Capítulo 10
La puerta se había abierto lo suficiente como para dejar paso a una pelota, roja como los zapatos de charol de Eva. Esta entró rodando y se detuvo a los pies de Lilith.
La joven se la quedó mirando un instante, anonadada. Necesitó parpadear un par de veces para asegurarse de lo que estaba viendo.
Luego dirigió las pupilas hacia la puerta al tiempo que una calidez inesperada le acariciaba el pecho.
La cabeza de Eva estaba asomada al otro lado, mirándola.
La gemela adulta soltó una exclamación emocionada e hizo ademán de ponerse en pie y correr hacia allí.
Pero la niña se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio.
Lilith obedeció y se quedó quieta sobre el retrete. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que se había acuclillado sobre él de una forma realmente incómoda.
No obstante, se mantuvo en silencio e interrogó con los ojos a su hermana. Esta, en toda respuesta, cerró la puerta.
Dejándola, de nuevo, en la penumbra.
—¡No! —exclamó Lilith, rompiendo el silencio y poniéndose en pie.
Corrió hacia la puerta y la abrió.
Se precipitó hacia el pasillo, casi resbalando, pero logró mantenerse en pie. En esta ocasión no se sorprendió de haber cambiado otra vez de escenario: estaba en el pasillo de paredes de piedra, con cuadros y antorchas que iluminaban el sendero.
Eva parecía esperarla unos pasos más allá. Se había detenido y dado la vuelta hacia su hermana.
Sonrió.
—Eva… ¿Qué ocurre? —preguntó Lilith.
En respuesta, la niña echó a correr, alejándose. Su hermana adelantó un pie y fue tras ella.
Corrieron y corrieron durante lo que parecieron minutos. El pasillo parecía alargarse de forma interminable, siempre curvándose hacia la izquierda. Un bucle del que parecían no poder salir.
Llegó un punto en el que Lilith comenzó a preguntarse si correría tras Eva durante el resto de la eternidad. Entonces su hermana aumentó la velocidad y la perdió de vista.
—¡No! —gritó en un jadeo—. ¡Eva! ¡Espérame!
Tuvo la extraña sensación de haber vivido antes aquel momento, pero sacudió la cabeza, restándole importancia, y aceleró.
Ya no le importaba hacer ruido; debía llegar a ella.
Y entonces la oyó chillar.
Una sensación helada le recorrió entera. Un sentimiento profundo que clavó sus pies en el suelo unos instantes antes de empujarla de nuevo a la carrera.
Corrió hacia el lugar de donde había venido el grito de Eva. Pronto, vio cómo las zarzas de espino envolvían las paredes. Más densas cuanto más avanzaba. Hasta el punto de no quedar muro por cubrir.
Solo se salvaban del espino las antorchas y los inquietantes cuadros.
Entonces, por un instante, el corazón dejó de latirle.
Allí había un hombre.
Las zarzas emergían del suelo a sus pies, o quizá de sus propios pies.
Le cubrían las piernas y las envolvían, como una cola de sirena de espino, así como parte del torso y los brazos.
Una sujeción que mantenía al hombre de piel sobre huesos, pálido y cadavérico, en una postura perfectamente reconocible.
Un hombre crucificado por el espino.
Un hombre que, allí donde las espinas se clavaban en su piel, sangraba aquel espeso líquido negro. Inmóvil, quizá muerto. Con la cabeza colgando hacia un hombro.
Ante aquella visión, Lilith sentía miedo. Pero también un agudo dolor que se posó, intruso, en un recóndito lugar de su corazón.
Una herida punzante, punzante como el espino.
¿Quién era? La mujer dibujó con sus pupilas cada uno de los detalles de aquel hombre: su palidez, su sangre oscura, la piel sobre huesos y las facciones marcadas.
La imagen de él allí, como si fuese una marioneta del espino, irradiaba una oscura y retorcida belleza.
Una belleza mística e insalvable.
Poco a poco, Lilith volvió a sentir el latir de su corazón.
El pulso recorriendo sus venas, el entumecimiento de sus músculos e incluso el nudo de su estómago, que disipaba la sensación de hambre.
Volvió a la realidad, como si el hechizo que la mantenía absorta se desvaneciera a cada segundo que pasaba…
Solo entonces vio más allá del hombre, donde se alzaba la puerta con el espejo en forma de cruz invertida.
Pero Lilith no miraba la puerta, sino a la persona que había entre esta y el Hombre de Espino: Eva.
A su hermana también la cubrían las zarzas, pero no estaba crucificada. En su lugar, la niña permanecía colgada del techo, con una rama alrededor de su garganta y su cara sumida en una mueca de horror.
Drip… Drip…
Le faltaba un ojo.
Un ojo que se había salido de su cuenca y había caído al suelo, justo al lado de sus zapatitos de charol.
Lilith gritó con fuerza y se dejó caer al suelo. El corazón le murió en el pecho. O latía tan y tan acelerado que no era capaz de sentirlo.
Ni siquiera notó la zarpa gélida que se cerraba alrededor de su pecho…
Su mundo se había acabado.
«No te creas con tanta suerte», dijo entonces una voz en su cabeza.
Era una voz aterciopelada, pero fría como mil esquirlas de hielo. Un poso de amargura, advertencia y… ¿regocijo?
Sintió que no podría negarle nada a aquella voz.
Alzó la mirada para encontrarse de lleno con los ojos del Hombre de Espino, que se habían abierto y la contemplaban con una curiosidad infinita.
Al instante, una mística sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Q-qué…? —consiguió preguntar antes de que se desatara el caos.
Primero fueron los cuadros: todas las miradas de la estancia, vivas o muertas, se posaron sobre Lilith.
Después, la temperatura descendió hasta cubrir el espino de escarcha, tiñéndolo de un azul herido por el color de las llamas.
Y, a continuación, decenas de siluetas semihumanoides surgieron de las paredes, translúcidas como la niebla, y se precipitaron con las manos extendidas hacia ella.
Lilith gritó otra vez, cubriéndose con los brazos mientras los espectros avanzaban y las antorchas, malditas como ellas mismas, se ponían de acuerdo para apagarse todas a la vez.
Sumiendo el mundo en la más absoluta oscuridad.