El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Volvieron a reunirse al día siguiente, cada uno con su carpeta, y se notaba en cómo entraban que alguno traía algo.

Marsh abrió una libreta llena de anotaciones a lápiz.

—¿Y?

—Y les enseñé el fotorrobot y el coche gris. La mujer no. El marido… —Marsh pasó una hoja—. El marido se quedó mirando el dibujo un rato largo y dijo: «este hombre echa gasolina aquí». Así, tal cual. «Echa gasolina aquí.»

Simmons dejó el café en la mesa.

—¿Seguro?

—Le pregunté tres veces de tres maneras distintas —dijo Marsh—.

No se movió. Dice que para de noche, tarde, una o dos veces por semana.

Que siempre paga en efectivo. Que nunca entra a la tienda a comprar nada, solo gasolina.

Y que es… —buscó la palabra en su libreta— …

«muy correcto». Que da las gracias. Que una vez le sujetó la puerta a su mujer cuando ella salía con las cajas de los refrescos.

—Miró a la sala—. Un tío que echa gasolina de noche en la última estación antes del pantano, paga en metálico, y es la persona más educada que ha pasado por allí en años.

—¿El coche? —preguntó Reynolds.

—Gris. Cuatro puertas. —Marsh sonrió sin ganas—. El marido es de pocas palabras. Le saqué una sola cosa, y la repitió tal cual: «Las llantas. Me quedé mirándolas y ni yo sé por qué. Algo tenían. Uno se fija en tonterías a mi edad.»

—La matrícula, ¿la vio? —Reynolds se había inclinado hacia delante.

—No entera. Es un hombre mayor, Mark, no un policía.

Pero está seguro de las letras porque le hicieron gracia: X, K, K.

Dos kas seguidas. De los números solo recuerda que el primero era un cero y que el último podía ser un seis.

—Marsh levantó los ojos de la libreta—. No pone la mano en el fuego por el seis. Por las dos kas, sí.

Silencio en la sala.

—XKK. Cero, algo, seis —dijo Simmons, muy despacio—. Es la misma forma que estamos reconstruyendo.

—Y encaja con el chico del Shooters y con el testigo de la carretera —dijo Brooks—. Ninguno vio la placa entera, pero las memorias se pisan en sitios distintos.

—Eso es lo que tenemos —dijo Reynolds—. No una matrícula: una coincidencia repetida. —Se volvió hacia Ramírez—. Tú estabas trabajando el cruce de la 27 con la 80. Dime que alguien más ha visto ese coche.

Ramírez abrió una carpeta con hojas de fax y una declaración tomada a mano.

—Un camionero que lleva azúcar entre South Bay y Clewiston.

Hace el mismo recorrido de madrugada desde hace doce años.

Dice que se ha cruzado con un sedán gris así varias veces, siempre subiendo por la 27 entre la una y las tres.

La última vez quedó detrás de él un rato en el cruce porque pasó un tren de mercancías.

Ramírez dejó la declaración en el centro de la mesa.

—¿Vio la matrícula? —preguntó Torres.

—Vio lo suficiente para que me interese.

Tres letras. Cree que X-K-K. De los números solo se atreve con el cero inicial.

Y siempre hacia el norte: tres veces que él recuerde, de madrugada, por el mismo corredor.

No sabe dónde termina. Solo sabe que, cuando él baja hacia South Bay, ese coche suele ir en dirección contraria, hacia Clewiston y el cañaveral.

Torres levantó la mano, pidiendo turno.

—Yo os traigo la otra punta —dijo—. Belle Glade y Pahokee, la orilla este.

Mi condado, el que no había pisado nunca.

—Abrió su carpeta—. Fui a las gasolineras y a un par de tiendas de veinticuatro horas de la orilla.

Y en Pahokee, en una tienda de esas, la cajera, una chica joven, reconoció el coche antes de que terminara de describírselo.

—¿Cómo que antes?

—Le dije «un sedán gris que para de noche» y me cortó.

«El señor de los caramelos», dijo. —Torres miró alrededor—.

Resulta que el tío para a veces ahí, de madrugada, y siempre compra lo mismo: una botella de agua y una bolsa de caramelos de menta.

Y siempre le deja el cambio a ella, las monedas, en un bote de propinas.

La chica le tenía cariño. Decía que era el único educado de todo el turno de noche. «El señor de los caramelos.»

—Dios —murmuró Simmons.

—Y aquí está lo que me heló —siguió Torres—. Le pregunté si sabía por dónde vivía. Y me dijo que no, pero que una vez le preguntó, por hablar, que a dónde iba tan tarde. Y él le contestó… —Torres bajó la voz— …«a casa, a dar de comer a los animales». A dar de comer a los animales. De madrugada.

Nadie dijo nada durante un momento.

—Un hombre con animales —dijo Reynolds—. En una finca. Rural. Que va a darles de comer de noche. —Se levantó, fue al mapa, al hueco de la orilla suroeste—. Sale de aquí, del este del lago, y cruza el mapa de madrugada hacia el pantano. Hacia el agujero. Hacia sus animales.

—O hacia lo que él llame «los animales» —dijo Brooks, y la frase cayó como una piedra.

—Vamos a no adelantarnos —cortó Reynolds—.

Pero fijaos en lo que tenemos ahora, juntando lo de todos.

—Fue contando con los dedos—. Un sedán gris, cuatro puertas, una matrícula que varios recuerdan como XKK 0?

6, aunque nadie la haya visto completa. Echa gasolina de noche en la última estación antes del cañaveral.

Un camionero lo ha visto subir por la 27 de madrugada más de una vez.

Compra agua y caramelos en la orilla este.

Es educadísimo, paga en efectivo, deja las propinas, sujeta puertas.

Y dice que va a dar de comer a unos animales, en algún sitio rural, de noche.

—Miró a la sala—. Hace una semana teníamos medio estado.

Hoy tenemos un corredor, un coche y cuatro matrículas posibles.

—El señor de los caramelos —dijo Simmons, con una mueca amarga—. Le tienen cariño.

—Siempre le tienen cariño —dijo Reynolds—. Esa es su firma. La única que deja. —Se volvió hacia Ramírez—. Con los cuatro candidatos que tenemos, ¿podemos ir al Registro?

Ramírez sacó la hoja con las cuatro candidatas que habían sobrevivido al cribado y la puso en el centro de la mesa. Arriba había escrito, con un signo de interrogación entre los números: XKK 0?6. Debajo, cuatro matrículas reales que podían corresponder a aquel recuerdo imperfecto.

Todos miraron la hoja sin tocarla, como si quemara.

—Cuatro —dijo Reynolds.

—Cuatro —repitió Ramírez—. Cuatro posibilidades, no cuatro certezas. Hasta que el Registro nos dé propietario, modelo y dirección, seguimos persiguiendo la memoria de gente que vio un coche de noche.

Reynolds no quiso leer ningún nombre antes de tiempo. Habían llegado demasiado lejos para enamorarse ahora de una coincidencia.

—Mañana al Registro —dijo.

Ramírez dobló la hoja y la guardó otra vez en la carpeta.

Por primera vez después de meses, podían pasar de un patrón sin cara a propietarios concretos.

—Y hasta que tengamos al hombre delante, no decidimos que lo tenemos —dijo Reynolds—. Ni un paso antes.