Capítulo 17
Nadie volvió a levantarse. Las chaquetas quedaron donde habían caído y, durante un rato, nadie dijo nada.
Ya sabían a quién elegía aquel hombre. Lo que seguían sin entender era cómo conseguía convertir una desconocida en una mujer dispuesta a irse con él.
Y esa pregunta pesaba demasiado para marcharse a casa.
Fue Doyle quien habló. El más joven, el que hasta esa semana no abría la boca, el que seguía teniendo la libreta abierta sobre las rodillas.
—Lo estamos mirando al revés —dijo.
Reynolds giró la cabeza hacia él.
—¿Cómo?
—Que llevamos años leyendo lo que ya hizo.
—Doyle se levantó, despacio, como si la idea le fuera saliendo a la vez que las palabras—.
Sabemos a quién elige. Sabemos cómo consigue entrar.
Pero no sabemos qué ocurre antes. Cuánto observa.
Qué llega a saber de una persona antes de acercarse.
—Miró a Reynolds—. Y eso no está en las cajas.
Se hizo un silencio raro. Brooks fue el primero en entenderlo, y torció la boca.
—A ver si te he oído bien, chaval. —Dejó el vaso de plástico sobre la mesa—. ¿Estás proponiendo que salgamos a la calle a cazar mujeres, a ver qué se siente?
—No a cazarlas —dijo Doyle, y se puso colorado, pero no se echó atrás—.
A seguirlas. Como las sigue él. Para entender lo que él entiende.
Elegir a una en una parada, acompañarla, ver cuánto cuesta saber dónde vive, cuándo está sola, cuándo tiene la guardia baja.
—Tragó saliva—. Todo el mundo hace lo contrario.
Pones un cebo, un señuelo, y esperas a que el tipo pique.
Nosotros no tenemos cara, no tenemos nombre, no podemos poner un cebo a nadie.
—Señaló el mapa—. Pero podemos ponernos en su sitio. Ser nosotros los que miren.
—Es la cosa más retorcida que he oído en esta sala —dijo Brooks—. Y llevo diecinueve años en esta sala.
—Puede —dijo Reynolds, muy despacio.
Y algo en cómo lo dijo hizo que Simmons se volviera hacia él.
—No —dijo ella.
—Lisa.
—No, Mark. —Se había puesto de pie sin darse cuenta—.
Escúchate. Escúchalo. Vamos a salir mañana a la calle, a escoger desconocidas y observar cuánto podemos averiguar de sus vidas sin que ellas sepan que estamos ahí.
—Lo miró con dureza—. Yo me senté con Ana.
Sé lo que significa descubrir que alguien te ha estado observando mientras tú seguías con tu vida.
Y ahora tú me dices que hagamos algo parecido. Nosotros.
—No las vamos a tocar —dijo Reynolds—. No nos vamos a acercar. Dos días. Mirar. Nada más.
—Es lo que él hacía los dos primeros días —dijo Simmons—. Mirar. Nada más.
La frase cayó sobre la mesa y no la recogió nadie. Reynolds encajó el golpe, porque tenía razón, y aun así no se movió de donde estaba.
—Ya lo sé —dijo al fin, cansado, sin defenderse—.
¿Crees que no lo sé? Pero mírame esa pared, Lisa.
—Señaló las veintitrés—. Sabemos cómo consigue que confíen en él.
Lo que no sabemos es cuánto sabe ya cuando aparece.
Cuánto tiempo lleva mirando antes de decir la primera palabra.
—Bajó la voz—. No quiero hacerlo. Me da asco.
Pero necesito entender esa parte si queremos dejar de ir por detrás.
Simmons no contestó enseguida. Miró la pared, las caras, y luego a los hombres de la sala, que empezaban a asentir con esa facilidad con la que los hombres asienten a las cosas que no van a sufrir ellos.
—Vale —dijo—. Pero lo dirijo yo.
Nadie dijo nada. Doyle anotaba, muy serio.
—Vale, pero antes de repartirnos coches —dijo Brooks—, ¿alguien me explica dónde nos plantamos? Porque una ciudad es muy grande para escoger desconocidas al azar.
—Eso es justo lo que no sabemos todavía —dijo Reynolds, mientras se levantaba y se acercaba al mapa—. Y para este experimento no necesitamos adivinar dónde estará él. Necesitamos comprobar cuánto puede saberse de una persona únicamente observando su rutina.
Cogió un rotulador y marcó tres puntos separados entre sí, tres ciudades medianas con suficiente movimiento para que un coche parado no llamara la atención.
—No estamos intentando acertar su próximo movimiento —dijo—. Estamos intentando reconstruir su método. Elegimos tres ciudades distintas y vemos si, aun así, acabamos mirando lo mismo.
—Ciudades —dijo Doyle—. Pero ni muy grandes ni muy chicas.
—Explícate.
—Una capital es demasiado. —Doyle se acercó al mapa—.
Demasiada gente, demasiadas paradas, demasiado sitio donde perderla.
Y un pueblo de cuatro casas tampoco: ahí un forastero en un coche parado destaca en cinco minutos, todo el mundo se conoce.
—Fue señalando los puntos del mapa—. Él necesita un término medio.
Una ciudad de verdad, con estación, con gente que va y viene, con movimiento…
pero lo bastante pequeña para que la misma mujer pase por el mismo sitio todos los días.
Ni anónima del todo, ni conocida del todo.
—Como estas tres —dijo Reynolds, y rodeó los puntos que acababa de marcar—. Un equipo en cada una.
—¿Y dentro de la ciudad, dónde? —preguntó Torres—. Porque una ciudad, aunque sea mediana, sigue siendo grande para vosotros tres.
—En un sitio con variedad —dijo Simmons—. Donde no pase un tipo de mujer, sino de todo. Jóvenes, mayores, de todas clases, todas juntas y quietas un rato, esperando. —Miró a la sala—. Eso es una parada de autobús. La grande, la del centro, por la que pasan todas las líneas.
—Una parada de bus —repitió Brooks, dándole vueltas—. ¿Por qué no un centro comercial? Ahí hay más gente.
—Porque a un centro comercial vas cuando quieres —dijo Simmons—.
A la parada del bus vas cada día, a la misma hora, quieras o no, porque es como llegas a trabajar.
Es rutina pura. Y la rutina es lo que él necesita: saber que su mujer va a estar ahí mañana, y pasado, a las siete y diez, sola, medio dormida, sin fijarse en nadie.
—Se encogió de hombros—. Un centro comercial es azar.
Una parada es un reloj. Él caza relojes.
Brooks lo pensó, y asintió despacio.
—Pues mira. Es buena opción.
—Entonces está decidido —dijo Reynolds—.
Mañana temprano, a la hora punta, cada equipo en la parada grande de su ciudad.
Elegís a una, la acompañáis hasta donde baje, y volvéis.
Sin acercaros. —Cogió la chaqueta—. Y nada de coches de comisaría.
Un coche oficial, con su antena y sus tapacubos, lo huele cualquiera.
Necesitamos lo contrario de llamar la atención.
Que cada uno traiga de casa el coche más normal que tenga. El del montón. El que no se mira.
—El que no se mira —repitió Doyle, y lo anotó como si fuera lo más importante de la noche.
Y a lo mejor lo era.
Porque a la mañana siguiente, del aparcamiento de la comisaría de Broward fueron saliendo, uno tras otro, a la luz gris del amanecer, tres coches que nadie —ni el ojo más entrenado— habría mirado dos veces.