Que yo lo vi en mi cocina.

Cuarenta y cinco años, manos grandes, una quemadura antigua en el antebrazo que se tapaba sola con la manga cada vez que la mesa la dejaba a la vista.

Contó su noche de mayo con una precisión de inventario: la hora, la nevera abierta porque se había levantado a por agua, el ruido que ella creyó que era el vecino de arriba arrastrando una silla, el hombre parado en el marco de la puerta con una linterna pequeña apuntando al suelo.

Que estuvo quieto. Que no dijo nada. Que ella pensó, durante un segundo entero y absurdo, que era un fontanero.

—¿Cuánto tiempo estuvo quieto?

—Uf. Lo justo para que a mí me diera tiempo a pensar cuatro tonterías. —Se encogió de hombros con un solo hombro—. Y luego ya me tiró al suelo.

Vega hizo la sesión completa. Cámara, láminas, casilla de «ninguna», dos horas y media, con dos pausas de agua.

Rocío eligió el óvalo catorce.

Eligió la misma línea de mandíbula que Paula. La misma implantación de pelo, con la entrada asimétrica más profunda a la derecha. Buscó la ceja partida durante cuatro minutos, sin que nadie se la nombrara, hasta que encontró una que le valía a medias: «esta, pero el corte más arriba».

Y en la bandeja siete recorrió las veinticuatro orejas con el dedo, apretando los labios, y levantó la vista.

—No. Más baja.

Vega mantuvo la mano quieta sobre la hoja.

—¿Más baja que esta última?

—Le empezaba casi aquí. —Rocío se llevó la mano a su propio cuello, a la parte de atrás de la mandíbula, por debajo del ángulo—. Se lo juro. Yo lo tuve encima. Se le veía raro y tampoco sabía por qué.

Se le veía raro y no sabía por qué. Las mismas palabras que Paula, veinticuatro horas antes, en la misma silla, sin haberse visto nunca.

Vega escribió la anotación exacta que había escrito el día anterior y pasó a la bandeja ocho.

Por la tarde vino Miriam Soler, a la que no esperaba poder aprovechar para gran cosa. Miriam llegó con el pelo mojado de la ducha y hablando ya desde la puerta, con esa energía de las personas que llevan semanas durmiendo mal y lo compensan moviéndose.

—Perdona el retraso, vengo de un turno. Oye, ¿esto sirve de algo? Porque yo lo vi de lejos y de noche.

—Puede que no sirva. Lo hacemos igual.

Miriam contó las dos veces: la acera de enfrente, el toldo de la farmacia, el hombre parado mirando hacia arriba, hacia sus ventanas. Distancia: doce, catorce metros. Luz: la del rótulo verde y una farola. La primera vez pensó que esperaba a alguien. La segunda vez ya no.

—¿Y no bajaste?

—Bajé. —Miriam se rio, sin ninguna gracia—. Bajé la segunda vez, con las llaves entre los dedos, como nos enseñan. Cuando llegué al portal ya no estaba.

—Oye, una cosa —dijo Miriam a mitad de la bandeja de bocas—. ¿Tú a esto te dedicas entero? O sea, ¿de qué vives, de dibujar a gente que no has visto?

—De eso y de dar clase.

—Qué trabajo más raro. —Lo dijo con admiración sincera, pasando láminas—. Mi curro también es raro pero por lo menos la gente que entra por la puerta existe.

Salió lo mismo. El óvalo catorce, la mandíbula, la entrada del pelo, la ceja. De las orejas no supo decir nada, y esa fue la única discrepancia entre las tres sesiones.

Cuando terminaron, Miriam se quedó de pie junto a la puerta con el bolso ya colgado.

—¿Puedo preguntarte una cosa sin que me tomes por loca? —Se rio antes de decirla—. Cuando le enseñéis esto a la gente, ¿la gente lo va a ver? Digo en la tele, en el móvil, así. Porque si lo ve todo el mundo, entonces él sabe que lo hemos visto nosotras. Que lo hemos mirado bien.

—Sí.

—Vale. —Asintió despacio—. Es que no sé si eso es bueno o malo para mí.

Se fue a las seis y veinte. Vega la oyó despedirse de alguien en el pasillo, con esa voz suya que llenaba los sitios.

A las siete y cuarto de la tarde, Vega tenía sobre la mesa tres hojas con tres columnas de números de lámina, y las tres columnas se leían casi como la misma columna.

Antes de empezar puso las tres hojas en fila y las leyó de arriba abajo, columna por columna, como se lee una tabla de resultados. Óvalo catorce, óvalo catorce, óvalo catorce. Mandíbula nueve en las tres. Implantación de pelo doce, doce, doce.

Tres mujeres que no se conocían, en tres sesiones separadas por veinticuatro horas, eligiendo el mismo número en la misma bandeja.

Anotó al margen, con letra pequeña: concordancia inusualmente alta — valorar exposición previa a imagen común . Era la fórmula del manual. La escribió y se quedó mirándola, y luego pasó las hojas y empezó a dibujar, porque para eso la habían llamado.

Se quedó sola en la sala. Subió la persiana. Madrid estaba naranja al otro lado del cristal y el aire acondicionado del edificio hacía un ruido de avión lejano.

Construyó el retrato definitivo a partir de las tres hojas. El volumen. La mandíbula. La implantación del pelo. Los ojos hundidos. La ceja partida con el tajo arriba, como había pedido Rocío. Trabajó rápido y bien, sin pensar, que es como se trabaja cuando el material es bueno.

Y cuando llegó a las orejas hizo lo único que se puede hacer cuando dos testigos independientes rechazan el catálogo entero: bajó la izquierda por debajo del límite de la bandeja.

Se apartó del papel.

Conocía esa cara.

No la conocía como se conoce a un vecino, ni como se reconoce a alguien en el metro.

La conocía como se conoce el trabajo de la propia mano, que es una manera mucho más íntima y mucho peor.

Sabía cuántos trazos tenía la ceja. Sabía que la sombra bajo el pómulo derecho se había hecho con el canto del lápiz y no con la punta.

Sabía cómo estaba apoyado el papel cuando se dibujó, y en qué mesa, y con qué luz, porque lo había dibujado ella en Alcalá de Henares en noviembre de 2010, con veinticinco años y una niña de cuatro meses durmiendo en casa de su madre.

Era el retrato del caso Ruano. Reproducido en dos manuales, en cuatro artículos, en un documental de La 2 y en la pared del despacho de media docena de comisarías. El hombre por el que Joaquín Vidal llevaba dieciséis años en prisión.

Vega se quedó de pie, con el lápiz en la mano, escuchando el aire acondicionado.

Había una explicación, y estaba a mano, y era la que ella misma daba en clase.

Ese retrato era una de las imágenes más difundidas de la criminalística española reciente.

Cualquiera lo había visto: en la tele, en un mural de comisaría, en un manual de oposición, en un reportaje de aniversario de esos que se publican cada cinco años con la misma foto.

Tres mujeres del área de Madrid podían haberlo visto sin saber que lo estaban viendo, y una memoria asustada busca perchas donde colgarse.

Eso pasaba. Tenía nombre técnico, bibliografía y dos capítulos en el temario de julio.

Se dijo eso mismo dos veces, con las palabras ordenadas, y le funcionó a medias.

La puerta se abrió y entró Ulloa con dos cafés de máquina.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo.

Ulloa dejó los vasos en la mesa y se inclinó sobre el retrato con las manos a la espalda, sin tocarlo, como se mira en un museo. Vega vio cómo se le movía la vista por el papel: deprisa primero, y luego más despacio.

—Qué barbaridad —dijo—. Tres testigos y no se contradicen ni en la boca. ¿Tú sabes lo que es esto para mí?

—Lo sé.

—Esto es un tío que existe. —Se enderezó, contenta por primera vez en dos semanas—. Esto lo saco mañana en la nota de prensa y en cuarenta y ocho horas alguien lo reconoce. Con esta cara no se puede ir por Madrid.

Vega miró el papel.

Podía decirlo en ese momento. Eran seis palabras, ocho como mucho, y cabían enteras en el silencio que Ulloa le estaba dejando delante.

—Es el retrato más limpio que he hecho en años —dijo—. Sácalo.