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—A ver, la pregunta de siempre —dijo Vega Navarro—. ¿Qué es esto?
Levantó la lámina hacia las últimas filas del aula. Veintitantas caras de uniforme, café de máquina, el zumbido del proyector. Ávila en julio, a las nueve y media de la mañana, con las ventanas abiertas y el patio de instrucción todavía a la sombra.
Una chica de la tercera fila se lanzó.
—Un retrato robot.
—¿Y qué es un retrato robot?
—Una imagen del sospechoso.
—No. —Vega dejó la lámina sobre la mesa—.
Eso es lo que sale en la tele. Un retrato robot es una hipótesis dibujada.
Es el intento de una persona de convertir en línea algo que no tiene línea, que es un recuerdo.
Sirve para orientar una búsqueda. No sirve para condenar a nadie, y ninguno de vosotros va a decir jamás delante de un juez que sirve para eso.
Escribió dos palabras en la pizarra y subrayó la primera: reconocer , no recordar .
—La memoria facial no funciona por descripción.
Si yo le pido a un testigo que me describa una nariz, me va a decir «normal».
Todo el mundo tiene la nariz normal. La memoria funciona por reconocimiento: yo le enseño treinta narices y él señala la suya.
Por eso trabajamos con láminas, y por eso tardamos tres horas en lo que vosotros creéis que se hace en veinte minutos.
Un chico con el pelo al cero levantó dos dedos.
—¿Y si el testigo no quiere elegir?
—Entonces no elige. Cada bandeja tiene una casilla que pone «ninguna». —Vega bebió agua—. Un catálogo sin la opción de decir «ninguna» es un catálogo que fabrica sospechosos. Grabadlo.
—¿Y si elige mal y luego se ratifica en el juicio? —dijo el mismo—. Porque en el juicio ya no hay quien lo mueva.
—Ahí es donde nos ganamos el sueldo. —Dejó el vaso—.
Un testigo que ha visto un dibujo antes de ver a una persona ya no tiene un recuerdo: tiene un recuerdo y encima un dibujo, y a partir de ese momento no hay manera humana de separarlos.
Ni él puede. Se sentará delante del tribunal completamente sincero y completamente contaminado, y os dirá que está seguro, y lo estará.
Por eso la sesión se graba, por eso se anota qué lámina eligió y en qué orden, y por eso al testigo no se le enseña nada, nada, antes de una rueda de reconocimiento.
—¿Nada de nada? —La chica de la tercera fila otra vez—. ¿Ni una foto de archivo?
—Ni una foto de archivo, ni una ficha, ni «mira a ver si te suena este». Enseñas y ya no hay vuelta atrás. Es como pisar una huella.
—¿Y si el testigo pregunta? —dijo un chaval de la primera fila—. Porque preguntan. «¿Voy bien?», «¿es este?».
—Preguntan siempre, y ahí está el problema de verdad de este oficio.
—Vega se separó de la mesa—. El testigo quiere ayudaros.
Ha visto algo horrible, se siente inútil y tiene delante a alguien con uniforme que necesita una cara.
Eso es una máquina de complacer, y funciona sin que nadie mienta.
Basta con que vosotros os inclinéis un poco hacia delante cuando dice algo que os encaja.
Basta con que asintáis. El testigo lo lee, y a la siguiente pregunta se acerca un poco más a lo que cree que queréis.
—¿Y cómo se evita eso?
—No se evita del todo. Se limita. —Levantó dos dedos—. Cara de póker, y preguntas abiertas. Si os pilláis diciendo «¿no sería más bien así?», parad la sesión y salid a fumar aunque no fuméis.
Se apoyó en el borde de la mesa.
—Y ahora la parte que quiero que os llevéis a casa aunque suspendáis todo lo demás. Escribidla.
Esperó a que la mitad de la sala se agachara sobre los cuadernos. Lo había hecho tantas veces que sabía cuántos segundos concederles.
—Dos memorias no coinciden nunca exactamente.
Nunca. Dos personas que han visto al mismo hombre os van a dar dos hombres parecidos, no el mismo.
Distinta altura, distinta edad, distinta boca.
Eso no significa que uno mienta: significa que son personas.
—Miró el aula—. Si algún día os llegan dos descripciones que coinciden rasgo por rasgo, no lo celebréis.
Preguntaos quién ha visto una fotografía.
—¿Y si la ha visto? —dijo la chica.
—Entonces ya no tenéis un testigo. Tenéis un espejo.
Hubo el silencio corto de las frases que gustan. Un hombre mayor, de los tres o cuatro veteranos que siempre se sentaban al fondo, preguntó por el caso Ruano.
Vega dio la respuesta que llevaba dieciséis años dando, con las mismas pausas.
Alcalá de Henares, noviembre de 2010. Estela Ruano, veintiún años, estudiante, muerta en su piso una noche de sábado.
Una vecina de sesenta y dos años que vio salir a un hombre del portal.
Tres horas de sesión con aquella mujer, en una sala prestada, con la testigo agotada y ella recién incorporada al oficio.
Un retrato. Un vecino del edificio que encajaba, con un antecedente antiguo por lesiones y sin nadie que dijera dónde había estado esa noche.
Una rueda de reconocimiento. Una condena de veinte años.
Lo contó sin levantar la voz y sin volver a mirar la lámina que tenía en la mesa. Era una historia con las esquinas ya redondeadas de tanto pasar de mano en mano, y le salía sola, con la cadencia de las cosas que uno ha contado más veces de las que ha pensado.
—Y por eso —terminó— el retrato inicia una investigación. No la cierra. Lo que cerró aquel caso fue todo lo demás: la rueda, el informe del portal, la falta de coartada. El dibujo solo dijo hacia dónde mirar.
—Pues menuda responsabilidad —dijo el veterano del fondo, con admiración.
—Menuda —dijo Vega, y pasó a la siguiente lámina.
Al fondo, alguien murmuró que ojalá le tocara a él un caso así. Vega no lo corrigió. Llevaba dieciséis años sin corregir esa frase.
Salió a las once y media con la camisa pegada a la espalda. El coordinador del curso la acompañó hasta el aparcamiento hablándole de las fechas de octubre y de lo mucho que gustaba su módulo. El móvil llevaba tres llamadas perdidas del mismo número de Madrid.
Devolvió la llamada con la puerta del coche abierta y un pie en el asfalto.
—Navarro, soy Ulloa. UDEV. —Voz baja, seca, con ruido de comisaría detrás—. Necesito que me hagas un retrato. Tres, en realidad.
—¿Tres casos?
—Un caso. Tres mujeres. —Se oyó pasar hojas—. Dos agresiones en domicilio, con entrada nocturna, abril y mayo. Las dos sobreviven. Y una tercera que no ha sido agredida, de momento: alguien se le mete en casa y le deja dibujos.
Vega se quedó con la mano en la llave sin girarla.
—¿Dibujos de qué?
—De ella. Durmiendo. —Una pausa corta—. Hechos por alguien que sabe dibujar, y esa es la única cosa buena que tengo, porque de lo demás no tengo nada.
Cerraduras intactas. Ni una huella útil.
Cero relación entre las tres: no se conocen, no comparten gimnasio, ni ambulatorio, ni bar, ni aplicación de citas.
Viven a doce kilómetros unas de otras y una de ellas ni siquiera está empadronada en el mismo distrito.
—Las dos agredidas sobrevivieron las dos.
—Sí. ¿Por?
Vega miró el patio de instrucción, blanco de sol.
—Por nada. Sigue.
—¿Y con las dos primeras no se hizo retrato en su momento?
—Se hizo uno en abril, en comisaría, con el programa ese de montar caras por ordenador.
Salió un señor genérico que podía ser mi cuñado.
—Ulloa chasqueó la lengua—. Lo archivamos.
En mayo, con la segunda, ni lo intentamos: pensábamos que eran cosas distintas.
Hasta la semana pasada esto eran tres expedientes en tres sitios.
—¿Y qué los juntó?
—Los dibujos de la tercera. Un agente de Tetuán que se acordaba de un informe de abril. Suerte pura, para que veas cómo funciona esto.
—Pues eso es lo raro, y por eso te llamo a ti y no al de la científica.
—Ulloa bajó todavía más la voz—. Las tres lo describen igual.
Y no igual de «un tío moreno, de metro ochenta».
Igual igual. La ceja partida. El párpado caído.
La entrada del pelo. Mis compañeros están encantados: dicen que con tres testigos así el retrato va a salir clavado y que lo tenemos identificado en una semana.
Dentro del edificio, en un aula vacía, seguían escritas en la pizarra dos palabras, una de ellas subrayada.
—¿Cuándo puedo verlas? —dijo Vega.