El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Volvieron al amanecer, a las mismas paradas, en los mismos coches invisibles. Y esta vez nadie hizo bromas al salir del aparcamiento.

—Es raro —dijo Doyle, aparcando el coche de la abuela en el mismo sitio que la víspera—. Ayer esto era un experimento. Hoy parece otra cosa.

—Hoy es otra cosa —dijo Simmons—. Ayer mirábamos a desconocidas. Hoy venimos a por alguien concreto. —Miró la parada por el parabrisas empañado—. Fíjate qué poco se tarda en que una persona deje de ser cualquiera y pase a ser «la nuestra». Un día. Ha bastado un día.

—Eso también lo hace él —dijo Doyle, en voz baja.

—Eso, sobre todo, lo hace él.

A las siete y diez, la mujer apareció.

La misma de la víspera, la de las bolsas, con el mismo paso cansado y la misma manera de consultar el horario dos veces. Subió al mismo autobús. Y esta vez, cuando lo siguieron, Doyle no iba nervioso: iba atento, contando paradas, con la libreta en el regazo.

Bajó donde había bajado el día antes. Cruzó la misma calle. Se metió por la misma bocacalle de casas iguales.

—Otra vez ahí —dijo Simmons—. Mismo sitio, misma hora, segundo día. —Anotó ella también, aunque no lo necesitaba—. Empieza a parecer una rutina.

—O visita a alguien dos días seguidos.

—También. Por eso mañana habría que venir un tercero. Y un cuarto.

Doyle miraba la esquina donde la mujer había vuelto a desaparecer.

—Pero apostarías a que vive ahí.

—Sí.

—¿Por qué?

Simmons tardó un momento.

—Porque vuelve.

No había alegría en decirlo. En dos mañanas habían pasado de no saber que aquella mujer existía a poder señalar en un mapa la bocacalle por la que desaparecía cada día.

En la ciudad de Brooks y Torres, la enfermera del turno de noche hizo exactamente lo mismo. Mismo autobús, misma parada, mismo portal.

—Dos de dos —dijo Torres—. Vive ahí. —Se quedó mirando el edificio—. Qué fácil ha sido, joder. Dos mañanas. Ahora sé dónde duerme una mujer que hace dos días no sabía ni que existía.

—Pues imagínate en un mes —dijo Brooks, y por una vez no había ni rastro de broma en su voz—. Sabiendo a qué hora sale, cuándo libra, qué días viene sola, qué días la esperan.

Puso las dos manos en el volante que no giraba, y no arrancó.

—En un mes te la sabes de memoria. Sabes más de sus horarios que su propia familia.

En la tercera ciudad, en cambio, la del abrigo rompió el patrón.

Reynolds y Marsh la vieron llegar a la parada a la misma hora, sí, pero distinta. No llevaba el abrigo abrochado. Llevaba ropa de deporte, una bolsa cruzada, el pelo recogido.

Y no subió al autobús de la víspera.

Subió a otro, en dirección contraria.

—Se nos rompe —dijo Marsh—. Ayer para un lado, hoy para el otro. Ayer abrigo, hoy chándal. —Frunció el ceño—. ¿Es la misma mujer?

—Es la misma. —Reynolds ya arrancaba—. Pero hoy no va a casa. Vamos a ver adónde va.

La siguieron.

El autobús cruzó la ciudad. La mujer bajó a las afueras, delante de un polideportivo, y entró con la bolsa al hombro.

—Gimnasio —dijo Marsh—. No vive aquí. Esto es lo otro. Lo de después del trabajo, lo suyo, lo que hace por gusto.

—O por no estar en casa —dijo Reynolds, mirándola desaparecer por la puerta de cristal—. Que a veces es lo mismo.

Lo dijo por la mujer, pero le salió de más cerca: él también entraba en su casa lo más tarde que podía.

Se quedaron mirando la puerta.

—A ver —dijo Reynolds—. Si esto fuera de verdad, ahora mismo tendría dos preguntas. Dónde vive, que no lo sé, porque ayer la perdí. Y si esto del gimnasio es fijo o es de hoy.

—Para lo segundo necesitamos otra semana.

—Sí.

Reynolds miró la hora.

—Para lo primero quizá no.

—¿Qué quieres hacer?

—Esperar.

Hora y media después, la mujer salió del polideportivo.

Llevaba el pelo todavía recogido y la bolsa colgada del hombro. Caminaba algo más despacio que al entrar.

Reynolds arrancó.

—Vamos.

La mujer regresó a la parada y cogió un autobús.

Marsh miró el número.

—El de ayer.

Reynolds no contestó.

Lo siguieron.

Esta vez no necesitaban saber qué haría una mujer después del gimnasio. No necesitaban decidir si estaría cansada, si caminaría más o menos, si tendría ganas de llegar a casa.

Solo necesitaban mirar.

La primera parada pasó.

Después la segunda.

La tercera.

La mujer siguió dentro.

—Ayer la perdimos más adelante —dijo Marsh.

—Lo sé.

Llegaron a la parada del día anterior.

El autobús frenó.

Las puertas se abrieron.

Ella bajó.

Reynolds se inclinó ligeramente hacia el parabrisas.

La mujer cruzó la calle y caminó hacia la misma bocacalle de casas iguales donde había desaparecido la víspera.

Esta vez la siguieron con la vista.

No había ninguna teoría que probar.

Solo una repetición.

—Ahí vive —dijo Marsh.

Reynolds no respondió todavía.

La mujer llegó a la esquina y desapareció.

—Probablemente —dijo al fin.

—¿Probablemente?

—Dos veces. Quiero una tercera.

Marsh sonrió.

—Hace dos días no sabías que existía.

—Precisamente.

Se quedó mirando la esquina vacía.

—Ayer vino directamente. Hoy ha metido un gimnasio en medio y ha acabado exactamente en el mismo sitio.

—Cada una tiene su lógica.

Reynolds giró la cabeza hacia él.

—Eso es.

Marsh esperó.

—Nosotros estábamos buscando una regla —continuó Reynolds—. Que si vive cerca de la parada. Que si vuelve directamente. Que si hace siempre el mismo recorrido. Pero ella acaba de cambiarlo todo y, aun así, ha terminado en el mismo punto.

—Entonces la rutina no es el recorrido.

—No siempre.

Reynolds miró otra vez la bocacalle.

—La rutina es ella.

Esa noche, en la sala, por primera vez desde que empezó el experimento, había cosas que poner en la pizarra.

—Dos prácticamente localizadas —dijo Torres—. La mía y la de Simmons. Dos días, misma parada, mismo portal.

—La tercera, la del abrigo, probablemente también —dijo Reynolds—. Solo que nos ha enseñado algo distinto. Ayer fue directa. Hoy metió un gimnasio en medio. Otro autobús. Otra dirección. Hora y media fuera. Y después volvió a terminar exactamente donde la perdimos ayer.

Marsh miraba la pizarra con los brazos cruzados.

—¿Os dais cuenta de lo que hemos hecho en dos días?

—dijo—. Seis policías, tres coches. En dos mañanas tenemos tres mujeres casi localizadas: por dónde se mueven, dónde probablemente viven, cuál hace deporte y dónde.

—Se volvió—. Y no hemos hablado con ninguna.

No las hemos tocado. No saben que existimos. Todo desde un coche feo, mirando.

—Y ese es el problema —dijo Reynolds—. Porque si nosotros, sin práctica, torpes, con coches prestados y un volante que no gira, hemos sacado esto en dos días… —dejó la frase colgada— …¿qué saca él, que lleva años, que no hace otra cosa, que va solo y con todo el tiempo del mundo?

Silencio.

Simmons miró la pizarra.

—Pero seguimos sin saber cómo elige.

—No —dijo Reynolds—. Y quizá estamos intentando llegar demasiado pronto a esa pregunta.

Cogió un rotulador.

—Primero necesitamos saber cómo aprende.

Fue al mapa.

—Nosotros somos seis y hemos ido a por tres. Una cada dos. Él va solo. Eso significa que, cuando profundiza, puede quedarse con una. Días. Semanas, si hace falta.

Tocó una de las chinchetas.

—Empieza en un punto donde sabe que ella va a aparecer. Una parada. Una salida del trabajo. Un sitio que se repite. Desde ahí la sigue. Un día aprende dónde baja. Otro, hacia dónde camina. Otro descubre que los miércoles no vuelve directamente porque va al gimnasio.

Se volvió hacia ellos.

—No necesita acertar el primer día.

Doyle levantó la vista.

—Solo volver.

—Exacto.

Reynolds trazó un pequeño círculo alrededor de una de las paradas.

—Eso es lo que me interesa. Los puntos a los que puede volver sin saber todavía quién va a pasar por delante.

—Las paradas —dijo Torres.

—Las paradas son uno.

—Estaciones —añadió Marsh.

—Salidas de centros de trabajo —dijo Simmons.

Reynolds asentía.

—Sitios donde la misma gente aparece una y otra vez sin preguntarse quién está mirando.

La sala quedó callada.

Doyle observó el mapa.

—Entonces no estamos buscando dónde las siguió.

Reynolds lo miró.

—Estamos buscando desde dónde pudo empezar a conocerlas.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

La diferencia era pequeña.

Pero cambiaba el mapa.

Reynolds volvió a mirar las chinchetas.

Ya no eran únicamente lugares por los que habían pasado veintitrés mujeres.

Algunos podían ser lugares a los que alguien había regresado muchas veces antes que ellas.

Porque un recorrido podía cambiar.

Una mujer podía ponerse ropa de deporte, coger otro autobús, detenerse en un gimnasio, volver tarde.

Pero para aprender todo eso había una sola cosa que aquel hombre necesitaba hacer.

Volver a mirar.

Sujeto número once. Tercera observación.

Vuelvo a media tarde, con la luz todavía alta, porque hoy no vengo a por su parada ni a por su portal —eso ya lo tengo— sino a por la cosa más pequeña y más difícil de todas: quiero saber cuál de todas esas ventanas es la suya.

Un edificio es una cara con muchos ojos, y hasta que uno no sabe qué ojo mira desde dentro la persona que le importa, no tiene nada. Tiene un montón de ladrillos.

Aparco donde ya sé, en el ángulo desde el que se ve el tercer portal y buena parte de la fachada, y me preparo para lo único que se me da de verdad bien: no moverme.

La tarde se va gastando despacio. El aire acondicionado gotea en su esquina, marcando un compás que solo oigo yo.

Pasa un hombre con un perro. Pasa una furgoneta de reparto que se equivoca de número y da la vuelta.

Nada de eso me interesa. Yo miro la puerta, y miro el cielo perder color por detrás de los bloques, y espero a que ella vuelva y me lo enseñe todo sin saber que me lo enseña.

Cuatro y diez, puntual como un reloj que ella llevara dentro sin haberlo mirado nunca, baja del 28 al fondo de la calle y camina hacia aquí. Entra por el tercer portal. El pequeño forcejeo con las llaves. Se la traga el edificio. Y ahora empieza lo mío de verdad: la espera con premio.

Cuento los minutos. Sé, más o menos, cuánto tarda una persona en subir una escalera, en dejar las llaves en un cuenco de la entrada, en encender la primera luz de su casa.

Y a los pocos minutos, ahí está: segundo piso, la ventana de la izquierda se enciende.

Una luz tibia, amarilla, de lámpara y no de techo.

La primera de la tarde en toda esa parte de la fachada, y es la suya.

La veo y siento el pequeño golpe de calor de quien acierta una cuenta larga: esa. Segundo izquierda. Ese es su ojo.

Al rato se enciende otra al lado, más chica, más blanca —la cocina, calculo, o un baño—, y luego se apaga, y vuelve la de antes.

Va encendiendo y apagando su casa como quien deja, sin querer, un rastro de migas para el único que está mirando.

Aprendo el orden. Aprendo que primero es la de la izquierda, que la pequeña dura poco, que a esta hora ella se mueve por ahí dentro, viva, cansada, a salvo, tan cerca de mí y tan segura de estar sola.

No me hace falta más y me obligo a no querer más.

Ese es el arte de esto, y donde casi todos fracasan: saber pararse el mismo día que uno tendría ganas de seguir.

Hoy me llevo un solo dato, pero es el que convierte un edificio en su casa: segundo izquierda, tercer portal.

Ya sé exactamente dónde termina cada noche.

Me voy antes de que la fachada me devuelva la mirada. Enciendo el motor con las luces apagadas todavía, salgo despacio, me disuelvo en el tráfico como el que nunca estuvo.

Por ahora, la observo. Tengo su parada, su portal y su ventana; tengo los tres puntos que dibujan el final de su día. Lo que me falta es todo lo que pasa dentro de esa luz encendida, y eso, tarde tras tarde, también será mío.

Sujeto número once. Cuarta observación.

Le doy la vuelta al reloj. La he tenido de tarde, la he tenido de noche encendiendo sus luces; me falta su mañana, que es cuando la gente enseña sin querer lo que de verdad es.

05:58. Llego antes que el barrio. A esta hora el sur de Florida es otro sitio, azul y quieto, sin el calor todavía, sin nadie, con las farolas aún encendidas sobre calles vacías.

Aparco en el ángulo de siempre, con la fachada a la vista.

Su ventana, la de segundo izquierda, a oscuras.

Duerme. Y yo debajo, despierto por ella, con un café que dejo enfriarse sin tocar.

06:34. Se enciende. La primera luz del día en toda la fachada, y es la suya, puntual, como si algo dentro de ella obedeciera a un horario que ni ella conoce.

La casa se va iluminando cuarto por cuarto, en un orden que mañana será el mismo, porque las mañanas son lo más esclavo que tiene una persona. Nadie improvisa a las siete.

07:15. Sale por el tercer portal. Por fin la tengo a la luz, entera, no de sombra.

Camina con la prisa suave del que va sobrado de un minuto pero no de dos.

No mira atrás. Va derecha a la parada, la de la mañana, que no es la misma en la que la dejo por las tardes: tiene una línea para ir y otra para volver, y no lo sabe, y son míos los dos hilos.

07:21. Llega el 46. Sube. Hoy no me quedo a verla marchar: arranco cuando ella arranca, dos coches de aire entre el autobús y yo, y voy detrás, sin prisa, contando las paradas con ella.

Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

En la quinta baja. Zona de oficinas, gente que a esa hora va toda en la misma dirección y con la misma cara.

Se pierde un momento en esa marea y la recupero enseguida; camina distinto, más sola, aunque ella no lo note.

Cruza, y entra en un banco. Uniforme por dentro, se adivina desde la calle.

Ahí trabaja. Ahí está el otro extremo de su día, el que me faltaba.

Cierro la cuenta de la mañana, limpia, sin un cabo suelto: sale a las siete y cuarto, parada de la mañana, línea 46, cinco paradas, baja, y al banco. La tarde ya la tenía. Ahora tengo también el amanecer.

Por ahora, la observo. Sé cómo empieza su día y cómo lo termina, dónde duerme y dónde trabaja, qué autobús la lleva y cuál la trae. Me falta lo del medio, las horas sueltas, los huecos. Pero eso es para otra mañana. Hoy me voy antes de que el barrio tenga cara y note la mía.