Capítulo 19
El coche de la abuela de Doyle olía a caramelo de violeta y llevaba una estampa de la Virgen pegada al salpicadero con una convicción que no admitía discusión.
—Ni se te ocurra tocarla —le había dicho su abuela al darle las llaves—. Es lo único que me trae de vuelta a casa con vida.
—Abuela, opérate las cataratas.
—Insolente. Y no me fumes en el coche, que lo huelo.
Media hora después, en la parada, Simmons sacó un cigarro.
—Ni de broma —dijo Doyle—. Aquí no.
—¿Por la Virgen?
—Por mi abuela. Huele el humo y se lo cuenta a mis padres.
Simmons lo miró de reojo, con el cigarro ya entre los dedos.
—A ver. ¿Tu abuela no tenía cataratas?
—En los ojos. No en la nariz. —Doyle lo dijo con la paciencia del que explica algo evidente—. Qué manía con que si tienes una cosa mala en un sitio ya lo tienes todo mal. El olfato lo tiene de perro. Como para fumar aquí.
—Que se lo cuente a tus padres. ¿Cuántos años tienes tú?
—Veintiséis.
—¿Y te preocupa lo que digan tus padres?
—Los padres son padres toda la vida, Simmons. —Doyle se encogió de hombros, mirando la calle—. Tú tendrás cincuenta y como tu madre te pille fumando, te tiembla la mano igual. No me hables de este tema, que no lo llevo bien.
Simmons se guardó el cigarro, riéndose por lo bajo, y por un momento el coche de la abuela, con su Virgen y su olor a violeta, fue casi un sitio agradable donde estar.
—Oye, Simmons. —Doyle miraba la parada, dándole vueltas a algo—. Enhorabuena, ¿eh.
—¿Por?
—Por lo tuyo. Que te falta poco ya, ¿no?
—Doyle, no tengo ni idea de qué me hablas.
—Lo de la menopausia. —Lo dijo con toda la naturalidad del mundo—. Que estás al caer. Es un puesto bueno, ¿eh, no te quites mérito.
Simmons giró la cabeza despacio.
—¿Un puesto.
—Claro. Wallace dijo el otro día que Sullivan, la de arriba, desde que entró en la menopausia estaba insoportable, que daba órdenes a todo el mundo.
Y tú llevas casi los mismos años que ella en comisaría.
—Doyle se encogió de hombros—. Yo lo pillé enseguida.
Suben ahí y ya pueden mandar. Por eso se ponen así, con carácter. Es el rango. Te toca ya.
Hubo un silencio en el coche que Doyle interpretó como admiración.
—Doyle. —Simmons se pellizcó el puente de la nariz—. ¿Tú cuántos años crees que tengo.
—Los de Sullivan, más o menos. Los del ascenso.
—Madre mía. —Se volvió hacia la ventanilla, entre la risa y el pasmo—. No sé ni por dónde empezar contigo. Y no voy a empezar, mira. Sigue mirando la parada, anda. Ya te lo explicará tu abuela.
—¿Mi abuela también fue del cuerpo.
Simmons no contestó. Doyle se quedó convencido de que sí.
Luego se acordó de a qué habían ido, y se le pasó.
A dos ciudades de allí, Brooks peleaba con un volante que no giraba.
—Es que no gira. —Daba tirones con los dos brazos para una curva de nada—. Esto no tiene dirección asistida. Esto es de cuando los coches se conducían a base de fuerza bruta.
—Aparca antes de que te dé algo —dijo Torres—. Llamas más la atención sudando con el volante que si hubiéramos venido con la sirena.
—Mi cuñado jura que es «muy fiable». No gira, pero es fiable. —Brooks lo encajó en un hueco a la tercera, resoplando a las siete de la mañana—. Después de este caso me apunto al gimnasio. Girar a la derecha no debería quitarte el aliento.
Y en la tercera ciudad, Reynolds y Marsh esperaban en un sedán gris tan corriente que ni ellos lo habían reconocido esa mañana en el aparcamiento.
No hablaban mucho. Marsh sostenía un café que no se bebía y miraba la parada con esa paciencia suya de veterano.
—¿Sabes qué es lo peor de esto? —dijo al rato—. Que en veinte minutos ya empiezas a fijarte en cosas que antes no mirarías. —No apartó la vista de la acera—. Y no es una cosa que uno quiera aprender a hacer.
Reynolds no contestó. Porque a él le pasaba lo mismo.
Reynolds recorrió la parada con la mirada.
Ya no buscaba una edad, un cuerpo ni una cara concreta. Solo necesitaban elegir a una desconocida y comprobar cuánto podían aprender de ella sin acercarse.
Una chica joven hojeaba una revista. Una mujer con dos niños les repasaba los abrigos. Una señora mayor miraba el número del autobús con el ceño fruncido.
Y luego estaba la mujer del abrigo.
Una mujer de mediana edad esperaba sola, con el abrigo abrochado hasta arriba aunque no hacía frío.
—Esa —dijo Reynolds.
—Esa —confirmó Marsh.
—No porque sepamos nada de ella —dijo Reynolds—. Precisamente porque no sabemos nada.
En las tres ciudades, casi a la vez, sin saber lo que hacían los otros, los tres equipos eligieron. Y cuando los tres autobuses arrancaron con sus tres mujeres dentro, los tres coches invisibles fueron detrás.
Seguir un autobús urbano resultó ser humillante y difícil a partes iguales.
Paraba cada dos manzanas. Se abrían las puertas, bajaban tres, subían cinco, y había que adivinar en un segundo si la mujer era una de las que bajaban.
Los semáforos separaban al perseguidor del perseguido.
Un camión de reparto se cruzó y Brooks estuvo a punto de saltarse un rojo por no perder un autobús municipal a diez por hora.
—Esto es imposible. —Agarrado al volante que no giraba—. ¿Cómo mantienes esto sin que te vean? Vas pegado a un bus, a paso de tortuga. Cualquiera que mire por la ventanilla te ve el careto tres paradas seguidas.
—Pues él lo hacía —dijo Torres—. Sin sudar. Con las manos quietas.
Brooks se secó la frente con la manga y no dijo nada.
En el coche de la abuela, Doyle empezó a entender otra cosa.
—No sé si vive por aquí, o va al médico, o a casa de su hermana, o se baja en la próxima porque hoy le apetece andar. —Miró a Simmons—. La estoy siguiendo y no sé nada de ella. Nada.
—Bienvenido —dijo Simmons—. Ese es el trabajo. Mirar sin saber. —Señaló con la barbilla—. Y equivocarte muchas veces, hasta que un día aciertas.
Las tres mujeres bajaron en tres barrios distintos de tres ciudades distintas, más o menos a la misma hora.
Y las tres hicieron, sin saberlo, lo mismo.
Bajaron. Cruzaron una calle. Se metieron por una bocacalle de casas bajas, todas iguales, con sus jardincitos y su ropa tendida, y a los pocos metros —un seto, una esquina, un portal— dejaron de verse. Se las tragó el barrio, como si el barrio entero fuera una boca que se cierra.
Reynolds paró el coche a media calle, tarde, y miró el hueco por donde la mujer del abrigo ya no estaba.
—La he perdido.
—La hemos perdido —lo corrigió Marsh, sin reproche—. Es lo que tiene una persona. Llega a un sitio y desaparece dentro de su vida, donde tú ya no entras.
Una señora regaba unas macetas. Un perro cruzó sin prisa. Vida tibia de media mañana, cerrándose sobre el sitio exacto donde una mujer se había esfumado delante de dos policías.
Esa noche volvieron a juntarse en la sala, con la pared de las veintitrés mirándolos.
Nadie traía un nombre. Aun así, los tres equipos habían tropezado con el mismo problema.
—A ver. Contadme. —Reynolds se apoyó en la mesa—. Lo que sea.
—Una mujer de cuarenta y pico —dijo Simmons—. Se bajó en un barrio de casas bajas. No sé su nombre, no sé si vive ahí, la perdí en una esquina.
—Igual —dijo Torres—. Se metió entre las casas y adiós. Podría vivir en cualquiera de treinta portales.
—Lo mismo la del abrigo —dijo Reynolds.
Brooks se dejó caer en una silla.
—O sea que hemos pasado el día siguiendo a tres desconocidas para saber de ellas lo mismo que sabíamos esta mañana. Nada. Un día. Tres coches. Seis personas. Para nada.
—No es para nada —dijo Marsh, desde el rincón—. Nos ha pasado a los tres.
—¿El qué?
—Perderlas. —El veterano se enderezó—. Los tres equipos, el mismo día, hemos hecho lo mismo y hemos fallado lo mismo.
No es que uno lo hiciera mal. Es que esto es así.
—Miró a Reynolds—. Y si nos ha pasado a nosotros, seis policías, le pasó también a él.
El primer día él tampoco sabía dónde vivían. Las perdió igual que nosotros.
Reynolds levantó la vista, despacio.
—Sigue.
—Que no las coge el primer día —dijo Marsh—. No puede. El primer día solo mira y pierde, como nosotros. La diferencia es lo que hace el segundo. Y el tercero. Vuelve. Nosotros mañana lo dejamos y nos vamos a casa. Él vuelve.
Se hizo un silencio. Torres, que llevaba un rato callado, dijo entonces lo que iba a torcer la reunión entera.
—A mí me ha pasado una cosa rara. —Se removió—. En mi parada, cuando elegimos a la enfermera, había otras dos que habríamos podido seguir igual. Bajaron tres a la vez y no supe a cuál seguir. Tuvimos que elegir una y dejar las otras dos.
Reynolds se quedó muy quieto.
—Repite eso.
—Que había tres. Elegimos a la enfermera por elegir. Podríamos haber seguido a cualquiera.
—Eso es lo importante —dijo Simmons—. No estamos demostrando que sepamos a quién elegiría él. Estamos comprobando cuánto puede aprenderse de una persona una vez que alguien decide observarla.
—Entonces sigamos con eso —dijo Reynolds—. Con el método. No con adivinar a la persona.
La frase cayó, y con ella se coló algo más feo en la sala. Fue Brooks el que lo dijo, sin pensar, con esa manera suya de meter el pie donde no debe.
—Bueno, tú lo sabrás mejor que nadie, Simmons.
—Lo dijo medio en broma, buscando aligerar—.
Lo de que una mujer sola y hecha polvo se agarra a lo primero que la trate bien.
Digo, tú llevas… ¿cuánto, tres años sola?
A ti que te caiga un tío majo en una cola te haría ilusión, ¿no?
A tu edad ya tendrás ganas de formar una familia, digo yo.
El silencio que siguió fue de otra temperatura.
Simmons lo miró despacio.
—¿Perdona?
—No, digo que… —Brooks se dio cuenta a mitad de frase, y como todos los que se dan cuenta a mitad de frase, siguió—. Lo digo por entenderlo. Por meterme en la cabeza de una de estas mujeres. Para el caso.
—Ya. —Simmons no levantó la voz, y fue peor—.
O sea que para meterte en la cabeza de una víctima, me usas a mí.
La única mujer de la sala. Tres años sola, ganas de formar una familia, agarrándome a lo primero que pase.
—Ladeó la cabeza—. Me parece una falta de respeto enorme, Brooks.
Y te la desarrollaría entera, con detalle, pero da la casualidad de que eres mi superior, así que me la voy a tragar. Como me trago tantas.
Brooks abrió la boca. La cerró.
—Perdona —dijo, y por una vez lo dijo en serio, sin coña—. Tienes razón. Me he pasado. Perdona de verdad.
—Hecho está. —Simmons se sentó—. Pero que yo esté soltera no te autoriza a inventarte el resto. Y tampoco deberíamos hacer eso con ninguna de ellas.
Nadie respiraba.
Reynolds dejó que el silencio se asentara antes de hablar.
—Vale —dijo—. Entonces mañana volvemos. A la misma parada, a la misma hora. —Miró a su gente, cansada, un poco tocada—. Porque hoy hemos aprendido a mirar. Mañana toca lo otro: aprender a no perderlas. Que es lo que él sabe hacer y nosotros no.
Por primera vez nadie protestó por lo del segundo día.
Simmons fue la última en recoger. Lo de Brooks no le había dolido por el caso, sino por la facilidad con que una persona podía convertir un dato verdadero en una historia entera sobre otra.
Sujeto número once. Segunda observación
Segundo martes.
15:18.
Mismo sitio.
He aparcado enfrente del centro cultural.
La semana pasada salió a las 15:41.
Hoy llego antes.
No porque crea que vaya a salir antes.
Porque todavía no sé si las 15:41 significan algo.
15:26.
Se abre la puerta.
Dos mujeres.
Después un hombre.
Ninguno es ella.
15:33.
Sale un grupo de cuatro.
Espero.
15:39.
Nada.
15:41.
La puerta se abre.
No es ella.
Miro el reloj otra vez.
15:42.
Nada.
15:43.
Sale.
Ella.
Mismo pelo oscuro.
Hoy lo lleva recogido.
Mismo bolso.
Otra ropa.
Sale sola.
Se detiene un momento en los escalones.
Mira hacia la calle.
Baja.
Cruza.
La misma parada.
No consulta el horario.
Se coloca casi en el mismo sitio que la semana pasada, apartada del resto.
Ahora somos dos esperando cosas distintas.
Ella, el autobús.
Yo, que haga lo mismo.
15:48.
Pasa un autobús.
No se mueve.
15:52.
El 28.
Se acerca antes de que termine de detenerse.
Sube.
Espero.
Las puertas se cierran.
Arranco.
Esta vez conozco el recorrido.
No necesito acercarme tanto.
Primera parada.
No baja.
Segunda.
No baja.
En la tercera el 28 se detiene más tiempo.
Sube bastante gente.
Espero detrás.
Cuarta.
Sigue.
Quinta.
Sigue.
Ya sé lo que viene después.
La avenida ancha.
El canal a la derecha.
Los bloques bajos.
El cruce donde la semana pasada casi lo perdí.
Esta vez no lo pierdo.
Me gusta reconocer el camino.
Hace siete días todo esto era una parte de la ciudad que no significaba nada.
Ahora sé dónde gira el 28.
Sé qué semáforo tarda más.
Sé dónde el tráfico se estrecha.
Sé cuándo tengo que dejarlo alejarse.
No debería gustarme tanto que las cosas vuelvan a estar donde las dejé.
Pero me gusta.
16:17.
Todavía está dentro.
16:18.
El 28 reduce la velocidad.
La misma parada.
Espero.
Se abren las puertas.
Baja ella.
Misma parada.
Casi la misma hora.
Ahí está.
No siento sorpresa.
Siento otra cosa.
Orden.
Centro cultural.
Martes.
15:40 aproximadamente.
16:18.
Esta parada.
Dos veces.
Ya no tengo una tarde.
Tengo los primeros puntos de una rutina.
Ella empieza a caminar.
No la sigo con el coche esta vez.
No necesito repetir el error del martes pasado.
La dejo alejarse mientras permanezco dentro.
Camina hacia el interior del barrio.
Misma dirección.
Eso también se repite.
La veo hacerse más pequeña entre los coches aparcados.
No mira hacia atrás.
Entra en la calle donde la perdí la semana pasada.
Desaparece.
Miro el reloj.
16:24.
Me quedo donde estoy.
No voy detrás.
Todavía no.
Si la sigo ahora puedo descubrir un portal.
Tal vez incluso una puerta.
Pero seguiría sin saber si vive allí.
Podría visitar a alguien todos los martes.
Podría cuidar a alguien.
Podría tener una clase.
Podría pasar allí la tarde y marcharse después.
Ver una puerta no significa conocerla.
Eso es lo que la gente hace mal.
Ve algo una vez y decide que ya sabe lo que significa.
Yo prefiero esperar.
Anoto:
Segundo martes.
Salida del centro cultural: 15:43.
Diferencia con la semana anterior: +2 minutos.
28.
Misma parada.
Llegada: 16:18.
Misma dirección al bajar.
Centro cultural: repetido.
Línea 28: repetida.
Parada: repetida.
Martes: repetido.
Cuatro coincidencias empiezan a dejar de ser coincidencias.
Ahora puedo cambiar la pregunta.
Ya no necesito saber si vuelve aquí.
Necesito saber si sale de aquí.
La próxima observación será por la mañana.
No sé a qué hora.
Eso significa llegar antes de que empiece el movimiento del barrio.
Aparcar.
Esperar.
Puede salir a las siete.
Puede salir a las nueve.
Puede no salir.
Da igual.
Tengo tiempo.
Si vive aquí, tarde o temprano aparecerá.
Y si aparece por la mañana en el mismo lugar donde desaparece por la tarde, tendré los dos extremos.
Entonces empezaré a saber cómo es un día suyo.
16:31.
Arranco.
Antes de salir miro una vez más hacia la calle por la que ha desaparecido.
No vuelve a aparecer.
Bien.
Hoy tampoco necesito más.