Capítulo 14
Se reunieron un jueves por la tarde, los que quedaban del grupo, en la sala de siempre, con el café de siempre y la misma pared llena de mujeres mirándolos desde el corcho.
Veintitrés caras. Veintitrés maneras distintas de mirar a la cámara, y ni una sola razón, después de meses, para estar todas en la misma pared.
—Hoy no salimos de aquí hasta que entendamos una cosa —dijo—. Y no es dónde está. Es por qué estas. Por qué precisamente estas veintitrés y no otras.
Se levantó y fue hasta la pared. Empezó a señalar caras, una por una, sin orden, como quien reparte cartas.
—Mirad. Dieciocho años. Cincuenta y dos.
Treinta y siete. Cuarenta y uno. Veinticinco.
—Iba tocando fotos—. Una profesora. Una enfermera.
Una cajera. Una que no trabajaba. Una estudiante.
Rubias, morenas, una pelirroja. Delgadas, de complexión media o grande.
Altas y bajas. —Se volvió—. Decidme qué tienen en común.
Porque yo llevo meses mirándolas y no lo veo.
—Nada —dijo Brooks, sin levantar la vista del café—. No tienen nada en común. Ya lo hemos dicho mil veces.
—Pues hoy no me vale «nada». —Reynolds destapó un rotulador con los dientes—. Un repaso ordenado. Cada uno dice un criterio, lo miramos, y lo tachamos o lo dejamos. A ver si de tanto mirar el bosque se nos ha pasado un árbol. —Se plantó junto a la pizarra—. Empiezo yo. El pelo.
—El pelo, no —dijo Simmons, que ya tenía su lista abierta antes de que él terminara—. Hay de todo. Jessy lo llevaba suelto, ondulado. La de Kendall, por los hombros, muy oscuro. La profesora lo llevaba corto. No hay dos iguales.
—Fuera el pelo. —El rotulador chirrió—. La altura.
Marsh tardó en contestar. Era el de más edad de la sala y hacía las cosas a su ritmo: pasó fichas con un dedo que se humedecía en los labios, sin prisa, como si cada una pesara.
—Tampoco. De la más baja a la más alta hay dos palmos largos. Nada que agrupe.
—La raza.
—Nada —dijo Brooks—. Hay mujeres blancas, dos latinas y una afroamericana. Si busca una raza, es un desastre buscándola.
—El cuerpo.
—Igual. Hay una que era casi atleta y hay dos que pesaban lo suyo. La mayoría, normales. No colecciona un tipo de cuerpo.
—El oficio.
—Menos todavía. —Simmons repasó la lista con la punta del boli—. Y no se conocían entre ellas. Ninguna se cruzó con ninguna: ni gimnasio, ni médico, ni parroquia. Eso ya lo comprobamos. En ningún sitio.
El rotulador tachó otra línea. La pizarra ya tenía más cruces que palabras, y cada cruz era una puerta que se cerraba.
—Vale. Una que no hemos mirado bien —dijo Reynolds—. Qué llevaban puesto el día que desaparecieron. A lo mejor es eso: un color, una prenda. Buscad en las fichas.
Se hizo el silencio de cinco personas rebuscando a la vez: páginas pasando, ceniceros arrastrados, y nadie encontrando nada.
—Jessy iba con una sudadera gris —dijo Simmons, y se detuvo un segundo—. La madre lo repitió tres veces. La sudadera gris que ella odiaba y que Jessy se puso precisamente aquel día. Como si diera igual. Vaqueros. Zapatillas.
—La profesora, un vestido azul, de los clásicos —leyó Marsh, entrecerrando los ojos—. Muy de dar clase. Y en el bolso, exámenes a medio corregir. Los llevaba para el fin de semana.
—La enfermera salió del turno con el uniforme y encima una camiseta naranja de sport, para volver a casa —dijo Brooks—. La de Kendall, un vestido estampado. La viuda, ropa oscura. La estudiante, camiseta y vaqueros, como todas las de su edad.
Reynolds miraba la pared mientras se lo iban diciendo, esperando que algo hiciera clic. No hizo clic.
—Gris, azul, naranja, estampado, oscuro. Una de vestido, otra de uniforme, otra de vaqueros. —Tachó, casi con rabia—. Si colecciona por la ropa, colecciona el armario entero.
—¿Y los zapatos? —Brooks lo soltó pasando hojas, más por agotar la lista que por fe—. Ya que estamos.
Fueron mirando cada uno su ficha.
—Jessy, zapatillas. La profesora, zapatos de tacón bajo. La enfermera, sus zuecos blancos —fue diciendo Simmons—. La de Kendall, sandalias. La viuda, zapato cerrado.
—Otra vez de todo. —Reynolds asintió, y algo en su cara se afiló un segundo—. Los únicos zapatos que importan en este caso son los de él, que van siempre impecables. Guardadme esa idea, que es buena, pero es para otro rato. Volvamos a ellas.
Se apartó de la pizarra, ya casi cubierta de cruces, y se la quedó mirando con las manos en las caderas, como se mira un muro que no se deja escalar.
—Pelo, altura, raza, cuerpo, oficio, ropa, zapatos. Y en todo, lo mismo: variedad. —Bajó la voz—. Y a mí eso, en vez de tranquilizarme, cada día me da más miedo. Porque el patrón no está en ellas. Está en él. Y nosotros seguimos mirando a las mujeres.
—Espera. —Simmons se enderezó, y algo en su tono giró las cabezas—. Antes de dejarlas. Hay una que sí sabemos cómo la eligió. Ana. Está viva y nos lo contó. Empecemos por su caso.
—Adelante.
—Ana lo vio dos veces. La primera, le dio una moneda para el carro, justo cuando estaba deshecha porque no tenía suelto.
La segunda, apareció cuando se le partió la llave.
Las dos veces, en el momento exacto en que ella necesitaba una mano.
—Simmons marcó con los dedos, uno, dos—.
Dos veces seguidas no es suerte. La estaba vigilando.
Esperó a que tuviera un problema para aparecer siendo el bueno.
—Eso solo funciona si tenía una rutina —dijo Reynolds—. ¿La tenía? ¿Alguien lo comprobó?
Brooks levantó la vista despacio, y por primera vez en toda la tarde no había sorna en su cara.
—Eso es lo raro. Lo miré, porque pensé lo mismo.
Y no. Ana llevaba tres semanas divorciada.
Se acababa de mudar a ese barrio; antes vivía en la otra punta.
Era la segunda vez en su vida que pisaba ese centro comercial.
—Cerró la carpeta sobre la mesa—. No tenía rutina ahí.
No había un patrón que aprenderse. Y aun así, las dos veces que fue, él estaba.
El silencio que siguió fue distinto de los otros. Más quieto.
—Repite eso —dijo Reynolds.
—Que no la pilló por rutina, porque no la tenía. La seguía a ella. A ella en persona, fuera a donde fuera. —Brooks apoyó la mano abierta en la carpeta—. No vigilaba un sitio esperando a ver quién caía. Vigilaba a una mujer concreta.
—O —dijo Simmons, muy despacio— el patrón no está en lo que ellas son. Está en la forma en que él consigue entrar.
Reynolds se giró entero hacia ella.
—Explícate.
—Con Ana fue una moneda y después una llave. Con Marga, escucharla. Con Alicia, un libro. Con Perla, cederle el turno. No repite el gesto. Repite el resultado.
Reynolds miró otra vez la pared.
—Confían en él.
—Y cuando confían, él consigue acercarse.
Reynolds cogió el rotulador y, por primera vez en toda la tarde, en vez de tachar, escribió. Dos palabras, en mayúsculas, que se quedaron solas en lo alto de la pizarra:
CONFIANZA → ACCESO
—Esto sí —dijo, y dio un golpecito seco sobre las letras—. No busca una cara ni un cuerpo. Busca una forma de hacerse necesario. Si consigue confianza, consigue acceso.