El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Greck bajó las escaleras del Freeman sin prisa, con la maleta en una mano y la carpeta bajo el brazo.

Los sitios buenos se dejan despacio. No era que se marchara —un hombre como él no se marchaba de ningún sitio; se iba, y dejaba que lo echaran de menos, que no es lo mismo—.

A su espalda, el edificio devolvía el sol por las ventanas altas, dorado y quieto, y olía a césped mojado, a hiedra, a esa mañana recién lavada que el sur regala antes de que apriete el calor.

Le gustaba aquel sitio. Le gustaba, sobre todo, cómo lo miraban allí.

Helen lo esperaba en el pasillo, con esa quietud suya que él tomaba por respeto.

—Se nos va usted.

—Volveré cuando quieran.

Le tendió la mano, y al estrechársela la carpeta cedió y un puñado de hojas resbaló hasta el suelo, sin ruido, como cae lo que no tiene prisa. Helen se agachó a por una y la miró del derecho y del revés.

—Vaya. Cuánta geometría tan perfecta. —La giró—. ¿Y estas moscas?

—Cosas del segundo libro. —Greck recogió las hojas y las fue ordenando por su número antes de guardarlas, sin un gesto de más—. Lo tengo todo estudiado. Solo me falta el material.

—Ah, el material. Eso siempre es lo difícil. —Ella le devolvió la hoja con una sonrisa cansada—. Los presupuestos están como están. Muchas veces una se apaña por su cuenta, con lo que hay a mano.

—Es lo que me temo. Tendré que apañarme por mi cuenta.

—Suerte con el libro, Greck. Cuídese.

Se despidió como quien promete volver, seguro de que volvería, y cogió un tren hacia el sur.

A Reynolds, conseguir el helicóptero le costó más que dar con la idea.

Wallace lo escuchó sin sentarse, con la ficha del condado en la mano, dándole vueltas como si el papel fuera a rectificarse solo.

—Me pides horas de vuelo sobre un pantano donde no consta nada. Sin denuncia, sin cuerpo, sin un juez que me firme el gasto. —No levantó la voz; en él eso era peor que un grito—. Como esto figure en algún sitio, me jubilo sin medalla.

—Escúcheme un momento, capitán. —Reynolds dejó una carpeta sobre la mesa—.

Hemos revisado dos fincas ahí abajo. En una, lo que había sobre el terreno no coincidía con lo que figuraba en el catastro.

En la otra, una conejera con cientos de jaulas, prácticamente no constaba nada.

Ese es el problema. Los papeles no nos dicen necesariamente lo que hay ahí abajo.

Para que veintitrés mujeres desaparezcan y no aparezca ni una en años, necesitas privacidad.

Necesitas terreno, dimensión, pocos caminos, y que nadie sepa lo que hay ahí dentro.

Puede que no lo encontremos en un plano porque parte de lo que buscamos ni siquiera conste.

—Le dio con el dorso de la mano a la carpeta—.

Pero tengo el catastro de todas las fincas rústicas de la zona.

Volamos y las vamos cotejando una a una.

Parcela veinte: constan dos construcciones.

Miramos abajo. Hay dos. Cuadra. Siguiente.

Parcela veintiuno: constan dos y vemos tres.

La marcamos. Y así una por una. No sé qué estoy buscando exactamente. Busco lo que no cuadre.

—Otro plan. Joder, Reynolds, y de los caros.

—Wallace resopló—. Ya está metido esto como un caso de asesino en serie, ya me tiene medio estado encima, ¿y ahora me pide un helicóptero para sobrevolar pantanos comparando papeles del catastro?

—Negó con la cabeza—. Es que no le veo la validez.

Gacy metió a veintinueve debajo de su propia casa, en el hueco sanitario.

No construyó nada. No hizo falta. ¿Y usted me dice que vamos a encontrar algo desde el aire que no aparece en los papeles?

—Tengo un pálpito, capitán.

—Tu pálpito me va a costar la medalla de honor.

—Wallace lo miró un rato largo, ese rato suyo de sopesar las fichas en la mano antes de dejarlas caer.

Treinta años de turnos le habían enseñado a distinguir al que corre detrás de una corazonada del que ha visto algo de verdad.

No supo decir cuál de los dos tenía delante, y quizá por eso cedió—.

Una mañana. Repartís la zona entre los tres condados, cada uno lo suyo; no quiero una flota sobrevolando el estado por una ficha mal hecha.

Si a mediodía no tienes algo que pueda enseñar sin que se me rían en la cara, esto no ha pasado nunca. —Dejó la ficha en la mesa—. ¿Estamos?

Reynolds ya no lo escuchaba del todo. Estaba dibujando, por dentro, un mapa que aún no existía.

El helicóptero despegó al amanecer, con Reynolds en el asiento del copiloto y el pantano abriéndose debajo como una mancha verde sin fin. En las rodillas llevaba el fajo del catastro, hoja tras hoja de fincas rústicas, cada una con su número de parcela y las piezas de construcción que constaban.

Habían dividido la zona en tres. Cada condado, un sector. Y a Reynolds le había tocado el oeste de la 27, el hueco del mapa, ese pedazo de nada pegado al agua donde no vivía casi nadie. Volaban bajo, en círculos, cotejando lo que veían con lo que decían los papeles.

Y lo que veían casi siempre cuadraba. O casi.

—Parcela quince —dijo Reynolds, buscándola en el fajo—. Consta con dos piezas. —Miró abajo—. Dos. Cuadra.

Pasó la hoja.

—Parcela dieciséis. Tres.

El piloto ladeó ligeramente el aparato.

Reynolds contó desde arriba.

—Una, dos, tres. Cuadra. Siguiente.

Otra parcela.

Otra ficha.

Otra vez lo mismo.

Lo que decía el papel y lo que había debajo.

Hasta que dejó de ser lo mismo.

—Parcela veinte. Consta con dos. —Contó—. Una, dos… tres. Hay tres.

Lo anotó al margen.

—Un cobertizo de más. Pequeño. Márcala igual, que luego vamos con el coche a ver qué han metido ahí.

El piloto ladeó el aparato sobre el siguiente claro.

—Parcela veintiuno. Consta con una. —Reynolds miró abajo—. Hay dos. Otra caseta sin declarar. —Otra anotación—. Menuda cosa. Media Florida rural tiene un cuarto de aperos que no ha declarado nadie.

Y así, parcela a parcela. La treinta, con un porche de más.

La treinta y cuatro, con un tejadillo que no constaba.

Pequeñas mentiras de terreno, la clase de trampa con la que un hombre se ahorra unos impuestos, no la clase de trampa con la que un hombre esconde a veintitrés mujeres.

Reynolds las iba apuntando todas, con paciencia, sabiendo que la mayoría no eran nada.

Un cobertizo. Un corral. Un cuarto de más.

Llevaban una hora así. Caña, agua, matorral, y papeles que casi cuadraban. Y entonces el piloto viró sobre un terreno apartado, al final de un camino que moría en el pantano, y Reynolds le puso la mano en el brazo sin darse cuenta.

—Baja —dijo—. Baja ahí. Despacio.

El helicóptero descendió, y lo que había abajo fue apareciendo poco a poco, y Reynolds dejó de respirar.

Era un terreno grande, trabajado. Pero no como se trabaja un campo.

Alguien había dividido aquella tierra con una precisión que no tenía nada que ver con la agricultura.

Líneas rectas, exactas, cruzándose en ángulos perfectos.

Una cuadrícula inmensa marcada sobre el suelo, casilla por casilla, tramo por tramo, con una minuciosidad de relojero, extendiéndose por el terreno hasta donde alcanzaba la vista.

Cada casilla igual a la siguiente. Todo medido.

Todo ordenado. Toda aquella extensión de pantano convertida en una geometría fría, perfecta, que solo podía verse desde el aire.

Empezó a contar sin querer. Una casilla, dos, diez, todas del mismo tamaño, todas iguales, cada una con las medidas justas de una persona tumbada.

Las contó hasta que se le secó la boca. Llevaba meses buscando dónde las guardaba, y ahora lo tenía debajo, dibujado en la tierra con una paciencia que no parecía humana.

Y aun así no podía probar nada de lo que estaba viendo.

—¿Qué coño es esto? —dijo, muy bajo, sin apartar la vista—. ¿Qué geometría es esta? —El piloto no contestó. Reynolds tampoco esperaba que lo hiciera—. Nadie ordena la tierra así. Esto no lo hace un hombre con una azada. Esto está medido, está pensado. Está demasiado perfecto.

Miró y miró, casilla tras casilla, hasta que el espanto y la certeza empezaron a confundírsele dentro.

—Parecen cuerpos —dijo, y la voz no le salió entera—. Cuerpos humanos. —Tragó saliva—. ¿O es cosa mía?

Empujó la puerta del Shooters cuando la chica ya se había quedado sola, con la copa a medias y esa manera de mirar hacia la puerta —a ver si entraba alguien, a ver si esta vez— que él sabía leer mejor que nadie. Se acercó sin ruido, con la sonrisa breve y las manos secas y frescas de siempre.

—Anda. El de los papeles.

—Ah, estás aquí. —Greck se sentó a su lado, sin prisa. Miró la copa medio vacía, sin hielo—. Esa ya está caliente. ¿Qué te apetece tomar, Jessy?

FIN DE LA PRIMERA PARTE

El hombre amable es el primer libro de la saga Freeman y mi estreno como escritora.

Gracias de corazón por haber llegado hasta aquí. Si quieres, deja tu reseña sincera de El hombre amable en Amazon.

Aquí tienes el primer capítulo de la segunda parte, para que decidas si quieres seguir leyendo.

La segunda parte es un libro aparte que se está terminando de escribir, pero este capítulo es definitivo: es exactamente el que encontrarás en él.

LA PARCELA NÚMERO 24

Saga Freeman · Libro II

Capítulo 1 — Las cuadrículas

Desde arriba parecía sencillo.

Eso fue lo primero que pensó Reynolds cuando el helicóptero empezó a alejarse.

Una propiedad. Una casa. Un cobertizo. Balsas de agua.

Y detrás, aquella geometría imposible extendida sobre el terreno.

Rectángulos. Pasillos. Sombras distribuidas entre árboles y zonas abiertas.

Desde el aire había podido seguir las líneas con los ojos. Incluso había señalado hacia el sur.

—Ahí.

El piloto había girado ligeramente.

—¿Seguro?

—Sí.

Durante meses, Reynolds había investigado la desaparición de veintitrés mujeres en distintos lugares de Florida. Había buscado testigos, matrículas, propietarios de vehículos y terrenos donde alguien pudiera ocultarse sin llamar la atención.