Capítulo 27
La sala de Homicidios a las once de la noche era el sitio más silencioso del mundo. Casi todos se habían ido. Quedaban las fichas en el corcho —Jessy, Marga, Alicia, Perla, las otras—, veintitrés caras de mujer mirando desde la pared, y Reynolds con el flexo encendido y el resto a oscuras.
Brooks apareció en la puerta con la chaqueta puesta.
—Me voy.
Reynolds levantó la vista.
—Mañana quiero estar aquí temprano.
—Yo mañana no vengo.
Reynolds dejó el lápiz.
—¿Cómo que no vienes?
—Tengo el día libre.
—Brooks, estamos a punto de mover esto. Quiero hablar con Wallace a primera hora.
—Habla con Wallace.
—Voy a necesitarte.
Brooks se quedó en la puerta.
—Es el cumpleaños de Jane.
Reynolds esperó, como si faltara la segunda mitad de la explicación.
No llegó.
—¿Y?
Brooks lo miró.
—¿Cómo que «y»?
—Estamos con veintitrés mujeres desaparecidas.
—Lo sé.
—Entonces sabes que esto no puede esperar.
—También sé que mañana es el cumpleaños de Jane.
Reynolds se echó hacia atrás.
—Puedes venir por la mañana. Un par de horas.
Brooks negó con la cabeza.
—Eso dije el año pasado.
—¿Qué?
—Que serían un par de horas.
Reynolds no contestó.
Brooks se metió las manos en los bolsillos.
—Llegué cuando estaban quitando la mesa.
Lo dijo sin dramatismo. Precisamente por eso Reynolds lo escuchó.
—Este año no.
—Brooks...
—Mark, siempre va a haber algo. Si no son estas mujeres serán otras. O un cuerpo. O una llamada. O un tipo que decide hacer una estupidez a las cinco de la tarde. Si espero a que no haya nada para irme a casa, no voy a irme nunca.
Reynolds miró el corcho.
—Tenemos veintitrés.
—Y mañana seguiremos teniendo veintitrés.
Aquello le molestó.
Brooks lo vio.
—No estoy diciendo que no importen.
—Pues lo parece.
—Estoy diciendo que Jane también importa.
Silencio.
Brooks bajó la mirada un momento.
—Quiero una familia, Mark.
Reynolds levantó los ojos.
—¿Qué?
—Una familia. Algún día. Con Jane, si ella sigue queriéndome después de aguantarme todo esto. —Sonrió apenas—. Y si quiero tener una, tendré que aprender a estar dentro de ella. No aparecer cuando me quede tiempo.
Reynolds no dijo nada.
Brooks señaló con la barbilla las fichas.
—El lunes vuelvo a ser tuyo.
—No eres mío.
—Ya me entiendes.
Cogió el pomo.
—Buenas noches, Mark.
—Brooks.
Se volvió.
Reynolds estuvo a punto de insistir.
—Felicita a Jane.
Brooks sonrió.
—Lo haré.
Se fue.
Reynolds escuchó sus pasos alejarse por el pasillo hasta que dejaron de oírse.
Volvió al informe.
Leyó tres líneas.
Volvió a la primera.
No aparecer cuando me quede tiempo.
Dejó el lápiz.
Su piso estaba a quince minutos de Homicidios.
Llevaba dos años allí y todavía parecía un sitio al que acababa de llegar.
Una mesa.
Dos sillas aunque nunca venía nadie.
Una cafetera.
Cajas que no había terminado de vaciar.
La fotografía de Mery estaba apoyada contra una pared porque nunca había comprado un marco.
Al principio se había dicho que era temporal.
Hasta encontrar algo mejor.
Hasta acostumbrarse.
Hasta que las cosas se colocaran.
Dos años después seguía pagando el alquiler de un sitio en el que nada estaba colocado.
Dejó las llaves sobre la mesa.
Se quitó la chaqueta.
Abrió la nevera.
La cerró.
No tenía hambre.
Se sentó.
Durante un rato no ocurrió nada.
Y precisamente por eso volvió a pensar en Brooks.
Quiero una familia.
Reynolds miró la segunda silla.
Él había tenido una.
Veinte años.
Una mujer.
Una hija.
Una casa donde alguien sabía a qué hora iba a volver.
Y ahora estaba sentado solo, a las once y media de la noche, en un piso alquilado que seguía tratando como una sala de espera.
Se dijo que las cosas simplemente habían terminado.
Llevaba dos años diciéndoselo.
Esta noche la explicación le pareció demasiado cómoda.
Cogió el teléfono.
Marcó un número que todavía se sabía de memoria, aunque hacía dos años que no lo marcaba.
Sonó cuatro veces.
Pensó en colgar.
No colgó.
—¿Diga?
La voz era pequeña, despierta a deshora.
Mery.
Su hija.
—Hola, Mery. —Algo se le ablandó en la garganta—. ¿Cómo estás?
Un silencio corto, extrañado.
—Papá, te vas a morir.
—No me voy a morir.
—Sí, tú vas a morir, papá.
Tú nunca llamas para saber cómo estamos. Y como no te gusta hacerte fotos, no tenemos ni una buena para ponerte en la lápida.
Papá, yo te visitaré cada día.
Reynolds bajó la cabeza.
—Anda, pásame a tu madre.
Un ruido de sábanas, unos pasos, y luego la voz de Ellen, con el sueño ya encima.
—¿Mark? Son las once.
—Ya lo sé. Perdona. —Se pasó la mano por la cara—. No te llamo por nada. No ha pasado nada. Solo… necesitaba preguntarte una cosa.
—¿A las once de la noche?
—Es la única hora a la que pienso, últimamente.
Reynolds miró alrededor.
La mesa.
Las cajas.
La fotografía de Mery sin marco.
—Ellen, ¿nos separamos porque dejé de cuidar lo nuestro? ¿Fue eso? ¿Que dejé de cuidarlo?
Al otro lado, ella tardó.
Reynolds oyó el crujido de la cama, el roce de alguien que se incorpora en la oscuridad para tener esta conversación como se merece.
—No —dijo ella al fin—. No dejaste de cuidar, Mark. Ojalá hubiera sido eso. Habría sido más fácil de contar.
—Entonces qué.
—Que cuidabas. Vaya si cuidabas. —No lo decía con rencor.
Lo decía como quien lee un informe viejo, ya sin dolor—.
Te sabías el nombre de cada víctima de tres condados.
Te levantabas a las cuatro por una desconocida.
Volvías destrozado de mirar por dentro a gente que no habías visto en tu vida, y te dejabas en ello hasta la última gota.
Hizo una pausa.
—Lo que nunca supiste fue qué hacía yo un martes. Veinte años, y no sabías cómo era mi martes. No es que no cuidaras, Mark. Es que cuidabas hacia fuera. Todo tu cuidado salía por la puerta y no volvía a casa.
Reynolds no dijo nada.
Pensó en Brooks.
Jane también importa.
—¿Sigues ahí? —dijo Ellen.
—Sigo.
—No te lo digo para hacerte daño. Me lo preguntaste tú.
—Te lo pregunté yo.
Tragó.
—Gracias por contestar de verdad. Poca gente lo hace.
—Cuídate, Mark. Y duerme algo. —Una sonrisa pequeña se le coló en la voz—. Aunque sea por una vez, cuídate a ti.
Colgó ella primero, con suavidad.
Reynolds se quedó con el auricular en la mano.
Miró otra vez el piso.
Dos años viviendo allí.
Dos años llamándolo temporal.
De pronto entendió que Brooks no le había hablado realmente de un cumpleaños.
Le había hablado de una elección.
Una pequeña.
Ridícula, incluso.
Un día libre.
Una mujer que cumple años.
Estar cuando has dicho que vas a estar.
Quizá una familia no se perdía de golpe.
Quizá se perdía así.
Un martes.
Una cena.
Un cumpleaños.
Un «solo serán dos horas».
Un «esta vez es importante».
Hasta que un día uno llegaba a un piso alquilado y descubría que llevaba dos años esperando volver a una vida que ya no existía.
Reynolds dejó el teléfono.
No sabía qué hacer con lo que acababa de entender.
Pero por primera vez en dos años dejó de pensar que Ellen se había marchado porque el matrimonio simplemente se había acabado.
Quizá él había ayudado a acabarlo.
Y reconocerlo no arreglaba nada.
Pero al menos era verdad.
Se levantó.
Apagó la luz.
Mañana volvería a Homicidios.
Mañana intentaría convencer a Wallace de una idea que probablemente haría que lo mandara al infierno.
Brooks no estaría.
Estaría con Jane.
Y, por primera vez, Reynolds pensó que hacía bien.