El hombre que dibujé 3
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Paula Andreu tenía veintiocho años y una manera muy trabajada de estar sentada.

Espalda recta, manos quietas, los pies juntos bajo la silla.

Vega la vio entrar y catalogó dos cosas antes de darle la mano: el hombro izquierdo un dedo más alto que el derecho, sostenido con esfuerzo, y la costumbre de girar apenas la cara cuando alguien se movía a su espalda.

La sala que les habían dejado en la UDEV tenía una mesa, cuatro sillas y una ventana con la persiana a media altura. Vega colocó su carpeta, el bloc, la caja de láminas y una cámara pequeña sobre un trípode, orientada a la mesa.

—Esto graba —dijo—. Grabamos todo: lo que dice usted, lo que digo yo y las láminas que elige. Si en algún momento quiere pararlo, se para y no pasa nada.

—¿Por qué lo graban?

—Porque dentro de un año puede haber un abogado que quiera saber si yo la ayudé demasiado. —Vega se sentó—. Y quiero poder demostrar que no.

Paula la miró un segundo más de lo normal y algo se le aflojó en la mandíbula.

—Nadie me había explicado eso.

—Le voy a explicar todo lo que hagamos, antes de hacerlo. No hay sorpresas en esta mesa.

Empezaron por lo que no era el hombre. Esa era la parte que ningún policía terminaba de entender: la primera hora no se dibuja.

Vega le preguntó por la casa. Por la cocina, por el color de las paredes, por dónde estaba el mando de la tele, por si el pasillo tenía luz de noche, por lo que había cenado, por si el suelo era frío.

Paula contestaba con desgana al principio, sorprendida, y luego con esa fluidez que llega cuando alguien lleva semanas contando una única cosa y de pronto le preguntan por otra.

Con la voz se le fue soltando la memoria, que es un animal que solo sale cuando dejas de mirarlo de frente.

—El pasillo tiene una lucecita de esas de enchufe —dijo—. Azul. La puse cuando me mudé porque me daba cosa levantarme a oscuras. —Se quedó parada—. Esa noche estaba encendida.

—¿Y él?

—Él estaba al final. —Tenía las manos abiertas sobre la mesa—. Estaba oscuro. Pero encendió la lamparita.

—¿Él la encendió?

—Sí. —Tragó saliva—. Al principio no me hizo nada. Solo se quedó ahí, muy quieto, muy cerca de mi cara, y yo creo… yo creo que quería que lo mirara.

Vega no anotó eso. Lo escuchó dos veces por dentro y siguió adelante.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé. Se me hizo larguísimo. ¿Un minuto? Y luego ya, cuando yo grité, fue cuando…

—No hace falta que vayamos ahí hoy. Eso ya está en su declaración y yo la he leído.

—Vega abrió la caja—. Hoy vamos a hacer una cosa distinta.

Le voy a enseñar formas. No me diga cómo era: búsquelo.

Y si no está en la bandeja, me dice «ninguna» y pasamos a la siguiente.

«Ninguna» es una respuesta tan buena como las otras.

Empezó por los óvalos: treinta y dos formas de cráneo, numeradas. Paula pasó las hojas con el índice y se detuvo en la catorce.

—Esta.

—¿Segura o parecida?

—Segura.

Mandíbulas. Nacimiento del pelo. Bocas. Paula iba deprisa, más deprisa de lo que iba la gente.

Vega había hecho más de cuatrocientas sesiones de estas y conocía el ritmo de una memoria auténtica: dudas, vueltas atrás, «esta pero más estrecha», cuatro minutos en una barbilla, el testigo que se enfada consigo mismo y pide agua.

Paula elegía como quien reconoce a un primo en un álbum.

Vega empezó a construir. Grafito blando, papel de gramaje alto, el volumen antes que el detalle, la proporción antes que el parecido.

Y entonces pasó lo otro.

Iba por el pómulo derecho, con la cara todavía sin ojos, cuando se dio cuenta de que su mano acababa de bajar la línea de la ceja izquierda con un pequeño quiebro, un corte a la mitad, y que Paula no había dicho nada de ninguna ceja.

Vega paró el lápiz en el aire.

—Perdone. ¿Me lo repite?

—¿El qué?

—La ceja. No me lo ha dicho todavía.

—Iba a decírselo ahora. —Paula se inclinó sobre la mesa y señaló el papel con la uña—. Ahí. Tenía como un tajo, aquí en medio, y el pelo no le crece. Justo eso que ha hecho usted.

Vega miró su propio trazo.

Justo eso que había hecho ella.

—Voy a empezar otra vez —dijo, y le dio la vuelta a la hoja.

—¿He dicho algo mal?

—No. He dibujado yo demasiado rápido, y eso es un defecto mío, no suyo. —Sacó una hoja limpia y puso la caja de cejas delante de Paula—. Lo hacemos al revés. Usted elige y yo copio lo que usted elige. Hoy yo no pongo nada mío.

—¿Y eso pasa mucho? Lo de adelantarse.

—Pasa cuando el que dibuja lleva demasiados años dibujando lo mismo. —Vega afiló el lápiz sobre la papelera—. Por eso está la cámara.

Hicieron una pausa a la hora y media. Vega trajo dos cafés de máquina y estuvieron un rato sin hablar del hombre, que es también parte del método aunque no lo parezca.

—¿Duerme? —preguntó Vega.

—A ratos. —Paula sostenía el vaso con las dos manos—. He puesto una barra en la ventana y un cerrojo nuevo, de los buenos, y aun así. Mi madre dice que me vaya a Alicante con ella una temporada.

—¿Y?

—Que si me voy, gana él. —Se encogió de hombros—. Ya sé que es una tontería.

—No es una tontería.

Paula bebió y miró el retrato a medio hacer, boca abajo sobre la mesa.

—¿Usted cree que se acuerdan? —dijo—. Los que hacen esto. ¿Se acuerdan de una después, o somos como… no sé. Como recados.

Vega tardó en contestar.

—Los que hacen esto se acuerdan mucho —dijo—. Ese es el problema.

A las dos horas llegaron a las orejas.

La bandeja de pabellones tenía veinticuatro láminas, todas de orejas humanas reales, fotografiadas y pasadas a línea, ordenadas por altura de implantación: de la uno, altísima, a la veinticuatro, que era ya una implantación bajísima, de esas que aparecen dos o tres veces en la vida profesional de alguien que se dedica a esto.

Paula fue bajando con el dedo. Llegó al final de la bandeja, volvió al principio y la recorrió entera otra vez.

—Ninguna.

—¿Ninguna se le parece?

—Es que tienen que estar más abajo. —Puso el dedo sobre el papel, dos centímetros por debajo del lóbulo de la lámina veinticuatro—. Aquí.

—Ahí no llega ninguna oreja, Paula. La veinticuatro es la más baja que existe en el catálogo.

—Pues entonces su catálogo está mal. —Lo dijo sin agresividad, con la seguridad plana de quien no tiene ningún interés en discutir—. Yo le estuve mirando la cara mucho rato, ya se lo he dicho. Se le veía raro y no sabía por qué. Era eso.

Vega anotó en la hoja de sesión: bandeja 7 — rechaza catálogo completo — testigo sitúa implantación por debajo de lámina 24 . Y pasó a la bandeja ocho.

Terminaron a las dos horas y cuarenta minutos. Vega giró el retrato hacia ella.

—Sin prisa. ¿Se le parece, no se le parece, o le falta algo?

Paula estuvo callada mucho rato. Luego se echó hacia atrás, muy despacio, hasta que la espalda tocó el respaldo, y se le movió la nuez.

—Es él —dijo—. Es exactamente él.

Nadie decía eso. En dieciséis años, Vega había oído «se parece», «es la boca», «así, sí», «casi», y una vez, en Cáceres, a una mujer que se echó a llorar y dijo «quítemelo de delante». Nadie decía exactamente .

Paula se levantó, recogió la chaqueta del respaldo y se quedó parada con ella en el brazo.

—¿Y ahora qué pasa?

—Ahora esto va a la inspectora, la inspectora decide si lo difunde, y si lo difunde puede que alguien llame.

—¿Y si nadie llama?

—Entonces seguimos por otro sitio. —Vega cerró la caja—. Esto no es el final de nada, Paula. Es una manera de mirar.

—Ya. —Paula se puso la chaqueta despacio, con el hombro izquierdo primero—. Es que llevo tres meses esperando a que alguien me diga que esto se acaba.

Vega no le dijo que se iba a acabar.

Guardó las láminas en la caja, apagó la cámara y anotó la hora al pie de la hoja. Le temblaba un poco la mano y lo atribuyó al café.