Capítulo 3
Volvió a enfocar la huella y esta reapareció. El hecho más el tono azulado de la luz de la linterna le dejaron claro a Lilith que se trataba de una luz ultravioleta. Y se preguntó quién la había dejado allí, y por qué.
A un paso de aquella huella había otra. Y otra a un paso más, alejándose por el rellano.
Un atisbo de curiosidad nació en su pecho.
¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? Descartó la idea de que aquellas huellas fueran de los mismos pasos que le provocaban pavor.
Huir de alguien, seguir a otro alguien. Quizá la persona que había dejado la linterna quería ofrecerle una salida, una vía de escape.
Y la posibilidad, aunque pequeña y poco probable, anidó en su cabeza.
Lilith no quería que dieran con ella. Quizá unos pasos que solo se veían con una luz especial tampoco.
Antes de moverse, agudizó el oído. Los pasos serenos se habían perdido en la lejanía. Quizá, en alguna planta superior de aquel lugar extraño. Un sitio que descartaba por completo visitar.
En cuanto salió al rellano comprobó que las huellas ni subían ni bajaban, sino que volvían al salón. No obstante, al atravesar el marco de la puerta, la recibió un horrible olor a carne podrida y quemada, y Lilith tuvo que reprimir el vómito que se le subió, ácido, a la garganta.
Al parecer, no había tenido suficiente con los olores del sótano y la cocina. Y se preguntó por qué no había percibido aquella pestilencia minutos antes, cuando había estado rebuscando en los muebles.
Miró ligeramente las huellas luminiscentes, siempre con parte de su atención en los alrededores, y las siguió paso a paso hasta el centro de la sala.
Allí había algo que la dejó clavada en el sitio: un cadáver.
Un cuerpo carbonizado e inidentificable pero indudablemente humano. Tirado en el suelo sobre un charco de un espeso líquido negro.
No era sangre.
Lilith no sabía qué era, pero estaba segura de que no era sangre.
De repente, el cadáver abrió los párpados en un crujido que la hizo retroceder, hacha en ristre.
Sus ojos blancos, inyectados en sangre, la miraban.
Lilith seguía temblando y apuntando con la linterna, el cadáver ennegrecido abrió un orificio en carne viva sobre la barbilla, donde debía estar la boca, y soltó un extraño quejido.
Parecía un lamento. Agónico, rasgado y áspero, aunque femenino, que le puso la piel de gallina. Lo acompañaba una mano temblorosa y calcinada que se alargó hacia ella, con un crujido antinatural en todas sus articulaciones.
La mano que buscaba alcanzar a Lilith cayó al suelo. El cuerpo ennegrecido arqueó la espalda, bocarriba. Su grito en aumento y los ojos clavados en el techo.
Y algo salió de él.
Parecía una finísima rama. Una zarza de espino nacida del pecho del cadáver que crecía hacia arriba, lentamente, goteando aquel líquido negro y espeso como si fuese una ponzoña. Los quejidos del cuerpo aumentaban; como si este fuera la semilla y su sufrimiento el alimento de la zarza.
La mano de Lilith se movía sola, siguiendo el crecimiento de la rama con el haz de la linterna. Casi parecía que ella misma echaba raíces en el suelo. Porque las piernas le temblaban, sí, pero no era consciente de ello. La visión de aquella zarza la tenía demasiado absorta; hipnotizada.
Como si fuese lo más hermoso del mundo y, a la vez, lo más aterrador.
La rama se alzaba hacia el techo con la timidez de la infancia. Un avanzar inexperto y tembloroso, pero orgulloso, que buscaba parecer impasible.
Entonces la joven vio cómo el espino llegaba al techo.
Y se fundía con él.
Más extraño aún fue el garabato que apareció justo en aquel punto. Un dibujo que se revelaba bajo la luz de la linterna: más espino.
Lilith no necesitó apartar la linterna para saber que la luz le permitía ver lo que reptaba bajo la capa de yeso.
La rama que salía del cadáver seguía creciendo y creciendo. Se fundía con el techo y el garabato avanzaba.
El espino atravesó el techo como un río, con sus imperfectas ondulaciones y un avanzar errático. Pasó por encima de Lilith y cruzó la puerta tras ella mientras lo seguía con la linterna.
Y allí, esta vez, había alguien.
Su corazón dio un vuelco.
Era una niña.
Una niña de unos siete años, bajita y delgada.
Pálida, de ojos redondos y saltones. Su cabello era lacio y negro como la noche.
Una cortina que le tapaba medio rostro y solo dejaba entrever uno de sus ojos.
Iba vestida con un camisón blanco con volantes que le tapaba las pantorrillas, dejando ver únicamente sus pies.
Unos pies blanquecinos enfundados en unos zapatos de charol rojo.
Además, la niña llevaba en brazos su payaso de peluche. Recordaba perfectamente aquella cara de porcelana, con los enormes ojos de cristal y la endemoniada sonrisa. Parecía viejo, tan viejo como la vestimenta de…
—¿E-Eva? —tartamudeó Lilith como pudo.
Le sorprendió escuchar su voz algo ronca. Una mezcla de esperanza, miedo y desconfianza.
Porque aquello era imposible.
La niña dio media vuelta y corrió escaleras arriba, como si huyera de ella o la invitara a seguirla.
Lilith no se lo pensó dos veces. Como si el cadáver tras ella, aún lamentándose, no existiera. Pues en su mente solo cabía Eva.
Se encaramó a los primeros escalones y sintió un pinchazo en el dedo cuando se aferró al pasamanos.
Un manojo de espino lo envolvía.
De nuevo, ignoró lo que tenía delante y siguió subiendo las escaleras, tratando de no poner las manos donde no debía, mientras volvía a llamar a Eva. Como si solo estuvieran ellas dos en aquel extraño lugar.
Cuando llegó a la segunda planta, esta se había transformado. No era como debería haber sido.
Al final de la escalera se encontró con un largo pasillo de hospital, con paredes supuestamente blancas, aunque ahora eran de un gris sucio. A la luz de la linterna, en ellas podía apreciarse el mismo espino tras la pintura, guiándola hacia la izquierda.
Lo siguió.
Había varias puertas a su paso. A mano izquierda, pocos metros más allá de la escalera, podía verse una recepción.
En el suelo, una silla tirada. Sobre el escritorio, dos ordenadores con las pantallas parpadeando.
Al lado, una fotografía con el cristal roto.
Y en ella, un niño de ojos negros, negros como el carbón, sonreía a cámara a pesar del espino que envolvía el marco, surgido de un boquete en la mesa.
Después de la recepción había dos puertas que daban a los aseos. Más allá, otra hilera de puertas de habitaciones con sus respectivos números, tanto a la derecha como a la izquierda. A su espalda, al fondo del pasillo, sabía que había una con la etiqueta que decía: «Solo personal autorizado».
Lilith conocía aquel lugar.
Pero no se entretuvo a pensar en ello. Siguió el camino que le indicaba el espino de la pared hasta el final del pasillo.
Allí, otra puerta: la habitación número 217.
Pero esta no estaba cerrada como las demás, sino entreabierta.
—¿Eva? —preguntó a pocos pasos de allí. Esta vez, su voz sonó más decidida.
No obtuvo respuesta.
De modo que Lilith se acercó y, tras colocarse el hacha de carnicero bajo el brazo con cuidado, alargó la mano hacia la manilla. Sin embargo, antes de tocarla, se detuvo, vacilante.
¿Y si no era Eva?
¿Y si era ella y estaba allí atrapada? Tragó saliva y sus dedos se cerraron sobre el tirador para abrir la puerta.
Pero esta se cerró súbitamente.
Lilith chilló.
Y algo la agarró del hombro.
La presión sobre su cuerpo tiró de ella hacia atrás y sus pies se despegaron del suelo.
Lilith, entre gritos, pataleó y trató de aferrarse a lo que pudo sin soltar la linterna. Casi logró alcanzar el mostrador de recepción, pero se le escurrió de entre los dedos.
Al fin, se aferró a algo y tensó la mano. Alrededor del pasamanos de la escalera. Y el espino envuelto en el mismo se hundió en su palma y dedos.
Aun así, insistió en su agarre. Ahora usando ambas manos.
Y aquello que tiraba de ella lo hizo con más violencia.
Sintió un profundo dolor en las palmas y los dedos cuando estos se arrastraron por el pasamanos. Las púas del espino rasgaron la piel y quemaron su carne.
La entidad seguía tirando de ella, con una extraña fuerza, hacia el lado opuesto del pasillo.
Pero Lilith no lo veía. No podía verlo.
Finalmente, cuando creyó que se estamparía contra la puerta etiquetada para el personal, esta se abrió y Lilith fue lanzada a la penumbra. Golpeó con la espalda y la cabeza algo extremadamente duro. Se le cortó la respiración durante un instante.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue cómo la puerta se cerraba. Después, la oscuridad la engulló.
Fue un sonido seco y constante lo que la hizo recobrar el sentido.
En un principio no le dio importancia. Le daba igual. Sentía las costillas y la cabeza doloridas y no quería despertarse. Quería dormir.
Pero el sonido era molesto. La desconcentraba.
Tac… Tac… Tac…
Aquello la obligó a prestar atención al resto de sentidos.
Le costaba respirar, como si el oxígeno no llegara a sus pulmones por mucho que aspirara por la nariz y la boca.
Pero no era solo eso.
Hacía calor, mucho calor.
Se sintió encerrada, y abrió los ojos, pero no vio absolutamente nada.
Tac… Tac… Tac…
Lilith trató de moverse. Pero allá donde posaba las manos, la frente o la punta de los pies se encontraba con una especie de pared acolchada. Como si estuviera en una estrecha habitación en la que solo cabía una persona, de pie e inmóvil.
Como en un ataúd.
Tac… Tac… Tac…
—No… —susurró, y comenzó a golpear con los doloridos puños.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Tac… Tac… Tac…
El martilleo seguía y Lilith supo que alguien estaba sellando el ataúd para dejarla dentro.
—¡No! —Siguió golpeando con fuerza, sintiendo dificultad para coger aire, mientras las lágrimas le salían por los ojos y se le derramaban hacia las orejas—. ¡Sacadme! ¡Sacadme de aquí!
Tac… Tac… Tac…
Sentía cada martilleo en el cerebro, como si en vez del ataúd le estuvieran golpeando el cráneo. Lilith gritó con toda la fuerza de sus pulmones cuando el martillo dio sus últimos tres golpes:
Tac… Tac… Tac.