El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Pero encontrar algo desde un helicóptero no significaba saber cómo llegar hasta allí desde la tierra.

Ahora, cuarenta minutos después, estaba de pie junto al capó del coche mirando un mapa que insistía en decirle que allí no había nada.

Brooks apoyó un dedo sobre el papel.

—Tú dijiste que estaba aquí.

—Está aquí.

—Pues el mapa discrepa.

—El mapa no iba conmigo en helicóptero.

Brooks siguió la carretera con el dedo.

—Tenemos el canal aquí. La carretera secundaria aquí. El tendido eléctrico coincide. La propiedad debería quedar…

Movió el dedo unos centímetros.

—Aquí.

Reynolds miró alrededor.

A un lado de la carretera había pinos, maleza y una sucesión de árboles bajos. Al otro, una zanja llena de agua oscura y hierba alta.

Nada que pareciera una entrada.

—Está aquí —repitió.

Brooks levantó la cabeza.

—Acabas de decirlo con más convicción. No significa que sea más verdad.

Reynolds volvió al mapa.

La propiedad figuraba. La casa también, aunque apenas como una pequeña marca cuadrada.

Lo que no aparecía era una carretera de acceso.

Ni un camino.

Ni una entrada.

—Tiene que haber alguna entrada.

—O entra en helicóptero.

Reynolds lo miró.

—Kevin.

—Estoy aportando hipótesis.

El calor se había quedado suspendido bajo una capa de niebla que todavía no terminaba de levantarse. No era la niebla espesa de primera hora, sino una película baja entre árboles y zanjas que apagaba los colores.

La carretera parecía más estrecha de lo que era. Los sonidos llegaban amortiguados.

Un coche pasó a bastante distancia y desapareció detrás de una curva sin que apenas lo vieran.

Reynolds dobló el mapa.

—Vamos andando.

—¿Hacia dónde?

—Hacia donde está.

Brooks soltó aire.

—Magnífico procedimiento cartográfico.

Caminaron casi veinte minutos siguiendo la carretera.

Reynolds miraba a la izquierda. Brooks, a la derecha.

Dos veces creyeron encontrar una entrada.

La primera terminaba en una zanja. La segunda era un paso de maquinaria completamente cubierto por zarzas.

Brooks se detuvo.

—Mark.

Reynolds ya había avanzado unos metros.

—¿Qué?

—Ven.

Había dos árboles separados por una distancia suficiente para que pasara un coche. Entre ellos, la hierba estaba más baja.

Nada más.

Desde la carretera parecía simplemente otro hueco entre la vegetación.

Reynolds se acercó y miró hacia dentro.

El paso avanzaba apenas unos metros y después giraba bruscamente hacia la derecha. Más allá de la curva no se veía nada.

—Podría ser.

Brooks observó el suelo.

—Podría ser cualquier cosa.

Reynolds volvió a mirar el mapa. Después los árboles. Después la posición del sol.

—Está donde debería estar.

—Eso dijiste hace veinte minutos.

—Y sigo teniendo razón.

Brooks se quedó mirando el hueco.

—No parece una entrada.

—Precisamente.

Se acercaron unos metros.

Entonces apareció la cadena.

Estaba tendida entre dos postes de madera casi ocultos por la maleza. Un candado viejo cerraba el paso.

Brooks lo miró. Después miró a Reynolds.

—Ah.

Reynolds sonrió apenas.

—¿Qué?

—Nada. Solo estoy disfrutando del momento en que el mapa acaba de dejar de parecerte inútil.

—El mapa sigue siendo inútil.

Detrás de la cadena, el camino de tierra doblaba inmediatamente y desaparecía.

Reynolds se agachó.

En el suelo había marcas antiguas de neumáticos mezcladas con otras más recientes.

No muchas.

Pero estaban.

Se incorporó.

—Volvemos al coche.

Brooks frunció el ceño.

—¿Ahora?

—No voy a meterlo aquí.

—¿Por qué?

Reynolds señaló las marcas.

—Porque si esto es una escena, no quiero añadir nuestras ruedas a las de quien haya estado entrando.

Brooks volvió a mirar el camino.

—Todavía ni siquiera sabemos qué es.

—Exactamente.

Dejaron el coche antes del inicio del camino de tierra.

Reynolds cogió la cámara. Brooks, una linterna que probablemente no necesitarían y una libreta.

Volvieron andando.

Al llegar a la cadena, Brooks observó el candado.

—Tenemos un problema.

—Tenemos muchos.

—Este es pequeño y metálico.

Reynolds lo examinó.

—Podemos volver con una orden.

—Sí.

Ninguno se movió.

El viento apenas agitaba las copas de los árboles. Desde allí no se veía la propiedad.

Solo la curva.

Reynolds volvió a mirar las marcas del suelo.

—Si hay alguien ahí dentro…

Brooks no respondió.

—…y hemos visto lo que creo que hemos visto desde arriba, no pienso marcharme sin comprobar si hay alguien que necesite ayuda.

Brooks soltó el aire.

—Wallace te va a matar.

—Le quedan dos semanas.

—Eso no significa que quiera pasar una de ellas enterrándote.

Reynolds examinó la cadena.

—Lo rompemos.

—Claro que lo rompemos.

—Después le compramos otro al propietario.

—Eso te va a tranquilizar muchísimo delante de un juez.

Reynolds lo miró.

—¿Lo haces tú o lo hago yo?

Brooks negó con la cabeza.

—Tu escena. Tu candado.

El metal cedió con menos resistencia de la esperada.

Reynolds dejó el candado roto en el borde, sin tirarlo. Fotografió la cadena, el poste, la entrada y las marcas del suelo.

—Por si después quieres demostrar que eres un delincuente meticuloso —dijo Brooks.

—Vamos.

Pasaron.

Los primeros metros fueron exactamente como parecían desde fuera.

Horribles.

La hierba les rozaba las piernas. Las ramas bajas les obligaban a agacharse y los pequeños árboles crecían demasiado cerca del camino.

Una zona embarrada los obligó a caminar por un lateral.

Brooks apartó una rama.

—¿Seguro que por aquí pasa un coche?

—Las marcas dicen que sí.

—Las marcas también pueden ser de hace cinco años.

Avanzaron otros veinte metros.

La curva terminó.

Y el camino cambió.

Brooks dejó caer la rama.

Delante de ellos, la vegetación retrocedía.

No de manera evidente. No estaba recién cortada. No había grava nueva.

Pero el centro del camino estaba limpio. Las ramas no invadían el paso y la hierba se mantenía baja.

Los surcos de neumáticos continuaban.

Alguien circulaba por allí.

Reynolds miró hacia atrás.

Desde donde estaban, la entrada había desaparecido completamente.

—Eso es interesante.

Brooks se volvió.

—¿Qué?

—Desde la carretera parece abandonado.

Brooks miró el suelo. Luego hacia delante.

—Y desde aquí está tal como lo vi desde el helicóptero: cuidado. Alguien lo mantiene —dijo Reynolds.

Continuaron.

La niebla se acumulaba todavía en las depresiones del terreno.

El camino hizo otra curva.

La casa apareció al fondo.

Vieja. Dos plantas. Madera oscurecida por la humedad. Un porche estrecho y un tejado inclinado.

Una de las ventanas estaba cubierta desde dentro.

No parecía abandonada.

Tampoco parecía habitada.

Simplemente estaba allí.

Reynolds redujo el paso.

—No nos acercamos más por el camino.

Brooks asintió.

Se desviaron hacia el lateral, caminando sobre una franja de hierba.

Entonces Reynolds se detuvo.

—Brooks.

—¿Qué?

—¿Tú ves lo mismo que yo?

Brooks miró hacia la casa.

—Depende. ¿Qué ves tú?

Reynolds señaló más allá.

Detrás de la vivienda, entre árboles y una zona abierta de terreno.

—Un cementerio raro.

Brooks tardó varios segundos en contestar.

—No sé.

Entrecerró los ojos.

—Algo parecido.

Rodearon la casa por el exterior, sin acercarse a las ventanas y sin tocar nada.

Al llegar a la parte trasera, Reynolds comprendió lo que había visto desde el helicóptero.

Las líneas estaban allí.

Desde el suelo no resultaban tan evidentes porque los árboles interrumpían la perspectiva. Pero una vez que sabías que existían, era imposible dejar de verlas.

Pasillos.

Rectángulos.

Separaciones regulares.

Estructuras bajas de malla metálica distribuidas por el terreno.

Algunas estaban completamente expuestas al sol. Otras, bajo los árboles.

Había posiciones próximas a una zona de agua y otras sobre suelo elevado.

Una parte del terreno estaba despejada. Otra conservaba vegetación.

Y todo estaba cuidado.

Mucho más cuidado que la entrada.

Brooks lo dijo primero.

—Joder.

No había admiración en su voz.

Solo desconcierto.

Reynolds avanzó un poco por el borde.

—No pises nada.

—No pensaba hacerlo.

—Damos una vuelta exterior. Nada más.

Brooks señaló las estructuras.

—¿Eso es lo que viste desde arriba?

Reynolds tardó en responder.

—Sí.

Después corrigió:

—No.

Brooks lo miró.

—Desde arriba vi cuadrículas.

Reynolds contempló la primera fila.

—Esto es otra cosa.

Caminaron despacio por el perímetro.

Fue entonces cuando vieron la primera.

Una figura humana permanecía inmóvil dentro de una de las estructuras de malla.

Reynolds se detuvo.

Brooks también.

Ninguno habló.

Desde aquella distancia no podían determinar su identidad ni lo que había ocurrido.

La malla parecía diseñada para proteger el espacio interior de animales grandes.

Más allá había otra estructura.

Y otra.

Algunas parecían vacías.

En otras se distinguían formas humanas bajo condiciones distintas del terreno.

Nada estaba amontonado.

Nada parecía abandonado.

Todo tenía un sitio.

Reynolds sintió que aquello era peor que encontrar un escondite.

Un escondite podía explicarse.

Aquello había sido organizado.

Brooks tragó saliva.

—Mark.

Reynolds levantó una mano.

—No.

—No iba a acercarme.

—Ni un paso más.

Siguieron bordeando.