El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Y hoy me quedo. Quiero el bloque de horas que aún no tengo, el del centro del día.

Muevo el coche, como algo, vuelvo, dejo pasar el mediodía sin apartar los ojos de la puerta del banco.

Es un trabajo lento y no me pesa; se me da bien esperar, es casi lo único que se me da del todo bien.

Aprendo que no sale a comer: se queda dentro.

Una persona que come fuera tiene una hora abierta en mitad del día; la suya está cerrada.

Lo apunto. Cada puerta cerrada me dice por descarte dónde estarán las abiertas.

17:15. Sale. No a las cinco: a las cinco y cuarto. Los cuartos de hora son los que la gente cree que no cuentan, y son justo los que la delatan.

Y aquí la tarde se sale del molde. No va a la parada.

Cruza a un bar de enfrente, donde ya la esperan dos.

Amigas. Se sienta con ellas, y yo, que la tenía tan ordenada, me quedo quieto viendo algo que no controlo.

Pide algo con gas, una rodaja de limón flotando; no bebe alcohol, y ellas tampoco la empujan a beberlo, y eso me dice de ella más que una hora entera de vigilancia.

Se ríe. Habla con las manos, habla más de lo que la creía capaz —en el banco es callada, lo he visto; aquí, no—.

Hay una mujer distinta dentro de la que yo vigilo, una que solo sale un rato y solo con esas dos.

Lo anoto sin saber todavía para qué sirve. Todo sirve.

18:20. Se despide. Una hora larga, la de los miércoles quizá. Cruza por fin a la parada.

18:24. Coge el 46 de vuelta —el 46 otra vez, no el 28; la tarde de los miércoles rompe hasta su propia línea—, y lo sigo, y baja en su parada, y camina a su portal, el tercero, y entra. Su casa. Confirmada una vez más, por si hacía falta.

18:56. Su ventana se enciende. Segundo izquierda. Doy el día por cerrado. Guardo el cuaderno.

No estaba cerrado.

19:40. Vuelve a salir. Otra ropa: deportiva, zapatillas, el pelo recogido.

Y no va a la parada. Rodea su propio edificio y se mete por detrás, por una calle a la que yo no tengo ángulo, hacia un lado del barrio que no he pisado nunca.

La sigo un tramo con la vista y la pierdo donde la calle tuerce.

Se me va. Después de tantas tardes teniéndola cosida al mapa, se me va, y no soporto no saber adónde.

Y hoy ya no puedo hacer más. Es miércoles, es de noche, y una mujer sola con ropa de deporte que desaparece por detrás de su casa es exactamente la clase de hueco que necesito llenar. Pero no esta noche.

Tendré que volver el miércoles que viene, a esta misma hora, y ponerme del otro lado, por donde ella se mete, para ver si esto —salir de noche a andar— es cosa de un día o es suyo, de todos los miércoles. Si se repite, es rutina. Y si es rutina, es mía.

Por ahora, la observo. Me falta una esquina, la de detrás de su edificio, y detrás de esa esquina puede estar lo que llevo semanas esperando: una hora suya sin testigos.

Sujeto número once. Sexta observación.

Miércoles otra vez. Vuelvo por lo que se me escapó: la esquina de detrás de su edificio.

Hoy no me pongo enfrente del portal como siempre; me adelanto, me coloco del lado por donde ella desapareció, en la boca de esa calle que no tenía cartografiada.

Si su noche de deporte es cosa suya de todos los miércoles, hoy la atrapo entera.

19:38. Sale del portal con la ropa deportiva, el pelo recogido, igual que la semana pasada. Rodea el edificio, se mete por detrás, y esta vez no la pierdo: voy detrás, a pie y a distancia, un hombre más que camina de noche sin rumbo.

La calle desemboca en una avenida pequeña, con varios comercios todavía abiertos. Ella entra en uno iluminado, de cristaleras. Un gimnasio.

Me quedo enfrente.

Poco después llegan dos mujeres.

No son las del bar.

Una la saluda levantando la mano desde la otra acera. La otra se acerca y le dice algo que no alcanzo a oír.

Ella se ríe.

Las tres se quedan un momento delante de la entrada. Hablan. No puedo oír las palabras desde aquí, pero no hace falta. Se conocen. No se están presentando.

Lo anoto.

Dos mujeres en el bar.

Otras aquí.

No sabía que conociera a tanta gente.

Hasta ahora había pasado demasiadas horas viéndola sola. Eso me había hecho pensar que estaba sola.

No es lo mismo.

Una de ellas dice algo y las demás ríen. Ella también. Asiente varias veces, con ganas. Está contenta. Más que en el banco. Más que cuando vuelve a casa. Incluso más que en el bar.

Entonces oigo una palabra.

Bachata.

La repiten.

Entran.

Me quedo mirando las cristaleras.

Miércoles.

19:38.

Gimnasio.

Dos mujeres distintas de las del bar.

Bachata.

Ya tengo lo que vine a buscar. Sé adónde va cuando desaparece detrás del edificio.

Podría irme.

No me voy.

Espero unos minutos. Cuando calculo que la clase ya ha empezado, cruzo la avenida.

Entro como quien viene a preguntar.

El chico del mostrador apenas levanta la vista.

Hay un tablón con horarios junto a la recepción.

Lo miro.

Bachata.

Miércoles.

La hora coincide.

Así que también esto tiene un sitio.

No era una salida.

Es otro miércoles.

Al lado del horario hay un cartel más grande. Una muestra de fin de curso. Parejas. Inscripción abierta.

Lo leo una vez.

Después otra.

Hay folletos debajo.

Cojo uno.

No sé todavía para qué.

Me lo guardo en el bolsillo.

Salgo antes de que termine la clase.

Mientras vuelvo al coche pienso en las dos mujeres del bar y en estas dos.

Había empezado a construirla con lo que veía.

Banco.

Autobús.

Casa.

Dos amigas.

Ahora aparecen otras.

Y un gimnasio.

Y una clase.

Y una parte de la semana en la que parece estar especialmente contenta.

He confundido varias veces lo que no conocía con lo que no existía.

Guardo el cuaderno.

El folleto, no.

Ese va en el bolsillo.

Por primera vez desde que empecé a observarla, me llevo algo que pertenece al lugar al que ella va.

Y por primera vez se me ocurre que quizá no tenga que seguir mirándola siempre desde fuera.