Capítulo 21
El cuarto día, Reynolds volvió a cambiar las órdenes.
—Sabemos dónde viven —dijo—. Ahora vamos a saber quiénes son.
—¿Y eso cómo se hace? —preguntó Brooks.
—Levantándonos más temprano. —Reynolds cogió las llaves—.
Una mujer que coge el autobús a las siete y diez, cargada, con cara de sueño, es una mujer que va a trabajar.
Y una mujer que trabaja tiene un día entero: sale de casa, coge el bus, ficha en algún sitio, hace su turno, vuelve.
—Los miró—. Hasta ahora hemos visto media rutina, la de la vuelta.
Hoy vemos la otra media. La seguimos por la mañana.
A ver a dónde va cuando el mundo aún no ha empezado.
Y así, durante los días siguientes, los tres equipos dejaron de esperar a las mujeres por la tarde y empezaron a cazarles la mañana.
Fue un trabajo distinto, y más incómodo.
Por la tarde, una mujer que vuelve a casa va cansada, floja, sin mirar.
Por la mañana va alerta, con prisa, con la ciudad llena a su alrededor.
Seguir a alguien en hora punta era perderla y encontrarla veinte veces: el autobús iba lleno, la gente tapaba, ella se bajaba entre una multitud y había que adivinar su nuca entre cien nucas iguales.
Doyle perdió a la suya dos mañanas seguidas y tuvo que volver a empezar desde la parada.
Brooks casi la pierde en la puerta giratoria de unos grandes almacenes.
Pero, poco a poco, las rutinas fueron apareciendo. Y con ellas, las mujeres.
La de las bolsas —la de Doyle y Simmons— resultó trabajar en la trastienda de una tintorería.
Salía de casa a las siete, cambiaba de autobús una vez, entraba a las ocho, entre vapor y perchas, y no volvía a salir hasta las seis.
Comía un sándwich en el mismo banco, sola, cada día.
Los martes, después del trabajo, se bajaba dos paradas antes de su casa y entraba en una lavandería automática con una bolsa de ropa.
La enfermera —la de Brooks y Torres— hacía turnos que cambiaban, y eso les costó días de descifrar: unos días entraba de mañana al hospital, otros salía de noche. Pero tenía un punto fijo: una tienda de segunda mano, en su calle, en la que entraba cada pocos días, siempre a preguntar lo mismo.
Y la del abrigo —la de Reynolds y Marsh— trabajaba de cajera en un supermercado, y su vida entera cabía entre tres sitios: su casa, la caja, y el polideportivo tres tardes por semana. Nadie la esperaba en ninguno de los tres.
Cuando volvieron a juntarse, Reynolds hizo en la pizarra tres columnas, una por mujer, y fue apuntando debajo cada cosa que sabían: la hora de salir, el trabajo, el cambio de autobús, la comida sola, la lavandería de los martes, la tienda de segunda mano, el gimnasio.
Tres vidas enteras, reconstruidas desde un coche, sin haber cruzado una palabra con ninguna.
—Bien —dijo, mirando las columnas—. Ahora la pregunta de verdad.
La única que importa. —Se volvió—. Con todo esto delante, con la rutina entera de una de ellas…
¿dónde la cogeríais vosotros? Si fuerais él.
¿En qué momento exacto de todo su día una de estas mujeres está sola, apurada, y aceptaría que un desconocido le echara una mano?
Nadie contestó enseguida. Era una pregunta fea de pensar en voz alta.
—No en el trabajo —dijo Simmons al fin—.
En el trabajo hay gente, hay jefes, la echarían de menos.
No en casa, que está a salvo. —Miró su columna—.
Tiene que ser en uno de los huecos. En los ratos muertos.
En los sitios donde está sola haciendo algo aburrido y puede pasar cualquier cosa sin que nadie mire.
—La lavandería —dijo Doyle, despacio, y algo en su cara cambió—.
La de los martes. —Se levantó, fue a la columna—.
He estado. He entrado a lavar, para disimular, mientras ella estaba.
Y os digo una cosa. Una lavandería automática de noche es el sitio más solo del mundo.
Cuatro máquinas, una bombilla, y tú esperando media hora a que acabe el centrifugado. No hay nadie. No pasa nadie.
—¿Y? —dijo Reynolds.
—Y pasó una cosa. —Doyle se frotó la nuca—.
La mujer sacó un jersey de la secadora, de esos sintéticos, y le dio un calambre.
La electricidad estática, que con esas fibras se acumula.
Un calambrazo de nada, pero soltó la ropa y se rió sola, medio asustada.
Y yo pensé… —se detuvo— …pensé que si en ese momento hubiera habido un hombre en la máquina de al lado, amable, y le hubiera dicho «espere, esas dan calambre, se saca así, con las manos separadas»…
ella le habría dado las gracias. Habría hablado con él.
En una lavandería vacía, a las nueve de la noche, agradecida por una tontería.
—Miró a Reynolds—. Es el sitio perfecto.
Es privado sin ser sospechoso. Nadie cierra una lavandería.
Nadie se pregunta qué hace un hombre lavando ropa.
Un silencio incómodo se posó en la sala.
—La mía es la tienda de segunda mano —dijo Torres, y se removió—.
La enfermera entra cada pocos días a preguntar por lo mismo.
Busca un ventilador, uno de esos grandes, de pie, que aquí en verano es oro.
No tienen, o se lo quitan de las manos antes de que llegue.
Y ella pregunta, y el dependiente le dice que no ha llegado, y ella dice…
—Torres bajó la voz, imitándola sin querer— …
«vale, vuelvo el martes». Siempre igual. «Vuelvo el martes.»
—Y cualquiera que estuviera en esa tienda sabría que el martes ella vuelve —dijo Brooks, y algo se le encendió en la cara, esa chispa suya de las malas ideas—.
A la misma hora. Buscando lo mismo. —Se enderezó—.
Oye… ¿y si le llevamos el ventilador nosotros?
Uno de esos, lo dejo yo el martes en la tienda, coincido con ella, y veo cómo reacciona.
Cómo se abre. Solo para entender cómo caen.
—¿Y de dónde sacas tú un ventilador? —preguntó Reynolds, sin levantar del todo la vista.
—Coge el de la sala de espera —dijo, distraído, antes de pensarlo—. Nadie ha mirado ese ventilador en veinte años.
Nadie se dio cuenta, en ese momento, de la que se estaba montando.
Marsh, que llevaba callado toda la reunión, dejó su café.
—La mía es distinta —dijo—. La mía no tiene un sitio fijo.
La pillé por casualidad. —Se levantó, despacio—.
La cajera, la del abrigo. La seguí una noche que salió tarde del súper, la última, con la persiana ya medio bajada.
Fue a la cabina de teléfonos de la esquina a llamar a alguien.
Y la cabina estaba rota. Se tragó la moneda y no dio línea.
—Miró a la sala—. Y se quedó ahí, la mujer, a las diez de la noche, sola, dándole golpes al aparato, con una moneda perdida y una llamada que no podía hacer.
Nerviosa. Mirando alrededor a ver si había otra cabina.
—Negó con la cabeza—. Si en ese momento aparece un hombre y le dice «esa lleva rota semanas, hay otra a dos calles, la acompaño que es de noche»…
¿qué hace ella? ¿Le dice que no? Está sola, a oscuras, necesita llamar. Le dice que sí. Le da las gracias.
Nadie habló.
Reynolds miró las tres columnas de la pizarra. Y debajo de cada una, ahora, había un punto rojo. La lavandería de los martes. La tienda del «vuelvo el martes». La cabina rota de la esquina. Tres puertas abiertas. Tres momentos, en la vida de tres mujeres cualesquiera, en que bastaba con estar allí.
—¿Os dais cuenta de lo que acabamos de hacer?
—dijo, en voz baja—. En unos días. Sin conocerlas.
Hemos encontrado, para cada una, el momento exacto en que nos las podríamos llevar.
—Señaló la pared de las veintitrés—. Él hizo esto con cada una.
Se aprendió su semana entera hasta encontrar el martes por la noche, la tienda, la cabina.
Y luego solo tuvo que estar allí, siendo amable, en el momento justo.
—Y ellas se lo agradecieron —dijo Simmons—. Esa es la parte que no me quito de encima. Que la última cosa buena que les pasó fue él. Que se fueron con él dándole las gracias.
Se quedaron todos mirando la pizarra. Las tres columnas. Los tres puntos rojos. La facilidad terrible con que habían aparecido.
—Hemos aprendido a pensar como él —dijo Brooks, y por primera vez no había ni rastro de broma—. Y no me gusta lo que se siente.
—A mí tampoco —dijo Reynolds—. Pero ya sabemos mirar. Sabemos dónde mira él, cómo elige, cuándo ataca. —Cogió su chaqueta—. Ahora falta lo más difícil: ponernos delante. Ir a su zona, a la que le toca por el mapa, y esperarlo en uno de estos momentos antes de que llegue él.
Y esa misma semana, mientras montaban el dispositivo para hacer exactamente eso, entró la llamada que lo cambió todo.
Una matrícula. Un fragmento, apenas. Un sedán gris, visto de noche en una carretera rural, y un testigo que había alcanzado a leer dos letras antes de que el coche doblara: una X y una K. Del bloque de números solo juraba una cosa: empezaba por cero.
X. K. Cero.
Sujeto número once. Quinta observación.
Vuelvo a la mañana, al mismo ángulo, con el café que no me bebo. No vengo hoy a descubrir nada nuevo: vengo a comprobar. Un dato solo es un dato la primera vez; la segunda vez es una ley. Quiero ver si su mañana de hace unos días era ella o era casualidad.
06:34. Su ventana se enciende. Exacta. Otra vez la primera de la fachada. Sonrío en el coche, a oscuras, porque acertar la cuenta larga tiene su premio pequeño y callado.
07:15. Sale por el tercer portal. Misma prisa suave, mismo no mirar atrás.
07:21. Coge el 46. Cinco paradas. Baja en la quinta y entra en el banco, con ese saludo de cabeza a alguien de la puerta. Todo igual que el otro día, minuto por minuto. Ya no es su mañana: es la mañana, la de siempre, y ahora sé que puedo confiar en ella como en algo mío.