El Hombre de Espino Capítulo 5
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Capítulo 5

Lilith no supo determinar cuánto tiempo llevaba encerrada en aquel ataúd.

Únicamente sabía que se sentía agotada; física y emocionalmente.

No podía dejar de pensar en Eva, deambulando sola por aquel lugar nefasto.

No estaba segura de si era realmente el espíritu de su hermana, atrapado en aquella prisión, pero la preocupación no la abandonaba.

Nunca, jamás, había creído en fantasmas.

Algo irrelevante en aquellos momentos. Allí.

Tenía que sacar a su hermana de aquel lugar. O ayudarla, significara lo que significase. Pues jamás logró superar la muerte de Eva, y ahora la culpa se abría paso otra vez de su pecho a su estómago. Opacando la claustrofobia, la oscuridad y la falta de oxígeno.

Lilith no se sentía con fuerzas para seguir golpeando el interior del ataúd. Rendida, se había dejado llevar por sus recuerdos, por la misma pesadilla de siempre.

Y cuando creyó que moriría, con la imagen del ojo de su hermana incrustada en la mente, le pareció oír una voz que no escuchaba desde hacía años.

—¿Lilith? —Era la aguda voz de una niña—. ¡Lilith!

—E-Ev... —fue todo lo que pudo murmurar por la falta de aire dentro de aquella caja.

—Lilith —repitió Eva—. ¡Vamos a ver la puesta de sol!

Aquellas palabras se le clavaron dentro. Las había escuchado muchas veces. También había deseado volver a oírlas. Pero ahora sonaban con la voz correcta.

Encontró un atisbo de fuerza. Suficiente para apoyar la mano en la pared acolchada del ataúd y empujar de nuevo con toda la energía que su cuerpo tenía.

Para su sorpresa, la tapa se abrió con un chirrido de madera vieja.

La recibió un olor familiar: descomposición.

Y una oscuridad atravesada por finas líneas de luz. Lilith asomó la cabeza, desconcertada. No recordaba que la hubiesen movido de sitio. Había perdido el conocimiento, sí, pero creía que, si hubieran bajado aquel ataúd por las escaleras, se habría despertado.

O no.

Se encontraba en una pequeña salita abierta al sótano mediante un arco sin puerta. En medio de la salita descansaba el ataúd del que acababa de salir y, tras él, le pareció distinguir una puerta.

Escuchó algo que parecía arrastrarse por el suelo.

Lilith apretó las manos y se dio cuenta de que aún conservaba la linterna. A saber cuándo se la había guardado en el bolsillo trasero. También notó el bulto del zippo en el delantero, pero había perdido el hacha.

Se acercó en completo silencio, con la espalda pegada a la pared, e inclinó la cabeza por el arco para averiguar de dónde procedía aquel ruido.

A los pies de la silla de dentista había uno de los bultos que antes colgaban del techo.

Alguien, o algo, lo arrastraba hacia la escalera.

Se trataba de una figura vestida con una túnica negra. Esta vez llevaba la capucha recogida sobre los hombros, de modo que Lilith pudo contemplar aquella cara sin rostro y cuernos de carnero.

No había sido una pesadilla. Era real. Tan real como la sensación fría en sus muñecas al recordar la mano lívida que la había atrapado.

Su corazón chocó contra todas las paredes de su pecho.

Un sonido que escaló a sus oídos cuando la criatura giró el rostro hacia ella.

Lilith se ocultó tras la pared, respirando entrecortadamente. Intentó mantenerse en completo silencio.

Pero no escuchó ningún ruido que indicase que aquella cosa se movía hacia ella. Tampoco la oyó arrastrar el cuerpo de nuevo, y aquello la inquietó aún más. ¿Y si ya se estaba acercando?

Una voz resonó en su cabeza. Un eco lejano: «Puedo oleeeeerte».

Lilith no sabía cómo una criatura sin nariz podía oler, pero no estaba dispuesta a comprobarlo. Por primera vez en toda la noche, su cuerpo reaccionó antes que ella.

Aún con los ojos cerrados, sus pies la llevaron a cruzar el sótano y subir la escalera hasta la puerta. Sus manos la abrieron sin dificultades y salió de allí.

Volvió a correr por el pasillo de piedra, lleno de antorchas y cuadros. Esta vez se extendía en sentido opuesto, como el reflejo del otro corredor. Lilith no se fijó en los cuadros, cuyos ojos, todos ellos, la seguían en su huida.

Solo se preocupaba por la criatura con cuernos de carnero, que ya entraba en el pasillo.

«Liiiliiith...», canturreó.

Pero ella solo quería correr; alejarse de allí. Ya ni siquiera pensaba en Eva.

Al final del pasillo se encontró de nuevo con el portón del espejo de la cruz invertida y lo abrió de golpe.

No se dio cuenta de que, ante la puerta, había una bifurcación. Un lado conducía al pasillo del que acababa de huir. El otro, al que había atravesado antes.