Capítulo 11
Pero nada ocurrió. Después de unos larguísimos segundos en la más absoluta inmovilidad, Lilith tanteó la linterna con los dedos y rozó el botón.
La encendió. El entorno había vuelto a cambiar.
No había ni rastro de los fantasmas, ni del Hombre de Espino, ni de Eva. Ni siquiera se encontraba en el pasadizo de paredes de piedra.
Estaba en el sótano, el mismo del principio. Aunque antes había estado cubierto de cajas, mesas con herramientas de tortura y una silla de dentista, ahora estaba prácticamente vacío.
A excepción, por supuesto, de Lilith y de una mesita redonda que había justo en el centro de la sala. Sobre esta descansaba una caja de madera.
Al lado estaba el zippo.
Lilith no las tuvo todas consigo y se puso en pie, ignorando la punzada de dolor que sentía en el pecho al evocar la última vez que había visto a Eva.
No era real. No podía serlo.
Y quizá por ello su única opción era seguir avanzando en aquel estúpido juego al que había sido invitada a la fuerza.
Se acercó a la mesita, alargó la mano hacia la caja, la abrió y…
El rostro se le descompuso en una mueca de terror.
O, al menos, en un principio.
Lilith sintió después que una ardiente ira la embargaba a través de cada nervio. La vena de la sien le palpitaba. Sus manos se cerraron sobre el mango de la linterna, presionándolo con tanta fuerza que crujió.
Se dio la vuelta, respirando con agitación, y se llevó una mano a la frente. Se golpeó con el costado del puño una, dos veces. Ni fuerte ni suave. Pero de forma repetitiva.
Así permaneció un largo rato, preguntándose una vez más si aquella tortura acabaría algún día. Empezaba a sospechar que no, y aquello la irritaba sobremanera. Estaba harta de jugar, de buscar, de correr…
Entonces recordó por qué corría, por qué aún persiguía a Eva.
Y luchó una vez más contra aquel recuerdo, tratando de exiliarlo para siempre a algún lugar recóndito de su mente.
Volvió sobre sus pasos y agarró el zippo con furia. Lo encendió y lo lanzó al interior de la caja.
Un surtido de lenguas de fuego surgió al instante, ardientes, letales y hambrientas. Junto al zippo, Lilith se juró a sí misma que había lanzado también sus recuerdos.
Sin embargo, un canturreo sonó a su espalda.
—¡A que no me pillas, cara de papilla!
La mujer echó la vista atrás. Al pie de la escalera que daba a la salida del sótano estaba el payaso, con el hacha de carnicero en la mano.
—No estoy de humor, ¡payaso de mierda! —chistó antes de echar a correr en busca de su hacha, olvidando la linterna en la mesita.
Tobías, en contra de todo pronóstico, echó a correr escaleras arriba.
Lilith lo persiguió por el pasillo de las antorchas, del mismo modo que antes había perseguido a su hermana. Las miradas de los cuadros volvían a estar todas vueltas hacia ella. Y esta era consciente de ello.
Pero no le importó.
Quería el hacha.
Cogería el hacha y desmembraría al payaso con ella.
Algo que no consiguió hasta que llegó de nuevo al comedor que en su día había pertenecido a su familia. Allí interceptó a Tobías, le arrebató el hacha…
Y se dispuso a destrozarlo, chillando, maníaca.
Algo en su interior la incitaba a arrancarle cada miembro, cada dedo. Mientras tanto, Tobías sollozaba y se lamentaba en una vocecilla estridentemente aguda.
Pero Lilith disfrutaba con su sufrimiento, con una ansiosa sonrisa de oreja a oreja y un fervor salvaje en las pupilas. Aquello le traía otros recuerdos, unos mucho más agradables y satisfactorios.
La magnífica sensación de que, para ella, no había límite alguno.
Cuando acabó con Tobías y este ya no profirió sonido alguno, Lilith se lamió los dedos por acto reflejo, como si en ellos tuviera la sangre invisible del payaso.
De su pecho surgió una suerte de aullido de júbilo que terminó en una carcajada…
…demente.
—He-hermana… —tartamudeó otra voz a su espalda.
También era aguda, como la de Tobías, pero no estridente.
La voz de Eva jamás le había parecido estridente.
Se giró, entre la esperanza y el horror, para enfrentarse al rostro lloroso de su hermana.
Eva estaba llorando, sí. Pero no eran lágrimas lo que se derramaba por sus mejillas, sino sangre.
Y le faltaba un ojo, el ojo de sus pesadillas.
—E-Eva, yo… —No sabía qué decir. Se había pasado la vida persiguiéndola y, ahora que la tenía delante, era incapaz de articular palabra alguna.
Así que renunció a las palabras.
Lilith quiso acercarse a ella para abrazarla. Quién sabe qué pasaría después. ¿Le pediría perdón? ¿Aceptaría por fin su pecado?
Lo único que sabía era que quería abrazarla, aunque fuera por última vez.
Pero entonces Eva alzó la mano y dijo:
—¡No!
Y Lilith se detuvo al instante.
La niña extendió el dedo índice de la mano alzada y señaló la de su gemela.
La joven miró hacia donde le indicaba.
Y vio su ojo, el ojo de Eva. En su mano.
Lilith se sobresaltó y lo dejó caer al suelo.
—¡El espino te juzgará! ¡Te juzgará por lo que hiciste!
Y, como si obedecieran a una orden, unas vendas emergieron de la nada y se cernieron en torno a los tobillos de Lilith.
Esta chilló, pero nada pudo hacer cuando, de un impulso, las vendas la tiraron al suelo para elevarla después, dejándola colgada del techo, bocabajo.
—¡No! —forcejeó con las manos, tratando de soltarse de las vendas que le iban envolviendo las piernas con una rapidez sobrehumana—. ¡Eva, ayúdame! —pidió a su hermana; pero, al dirigir la mirada hacia ella, una sonrisa le fue devuelta.
Y Lilith no pudo forcejear más mientras las vendas la seguían engullendo.