El Hombre de Espino Capítulo 12
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Capítulo 12

Había perdido el conocimiento, de nuevo. Y de nuevo al abrir los ojos estaba en un lugar diferente al último que recordaba.

Para colmo, otra vez estaba en el sótano.

Volvía a estar vacío, sin cajas y sin mesas.

Tampoco estaba la mesita con la caja de madera donde había tirado el zippo.

Eso sí, las paredes estaban completamente cubiertas de espino.

Y Eva estaba de pie ante Lilith, que seguía colgando del techo bocabajo envuelta en vendas.

Sentía la sangre bajarle a la cabeza y acumulársele tras los ojos.

—Eva… —susurró, lanzando a su hermana una mirada de súplica. Las vendas le cubrían prácticamente todo el cuerpo, a excepción de la cabeza, abotargada—. Ayúdame.

Pero ella, en toda respuesta, negó con la cabeza.

—Debes asumir lo que hiciste. —Su voz sonó como esquirlas de hielo.

—Lo que… ¿hice? —Lilith sospechaba a qué se refería; por supuesto que sí—. ¿A qué te refieres?

—¡No finjas que no te acuerdas! —reprochó la niña. La sonrisa se había esfumado de su rostro. Tras unos segundos de silencio, suspiró y añadió—: Muy bien. Si no quieres hablar, el espino te sacará la verdad.

Y, como si obedeciera la voluntad de Eva, el espino de las paredes se revolvió.

De un manojo especialmente denso comenzó a surgir una masa de casi dos metros de alto, formada por millones de zarzas.

Poco a poco, las ramas se fueron retirando y dándole forma.

Como si una mano invisible esculpiera una estatua en el espino.

La masa empezó a adquirir aspecto humanoide y, cuando Lilith quiso darse cuenta, el espino dejó entrever lo que había bajo una de las extremidades: parecía piel.

Y así, el Hombre de Espino emergió.

La mera visión aterrorizó a Lilith. El hombre no llegaba a poner los pies en el suelo.

Las zarzas le cubrían las piernas y lo mantenían en el aire, como cuerdas de titiritero que impedían su caída.

Pero la mujer apreció que, con cada movimiento del hombre, el espino obedecía y lo seguía.

No quedaba del todo claro si él no era más que una marioneta del espino o viceversa.

En aquel momento, los ojos del Hombre de Espino se encontraron con los de Lilith.

Era una mirada mística, ahora carente de emociones y, sin embargo, conocedora de todas ellas.

En aquellas pupilas sin iris parecía no haber color alguno, aunque sí una oscuridad infinita.

Y, al mismo tiempo, en aquella oscuridad podían apreciarse todos y cada uno de los colores conocidos.

La culpa la embargó al comprender lo que aquellos ojos le pedían:

«La verdad».

Había llegado la hora de su juicio.

La voz del Hombre de Espino había sonado en su mente. Volvió a tener la sensación de que no podría negarle nada.

Y entonces sus pecados le pesaron de verdad.

Volvió cerrar los ojos, incapaz de sostener las pupilas que querían invadirla y hacerle recordar lo que más temía admitir.

Pero ni siquiera con los ojos cerrados podía librarse de la influencia de la mirada del Hombre de Espino. La abrasaba a través de sus párpados y le impedía sumirse en la oscuridad que en aquel instante tanto anhelaba.

«La verdad», volvió a sonar la voz del juez en su cabeza.

No era una petición, sino una orden.

Una orden simple, clara y concisa que no admitía réplica.

—¡No! —chilló Lilith, aún sin atreverse a abrir los ojos.

Y sintió el bofetón que le cruzó la cara.

El calor en su mejilla se hizo evidente. La osadía del Hombre de Espino le ardió en la cabeza y el corazón. Su influencia la hizo volver la cara hacia él.

Estaba a escasísimos centímetros de ella.

«La verdad», repitió.

Lilith, no obstante, buscó con la mirada a Eva. La encontró tras el Hombre de Espino, observando la escena con las yemas de los dedos juntas y una sonrisa de oreja a oreja. Su único ojo parecía a punto de salirse de su órbita.

—¿Ya? ¿Va a confesar por fin? —preguntó la niña, con un tono teñido de emoción mal contenida.

El juez inclinó la cabeza y reflexionó:

«Quizá». Se detuvo unos instantes. «Solo ella sabe si se le concederá la libertad o se quedará encerrada aquí para siempre».

Lilith se preguntó qué la aterrorizaba más: la condena… o la verdad.

En aquel instante, dos figuras surgieron del espino a la espalda de Lilith. Se arrastraron con un sonido viscoso hasta situarse debajo de su cabeza. A continuación, ambas se alzaron tímidamente y empezaron a acariciarle el cuero cabelludo con las manos.

—Pst… Lilith, noooooooo —susurró en su oído izquierdo el ser demente que había tratado de ahorcarla—. No confieses, noooooooo…

—Sí, venga ya; confiesa de una vez —replicó otra voz, con un deje femenino, en su oído derecho. Lilith reconoció a la criatura: era el cadáver carbonizado—. Confiesa y todo acabará. En serio. No te deseo esto.

Lilith no comprendía del todo por qué le decían aquellas cosas, pero trató de ignorarlos. Cerró los ojos con fuerza e imaginó que se hallaba muy lejos de allí; quizá en alguna pradera. En un mundo hermoso donde no existiera el espino ni los cadáveres; ni siquiera Eva.

«Eres terca», terció el Hombre de Espino.

Y le propinó otro bofetón.

—Confiesa ya… o puede ser mucho peor —susurró el cadáver en su oído.

—Nooooooooo, Lilith, noooooooo —contradijo el demente—. Quédate, lo pasaremos bien. ¡Pondremos ratoneras para los fantasmas! —Soltó una carcajada gutural—. No confieses…

—¡¡¡Callaos!!! —tajó ella, harta de escucharlos.

Sin embargo, no dijo nada más. Se quedó saboreando el silencio.

La noche estaba muriendo; por las ventanas se asomaban las primeras luces del alba.

«Lilith». El Hombre de Espino pronunció por primera vez su nombre. A ella le sonó aterrador, pero el miedo le supo a gloria por un instante. «Confiesa de una vez, ¿qué le hiciste a tu hermana?», inquirió.

—Noooooooo, pst, Lilith, noooooooo…

—No querrás esto. Es mejor que te enfrentes a tu verdad. Créeme; la vida aquí no es cómoda.

—Noooooo, cómoda nooo, pero divertida. ¡Divertida sííííííí!

«Confesarás», aseguró, tajante, el Hombre de Espino.

Y los otros dos se retiraron a las sombras.

En aquel momento, el juez alargó una mano hacia Lilith y la cogió del pelo. La obligó a alzar un poco la cabeza, o lo que desde su posición invertida equivalía a bajarla, y a dirigir la mirada hacia él.

Cuando ella profirió un quejido de dolor, el Hombre de Espino le metió algo en la boca y se la tapó con la mano.

El primer impulso de Lilith fue escupirlo, pero se topó de lleno con la piel helada del juez. Y sintió una arcada al notar aquella cosa esférica, del tamaño de una uva especialmente grande, dura y asquerosamente viscosa.

El Hombre de Espino forzó aún más su postura, de forma que la garganta quedase alineada bajo la boca. Después le tapó la nariz para obligarla a tragar…

Lilith, en un impulso, trató de morder la mano del juez. Pero solo consiguió dar un bocado a lo que él le había metido en la boca. Lo partió…

…y sintió un jugo mocoso emanar de su interior.

Vomitó y casi se ahogó en su propio vómito.

Lo habría hecho de no haber apartado la mano el Hombre de Espino. La soltó y, por la inercia, Lilith cayó al vacío. Sintió un fuerte tirón en todo el cuerpo, que se tambaleó aún colgado del techo.

Lo que quedaba del ojo de Eva había salido disparado de su boca y ahora reposaba, masticado, en el suelo.

Sin darle tregua para tomar aliento, el Hombre de Espino la agarró otra vez del pelo y la obligó a mirarlo.

O, más bien, a mirar su otra mano.

La tenía alzada, con los dedos en dirección a la cara de la mujer. Y, como si fueran culebras, zarzas de espino se deslizaron por su brazo, su mano, sus dedos… y siguieron por el aire.

Cinco puntas se dirigieron hacia uno de los ojos de Lilith y se clavaron en el párpado.

La mujer chilló, chilló como si el dolor fuera infinito. Su cuerpo convulsionó en forcejeos violentos, pero nada podía hacer contra aquellas vendas que la envolvían.

Se sintió aún más impotente que cuando la encerraban en su habitación del psiquiátrico, con la camisa de fuerza y hasta las cejas de tranquilizantes y antipsicóticos.

«Ojo por ojo», sentenció.

Los dedos de espino del juez se lo arrancaron de cuajo, impasibles ante los gritos de dolor de Lilith. Lo apartaron suavemente mientras el nervio óptico terminaba de salirse de la cuenca, ahora vacía y sangrante.

El Hombre de Espino dejó caer el ojo de Lilith al suelo con un gesto de indiferencia.

No había apartado la mirada de ella ni un segundo.

«¡Confiesa!». Esta vez, su voz había sonado amenazadora y… casi enfadada. «Di la verdad, ¿qué le hiciste a tu hermana?».

—¡¡¡LA MATÉ!!! —confesó Lilith en un chillido, llorando sangre que goteaba hacia el suelo—. ¡Yo la empujé por ese acantilado! Quería que muriera porque ella era la favorita de todos mientras que yo… mientras que yo… —Se le quebró la voz. Sintió que no podía seguir hablando.

Pero el Hombre de Espino la volvió a abofetear. Un último golpe que destapó todos sus secretos.

—¡Mientras que yo era violada por mi propio padre! —gimió y añadió—: Mamá lo sabía. Tenía que saberlo, pero le dio igual. No hizo nada. Permitió que me tocara.

»Y por eso también la maté. ¡Le prendí fuego mientras dormía!

Los recuerdos de su vida pasaron zumbando como un torbellino confuso en su mente.

Los de los asesinatos: primero Eva, después su padre, luego su madre.

Y, tras ellos, un buen puñado de víctimas más que fue acumulando antes de que dieran con ella y la encerraran en el psiquiátrico al no hallar pruebas de sus delitos…

Terminó de amanecer y las vendas soltaron a Lilith.

Después, todo se volvió oscuro.