Capítulo 4
Eva enroscó los dedos a ambos lados de su cabeza y se dispuso a perseguir a su gemela, simulando ser un carnero a punto de embestirla. Lilith, como siempre que su hermana jugaba así, se puso colorada y salió corriendo hacia el interior de la casa, llamando a voz en grito a su madre.
Y Eva se llevó una reprimenda por ello.
Todo aquello había ocurrido una bonita tarde, varios años atrás. Su padre estaba trabajando y las niñas se habían quedado en casa con mamá, jugando en el jardín.
De las dos, Eva era la más alegre y atrevida.
Disfrutaba chinchando a su hermana, siempre tan asustadiza, de todas las formas posibles.
Sabía que Lilith tenía un miedo enorme a los cuernos de carnero por culpa de un cuento que les había narrado su abuelo cuando aún vivía.
También, de vez en cuando, se ponía los zapatos de papá y caminaba con ellos, produciendo aquel ruido que a su hermana le ponía la piel de gallina.
Y siempre le echaban la bronca por ello.
Aun con todo, las hermanas eran dos niñas muy unidas y rara vez se separaban. Normalmente, Eva era quien liaba a Lilith para hacer travesuras. Lilith se juraba no volver a hacerle caso, pero su hermana tenía un don especial para arrastrarla a sus planes.
Por eso, aquella tarde, Eva logró convencerla para escabullirse de casa aprovechando que su madre se había quedado dormida, agotada tras pasar el día haciendo tareas.
Así, las hermanas se dirigieron a las afueras del pueblo, bordeado por un pequeño bosque, y se detuvieron en la zona de los acantilados.
Eva se había puesto sus zapatos preferidos, los de charol rojo.
También llevaba a Tobías, su payaso, que estaba en sus vidas desde que tenían memoria.
Eva lo adoraba. Lilith, en cambio, nunca había simpatizado con el muñeco y siempre le lanzaba miradas inquietas.
A Eva le gustaban las vistas desde los acantilados: contemplar desde lo alto los barcos llegando a puerto, escuchar el cantar de los pescadores u observar las gaviotas volando alrededor del faro.
A menudo, las niñas se escapaban de casa para ver juntas la puesta de sol desde allí.
Su madre jamás las había pillado, pues siempre lograban volver antes de que despertase de la siesta.
A veces, incluso llegaba a ser papá quien la despertaba al volver ya de noche. En aquellas ocasiones, él se enfadaba con ella y discutían. Decía que cualquier día tendría un descuido, acusando a sus hijas de ser especialmente traviesas. Unas que siempre la toreaban.
Él era más duro y exigente. Sobre todo con Lilith y sus miedos que, según él, eran poco apropiados para una niña de su edad. Pero mamá siempre saltaba en defensa de sus pequeñas.
A sus ojos, tan solo eran niñas muy intranquilas, pero responsables, que jamás se escaparían de casa.
Pero papá tenía razón.
Porque ellas siempre se escapaban.
Y en aquella ocasión ocurrió una desgracia.
Las dos jugaban al escondite, a sabiendas de que disponían de un par de horas para pasárselo bien. Lilith estaba entre el bosque y el acantilado, con los ojos cerrados con fuerza y llevando la cuenta atrás. Cuando terminó, se rascó la cabeza y empezó a buscar a su hermana.
Se internó en el bosque, entrecerrando los ojos, mirando detrás de cada árbol, cada arbusto y cada roca que encontraba a su paso.
Pasaron minutos.
Muchos.
Demasiados.
Una hora y media más tarde, Lilith ya empezaba a preocuparse. Al principio creyó que Eva estaba especialmente bien escondida. Incluso se lo tomó como un reto y la buscó con más ganas.
Tras un buen rato, llegó a sospechar que Eva o bien se iba cambiando de escondite o bien se había marchado, dejándola sola en el bosque. Su hermana siempre había sido puñetera, pero jamás había llegado tan lejos. Aun así, el enfado creció en sus entrañas.
Pero no se atrevió a abandonar el bosque. ¿Y si no se había ido? ¿Y si se había caído o se había hecho daño? Así que siguió buscando, gritando su nombre a plena voz.
Sin embargo, cuando la luz crepuscular ya arañaba el cielo, tiñéndolo de escarlata, Lilith decidió, por si acaso, asomarse al acantilado.
Salió de la linde del bosque y la ventisca húmeda y salada la sacudió. Entonces sintió un vuelco en el corazón al ver que, a medio camino hacia el acantilado, había un zapato de charol rojo.
Un zapato de Eva.
Lilith se acercó y recogió el calzado con la sospecha clavada en la cabeza. Un molesto pitido que amortiguaba todos los sonidos a su alrededor, desde las olas del mar hasta el cantar de los pájaros.
Casi sin darse cuenta, se acercó al límite del acantilado y echó la vista abajo.
Sus ojos se abrieron como platos y un calor vergonzoso le bajó por las piernas. Tuvo el impulso de gritar, de lanzarse al vacío, de hacer algo.
Pero estaba petrificada.
El cuerpo de Eva se encontraba sobre un pequeño saliente en la roca. Tenía la cabeza reventada sobre un charco de sangre de un rojo tan intenso que el crepúsculo sintió envidia y se esfumó, ofendido.
En las manos de la niña, su fiel payaso. El muñeco que tanto detestaba Lilith, ahora manchado de sangre. Pero no fue aquello lo que la perseguiría durante el resto de su vida.
Sino el ojo.
Un ojo con el iris de color gris, ensangrentado y fuera de su cuenca. Posado sobre una especie de nido de espino, con la pupila vuelta hacia Lilith.
El ojo de Eva la miraba, sin vida, aferrándose a ella para siempre.