El Hombre de Espino Capítulo 2
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Capítulo 2

Pero la tierra no se la tragó.

Los pasos permanecían quietos. Lilith lo sentía a su espalda, al otro lado de las cajas.

Algo en su cabeza le decía que, quien fuera, sabía que ella estaba allí, pero no se movía.

Ninguna señal que indicara que quisiera sacarla de allí.

Aunque fuera algo que podía hacer echando una mano tras las cajas y tirando de su brazo.

El llanto quiso salir en tromba de su garganta, pero lo reprimió.

Se recordó respirar. No hacer ruido. Escuchar y fundirse con el entorno.

Entonces los pasos sonaron de nuevo:

Tap… Tap… Tap…

Se alejaron. Poco a poco. De ella y su escondite.

Y, después de lo que le pareció una eternidad, los pasos y su ritmo sereno subieron de nuevo las escaleras.

Peldaño a peldaño. La llave en el cerrojo y el chirrido de la puerta.

Y después la vehemencia de la soledad.

Siguió esperando hasta que los escuchó de nuevo en el techo. Solo entonces se permitió gemir, por fin, de puro alivio. Un quejido entre dientes y labios cerrados, tembloroso y teñido de ansiedad.

Se dejó llorar mientras salía de su incómodo escondite. Estiró los pies resentidos y las piernas le temblaron por la tensión constante. Pero no se permitió hacerse un ovillo en el suelo, ceder al impulso de evadirse del lugar en el que estaba.

Agudizó el oído. Los pasos sonaban cada vez más apagados.

Miró hacia la escalera y vio que de arriba llegaba una luz anaranjada.

El corazón le latió con fuerza mientras se dirigía, dubitativa, a su posible vía de escape. Mientras se apoyaba en la pared y la penumbra a su alrededor se convertía en oscuridad. Mientras la luz anaranjada captaba toda su atención.

Porque la puerta estaba abierta.

Sin embargo, se quedó en el sitio, sin atreverse a subir. Porque la luz anaranjada era producto de una antorcha al otro lado de la puerta.

Una antorcha. Una pared de piedra.

Pero una salida era una salida.

Lilith, sin embargo, no se movía. Incrédula ante la idea de que el dueño de los pasos se hubiese olvidado de cerrar la puerta.

Respiró una, dos veces. Y subió cautelosa.

Atravesó la puerta y contempló el interminable pasillo que se abría ante ella. No era recto: más allá trazaba una curva hacia la izquierda, creando una estructura circular. Las paredes de piedra estaban cubiertas de antorchas y retratos extremadamente vívidos de personas que le parecieron nobles.

¿Dónde demonios estaba?

Aun así, siguió adelante aferrada al hacha, siempre con la vista a la parte más lejana del pasillo. Trató de no fijarse demasiado en los retratos; en sus ojos que parecían vigilarla desde salas ocultas tras las paredes.

Aún se oían los pasos, tranquilos y serenos, cada vez más lejos. Ahora subían escaleras.

Lo que fuera con tal de que no se le acercaran de nuevo.

Al final del pasillo había una enorme puerta con arco.

E incrustado en el portón de madera un espejo con forma de cruz invertida, donde Lilith pudo apreciar su pálido y menudo rostro redondo, de aspecto enfermizo, y sus ojos grises y saltones.

Su cabello negro le caía a ambos lados con un lacio encrespado.

Sintió que llevaba siglos sin verse a sí misma. Era incómodo.

Acercó la mano al redondo pomo de cristal de la puerta y lo giró.

La madera rechinó escandalosamente:

¡Ñieeeeeeekrrr!

Los pasos, a lo lejos pero siempre presentes, se detuvieron. Como ella.

Tras unos angustiosos segundos, continuaron subiendo escaleras, de nuevo alejándose. Y Lilith suspiró.

Dudó en si coger una antorcha. La idea de avanzar en la penumbra solo con el zippo la aterraba. Pero, si quería huir, debía pasar desapercibida. Porque no sabía cuántas personas podía haber en aquel lugar desconocido.

Entonces le vino a la mente el recuerdo de la cara sin rostro del encapuchado, con enormes cuernos de carnero. Tragó saliva, segura de que las drogas habían alterado su percepción de la realidad; de haber tenido otra vez pesadillas diurnas.

Por fin se decidió a coger una antorcha y la introdujo por el hueco de la puerta.

Se asomó con cuidado para ver qué había y se encontró con unas escaleras que subían a otra planta.

Pero el suelo ya no era de piedra, sino de baldosas marrones, más semejante a un rellano moderno. Un cambio repentino que la desconcertó.

No parecía haber nadie allí, así que atravesó la puerta y levantó la antorcha para mirar hacia el final de la escalera. No subían en círculo, tal y como esperaba, y arriba pudo apreciar un rellano con dos puertas de madera barnizada y una segunda sección de escaleras que ascendía en paralelo.

Por la parte derecha del rellano superior se filtraban finos hilos de luz lunar. Una sala, quizá. Puede que con ventanas.

Con un último vistazo al pasillo de los retratos, Lilith cerró con cuidado la puerta tras de sí y subió un par de escalones antes de dejar en el suelo la antorcha. Porque no quería subir completamente a oscuras pero tampoco llamar la atención demasiado. Así que avanzó con mucho sigilo.

Cuando llegó arriba, echó una ojeada a la sala que se abría a la derecha: un salón comedor común y corriente.

Frente a la puerta en la que se encontraba Lilith, un enorme ventanal con la persiana echada; aunque por las rendijas se colaba algo de luz del exterior.

A mano izquierda, un sofá viejísimo. A su derecha, muebles con marcos vacíos.

Y capas y capas de polvo acumulado durante años.

También había una puerta más. Una salida.

Lilith se dirigió al instante hacia esta con una extraña sensación de familiaridad.

Quizá por el apremio, quizá porque estaba centrada en otras cosas, no se percató del reflejo que apareció en el ventanal: una sombra humanoide allí donde un segundo antes había estado ella. La silueta de un hombre rodeado por zarzas de espino, que lo envolvían y serpenteaban a su alrededor.

Sin embargo, tras comprobar que la puerta estaba cerrada y probar suerte con el ventanal, el reflejo de aquel extraño hombre ya había desaparecido.

Trató de abrir la puerta corrediza, pero no quiso ceder por mucha fuerza con la que tirara.

Soltó una maldición por lo bajo y se dirigió hacia el otro extremo para probar suerte con la otra hoja.

Y, justo mientras lo hacía, en el lugar exacto en el que ella había estado, volvió a aparecer la misma silueta reflejada en el cristal.

A pocos centímetros de ella.

Sin embargo, Lilith estaba demasiado ocupada tratando de mover la puerta.

Cuando se dio por vencida, intentó al menos subir las persianas para dejar entrar la luz aunque, al comprobar que no cedían, finalmente se giró obstinada.

El reflejo del hombre había vuelto a desaparecer.

Lilith encendió el mechero y rebuscó entre los cajones de los muebles y los cojines del sofá. Por si acaso. Por si la llave de la puerta estaba por allí.

Un ruido más allá del pasillo captó su atención y se quedó quieta. El sonido de un objeto al caer limpiamente sobre el suelo.

Dudó unos instantes y alzó el hacha de carnicero al tiempo que se guardaba el zippo en el bolsillo para que no le estorbase.

Por si también tenía que usar las uñas.

Salió al rellano y miró escaleras abajo, donde la antorcha aún titilaba y alumbraba la zona.

Después escaleras arriba, donde no parecía haber movimiento.

Obvió la primera puerta a su derecha, un cuarto de baño, y se acercó a la segunda.

Agarró la manilla y la levantó unos milímetros para evitar que chirriara antes de abrir y entrar.

La estancia era tan oscura que necesitó sacar el mechero del bolsillo para vislumbrar sus relieves.

Era una amplia cocina con una encimera que cubría la mitad, en forma de «U».

Un microondas a un lado, una nevera al otro y un par de ollas sin lavar en el fregadero.

Olía mal. Un hedor profundo y espeso que probablemente venía de la nevera; o de la bolsa de basura que había en una esquina; o incluso de los propios desagües.

Además, no había ventana alguna y parecía que hacía meses, incluso años, que nadie limpiaba.

Porque las capas de polvo y la roña incrustada en las juntas de los azulejos creaban una pátina gris sobre toda superficie visible.

Sin embargo, lo que la había atraído hasta allí, lo que había caído al suelo, era una linterna tirada en medio de la estancia. Era pequeña, cilíndrica y negra. Se agachó y la rodeó con los dedos y un profundo alivio.

Dejó el zippo en el suelo y comprobó que la linterna tuviera pilas. Después la encendió y observó que la luz que emitía era azulada y no blanca. Pero al menos funcionaba.

Dirigió una mirada circular a la cocina, ahora acompañada de su nueva herramienta, y pensó en explorar los armarios.

Pero el pensamiento de abrir el frigorífico le recordó al hedor del sótano y decidió que ya había sufrido bastante aquella noche.

Recuperó el mechero del suelo y lo guardó en el bolsillo para salir de la cocina.

Se quedó quieta en el sitio. Con la mirada fija en el suelo frente a la puerta.

Allí había una huella humana. Y esta relucía. Como si la suela que la había dejado hubiese pisado algún tipo de líquido refulgente.

A Lilith le extrañó no haberla visto al entrar y, con una profunda sospecha, algo casi instintivo, balanceó la luz de la linterna a un lado y la huella desapareció.