Capítulo 6
Un millar de zarzas de espino surgidas de la nada cubrieron la puerta por completo en un crujido de madera y vidrio rasgado.
Lilith se dejó caer sobre la escalera y, vencida por su estómago, expulsó bilis por la boca. Fue como si todas las arcadas que había reprimido desde su primer despertar en el sótano decidieran cobrarse la deuda que tenía con ellas.
No importaba. Ahora el espino parecía protegerla.
Se sentía incapaz de moverse, así que se quedó tumbada de lado sobre la escalera.
Incómoda, sí, pero en aquel momento su mareo y los temblores podían con ella.
Notaba su corazón latir, inquieto, aún afectado por el susto y aferrándose a cualquier resquicio de conciencia.
Su cabeza, en cambio, le decía que se rindiera, que se quedara allí dormida y que así su dolor cesaría al fin.
Lilith estaba de acuerdo con su cabeza. De modo que cerró los ojos y se quedó dormida con las manos aferradas a la linterna.
Tan solo el espino fue testigo de su abatimiento.
Mientras Lilith soñaba una vez más con aquella tarde y el sonido de los zapatos apareciendo sigilosamente en su cuarto, una tímida rama de espino asomó la punta entre el manojo que cubría la puerta.
La ramita se estiró, se acercó a la mujer y, acto seguido, le acarició la cabeza.
Poco a poco, la respiración de Lilith se fue acompasando. Sus pesadillas se fueron tiñendo de recuerdos más amables en los que Eva le tendía la mano o la invitaba a cometer una nueva travesura.
Puede que aquel fuera el motivo por el cual, por primera vez en mucho tiempo, Lilith tuvo un despertar agradable. Aunque no había dormido en un lugar demasiado cómodo, se sentía descansada. Y una nueva sensación la invadió.
El hambre.
No sabía cuánto tiempo llevaba encerrada en aquel lugar. A pesar de haber descansado, se sentía débil.
Se puso en pie despacio, con cuidado.
Dirigió una mirada hacia la puerta, aún cubierta de espino, y se sorprendió al ver algo clavado en las zarzas.
Bajó con cuidado las escaleras para acercarse y descubrió que se trataba del mango del hacha que había perdido antes. Solo que no estaba clavada.
El espino la sostenía y se la estaba devolviendo.
Lilith no entendía cómo ni por qué, pero supo que el espino la cuidaba, la protegía y la guiaba.
Un poco más confiada, alargó la mano hacia el mango del hacha. Justo cuando lo tocó, las zarzas se desenrollaron con suavidad y la soltaron.
Volvía a tener el arma, conservaba el zippo en el bolsillo y sostenía la linterna en la otra mano.
Iluminó la escalera con algo más de confianza.
De nuevo, allí estaba el garabato de espino.
Empezó a subir las escaleras. Las que la llevaban, ahora ya lo recordaba, a la planta baja de la casa donde había vivido con Eva.
Ya no se escuchaban los lamentos del cadáver carbonizado.
Mientras tanto, el espino que mantenía sellada la puerta comenzó a crecer. Cubría las paredes y las escaleras, siguiendo a Lilith.
Ella entró de nuevo en el polvoriento comedor. En esta ocasión, la sensación familiar del principio se convirtió en un surtido de imágenes de su infancia. Los que antes eran marcos vacíos estaban ahora repletos de fotografías: de sus padres, de Eva y de ella misma.
Y volvió a sentir cuánto quería a su hermana, a pesar de haberse criado bajo su sombra. También cuánto le dolía su pérdida. Y la culpabilidad asomó de nuevo bajo su garganta.
De pronto, las acusaciones de su padre se hicieron más intensas y, en cierto modo, lo comprendía.
Sí. Eva había muerto por su culpa.
Solía dejarse embaucar porque nunca había tenido el valor de tomar la iniciativa; su hermana siempre le había servido de tapadera. Pero, si aquella tarde se hubiesen quedado en casa, nada habría pasado.
Sí. Seguía odiando a su padre por su desprecio y por todo lo demás.
Pero también se odiaba a sí misma.
Y recordó que, antes de buscar una salida, tenía que ayudar a Eva. Fuera como fuese.
Ignoró el impulso de comprobar si la puerta que daba a la salida estaba abierta. En su lugar, iluminó el suelo en busca del dibujo que consideraba su guía.
De haberlo comprobado, se habría dado cuenta de que, ahora, la puerta estaba abierta.
Lilith siguió iluminando y buscando hasta encontrar el espino que serpenteaba bajo el yeso y la pintura, que le indicaba que volviera a la segunda planta.
Dirigió una mirada a la escalera hacia abajo. Estaba completamente cubierta de espino. Fue entonces cuando se dio cuenta de que varias ramas habían empezado a extenderse también por las paredes del comedor.
Se sentía segura con las zarzas, porque inconscientemente las asociaba a Eva, pero tal vigilancia le ponía la piel de gallina. Subió las escaleras y comprobó que el espino estaba dispuesto a seguirla, cubriéndolo todo tras su paso.
Lilith se preguntó si el espino estaría dispuesto a abrirle camino cuando encontrara a Eva y se dispusiera a salir de allí. Pero no le dio demasiadas vueltas.
Cuando llegó a la segunda planta, creyó que se encontraría de nuevo con ese pasillo del hospital donde había estado ingresada tanto tiempo.
No fue así, aunque también reconoció el nuevo escenario.
Era el que tocaba: la segunda planta de su casa.
Un pasillo corto. A mano izquierda, dos puertas cerradas. Lilith sabía que una daba a una habitación y la otra a un baño. A mano derecha, dos puertas más. Otra habitación individual y la de matrimonio, la de sus padres.
Un trueno retumbó en la casa.
Después, una especie de risa aguda y burlona venida de ninguna parte.
Lilith miró el pasillo de lado a lado, tratando de encontrar a su dueño.
Pero estaba sola.
Se abrazó a sí misma, inquieta, justo cuando una puerta se abrió.
Era la de la habitación de matrimonio. Se abrió con un quejido bostezante, como si hiciese años que no se movía.
La mujer retrocedió un poco, alarmada. Se aferraba al hacha con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.
De nuevo la risilla, que sonó a su espalda.
Y el tintineo de dos llaves.
Lilith se giró sin dejar de blandir el hacha. Frente a ella había un individuo de aspecto humanoide, regordete y que no levantaba más de tres palmos del suelo.
Iba vestido con una blusa de un verde muy vivo repleta de lunares rosados.
Encima llevaba un mono también de colores llamativos, aunque las prendas estaban sucias y algo raídas.
Calzaba unas grandes botas hechas de plástico, rojas como la sangre.
Pero lo más inquietante era su cara. Una cara de porcelana algo desportillada por un costado y revestida de espesos mechones escarlatas, parecidos a los de una fregona, que le hacían de cabello.
Tenía una turbia mirada azul y cristalina y una redonda nariz del mismo color que el pelo y las botas.
El rojo también se apreciaba en su sonrisa, tan enorme que le desfiguraba el rostro.
Era Tobías, el payaso de Eva.
Sintió el impulso de darle una patada. De destruirlo.
Pero era el payaso de Eva. Además, le llamó la atención lo que tenía en uno de sus dedos enguantados.
Dos llaves. Con un pequeño osito, viejo y polvoriento, como llavero. Y Lilith las reconoció al instante.
Eran las llaves de recambio que ella y su hermana siempre habían cogido en sus escapadas cuando su madre echaba la siesta.
Las llaves de la casa.
Las llaves que le permitirían salir de aquel lugar.
Tragó saliva mientras, por automatismo ya, iluminaba al payaso con la linterna. Bajo la luz ultravioleta apareció el espino de la pared envolviendo al muñeco.
Un muñeco que, por lo que Lilith recordaba, jamás había hecho ruido alguno.
Aunque ahora reía. Aun sin moverse. Sin abrir la boca. Un eco cerámico y resonante, roto y rasgado. Si de pequeña el payaso le había resultado inquietante, ahora la acongojaba.
Pero era de Eva, necesitó recordarse. Y lo llevaba cuando murió.
Justo cuando tomó aliento para preguntarle por su hermana, un inoportuno trueno resonó en la casa.
Lilith chilló y se tapó la cabeza con las manos por acto reflejo.
Culpándose por su comportamiento infantil, se recompuso, decidida a enfrentarse a Tobías.
Pero el payaso ya no estaba.
Solo había apartado la mirada unos segundos. Tampoco había escuchado ni percibido movimiento alguno.
Volvió a tronar. En esta ocasión, la lluvia se unió a la tormenta. Lilith respiró profundamente, tratando de infundirse valor, mientras se disponía a buscar el espino invisible con la luz de la linterna.
Pero por mucho que iluminase el suelo de mármol, no lo encontraba. Sin embargo, las zarzas de espino, que la habían estado siguiendo por las escaleras, ya cubrían el techo y las paredes del pasillo.
Ahora ya no se sentía tan segura. Y se preguntó si el espino no sería en realidad quien la mantenía allí encerrada.
La palabra se quedó flotando en algún lugar de su mente: carcelero. Pero la ignoró.
Entonces volvió a oírse la aguda risita del payaso.
No. No había sonado en el pasillo, sino en la habitación de matrimonio, cuya puerta estaba abierta.
Lilith entornó los ojos y centró la mirada, sin decidirse del todo a moverse.
Poco era lo que podía ver debido a que la ventana tenía la persiana echada y la linterna parecía iluminar menos que antes.
A duras penas pudo apreciar la silueta de la cama de matrimonio o la moqueta que cubría el suelo de parqué.
Dio un primer paso sigiloso, iluminando con la linterna y sin dejar de blandir el hacha. Ambas siempre por delante de su cuerpo.
Entró en la habitación.
La puerta se cerró.
Lilith se sobresaltó; después dirigió la luz de la linterna hacia la madera tras ella.
Y comprobó que, por el hueco bajo la puerta, una rama de espino trataba de abrirse paso. Un movimiento tímido pero insistente que se enroscó en su pecho. Entonces oyó un lloro a su espalda.