Capítulo 22
Dos días después de lo del ventilador, la mañana empezó torcida.
Reynolds acababa de entrar, todavía con el café en la mano, cuando la puerta del despacho se abrió sin llamar y apareció Wallace con un ventilador de pie entre los brazos, grande, con una pegatina amarillenta en la base, sujetándolo como quien entra en una sala de vistas con la prueba del delito.
—Reynolds. —Muy tranquilo. En Wallace, la tranquilidad era la sirena—. ¿Qué le ha pasado al ventilador de la sala de espera?
—Se rompió —dijo Reynolds.
—Se rompió. —Wallace le dio la vuelta y le enseñó la base, la pegatina—.
Qué raro, porque lo tengo aquí, girando la mar de bien.
Inventario cero ocho, cinco, diez, catorce, veinte.
Este cacharro es de la comisaría, Reynolds.
Cada silla, cada grapadora, cada ventilador de esta casa tiene un número.
Se rompe uno, lo pido, me lo cambian, y entrego el viejo con su número puesto.
No lo llevo a un saldo a sacarme cuatro duros.
—Yo no…
—Deja de vender el mobiliario de mi comisaría.
—Wallace se dejó caer en una silla, con el ventilador en el regazo—.
Ya te aprobé el presupuesto para tu historia del asesino en serie.
Desde que montaste ese circo me miran con lupa desde arriba, y me quedan treinta días para jubilarme.
Treinta. No pienso perder la medalla de honor por un ventilador desaparecido.
¿Sabes cómo queda eso en el informe? «Se jubila sin honores: extravió un ventilador. »
—A ver, capitán, no es lo que parece. —Y Reynolds, sin más remedio, le contó la idea de Brooks. Lo del martes, lo de dejar el ventilador en la tienda, lo de coincidir con la enfermera y ver cómo reaccionaba. Para entenderlo.
Wallace escuchó sin pestañear. Cuando Reynolds terminó, dejó pasar un silencio largo.
—O sea que estabais vigilando a mi sobrina.
—¿A su…?
—A mi sobrina. La enfermera. La del ventilador.
—Wallace se pasó la mano por la cara—. Fui a su cumpleaños el sábado.
Estaba tan contenta con el trasto que la muy tonta hasta me hizo una foto al lado.
«Mira, tío, lo llevaba meses buscando, apareció por fin en la tienda de al lado de casa.
» —Los ojos se le fueron cerrando de puro cansancio—.
Meses. Claro. Porque un detective mío le estaba calentando el saldo para tener excusa de acercarse.
—La vigilábamos para protegerla —dijo Brooks desde la puerta, muy digno, con la peor de las defensas.
—Ah, para protegerla. Qué tranquilo me quedo.
Mi sobrina, protegida por el tío que le coloca electrodomésticos afanados de una comisaría.
—Wallace se levantó, se llevó el ventilador bajo el brazo—.
Este me lo quedo yo, que es el único de esta casa que enfría algo.
Y como me entere de que os habéis vuelto a acercar a mi sobrina a menos de un ventilador de distancia, la medalla os la como yo. ¿Estamos?
Se fue, con el ventilador, y dio un portazo que hizo temblar el cristal.
Reynolds se quedó mirando la puerta un momento. Luego dejó el café, se remangó, y se puso con lo que de verdad lo había traído a la comisaría de madrugada: clavó el mapa él mismo, con sus manos.
No era el mapa de un condado. Era Florida entera, de arriba abajo, comprada la noche antes en una gasolinera y desplegada sobre el corcho hasta ocupar la pared del suelo al techo.
Un estado largo, tonto, colgando hacia el mar.
Y sobre él, veintitrés chinchetas rojas, una por mujer, con la fecha de su desaparición escrita en una etiqueta pequeña al lado.
Cuando fueron entrando —Simmons y Brooks, Marsh con su termo, Ramírez cargado de fotocopias, Torres, el joven Doyle con su libreta—, se encontraron a Reynolds de pie frente al mapa, mirándolo como quien lleva toda la noche mirándolo.
—Sentaos —dijo, sin volverse—. Ayer entendimos a quién elige. Hoy toca lo otro. Dónde. —Dio un paso atrás para que lo vieran entero—. Y os aviso: llevo desde las cinco con esto, y lo que he encontrado no me deja dormir.
Se sentaron. Miraron el mapa. Veintitrés chinchetas repartidas por todo el estado, sin orden aparente, como sal derramada.
—A simple vista, nada —dijo Reynolds—. Están por todas partes.
Arriba, abajo, en las dos costas, en el interior.
Por eso llevamos años sin verlo. Porque las hemos mirado de una en una, cada una en su condado, cada una en su expediente.
—Cogió la regla—. Pero anoche hice una cosa que no habíamos hecho nunca.
Las ordené por fecha. Y les puse un número.
Del uno al veintitrés. Por orden de desaparición.
Se acercó al mapa y fue tocando chinchetas con la punta de la regla, siguiendo los números.
—Mirad conmigo. La uno, aquí arriba, en el norte.
—Tocó—. La dos… —bajó la regla de golpe hasta el otro extremo del estado— …
aquí abajo, en el sur. Al otro lado. La tres…
—subió otra vez, cruzó a la otra costa— …
aquí, en el oeste. La cuatro, otra vez lejos, en el este.
—La regla saltaba de punta a punta del mapa, cruzando Florida entera en cada movimiento—.
Cinco. Seis. Siete. Mirad lo que hace la regla. Miradla.
Nadie hablaba. La regla iba dibujando en el aire un zigzag enorme, de un extremo a otro del estado, una y otra vez.
—No caza en una zona —dijo Simmons, muy despacio, incorporándose en la silla—. Salta.
—Salta —dijo Reynolds—. Cada vez que se lleva a una, la siguiente la coge lo más lejos posible de la anterior. Otro condado, otra costa, otra punta del estado. —Bajó la regla—. Entre una y la siguiente hay cuatro, cinco horas de coche. Casi nunca dos seguidas cerca.
Reynolds volvió a mirar Broward.
—Salvo las nuestras.
Marsh, que había estado callado, dejó el termo en la mesa con cuidado.
—Por eso nadie lo juntó —dijo, despacio, como caía siempre en la cuenta de las cosas, tarde pero entero—.
Una desaparece en un sitio. La siguiente, a cinco horas.
La policía de allí ni se entera de la de acá.
Son casos de estados distintos, prácticamente.
—Levantó la vista—. No hay dos que caigan en la misma mesa. Nunca le toca a nadie ver dos.
—Exacto. —Reynolds golpeó el mapa con el nudillo—.
No es que sea invisible por suerte. Se hace invisible a propósito.
La distancia es su tapadera. Conduce cinco horas para que dos desapariciones suyas no se toquen jamás en el mismo despacho.
—Se volvió hacia ellos—. Este hombre no caza donde vive.
Ni siquiera cerca. Se recorre el estado entero para repartir el daño tan fino que nadie note el conjunto.
Es… disciplina. Un tío que se impone cinco horas de coche como norma.
Que trata el mapa como una cuenta que tiene que cuadrar.
—Eso es mucho conducir —dijo Brooks—. Mucho. Un tío con trabajo, con vida, no se pega cinco horas de coche cada vez que… —se detuvo, y la frase se le quedó a medias en la boca.
—No —dijo Reynolds—. No, si tiene una vida normal.
A menos que esto sea su vida. A menos que conducir de punta a punta de Florida, de noche, sea exactamente lo que hace.
Su trabajo. Su rutina. —Dejó que calara—.
Estamos buscando a un hombre para el que cinco horas al volante no son un esfuerzo. Son un martes.
Ramírez levantó una fotocopia, con el ceño fruncido, práctico como siempre.
—Vale. Salta de punta a punta para despistar. Lo compro. —Dejó la hoja—. Pero eso nos jode a nosotros más todavía, ¿no? Si no hay zona, no hay dónde buscar. Nos ha demostrado que está en todas partes. Enhorabuena. Seguimos sin saber dónde vive.
—Ahí es donde te equivocas —dijo Reynolds, y por primera vez en la mañana había algo casi como una sonrisa, pero fea—.
Porque hay una cosa que sí se repite. Una sola.
—Volvió al mapa—. Coge a las mujeres por todo el estado, sí.
Pero después, ¿qué hace con ellas? Se las lleva.
A algún sitio. Y ese sitio no puede saltar.
Ese sitio es fijo. Un hombre no monta veintitrés sitios distintos.
Monta uno. Uno bueno, escondido, suyo. Y a ese uno vuelve siempre, venga de donde venga.
—Entonces las coge en zigzag —dijo Simmons, siguiéndolo— pero las lleva todas al mismo agujero.
—Todas al mismo agujero. —Reynolds asintió—.
Caza disperso. Guarda concentrado. El zigzag es para que no lo pillemos cogiéndolas.
Pero todas las carreteras, al final de la noche, tiran hacia el mismo punto.
Su casa. Su sitio. Donde sea que las mete.
—Miró el mapa entero, las veintitrés chinchetas—.
No tenemos que buscar dónde caza. Caza en toda Florida. Tenemos que buscar hacia dónde vuelve.
Doyle, desde el fondo, levantó la mano con la libreta, tímido pero ya sin miedo del todo después de lo de ayer.
—Eso… eso se puede usar al revés, ¿no? —dijo—. Digo. Si sabemos que salta de punta a punta, y sabemos dónde cayó la última… —tragó saliva— …podemos saber más o menos por dónde le toca la próxima. La contraria. La lejos.
Se hizo un silencio en la sala. Reynolds se volvió hacia él muy despacio.
—Sigue —dijo.
—Es que… —Doyle miró su libreta, envalentonándose—.
Lleva años yendo siempre a la punta contraria.
Es su norma. La última desapareció en el suroeste, ¿no?
—Levantó la vista—. Pues según su costumbre, la próxima no va a ser en el suroeste.
Va a ser lejos. Hacia el noreste de la zona.
En la otra punta. —Se encogió un… poco—.
Si vigiláramos esa zona… la que le toca según el patrón…
a lo mejor, por una vez, estamos nosotros esperándole a él. Y no al revés.
Nadie dijo nada durante un momento largo. Reynolds miró al chico, y luego el mapa, y luego otra vez al chico.
—Repite eso —dijo, en voz baja.
—Que podemos ponernos delante —dijo Doyle, ya con firmeza—. Llevamos años llegando tarde, siempre detrás de una chincheta nueva. Pero si el patrón manda, la próxima chincheta tiene sitio antes de existir. Podemos estar allí antes que ella.
Brooks soltó el aire despacio, mirando al joven con una cara nueva.
—El crío tiene razón —dijo—. Joder. El crío tiene razón. —Se levantó, se acercó al mapa—. Por primera vez en tantos años no estamos leyendo lo que ya hizo. Estamos leyendo lo que va a hacer.
—No os flipéis. —Ramírez levantó una mano, pero hasta él se había incorporado—. Es un patrón, no un horario. No sabemos el día. No sabemos el pueblo exacto. Hay media Florida en «la punta contraria».
—No hace falta el pueblo exacto —dijo Reynolds, y ya estaba en el mapa, midiendo con la regla—.
Hace falta la zona. Y la zona la tenemos.
—Trazó un arco amplio sobre el noreste del estado, lejos de la última chincheta—.
Aquí. Por aquí le toca. Un sedán gris, un hombre solo, de noche, en una de estas ciudades medianas.
—Se volvió—. Repartimos patrullas discretas por gasolineras y moteles de toda esta franja.
Y esperamos. Por una vez, esperamos nosotros.
Se quedaron todos mirando el mapa. El zigzag de todos esos años dibujado en chinchetas rojas de punta a punta de Florida, y el arco nuevo de Reynolds sobre la zona vacía, la que todavía no tenía una chincheta.
La que, si tenían razón, la iba a tener pronto.
—Hay una cosa que no me quito de la cabeza —dijo Marsh, en voz baja, mirando el mapa entero—.
Todo este ir y venir. Miles de kilómetros.
Años cruzando el estado de noche, de punta a punta, sin repetir nunca.
—Se volvió, y tenía la cara de un hombre mayor que ha visto muchas cosas y pocas así—.
Eso no lo hace uno por deseo. El deseo tiene prisa.
El deseo repite, se descuida, cae cerca de casa.
Esto… esto lo hace uno que tiene un plan.
Uno que va tachando. —Miró a Reynolds—. Como quien completa algo.
Como quien va rellenando un mapa que solo tiene él en la cabeza.
Nadie contestó. Pero todos miraron el mapa otra vez, las veintitrés chinchetas repartidas por Florida con una simetría fría que hasta esa mañana había parecido azar, y por primera vez ninguno la vio como un desastre disperso.
La vieron como lo que Marsh acababa de nombrar. Un mapa que alguien estaba rellenando. Con método. Sin prisa. Y al que todavía le faltaban casillas.
Sujeto número once. Séptima observación.
No he vuelto a su parada. No he vuelto a su ventana. Llevo días sin apuntar una hora, y sin embargo esta es la página que más me importa de todo el cuaderno, porque es la primera en la que dejo de mirar.
Tengo su día entero. Sé de dónde sale y adónde vuelve, en qué banco pasa las horas, qué autobús la lleva y cuál la trae, a qué hora se apaga su ventana.
Tengo su mapa completo. Podría recitar su semana de memoria.
Y durante todo este tiempo me ha bastado con eso, con saberla desde fuera, con la calma del que mira un río sin mojarse.
Pero desde la noche del gimnasio hay algo que se me ha movido dentro y no vuelve a su sitio.
Un sitio donde ella entra sonriendo. Una puerta que no hay que forzar, porque la gente la cruza por su propio pie, contenta, buscando a alguien con quien bailar.
Llevo el folleto en el cajón. Lo he sacado más veces de las que quiero contar.
Porque mirar tiene un techo. Se aprende todo de una persona desde la acera de enfrente menos una cosa: cómo es de cerca. Y esa cosa, la única que me falta, no está en ninguna ventana. Está del otro lado de esa puerta.
Aquí se acaba lo que este cuaderno puede contar. Lo que viene después ya no es observar, y observar era el trato que tenía conmigo mismo. Rompo el trato. Cierro esta página sabiendo que la siguiente no la escribiré: las cosas que voy a hacer no se apuntan.