Capítulo 7
Se giró al reconocer el llanto e iluminó con la linterna. Agudizó el oído y comprendió que venía de las cortinas, corridas. Bajo la tela asomaban dos pequeños pies con zapatitos de charol rojo.
Era Eva. Tenía que ser ella.
Indecisa, se acercó a la cortina sin dejar de escuchar el llanto de su hermana. La respiración de Lilith se agitó con pesadez. Su aliento se hizo espeso y ondulaba en el ambiente; el repentino frío del cuarto se pegó a su piel aunque ella no era consciente de ello.
Alargó lentamente la mano hacia la cortina para descorrerla.
Lo hizo acompañada de la luz ultravioleta.
Pero no había nadie.
Tan solo los zapatos de charol, abandonados allí.
Las rodillas le temblaron. Empezaba a creer que jamás lograría alcanzar a Eva, igual que cuando eran pequeñas y jugaban. Porque Lilith siempre había estado un paso por detrás.
Se abrazó a sí misma otra vez mientras expiraba y dejaba escapar más vaho. Esta vez, el frío le caló los huesos de forma antinatural.
Frunció los labios y se dispuso a inspeccionar la habitación más a fondo. Dirigió la luz de la linterna hacia la cama, donde pudo apreciar un charco de aquel líquido negro y espeso que había visto antes brotar del cuerpo quemado. Un charco que la tela no era capaz de absorber.
Una gota se sumó al resto, y Lilith dirigió la luz al techo.
El espino estaba allí. Goteaba. Como si sangrara.
Iluminó también las paredes, ahora prácticamente cubiertas de zarzas que seguían creciendo. Como si quisieran encerrar a Lilith en una crisálida de espino.
En aquel momento oyó de nuevo la risa del payaso, acompañada del tintineo de las llaves.
Se sobresaltó, pero contuvo el grito. Dirigió la linterna hacia la cama, hacia el lugar donde había escuchado la risa de Tobías. Y allí volvió a verlo, con la mirada cristalina e inexpresiva vuelta hacia ella.
Esta vez, Lilith se levantó y dio tres pasos hacia el muñeco de porcelana. De repente, la linterna falló y la dejó a oscuras.
La maldición se le quedó muda en la boca, como si temiera enturbiar el silencio. Aun así, trató de actuar con sensatez. Tan inmóvil como pudo, manteniendo el miedo a raya, escuchó con atención sin dejar de intentar encender de nuevo la linterna.
No se oía la risa de Tobías ni las llaves. Tampoco el sonido de sus movimientos ni el llanto de Eva.
Solo la respiración agitada de Lilith, la tormenta de fuera y el sigiloso crujido del espino al crecer y cubrir las paredes. Lento pero seguro. Determinante.
Pero nada era tan ensordecedor como los latidos de ella. El maldito corazón que no lograba mantener a raya.
Entonces, un nuevo sonido irrumpió en la quietud. Un sonido seco que Lilith conocía demasiado bien. Un sonido que invadía todas y cada una de sus pesadillas.
Tap... Tap... Tap...
Eran los pasos. Aquellos que sonaban exactamente igual que los zapatos de su padre.
Lilith no había podido olvidarlos. Tampoco todas las noches en que él se había presentado en su habitación…
Y soltó un gemido al comprobar que se acercaban.
Tap... Tap... Tap...
Empezó a temblar y a llorar. Aquella oscuridad la ahogaba, como si el oxígeno se hubiera vuelto demasiado denso. Dio unos golpecitos a la linterna, tratando de deshacerse de la penumbra.
Tap... Tap... Tap...
Sonaban todavía más cerca. Como si hubiesen bajado de una planta más alta y ahora caminaran por el pasillo.
Tap... Tap... Tap...
Lilith chilló entre dientes y abrió la tapa de las pilas de la linterna para recolocarlas en un acto desesperado.
Tap... Tap... Tap...
Una de las pilas se le cayó, el golpe contra la alfombra opacado por la ominosidad del crujido perezoso e inquietante de una puerta al abrirse.
Tap... Tap... Tap...
Sin embargo, no era la de la habitación en la que se encontraba Lilith, sino la de al lado. A pesar de encontrarse en una incubadora de espino, el sonido de pasos le impedía pensar con claridad.
Tap… Tap… Tap.
Los pasos se detuvieron un instante en la otra habitación. No tardaron en reanudarse, pero en esta ocasión los acompañó otro sonido.
Tran, tran, tran, tran, tran, tran...
Sonaba a algo metálico, como si alguien, quizá el dueño de los pasos, estuviera pasando una porra por los barrotes de una celda.
Hecha temblores y con los dedos torpes, Lilith recogió la pila del suelo.
Trató de recolocarla en la linterna y casi se le cae otra vez. Pero logró cerrar la tapa con un gran alivio.
La encendió.
La risa del payaso resonó en su oreja derecha.
Chilló y golpeó con el hacha a la nada, pero se le resbaló de la mano y salió despedida por la inercia.
Volvió a oír la risa, esta vez más lejos, y dirigió la linterna hacia allí.
Pero no vio al muñeco.
Los pasos seguían en la otra habitación, acompañados por el sonido metálico, mientras Lilith no dejaba de buscar al payaso. Necesitaba quitarle las llaves. Por un instante, pensó en esconderse, como había hecho en el sótano, y dejar escapar la oportunidad.
Casi se había decantado por aquella opción cuando algo le cayó en la cabeza y se aferró a su garganta.
Era Tobías. Sus extremidades deformadas en un abrazo que buscaba asfixiarla.
El grito de Lilith sonó ahogado. Forcejeó y consiguió quitarse el muñeco de encima.
Al hacerlo le arrancó un brazo, que quedó en una de sus manos. Pateó al payaso y lo estampó contra la pared cubierta de espino, donde se rompió en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal.
Jadeando, llevó la mano hacia atrás para lanzar también el brazo del muñeco cuando oyó el tintineo de llaves.
Allí estaban. En la mano cercenada de Tobías.
Las llaves de casa; las que quizá le abrirían la salida, sujetas a uno de los dedos. Las cogió y dejó caer el brazo del payaso.
Y el sonido de los pasos volvió a opacar todo lo demás. Esta vez salían de la otra habitación mientras se cerraba la puerta.
Tap... Tap... Tap...
Se acercaban a ella. Antes de que le diera tiempo de buscar un lugar donde esconderse, sintió un fuerte tirón en los tobillos que la hizo caer de bruces contra la alfombra, levantando una espesa nube de polvo.
La linterna se le cayó.
También las llaves.
Intentó alcanzarlas mientras aquello que tiraba de ella la metía bajo la cama. Lilith siguió con la mirada las llaves iluminadas por la luz ultravioleta mientras la oscuridad bajo el colchón la engullía.
Chilló.
Pero se quedó muda al instante cuando oyó abrirse la puerta.
¡Ñieeeeeeeekr!
Que crujió, cómo no, de forma chirriante. Y una sensación fría le recorrió todo el cuerpo.
Lilith estaba segura de que no estaba sola bajo la cama. Alguien o algo la había metido allí. Aun así, su instinto le suplicó hacerse la muerta.
Daba igual qué o quién estuviera allí con ella. Nada le aterraba más que los pasos que entraban en la habitación, serenos y autoritarios.
Ni siquiera se atrevió a mirar. No quería, no, no podía ver aquellos zapatos… y cerró los ojos.
Contuvo la respiración.
Pero su pulso no fue tan discreto. Le atenazaba el pecho y le golpeaba en la cabeza.
Un latido constante que se apretujaba contra su cráneo.
Los pasos recorrieron la habitación. La joven sintió que los pulmones empezaban a arderle. Necesitaba una bocanada de oxígeno, pero no se atrevía a respirar. Aunque sintiera una presión profunda tras los ojos y el dióxido de carbono rascando su garganta.
Tutum, tutum, tutum…
Tap... Tap... Tap...
Pasaron por delante de ella y se detuvieron un instante. Lilith tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para reprimir un gemido…
Y fue entonces cuando, a lo lejos, un grito femenino atravesó la distancia.
Desgarrado.
Quizá fuera el cadáver con el que se había topado antes. Otra víctima de aquel lugar.
Tap... Tap... Tap...
Los pasos reanudaron su marcha y se alejaron del lugar donde estaba Lilith.
Necesitaba respirar. Con urgencia. Pero aún lo escuchaba allí con ella, en la habitación. Aunque le ardieran los pulmones y el dolor agudo en su cabeza la instara a tomar una bocanada de aire.
«Solo un poco más…», pensaba ella. Solo tenía que esperar a que…
Tap... Tap... Tap...
¡Ñieeeeeeeekr!
La puerta cerrándose le sonó como un canto angelical. Abrió la boca y cogió una enorme bocanada de aire.
Tosió y lloró. Lloró y tosió. Respiró con dificultades y apoyó la mejilla en la alfombra mientras recuperaba todo el aire que necesitaba su cuerpo. Con los ojos cerrados.