Capítulo 24
Reynolds tenía fragmentos, no una matrícula.
Él y Brooks habían alcanzado a ver dos K durante la persecución.
El chico del Shooters recordaba una K —quizá dos— y un cero en el bloque de números.
El testigo de la carretera rural añadía una X y otra K.
Nadie había conseguido retener la matrícula completa y, aun juntando lo que ellos habían visto con los recuerdos de los testigos, seguían teniendo poco más que un puñado de caracteres.
Así que Reynolds le dio la vuelta al problema.
—No lo vamos a coger por la matrícula —dijo, de pie junto al mapa, con el rotulador entre los dedos—. Lo vamos a coger por la gasolina.
Brooks levantó la vista del café.
—Ilústrame.
—Este hombre no usa tarjeta. No firma nada, no deja rastro en ningún banco, paga todo en efectivo.
Lo vimos en el bar y se repite en cada pago que hemos podido reconstruir.
—Reynolds fue marcando condados con el rotulador—.
Bien. Puedes pagar en efectivo una copa, un bocadillo, una habitación.
Lo que no puedes es no echar gasolina. Cruza tres condados a por una mujer y vuelve.
Vigila una parada semanas. Eso son kilómetros.
Muchos. Y el depósito no entiende de disimulos.
—O sea —dijo Simmons—, que el único sitio donde por narices tiene que parar, y donde por narices alguien le ve la cara, es la gasolinera.
—El único sitio donde no puede no estar. —Reynolds rodeó con una línea el corredor que unía los condados de las cuatro fichas—. Un hombre que conduce lo que conduce este, por estas carreteras, reposta en este pasillo. Aquí. Vamos estación por estación.
Se repartieron el mapa. No era un trabajo bonito.
Era ir de gasolinera en gasolinera con el fotorrobot y con lo demás que sí tenían: un sedán gris, corriente, del montón, conducido por un hombre educado que pagaba en efectivo.
Preguntar por un hombre de cara corriente y un coche de no mirarlo era casi preguntar por el aire.
Y sin embargo, el aire dejaba marcas.
—Un señor muy correcto —le dijo a Brooks una mujer de una estación perdida en la 27, secándose las manos en el delantal—.
De esos que ya casi no quedan. Me preguntó por mi crío, se acordaba de que le había dicho que estaba malo la otra vez.
Fíjese si será atento. —Se encogió de hombros—.
Coche gris, sí. De qué marca no le sé decir.
Es que era un coche de no mirarlo, ¿me entiende?
Brooks lo entendía. Era, palabra por palabra, lo que decían todos. Un hombre de no mirarlo. Un coche de no mirarlo. Y en medio de tanto no mirar, siempre lo mismo: qué educado, qué atento, cómo se acordaba de una.
—Empieza a darme grima el señor amable este —le dijo a Reynolds esa noche, cuando pusieron las notas en común—. Es que no hay uno que me diga «un tío raro», «un tío que daba mal rollo». Todos me lo pintan encantador. La de la 27 casi me lo vende para yerno.
—Es su trabajo —dijo Reynolds, sin levantar la vista—. Caer bien es su trabajo. Lo raro sería que alguien recordase otra cosa.
Lo que fueron sacando, gota a gota, no era una matrícula.
Eran pedazos. Un empleado recordaba una X.
Otro estaba casi seguro de dos K juntas.
En otra estación, alguien juraba que el bloque de números empezaba por cero; otro creía recordar un seis al final.
Nadie recordaba la placa entera, pero los fragmentos empezaban a superponerse con lo que Reynolds y Brooks ya habían visto: X, K, K; cero al principio; seis al final.
Reynolds lo escribió como una plantilla, no como una certeza: XKK 0?
6. Después cruzaron color, carrocería y zona habitual.
De los miles del comienzo quedaron ocho o nueve coches que merecían una segunda mirada.