El Hombre de Espino
© inepub.com
Capítulo 1
La puerta se abrió y un relámpago iluminó el amplio vestíbulo de una antigua torre.
El encapuchado que llevaba el saco a la espalda entró en la penumbra, seguido por su compañero.
La mujer llevaba ya un buen rato inconsciente, quizá por las drogas, quizá por la hipotermia.
Ellos se limitaron a descender a la planta inferior y a dejar el fardo en el suelo.
Un golpe seco del cuerpo contra el suelo resonó en la sala poco antes de que salieran de allí.
Lo primero que sintió ella al despertar fue un intenso olor a descomposición.
Aunque estaba prácticamente a oscuras, la tenue luz que se filtraba a través de los ventanucos, cerca del techo, dejaba entrever una habitación grande y abarrotada de trastos. No le llegaba más sonido que el de su propia respiración agitada y el gemido de una tormenta.
Se rodeó el cuerpo con los brazos mientras se ponía en pie, y notó algo extraño.
Llevaba otra ropa.
En lugar de la bata de hospital y los zuecos de goma, vestía un jersey oscuro, unos tejanos y unas deportivas. Y, además, parecía habérsele pasado por completo el efecto de las drogas.
Se palpó el cuerpo y advirtió un objeto rectangular en el bolsillo del pantalón. Metió la mano para comprobar que se trataba de algo metálico. Cuando lo sacó, buscó identificarlo al tacto y notó una especie de tapa en la parte superior. La abrió.
Una fina lengua de fuego apareció frente a su pálido rostro.
Volvió a cerrar la tapa y la llama desapareció.
Era un zippo.
¿Qué hacía aquel mechero en su bolsillo? Lo encendió de nuevo y avanzó por la habitación a tientas, midiendo el terreno con la mano libre y entrecerrando los ojos en busca de ver más allá de la luz proyectada por la pequeña llama.
Esta iluminó parte de una mesa abarrotada de instrumentos, a pocos pasos a su derecha. La mano le tembló al fijarse mejor.
Diseminada sobre la mesa había una selecta variedad de cuchillos, hachas, collares de pinchos y otros utensilios.
Retrocedió y algo chocó contra su espalda.
La llama se apagó y se le tensaron los músculos.
Aquello se alejó ante el golpe, pero osciló de vuelta y sintió su peso encima. La mujer se apartó ante el tacto y encendió de nuevo el zippo, con los dedos temblorosos, para ver qué era.
Iluminó un gran bulto colgado del techo, envuelto en sábanas manchadas de algo que no logró identificar en un principio; se mecía, acompañado de un tenue sonido chirriante, y apestaba a podredumbre. El hedor inundó sus fosas nasales y asentó una arcada en su garganta.
Se quedó clavada en el sitio. No pudo evitar pensar que el bulto era lo bastante grande como para ser un cuerpo humano en posición fetal.
Las manchas… parecían de sangre. Así que retrocedió hasta la mesa y agarró un hacha de carnicero de buen filo, dispuesta a usarla si era necesario.
Después reculó de nuevo, evitando el bulto contra el que había chocado y tanteando esta vez con la mano armada.
No sabía si mirar adelante o atrás, a aquello que aún oscilaba colgado del techo. Y necesitó invertir unos segundos, aguantando la respiración, en saber si el bulto se movía. Si, cuando le diera la espalda, algo saldría de aquella crisálida para perseguirla y atraparla.
Aún sentía la mano lívida del encapuchado sobre el cuerpo. Una marca fría sobre el brazo.
Esperó uno, dos segundos, tres. Pero el bulto parecía algo completamente inanimado y, tras exhalar el aliento que necesitaba salir de sus pulmones, continuó su camino.
Entonces palpó la superficie de otra mesa. Dirigió la luz del zippo hacia allí, temiendo encontrar más instrumentos de tortura. Pero distinguió una simple mesilla mohosa, encima de la cual descansaba una carpeta policial etiquetada con su propio nombre: Lilith Domènech Calavia.
La rabia empezó a abrirse paso por su cuerpo. ¿Acaso se trataba de algún tipo de juego? Si era así, ella no tenía ninguna intención de jugar, de modo que ignoró la carpeta. Apartó el mechero de la mesilla y alargó la mano para iluminar más allá.
—¡Ay! —exclamó al sentir una quemazón repentina en la yema del dedo.
El zippo se le cayó y el golpe retumbó en toda la habitación. Como si todos los objetos que hasta ahora amortiguaban los sonidos hubieran desaparecido del plano.
Se agachó con cuidado, con la piel tensa sobre sus propios músculos, y buscó con los dedos el mechero traidor. Lo encontró a unos pocos palmos a la izquierda y lo recogió antes de levantarse otra vez y volver a iluminar sus alrededores.
Reanudó la marcha, con el zippo en alto, y esta vez se dirigió hacia la ventana más próxima. Pero estaba demasiado alta como para ver algo. Ni poniéndose de puntillas.
Tanteó con la punta del pie una caja cercana y la presionó para comprobar su dureza. Suficiente. La empujó usando la fuerza de sus piernas y se subió a ella, apoyada en la pared. Y aun con eso necesitó estirar todo su cuerpo para llegar al cierre del ventanuco.
Trató de forzarlo, pero comprendió que no cedería. Lo golpeó, le falló el equilibrio y tropezó. Y tanto el zippo como el hacha se desperdigaron por el suelo.
De nuevo a oscuras.
Se puso en pie con lentitud. Arrastró los pies por las cercanías pero solo encontraba cajas y más cajas. Ni rastro de su arma. Ni rastro del mechero.
Así que mantuvo la posición, escuchando que nada ni nadie se moviera cerca de ella. Sus músculos tan tensos, la respiración tan medida y sutil que sintió que se mareaba. Y se quedó allí hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra y pudo ver con más claridad la habitación.
Debía ser un sótano.
Había otros bultos colgados del techo, y unas telas rasgadas. Restos de las crisálidas tras salir lo que naciera de ellas.
Negó y se recordó que nada le aseguraba que fueran cuerpos lo que había allí colgado. Nada que le indicara que fueran seres vivos o muertos. Nada que le diera a entender que no estaba sola allí.
Aparte de las dos mesas con las que se había topado antes, el sótano estaba lleno de cajas y, más allá, en un espacio ligeramente más despejado, una silla que parecía sacada de la consulta de un dentista de los años treinta, mesilla auxiliar incluida, que le hizo saltar todas las alarmas.
O ser consciente de que llevaban un buen rato sonando en su cabeza.
Necesitaba salir de allí ya.
En la periferia del ojo encontró la respuesta a su urgencia: una escalera.
Bajó la vista al suelo y, al fin, el tenue brillo del filo del hacha reclamó su atención.
Se acercó a recogerla y empujó algo metálico con el pie: su zippo.
Un golpe de suerte, quizá; o producto de los angostos pasillos formados por cajas y trastos.
De nuevo armada, con el mechero en el bolsillo por si la penumbra se convertía en oscuridad, buscó el camino hacia la salida.
Con la mirada fija en su objetivo y respirando por la boca para que el hedor no anidara en sus pulmones.
Sin pensar que la podredumbre se aferraba a sus entrañas con cada jadeo.
Obviando por completo las telas, los bultos y la falta de cualquier sonido que no fuera ella.
Con el paso acelerado y los dedos aferrados al hacha, llegó a la escalera y se asomó a esta, a oscuras. No necesitó encender el zippo para saber que al final había una puerta.
Subió sin dudarlo, con una mano en la pared y la otra frente a su rostro, hasta que chocó con una superficie que parecía de madera y la tanteó hasta encontrar el pomo.
Al pomo le dio igual.
La puerta estaba cerrada. Palpó el marco en busca de algún pestillo, pero no lo encontró. Tiró de nuevo del pomo y sujetó el hacha de carnicero entre los dientes para aferrarse con ambas manos. Incluso clavó un pie en la pared para hacer más fuerza.
Pero esta no se movió un ápice.
Bajó las escaleras, llena de frustración, en busca de otra salida. Aunque algo dentro de su cabeza le decía que era poco probable. Que estaba encerrada allí.
El aliento se le atascó en los pulmones y aguantó un quejido.
Los músculos le temblaban bajo la piel, como si quisieran salir despavoridos de ella y del sótano.
Buscó y buscó. En cada esquina y pared que conseguía ver entre cajas y trastos.
Hasta que, caminando de espaldas, algo chocó contra sus pantorrillas y terminó sentada sobre la silla de dentista.
Sus manos al aire, en busca de un punto de sujeción, golpearon la mesita auxiliar y esta cayó al suelo en un estruendo que hizo eco en toda la estancia.
Saltó como un resorte, asqueada, y siguió buscando otra vía de escape.
Entonces escuchó unos pasos en el techo y miró hacia arriba. La imagen de uno de los encapuchados y sus manos sobre el cuerpo rondándole la mente.
Tap… Tap… Tap…
Secos y tranquilos, los pasos siguieron hacia la izquierda. Sus pupilas vislumbrando su presencia a través del techo. Sin parpadear. Sin respirar. Encogida y temblando.
Parecían oírse cada vez más cerca. Y el quejido de la puerta confirmó sus sospechas.
Quien fuera, estaba bajando. Y tenía la llave de la puerta.
Los órganos se le subieron a los pulmones y buscó un lugar donde esconderse. Donde fuera. Hasta podía meterse en uno de los bultos si era necesario.
Entonces vio un muro de cajas que parecía ligeramente separado de la pared. Un hueco. Un resquicio.
Corrió y se metió allí tiesa como un palo, con la espalda contra las cajas y las puntas de los pies dobladas contra la pared. Por suerte, el muro era lo suficientemente alto como para taparla, o tendría que haber retorcido todo su cuerpo para esconderse allí.
Agudizó el oído:
Tap… Tap… Tap…
Clinc… Clinc… Clinc…
Los pasos bajaban por las escaleras a un ritmo angustiosamente lento. El chirrido agudo de la puerta al volver a cerrarse la dejaron sin respiración.
De nuevo, sin salida. Y ahora no estaba sola.
La serenidad de los pasos en la penumbra le dejó en claro que quien fuera no necesitaba luz alguna para pasearse por allí. Como si se conociera la estancia de memoria. Cada caja, cada objeto, cada bulto colgado del techo…
El sonido de los pasos se llevaba toda la atención de Lilith, que intentaba no sollozar, no gimotear. Respiraba lentamente con los labios temblorosos y los dedos prácticamente fundidos con el mango del hacha.
Se acercaba a ella y reprimió un alarido de auxilio. Cerró los ojos con fuerza.
Tap… Tap… Tap…
Cada paso aceleraba su pulso.
Tap… Tap… Tap…
Tutum, tutum, tutum…
Tap… Tap… Tap.
Se detuvieron.
Y quiso que se la tragara la tierra.