Capítulo 8
Algo en su cabeza le recordó que aún no sabía qué era aquello que la había arrastrado bajo la cama.
Alargó ambas manos hacia adelante y se hizo con la linterna y las llaves. Hecha un ovillo, apuntó en todas direcciones pero allí abajo, con ella, no había nada ni nadie.
El alivio se convirtió en una lágrima que corrió por su mejilla hacia la alfombra. Su cuello, ahora relajado, dejó caer su cabeza a un lado y necesitó reponerse unos segundos. Después exhaló y se arrastró fuera de la cama.
De nuevo en pie, de nuevo alerta. Reflejo recién aprendido pero que había calado hondo en su proceso mental.
Pero nada la atacó. Nada se oyó más allá de su respiración o de la lluvia, que ahora caía con más intensidad sobre la casa.
Dirigió la linterna a las paredes de la habitación, completamente cubiertas de espino. Absolutamente todo a excepción de la ventana, por la que entraba una brisa que hacía ondear la cortina.
Todo su cuerpo se precipitó hacia allí. Una salida. Una vía de escape. Entonces pudo comprobar que no se trataba de la ventana que ella recordaba: era un arco de piedra, sin persiana. Aun así, se asomó.
El viento le acarició el rostro y sintió que volvía a la vida.
Entonces observó el desolado lugar.
Aquel no era el paisaje que se veía desde la habitación de sus padres. Desde su casa.
Lilith estaba encerrada en una torre. Una torre enorme, de paredes de piedra cubiertas de espino, erigida sobre una gran estepa. Una densa niebla cubría el suelo. Más allá, un bosque de aspecto muerto.
Desde la ventana ella solo podía ver las copas de los árboles, desnudas de hojas y cubiertas de más espino. La bruma le impedía ver el lecho del bosque y quiso mirar más allá. Pero allí donde posaba sus ojos solo encontraba árboles y más árboles.
No llovía. No tronaba. De hecho, allí parecía no haber cielo.
Tan solo una enorme bóveda teñida de oscuridad. Densa y artificial, con una bola luminosa, de un perla sucio, que flotaba en aquel extraño firmamento y daba luz al mundo insólito en el que se encontraba.
Lilith boqueó, incapaz de articular sonido alguno.
No podría salir de allí jamás. Y aunque lo lograse… no sabría dónde ir.
Lloró. Con los brazos enroscados sobre el marco de piedra de la ventana y la cara oculta entre ellos.
Se quedó allí, entre lágrimas, lo que pudieron ser minutos. Quizá horas. Observó el entorno, la cercanía y la lejanía, pero no vio nada nuevo, nada que no hubiera visto antes ya.
Absolutamente nada.
—Pst.
Se sobresaltó.
Con el corazón bajo la garganta, miró hacia su izquierda.
Allí, al otro lado de la cortina, había alguien. Y se quedó petrificada.
—Pst. Lilith. No es real —concretó el susurro.
Mientras hablaba, una cabeza se asomó tras la cortina.
Solo se le veía parte del cabello rizado, muy grasiento y lleno de diminutos pero visibles insectos; también un ojo tras la espesa maraña de pelo sucio.
Enorme, sin párpados, completamente redondo e inyectado en sangre.
No obstante, lo más inquietante era su fina y estrecha pupila: una mirada de reptil.
Lilith retrocedió, apartando los ojos de la cosa.
Sin embargo, unos fríos dedos se cerraron en torno a su muñeca.
—No, Lilith. No es real, pero yo sí lo soy —volvió a susurrar la cosa.
Una carcajada gutural se deslizó entre los mechones de pelo e inmundicia, haciéndole llegar un aliento nauseabundo y viscoso. La cosa tan cerca que una nueva arcada se instaló en su garganta.
Lilith forcejeó, pero los huesudos dedos de aquel ser maloliente presionaban su muñeca con fuerza.
—¡Suéltame! —exigió, golpeando a la cosa con la parte trasera de la linterna.
Pero los dedos de la criatura no la soltaron y, cuando cayó, Lilith fue detrás contra la alfombra. Intentó deshacerse de su agarre pateando a la cosa con las deportivas. Tan inmóvil. Tan extrañamente dura que le dolían los pies a cada coz.
Pero no le importó. Siguió propinándole patadas, chillando con rebeldía mientras la cosa se reía escandalosamente, como si solo le estuviera haciendo cosquillas, o quizá ni eso.
La cosa tiró de Lilith y rodaron por el suelo hasta que la criatura se le subió a horcajadas, dejándola bocarriba. Su risa grotesca se le instaló en el estómago y los pulmones. Y una de sus manos subió hasta el cuello de Lilith.
Sintió la presión en su garganta y forcejeó con más fuerza. Pero la criatura era tan fuerte que parecía no sentir dolor alguno cuando la golpeaba. Lilith boqueó en un intento de captar algo de oxígeno, pataleando y sacudiéndose, intentando liberarse de una muerte agónica.
Entonces la cosa se inclinó más hacia ella.
Su pelo grasiento cayendo sobre las mejillas de Lilith, mostrando su rostro de aspecto cetrino y enfermizo, con una boca abierta llena de dientes putrefactos y una lengua amarillenta que se abría paso entre los labios astillados.
La mueca que aquella cosa le ofrecía parecía querer ser una sonrisa, pero le subió a las entrañas en forma de bilis.
La criatura, con el rostro a pocos centímetros del de Lilith, respiró su aroma, con fervor, justo antes de volver a reír, demente. De volver a golpear sus fosas nasales con su aliento nauseabundo y espeso.
Con la mirada nublada y la presión constante en el cráneo. Con la mente embotada y los lagrimales ardiendo de forma improductiva, Lilith alzó los brazos hacia algo tras aquella cosa que le traería la muerte. Una súplica. Un grito mudo lleno de necesidad hacia aquella silueta que podría salvarla.
Tobías, el payaso de Eva, la contemplaba con su vidriosa mirada de zafiro y la sonrisa imposible. Completamente intacto. Como si ella misma nunca lo hubiera estampado contra la pared. Suspendido sobre sus cabezas y abrazado por el espino.
Intentó pedir ayuda pero no había aire en su garganta que la ayudara a producir sonido alguno.
Solo podía estirar los brazos y sentir que se desvanecía poco a poco.
Que se le saldrían los ojos en un intento de llanto y su cuerpo se retorcería, como huyendo de su propia piel.
La mirada se le volvió roja mientras las zarzas de espino que cubrían al muñeco crujían y se estiraban.
Un largo apéndice que, antes de que Lilith perdiera el sentido, rodeó la garganta de la criatura demente que intentaba matarla.