El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

La zona se la había dado el mapa.

Reynolds la había rodeado con rotulador semanas atrás, casi de broma, siguiendo la teoría de Doyle: si el hombre saltaba siempre a la punta contraria, la próxima le tocaba en el noreste.

Ciudades medianas, con estación, con esas grandes paradas por las que pasaban todas las mujeres del mundo camino del trabajo.

Ahora, con todo lo aprendido en las semanas anteriores, ya no iban a ciegas.

Sabían qué buscar.

No una mujer.

Un coche gris.

Se repartieron las paradas grandes de tres ciudades y esperaron.

Un día.

Dos.

Tres tardes de café malo y radio apagada, viendo a la gente subir y bajar de autobuses, sin nada.

Fue Doyle quien lo vio.

—Mark.

La voz le salió rara por la radio.

—Mark, tengo un gris. Sedán. Cuatro puertas. Está parado en la esquina de la estación, del lado de sombra. Lleva ahí… no sé, veinte minutos.

Reynolds dejó el café.

—¿Qué hace?

—Nada.

Un silencio.

—Nada, y eso es lo raro. No baja nadie. No sube nadie. Hay un hombre dentro.

Reynolds ya estaba cogiendo las llaves.

—Voy para allá.

Cuando llegó, aparcó a un par de calles.

Doyle tenía razón.

El coche gris seguía allí.

Corriente hasta la desesperación. Limpio. Discreto. Un coche que podía desaparecer en cualquier aparcamiento lleno sin que nadie volviera a pensar en él.

Reynolds miró durante unos segundos.

—Puede ser.

—Eso es mucho entusiasmo viniendo de ti —dijo Brooks por la radio.

—He dicho puede.

Esperaron.

Al cabo de un rato el coche arrancó.

Reynolds sintió cómo se le tensaba el cuerpo.

No porque hubiera hecho nada extraordinario.

Precisamente porque no lo hizo.

Se incorporó al tráfico y empezó a alejarse de la estación como cualquier otro coche al final de la tarde.

—Vamos detrás —dijo Reynolds.

Nadie respondió.

No hacía falta.

El gris salió poco a poco de la ciudad.

Los edificios fueron desapareciendo.

Después los semáforos.

Después los centros comerciales.

Quedaron carreteras más largas, campos y un cielo que empezaba a perder la luz.

Reynolds consiguió acercarse lo suficiente durante unos segundos para ver la parte trasera del coche con claridad.

Miró la matrícula.

Una letra.

Después otra.

El coche tomó una curva suave y la distancia volvió a abrirse.

—¿Habéis visto la placa?

—Un poco —dijo Brooks.

—Yo también —contestó Reynolds.

Cogió el lápiz sin apartar la vista de la carretera.

Escribió:

KK

Y debajo:

¿?

—Dos kas —dijo.

—Eso he visto yo —respondió Brooks.

—¿Seguro?

—De las dos kas, bastante. Del resto, nada.

Reynolds volvió a mirar hacia delante.

El coche seguía allí.

—Bien. No fabriquemos lo que no hemos visto.

Guardó la libreta.

KK.

No era una matrícula.

Pero era más de lo que tenían aquella mañana.

La carretera se fue vaciando.

Caía la tarde y el paisaje empezaba a parecer otro. Menos casas. Menos luces. Más terreno abierto.

—Va hacia el pantano —dijo Marsh.

Reynolds miró el mapa doblado sobre el asiento.

Sí.

La dirección encajaba con aquella zona enorme que llevaba semanas molestándole precisamente porque parecía no contener nada.

El gris continuó.

Y entonces el coche de Doyle empezó a fallar.

—Mark.

Esta vez su voz era distinta.

—¿Qué pasa?

—El coche está dando tirones.

Doyle miró el salpicadero.

Después la aguja.

—No.

Reynolds oyó el ruido por la radio.

—¿Qué?

—No, no, no.

El motor volvió a fallar.

—Me quedo sin gasolina.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Cómo que te quedas sin gasolina?

—¡Es el coche de mi abuela!

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¡Que no sé cuánto tenía!

El coche perdió fuerza.

Doyle consiguió apartarlo de la carretera antes de que el motor terminara de morir.

Delante, las luces traseras del sedán gris siguieron alejándose.

Durante unos segundos todavía pudieron verlas.

Después desaparecieron.

Los otros coches se detuvieron.

Doyle salió y cerró la puerta de un golpe.

—Joder.

Brooks bajó la ventanilla.

—Doyle.

—Ni una palabra.

—No iba a decir nada.

—Claro que ibas a decir algo.

Reynolds ya estaba fuera del coche.

Miró la carretera.

Después la curva.

Después el mapa.

El gris se había ido.

—Lo siento —dijo Doyle.

Reynolds no contestó enseguida.

Sacó la libreta.

Allí seguían las dos letras.

KK.

Debajo de ellas no había nada.

—No lo hemos perdido todo.

Doyle lo miró.

—Mark…

—Lo viste tú.

—Y después lo perdí yo.

—Lo viste tú —repitió Reynolds—. Eso importa más.

Se agachó sobre el capó y abrió el mapa.

—Salió de la estación. Cogió esta carretera. Siguió en esta dirección.

Marcó la zona.

—Y aquí empieza a desaparecer el mundo.

Marsh se acercó.

—Pantano.

—Sí.

Reynolds miró otra vez la carretera vacía.

Hacía un mes aquello habría sido una mancha verde en un mapa.

Ahora tenían una dirección.

Un corredor.

Un sedán gris.

Y dos letras.

KK.

—No es suficiente para buscar una matrícula —dijo Brooks.

—No.

—¿Entonces?

Reynolds dobló el mapa.

—Entonces buscamos todo lo demás.

Doyle seguía apoyado en el coche muerto.

—Lo teníamos delante.

Reynolds se sentó un momento junto a él.

—Teníamos un coche delante.

Doyle lo miró.

—¿No crees que era él?

—Creo que se parecía demasiado a lo que buscamos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Doyle soltó aire.

Reynolds volvió a abrir la libreta.

KK.

Dos letras.

No un nombre.

No una matrícula.

Ni siquiera una certeza absoluta.

Pero era algo que podían comparar con lo que otros hubieran visto.

Y, sobre todo, tenían la carretera.

Reynolds levantó la vista hacia la oscuridad que se extendía al final del asfalto.

—Mañana empezamos por aquí.

—¿Aquí dónde? —preguntó Brooks.

Reynolds señaló el mapa.

—Por todo lo que necesita un hombre que conduce estas distancias y vuelve una y otra vez.

Brooks entendió.

—Gasolina.

Reynolds cerró la libreta.

—Gasolina.

Se quedaron allí hasta que llegó ayuda para el coche de Doyle.

Cuando finalmente regresaron, Reynolds llevaba en el bolsillo dos cosas.

Un mapa con una zona marcada.

Y una hoja donde solo había escrito dos letras.

KK.

No sabía todavía si servían para encontrar a alguien.

Tampoco sabía que, cuando por fin encontraran una matrícula que parecía encajar demasiado bien, esas dos letras iban a hacer que durante unas horas todos creyeran haber llegado al hombre correcto.

No habían llegado.

Pero todavía no podían saberlo.