El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Greck entró con una carpeta bajo el brazo y una hoja doblada dentro.

No abrió ninguna de las dos.

Fue directamente a la pizarra.

Escribió:

1852

Después se volvió.

—Febrero de mil ochocientos cincuenta y dos. Rennes, Francia.

Miró las primeras filas.

—Una mujer va a ser ejecutada. Una cocinera. Una criada. Una mujer que ha pasado casi toda su vida entrando y saliendo de casas ajenas.

Dejó la tiza.

—Y hay una pregunta que nadie puede responder con seguridad.

Esperó.

—¿Cuántas personas murieron por culpa de ella?

Alguien abrió el cuaderno.

Greck sonrió.

—Ah. Esa sí os gusta.

Volvió a la pizarra.

Debajo de la fecha escribió:

HÉLÈNE JÉGADO

—Los cálculos cambian según quién los haga. Hay muertes demostradas, otras sospechosas y otras que ya nunca podrán saberse.

Se apartó para que vieran el nombre.

—Y eso es precisamente por lo que me interesa.

Una voz preguntó:

—¿Porque mató a mucha gente?

Greck hizo una mueca.

—No.

Cogió de nuevo la tiza.

—Si lo único que os impresiona es el número, podéis cerrar el cuaderno e iros a leer el periódico.

Escribió una sola palabra:

INVISIBLE

—Me interesa porque durante años nadie vio una serie.

Se volvió.

—Vieron enfermedades.

Un dedo.

—Casas distintas.

Otro.

—Familias distintas.

Otro.

—Pueblos distintos.

Bajó la mano.

—Y muertos que no parecían tener ninguna relación entre sí.

Se inclinó ligeramente hacia ellos.

—¿Os suena?

Algunas cabezas se levantaron.

Greck sonrió.

—Bien.

Caminó hasta la mesa.

—Nace a principios de siglo en Bretaña. Pierde a su madre siendo niña y acaba creciendo dentro del servicio doméstico. Casas de otros. Cocinas de otros. Parroquias. Familias.

Abrió por fin la carpeta.

—Ese detalle me interesa más que casi cualquier otro.

Una estudiante preguntó:

—¿Porque aprendió a cocinar?

Greck levantó la vista.

—No.

La chica esperó.

—Porque aprendió a entrar.

Cerró la carpeta otra vez.

—Pensadlo.

Empezó a caminar frente a ellos.

—Una criada no llega como visitante.

—Pertenece a la casa.

Otro paso.

—Una cocinera toca lo que los demás van a consumir.

Otro.

—Conoce horarios.

Otro.

—Escucha conversaciones que no iban dirigidas a ella.

Se detuvo.

—Está dentro sin ser realmente de la familia.

Miró alrededor.

—Eso es una posición extraordinaria.

Alguien dijo:

—Poder.

Greck ladeó la cabeza.

—Acceso.

La palabra salió con satisfacción.

No la escribió.

—El poder viene después.

Volvió a la pizarra.

—Ahora fijaos en la carrera.

Escribió:

CASA → CASA → CASA

—No permanece siempre en el mismo sitio. Trabaja en una casa. Después en otra. Después en otra.

Tocó cada palabra con la tiza.

—Cambian los apellidos.

—Cambian los pueblos.

—Cambian las familias.

Se volvió.

—¿Qué no cambia?

Una voz respondió:

—Ella.

Greck señaló al alumno.

—Exactamente.

Debajo escribió:

CONSTANTE: JÉGADO

Se quedó mirando la frase.

—Y aquí viene una de esas cosas que me ponen de los nervios.

Sonrió antes de continuar.

—Porque nosotros vemos esto ahora.

Señaló la pizarra.

—Un siglo después. Con todas las casas colocadas una al lado de la otra. Todas las muertes reunidas. Todos los movimientos conocidos.

Abrió los brazos.

—Así cualquiera es brillante.

Algunos sonrieron.

Greck no.

—El problema de verdad es verlo cuando solo tienes una casa.

Borró dos de las tres.

Quedó:

CASA

—Una familia enferma.

Se encogió de hombros.

—Mala suerte.

Añadió otra.

CASA — CASA

—Otra familia.

Se volvió.

—¿Coincidencia?

Añadió una tercera.

CASA — CASA — CASA

—¿Y ahora?

Una voz respondió:

—Empieza a ser un patrón.

Greck levantó un dedo.

—No.

La respuesta desconcertó.

—Empieza a parecer un patrón.

Se acercó a las primeras filas.

—No os enamoréis nunca demasiado deprisa de una serie.

Dio un golpecito sobre la mesa.

—Una repetición puede ser un patrón.

Otro.

—O puede ser la forma que tiene vuestro cerebro de fabricar uno.

Volvió a la pizarra.

—El problema es saber cuándo cruzas esa frontera.

Miró las tres palabras.

—En el caso Jégado tardaron años.

La tiza quedó suspendida entre sus dedos.

—Y mientras tanto ella seguía moviéndose.

Una estudiante preguntó:

—¿Por qué no sospecharon antes?

Greck se giró con una expresión casi alegre.

—Muy buena pregunta.

Dejó la tiza.

—Porque las personas no investigan lo que creen entender.

Esperó.

—Si alguien enferma y el médico tiene una explicación, el problema termina.

Caminó hacia el centro.

—Si varias personas enferman en una región donde las enfermedades intestinales son frecuentes, existe otra explicación.

Extendió las manos.

—Y si después la criada se marcha y en la siguiente casa vuelve a ocurrir algo parecido…

Una pausa.

—Nadie en la primera casa está mirando la segunda.

Greck dejó escapar una breve risa.

—Ahí tenéis una de las grandes bromas de la historia de la investigación: el criminal puede moverse. Los expedientes, normalmente, no.

Varias personas escribieron.

Greck esperó a que terminaran.

—Eso sí merece la pena apuntarlo.

Volvió a la carpeta.

—Durante años, la medicina de la época tampoco podía resolver fácilmente lo que ocurría. Las herramientas existían o empezaban a existir, pero una herramienta científica que nadie aplica sirve aproximadamente para lo mismo que una cuchara en una autopsia.

Una risa pequeña recorrió la sala.

Greck sonrió.

—Al final empiezan a mirar de otra manera.

Se apoyó en la mesa.

—Y aquí cambia el caso.

Levantó un dedo.

—Ya no preguntan únicamente: «¿De qué murió esta persona?».

Otro.

—Empiezan a preguntar: «¿Qué tienen en común estas muertes?».

Bajó la mano.

—Dos preguntas distintas.

Miró la pizarra.

—Dos disciplinas distintas, casi.

Una voz preguntó:

—¿Y descubren que siempre estaba ella?

—Eso empieza a convertirse en el problema.

Greck volvió junto al nombre.

HÉLÈNE JÉGADO

—La casa cambia.

Escribió una línea.

—La víctima cambia.

Otra.

—El lugar cambia.

Otra.

—Incluso la explicación inicial cambia.

Después rodeó el nombre.

—Ella no.

Dejó la tiza.

—La constante estaba caminando de un expediente a otro.

Se quedó mirando el círculo.

—Y nadie había reunido los expedientes.

Durante unos segundos pareció olvidarse de la clase.

Después se volvió.

—Eso es lo que me fascina.

Una estudiante levantó la mano.

—¿El número de víctimas?

Greck casi se ofendió.

—No.

Señaló la pizarra.

—La estructura.

La palabra le salió distinta.

Más lenta.

—Un hecho aislado puede parecer una desgracia.

Otro.

—Dos pueden parecer mala suerte.

Otro.

—Tres pueden seguir teniendo explicaciones perfectamente razonables.

Se acercó al círculo.

—Pero llega un momento en que la repetición empieza a exigir otra pregunta.

Bajó la voz.

—¿Qué estamos mirando mal?

Nadie contestó.

Greck sonrió.

—Eso es mucho más útil que preguntar inmediatamente quién lo hizo.

Volvió a caminar.

—Y ahora llegamos al móvil.

Hizo una pausa.

—Mi parte favorita.

Alguien murmuró:

—Claro.

Greck lo oyó.

—Sí, claro.

Apoyó ambas manos en la mesa.

—Porque aquí es donde los libros empiezan a ponerse nerviosos.

Abrió la carpeta.

—Dinero.

Pasó una hoja.

—No explica el conjunto.

Otra.

—Venganza.

Negó.

—Tampoco.

Otra.

—Una víctima concreta.

Cerró la carpeta.

—Mucho menos.

Miró a los estudiantes.

—¿Entonces?

Nadie respondió.

—Exactamente.

Greck sonrió.

—No sabemos.

Escribió:

¿POR QUÉ?

Y debajo:

NO LO SÉ

Se apartó.

—Os parecerá una respuesta decepcionante.

Una estudiante negó.

—No.

Greck señaló hacia ella.

—Pues debería.

Algunas risas.

—Llevamos siglos fingiendo que, si conocemos suficientes datos sobre una persona, al final aparecerá una frase perfecta que explique todo lo que hizo.

Dibujó una línea imaginaria entre ambas expresiones.

—Infancia difícil.

—Pobreza.

—Religión.

—Celos.

—Dinero.

—Compulsión.

Fue diciendo las palabras como si fueran cartas que alguien hubiera dejado sobre una mesa.

—Elegid vuestra favorita y podéis escribir una biografía entera.

Se volvió bruscamente.

—Eso no significa que sea verdad.

La clase se aquietó.

—Podemos describir una conducta.

Señaló el nombre.

—Podemos estudiar repetición.

Señaló las casas.

—Podemos estudiar oportunidad.

El círculo.

—Podemos identificar una constante.

Después tocó con la tiza el interrogante.

—Pero el porqué…

No terminó.

Miró la palabra un momento.

—El porqué es otra cosa.

Una voz preguntó:

—¿Entonces el perfil no sirve?

Greck se volvió.

—¿Quién ha dicho eso?

—Si no puede explicar el motivo…

—No he dicho que no pueda ayudar.

Se acercó al alumno.

—He dicho que no debéis confundir una explicación plausible con una verdad.

Regresó a la mesa.

—Hay una diferencia enorme.

Abrió el cuaderno.

—Jégado nos permite ver algo que Denke no.

Levantó la mirada.

—Con Denke teníamos un hombre escondido detrás de una reputación.

Pasó una página.

—Con Jégado tenemos una mujer escondida detrás de una función.

Cerró el cuaderno.

—Cocinera.

Dejó que la palabra quedara ahí.

—Criada.

Otra.

—Cuidadora de una casa que no era suya.

Greck miró las primeras filas.

—No necesitaba parecer extraordinaria.

Sonrió.

—Necesitaba parecer exactamente lo que se esperaba que fuera.

Una estudiante frunció el ceño.

—¿Eso es lo que la hacía invisible?

Greck se quedó mirándola.

Esta vez no respondió enseguida.

—En parte.

Fue hasta la pizarra.

Debajo de INVISIBLE escribió:

NORMAL

Lo contempló.

—Lo extraordinario llama la atención.

Después añadió:

ESPERADO

—Lo esperado no.

Se apartó.

—Una cocinera en una cocina.

—Una criada cruzando un pasillo.

—Una mujer preparando una comida.

Levantó las manos.

—¿Qué hay que mirar?

Nadie contestó.

Greck bajó lentamente los brazos.

—Ese es el problema.

Volvió hacia el escritorio.

—A veces buscamos algo que destaque.

Cogió la carpeta.

—Una cicatriz.

—Una conducta extraña.

—Una persona fuera de sitio.

Cerró la carpeta contra su pecho.

—Y quizá deberíamos aprender a desconfiar también de lo contrario.

Una voz preguntó:

—¿De lo normal?

Greck sonrió.

—De lo que encaja demasiado bien.

La frase pareció gustarle.

La repitió más bajo.

—De lo que encaja demasiado bien.

Volvió a la pizarra una última vez.

Había quedado:

HÉLÈNE JÉGADO

CASA — CASA — CASA

CONSTANTE: JÉGADO

INVISIBLE

NORMAL

ESPERADO

¿POR QUÉ?

NO LO SÉ

Greck permaneció frente a todo aquello.

—No quiero que salgáis de aquí pensando que la lección es el veneno.

Se volvió.

—El veneno es circunstancia.

Señaló las casas.

—Tampoco las casas.

Después el nombre rodeado.

—Ni siquiera ella.

Apoyó la tiza.

—La lección es que una serie puede existir mucho antes de que alguien sea capaz de verla.

La sala permaneció atenta.

Greck cerró el cuaderno.

—Y que cuando por fin la vemos, cometemos un error muy humano.

Una estudiante preguntó:

—¿Cuál?

Greck miró otra vez todas las palabras de la pizarra.

—Creer que porque ya vemos el patrón también entendemos a la persona que lo creó.

Cogió la carpeta.

—No es lo mismo.

Fue hacia la puerta.

Antes de salir se detuvo.

—Mañana os voy a traer el problema contrario.

Varias cabezas se levantaron.

Greck sonrió.

—Un hombre que todavía no sabemos quién es…

Abrió la puerta.

—…pero que parece empeñado en que sepamos que existe.

Y salió.