Capítulo 9
Cuando abrió los ojos no se vio en la habitación.
Lilith volvía a ser una niña y se encontraba en el lugar de sus pesadillas: al borde de un acantilado, con una brisa húmeda acariciándole el rostro y haciendo ondear su melena.
Los cantos de los pescadores sonaban a lo lejos, desde el puerto que había más allá, pero la pequeña no los oía.
Su mirada estaba fija en el saliente de rocas que había más abajo, donde se hallaba el cuerpo destrozado de su hermana, y un ojo la observaba desde un nido de espino…
Pero Lilith no chilló. Cerró los ojos y dio la espalda al acantilado.
Caminó unos cuantos pasos sin llegar de nuevo al bosque y, como si Eva aún jugara con ella el escondite, la niña comenzó la cuenta atrás…
Despertó aspirando una enorme bocanada de aire, con los diez dedos de sus manos alrededor del cuello. Tosió acompañada por un profundo ardor en la garganta.
Sus pulmones, poco a poco, agradecieron el alivio de volver a respirar.
Cuando logró serenarse y alejar los recuerdos que volvían a su mente, miró en derredor.
Seguía en la misma habitación, pero allí no había ni rastro de la criatura demente cuyos dedos habían dejado marcas en su garganta. Tampoco del payaso que, si no recordaba mal, no solo estaba intacto tras haber sido estampado contra la pared, sino que además le había salvado la vida.
O quizá había sido el espino.
Lilith no tenía muy claro que lo que estaba sucediendo fuera real, pero las marcas se notaban en su cuello y aún sentía el dolor…
¿Cómo podría no serlo?
Las zarzas seguían allí, envolviendo toda la habitación. Ahora también la ventana por la que ella había mirado antes y la luz de la luna falsa ya no la acompañaba. Solo una tenue luz fría que le permitía ver en aquella penumbra interminable.
Echó un vistazo hacia la puerta, que ahora estaba abierta.
La mujer dirigió de nuevo la mirada a las zarzas y frunció el ceño.
Creía recordar que el espino cubría a Tobías cuando lo había visto tras el demente…
De hecho, Lilith juraría que habían sido las ramas que cubrían al payaso las que habían rodeado el cuello de su atacante… Aunque no conseguía rememorar nada más.
Se preguntó si había sido Tobías quien había controlado al espino o había sido a la inversa. O quizá ambos eran controlados por otra persona… ¿pero quién?
¿Eva, quizá?
Una nueva pregunta sin respuesta. Una más de tantas que tenía desde a saber cuánto. Porque el tiempo allí parecía no tener principio ni fin.
No sabía cuántas horas de la noche habían pasado. Ni siquiera si había estado inconsciente todo el día para volver a despertar en aquella pesadilla. Pero decidió que ya había pasado bastante tiempo en la habitación de sus padres y se puso en pie.
Suspiró y se dirigió a la puerta cuando golpeó algo con el pie. El objeto salió despedido y la joven se sobresaltó. Buscó aquello que había chutado con la mirada y lo encontró a pocos pasos de la puerta.
Era su linterna.
Se lanzó hacia ella y se agachó para cogerla con media sonrisa. La encendió e iluminó la habitación buscando también el hacha.
Pero no la encontró.
Las llaves tampoco estaban por ninguna parte. Dirigió la luz ultravioleta hacia el suelo, cerca de la puerta, donde localizó el dibujo que había estado guiándola.
Una parte de su mente le decía que quien hubiese garabateado el espino no había hecho más que hacerla dar tumbos sin sentido. Pero muy en el fondo empezaba a intuir el porqué de aquel lugar y el motivo de su encierro.
Sacudió la cabeza y salió de la habitación, palpándose el bolsillo para comprobar que el zippo también había desaparecido.
Frunció el ceño al contemplar el largo pasillo que se extendía a ambos lados.
No era el mismo por el que había entrado, aquel que imitaba la segunda planta de la casa donde vivió con su hermana.
Era el mismo pasillo de hospital donde horas atrás había sido arrastrada por un ente invisible y encerrada en un ataúd.
Un escalofrío recorrió su espalda al reconocerlo. No, no era realmente un hospital. Quizá sí lo había sido en su día pero ahora… Era otro tipo de institución.
Lilith no se dejó amedrentar y, linterna en mano, siguió el camino que le indicaba el garabato en el suelo. Al llegar a la altura de las escaleras que bajaban a la planta de abajo, sintió una presencia a su espalda.
Se puso rígida y se le erizó el vello del cogote. La espalda recta y los brazos pegados al cuerpo.
Se dio la vuelta.
No vio nada.
Al menos, no en un principio.
Al fondo del pasillo, si entrecerraba los ojos, podía vislumbrar una estela de color perlado que parecía suspendida en el aire. Similar al humo, pero menos espeso y oscuro. Giraba como con órbita propia, dándole el aspecto de una hélice vaporosa. Poco a poco, cambió de forma.
El ambiente pareció escarcharse. Cada mota de polvo, un toque frío sobre su cara.
Lilith contempló la escena, alerta, mientras una parte de sí misma la incitaba a salir por patas de allí.
La niebla, o lo que fuera, comenzó a tomar forma humanoide.
Se le fueron definiendo los brazos y las manos, la cabeza y el pelo, y el tronco…
pero no los pies. De cintura para abajo, la bruma perdía densidad.
Como si la entidad estuviera cubierta por un manto, o una falda, que se evaporaba cuanto más se acercaba esta al suelo.
Después, Lilith se fijó en sus facciones. Tenía una nariz aguileña y desproporcionada; los ojos hundidos y completamente blancos, sin emoción alguna.
Cuando la forma la miró, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Y la reconoció.
La aparición alargó una mano hacia la mujer y, como movida por un resorte, se deslizó por el pasillo en su dirección a una velocidad antinatural.
Lilith gritó con fuerza y se precipitó hacia las escaleras justo cuando el fantasma llegaba hasta ella. Casi sintió su toque frío en la piel, pero consiguió escurrirse de su agarre.
Sin embargo, su pie resbaló en el primer escalón. Lilith rodó escaleras abajo, con los brazos alrededor de su cabeza para protegerse, y se estampó contra la pared del rellano.
Aún aturdida por el golpe, su instinto de supervivencia hizo su parte y consiguió levantarse al momento.
No miró si el espectro la seguía o no. Terminó de bajar las escaleras, de dos en dos, y casi se golpeó de nuevo con la pared al llegar abajo. Llevada por otro impulso, alargó la mano hacia la puerta que había a mano derecha.
La abrió, entró en la penumbra y cerró tras ella, apoyando la espalda contra la madera.
Su respiración era lo único que se escuchaba. Tanteó con la mano y encontró el pestillo. Lo echó, como lo había echado tantas otras veces de pequeña. Y se quedó allí quieta, aguzando el oído para comprobar que no se oía nada más que su agitada respiración.
Era un fantasma. Se había topado con un fantasma. Y lo peor era que lo había reconocido.
¿Cuándo iba a acabar todo aquello?
Ella lo sospechaba pero, de nuevo, apartó el pensamiento.
Decidió encender la linterna, que a saber cuándo se había apagado, e inspeccionó el lugar donde se había metido.
Tal y como esperaba, se trataba de un aseo pequeño y estrecho en el que apenas cabían dos personas.
Equipado con un pequeño retrete polvoriento, un espejo roto sobre el lavamanos y una toalla mohosa colgada en un costado de la pared.
No había espino ni garabato.
Por algún motivo, Lilith sentía que allí estaba a salvo. Por ahora.
Se permitió unos instantes de descanso y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Lloró de nuevo y, aunque estaba harta de llorar, parecía no haberse secado aún.
Pensó en Eva. No en la niña que corría por los acantilados, ni en la de sus pesadillas, sino en la que se le aparecía dentro de aquel lugar cambiante. Más sólida que la aparición del pasillo.
Quizá no fuera Eva. Quizá nada era real. Quizá Lilith había muerto y aquel sitio fuera un infierno hecho a medida para ella: correr tras su hermana, perderla, volver a encontrarla y perderla de nuevo. Y los fantasmas de su pasado, en múltiples formas, acosándola y buscando matarla.
Sin embargo, su corazón seguía latiendo. El sudor le recorría la cara, el hambre le pesaba en el estómago y el cansancio le mordía los huesos. Estaba viva, o algo parecido.
Tap... Tap... Tap...
El sonido de unos pasos en el techo la hizo saltar y encogerse sobre su propio cuerpo. Volvió al presente, lejos de sus cavilaciones, y miró hacia arriba.
Un escalofrío la recorrió, unos dedos helados que le subieron por la espalda y la clavaron en el sitio. Lilith acercó la linterna a su mejilla, como si tenerla contra la piel le infundiese valor, y la apagó conteniendo un gemido.
Con las mejillas húmedas y los ojos llorosos, la joven se puso en pie. La rigidez de sus propios músculos casi no la dejó moverse, pero se encaró hacia la puerta. Después retrocedió hasta que tropezó con el retrete.
No esperaba hacer tanto ruido. El plástico contra la cerámica.
Tap… Tap.
Los pasos se detuvieron en aquel momento. Lilith temió que la hubiesen oído y se maldijo por lo bajo.
Tap... Tap... Tap...
Se alejaban, de nuevo. Se concentró y escuchó una puerta abrirse y luego cerrarse.
Un estremecimiento invadió su cuerpo y esta vez sí se le escapó un gemido al oír cómo los pasos sonaban más altos.
Tap... Tap... Tap...
Estaban bajando las escaleras.
Otra vez no. No quería escuchar, no quería recordar.
Tap... Tap... Tap...
—Tranquila, cariño, no te dolerá —le había susurrado su padre tantas veces años atrás—. Confía en papá…
—No… no quiero… —sollozaba la pequeña, asustada y acurrucada en su cama con las manos tratando de ocultar su sexo.
Tap... Tap... Tap...
Cada vez que ella se había resistido, había despertado a la bestia enfurecida que la golpeaba y le gritaba:
—¡Puta! ¡Soy tu padre y me tienes que obedecer!
Se lanzaba sobre la niña, torpe, babeante y furioso, hasta que terminaba. Y entonces se apartaba entre insultos y respiraciones entrecortadas.
Tap... Tap... Tap...
Lilith se acurrucó sobre el inodoro, con los brazos alrededor de su cabeza. Presionaba sus oídos con fuerza y pretendía no escuchar, no recordar…
Pero lo sentía en la piel y los huesos, en los músculos de la entrepierna y en el pecho. Empezó a temblar ante el recuerdo, demasiado vívido. No. No era un recuerdo. Era como revivirlo todo de nuevo. Su mirada, su tacto, su olor…
Tap… Tap… Tap.
Los pasos se detuvieron y Lilith sabía que estaban justo al otro lado de la puerta.
Contuvo la respiración.
Toc. Toc. Toc.
Chilló antes de poder taparse la boca.
Toc. Toc. Toc.
—¡No! —suplicó ella—. ¡Fuera! ¡Déjame! —Volvió a llorar entre gemidos, acurrucada.
Toc. Toc. Toc.
—¡Déjameee!
Lilith sintió que le ardían las cuerdas vocales, pero le daba igual. Solo quería que los pasos se fueran; que sus recuerdos se esfumaran de una vez por todas.
Silencio.
Más silencio.
Respiró con dificultades. Con la garganta y el cuello doloridos.
Tap... Tap... Tap...
Los pasos obedecieron al fin y comenzaron a alejarse, escaleras arriba. Lilith levantó la cabeza, alerta, escuchando, sintiendo que el alivio la embargaba poco a poco.
Tap... Tap... Tap...
Los pasos continuaron su camino, como si subieran por unas escaleras interminables, sonando cada vez más débiles, cada vez más lejos…
Hasta que dejó de oírlos por completo.
Entonces el pestillo se abrió con un chasquido que la hizo saltar y encogerse de nuevo. Una rendija de luz cálida rodeó el marco de la puerta y esta empezó a abrirse lentamente.
Después, la luz anaranjada penetró en la penumbra del aseo y Lilith volvió a su estado de alerta, sujetando la linterna a modo de arma.
Dispuesta a enfrentarse con lo que fuera que la acechara en esta ocasión.