El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 16
52%

Capítulo 16

Al día siguiente, Greck cumplió su promesa.

Llegó con dos hojas.

Solo dos.

Las dejó sobre la mesa, perfectamente alineadas, mientras las últimas conversaciones se apagaban y los cuadernos terminaban de abrirse.

No llevaba la carpeta gruesa de otras veces. La pizarra estaba limpia.

—Ayer os dije que hoy traería el problema contrario.

Algunas cabezas se levantaron.

Greck tomó una de las hojas.

—Hasta ahora hemos hablado de personas cuyo recorrido conocemos casi entero. De Denke sabemos cómo terminó.

La dejó.

Cogió la otra.

—De Jégado podemos reconstruir años de movimientos, casas, muertes, sospechas.

Volvió a colocarla junto a la primera.

—Hoy no tengo nada de eso.

Una mano se levantó.

Greck continuó antes de que llegara la pregunta.

—No sabemos quién es.

Esta vez sí miró a la clase.

—Pero parece bastante interesado en que sepamos que existe.

Fue hacia la pizarra.

Escribió:

KANSAS

Debajo:

1974

—El año pasado, en Wichita, ocurre un crimen que la policía no consigue cerrar.

No entró en detalles.

Investigan. Preguntan. Buscan.

Nada.

Durante meses, explicó, el responsable posee exactamente lo que cualquier criminal razonable debería querer.

Greck escribió:

ANONIMATO

—Nadie sabe quién es. Nadie sabe dónde vive. Nadie sabe qué aspecto tiene.

Dejó la tiza.

—Perfecto.

Una chica de la primera fila frunció el ceño.

—¿Perfecto?

—Si no quieres que te encuentren, sí.

Greck apoyó una mano sobre la mesa.

Podría haberse quedado ahí. Desaparecer dentro de aquel anonimato y no hacer nada más.

Pero no lo hizo.

Meses después apareció una comunicación con información suficiente para que la policía tuviera que plantearse que quien la había escrito conocía el caso desde dentro.

Greck regresó a la pizarra.

—Y entonces hace algo que me interesa mucho más que la propia carta.

Escribió tres letras:

B. T. K.

Se apartó.

—La policía todavía no sabe quién es.

Miró las iniciales.

—Pero él ya ha decidido cómo quiere que lo llamen.

Un golpe breve de metal contra madera sonó en la primera fila.

Un chico se agachó junto a la silla.

—Perdón.

Greck vio las llaves en su mano.

—¿El coche es tuyo?

—No. De mi padre.

El llavero giró una vez sobre la madera y atrapó la luz.

Por un instante, otro sonido.

Las llaves de su padre cayendo dentro del cuenco de madera de la entrada.

Aquel golpe hueco, conocido de memoria. La puerta al final de la tarde. Los pasos de su padre al llegar del trabajo.

—Esta semana llevo el coche al taller. Creo que el jueves.

Greck levantó los ojos del libro.

—¿Qué hora es?

Su padre se miró la muñeca.

—¿Y mi reloj?

—En el relojero. Dijiste que había que revisarlo.

—Ah, sí.

—¿Señor Greck?

El aula regresó.

El chico ya se había guardado las llaves.

—Perdón. Se me cayeron del bolsillo.

Greck lo miró un instante.

—No pasa nada.

Volvió hacia la pizarra.

B. T. K.

—Bien. Seguimos.

Señaló las iniciales.

—No nos da su nombre. Nos da este.

—¿Para hacerse famoso? —preguntó alguien.

Greck sonrió.

—Eso es lo primero que diría un manual malo.

Algunas risas.

—«Busca fama». Dos palabras. Caso cerrado. Siguiente capítulo.

Negó con la cabeza.

—No. Si quisiera únicamente que supieran quién es, podría decirles su nombre. Hace exactamente lo contrario.

Se señaló el pecho.

—Oculta al hombre.

Después señaló las iniciales.

—Y construye otra cosa.

Cogió la tiza.

Escribió:

IDENTIFICACIÓN

La contempló unos segundos y la tachó.

Debajo puso:

RECONOCIMIENTO

—No quiere necesariamente ser identificado. Pero quizá quiere ser reconocido.

Una estudiante levantó la mano.

—¿Cuál es la diferencia?

Greck se volvió hacia ella.

—Toda.

Se acercó a las primeras filas.

—Identificar es poder decir quién eres. Reconocer es saber que eres tú otra vez.

La estudiante dejó de escribir.

Greck señaló las iniciales.

—Puede haber alguien completamente desconocido para la policía y, sin embargo, conseguir que reconozcan su presencia.

Levantó un dedo.

—Esto fue mío.

Otro.

—Esto también.

Otro.

—Y esto pertenece a lo mismo.

Bajó la mano.

—Sin darles jamás el nombre del hombre que está detrás.

Una voz llegó desde el fondo.

—Entonces quiere que relacionen los crímenes.

Greck miró al alumno.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—Tal vez.

Parecía disfrutar de la incomodidad que provocaba aquella respuesta.

—Una comunicación no hace un patrón. Eso quiero que os entre en la cabeza.

Apoyó un dedo sobre la mesa.

—Tenemos una comunicación. Un nombre elegido por él. Información que parece destinada a que alguien la reconozca.

Apartó la mano.

—Y nada más.

Una chica preguntó:

—Entonces ¿por qué estamos hablando de él?

Greck sonrió.

—Porque ya ha hecho algo extraordinario.

Volvió a la pizarra.

Debajo de las iniciales escribió una palabra:

LECTOR

Nadie dijo nada.

Greck dejó la tiza.

—Ahí está.

—¿Lector?

—Sí.

—¿La policía?

—Puede.

—¿El periódico?

—Puede.

—Entonces ¿quién?

Greck se volvió.

—Da igual.

La respuesta no convenció a todos.

—Lo importante es que ha preparado algo para que exista alguien al otro lado.

Señaló B. T. K.

—Un nombre que otro debe leer.

Después 1974.

—Un hecho que otro debe relacionar.

Finalmente LECTOR.

—Alguien que comprenda que detrás de todo eso hay una misma presencia.

Caminó hacia la primera fila.

Denke no había necesitado explicarse. Jégado había atravesado casa tras casa sin construir una identidad para los demás.

Greck miró de nuevo las tres letras.

—Este interviene en la manera en que los demás van a mirarlo.

Una estudiante frunció el ceño.

—¿Eso significa que quiere que lo comprendan?

Greck tardó en responder.

—No lo sé.

La chica pareció sorprendida.

—¿No?

—No.

Greck regresó a la mesa.

—Y acostumbraos a esa respuesta.

Abrió una de las dos hojas.

—No sabemos si quiere ser comprendido.

La cerró.

—No sabemos si quiere asustar, corregir a la policía o provocar admiración.

Miró la pizarra.

—Ni siquiera sabemos si volverá a escribir.

Una voz preguntó:

—¿Y si vuelve?

Greck sonrió.

—Entonces empieza lo bueno.

Hubo alguna risa.

Él no estaba bromeando.

—Porque una segunda decisión puede compararse con la primera.

Levantó un dedo.

—Qué repite.

Otro.

—Qué cambia.

Otro.

—Qué necesita volver a decir.

Bajó la mano.

—Ahí empieza una conducta.

Una estudiante preguntó:

—¿Y si no vuelve a escribir?

Greck apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces habrá que aceptar que quizá nos equivocamos.

Esperó.

—O quizá no.

La estudiante hizo una mueca.

—Eso no ayuda.

Greck sonrió.

—Claro que ayuda.

Se acercó.

—Os obliga a soportar algo que a los investigadores les cuesta muchísimo.

—¿Qué?

—No saber.

Regresó a la pizarra.

Allí seguían:

B. T. K.

RECONOCIMIENTO

LECTOR

Greck los contempló durante unos segundos.

Después cogió el borrador y eliminó RECONOCIMIENTO.

Se detuvo delante de LECTOR.

No la borró.

—¿Por qué deja esa? —preguntó alguien.

Greck dejó el borrador sobre la mesa.

—Porque esa no es una teoría.

Se volvió hacia ellos.

—Ha escrito.

Esperó un instante.

—Y nadie escribe para una habitación vacía.

Esta vez nadie tomó notas.

Greck recogió las dos hojas, volvió a alinearlas y las guardó dentro de la carpeta.

—No lo conocemos. No sabemos qué quiere. No sabemos qué hará después.

Cerró la carpeta.

—Pero ya ha cometido un error.

Una estudiante preguntó:

—¿Cuál?

Greck levantó la mirada.

—Necesitar a alguien al otro lado.

Fue hacia la puerta.

Una voz lo detuvo.

—¿Eso puede hacer que lo encuentren?

Greck dejó una mano sobre el pomo.

—Quizá.

Abrió la puerta, pero permaneció allí un instante.

—Aunque encontrar a alguien y comprenderlo no son la misma cosa.

Miró por última vez la palabra que había dejado en la pizarra.

LECTOR

—Y hay personas a las que les importa mucho más la segunda.

Salió al pasillo.

Había dado apenas dos pasos cuando se detuvo y volvió la cabeza hacia la sala.

—Recordad una cosa.

Esperó hasta que todos lo miraron.

—Tarde o temprano, alguien que necesita ser comprendido necesita un lector.

Y siguió andando.