Capítulo 13
El coche cruzó la verja del Freeman a media mañana.
Greck miró el edificio mientras se acercaban. Antiguo, apartado de la carretera, rodeado de jardines demasiado cuidados.
Por fin.
Bajó con una maleta pequeña y la carpeta pegada al cuerpo.
Una mujer lo esperaba en la entrada.
—Señor Greck.
Bajó dos escalones y le tendió la mano.
—Soy Helen.
—Por supuesto.
—¿El viaje ha ido bien?
—Perfectamente.
—Me alegro. Pase.
Dentro olía ligeramente a desinfectante y a madera encerada.
Greck miró alrededor.
Orden.
Eso fue lo primero que pensó.
Helen empezó a caminar y él la siguió.
—Aquí intentamos que los días tengan cierta estructura —dijo ella—. Ayuda mucho.
Greck sonrió.
—Estoy completamente de acuerdo.
Pasaron junto a una sala abierta. Había varias personas sentadas alrededor de una mesa. Una mujer hablaba; los demás escuchaban.
Greck redujo el paso.
—¿Trabajan siempre en grupos pequeños?
Helen miró hacia la sala.
—Depende del día.
—Es mejor así.
—¿Sí?
—Permite observar más.
Helen lo miró un instante.
—A veces sí.
Continuaron.
La biblioteca estaba al fondo de otro pasillo. No era grande, pero había libros suficientes para que Greck se acercara inmediatamente a las estanterías.
Pasó un dedo por algunos lomos.
—Voy a necesitar material que quizá no tengan aquí.
—Podemos intentar conseguir lo que necesite.
—¿Artículos también?
—Haga una lista.
Greck asintió.
—Excelente.
Helen lo llevó hasta una sala con una pizarra al frente y varias filas de sillas.
—Esta suele estar libre por la mañana —dijo—. Si quiere utilizarla, puede hacerlo.
Greck entró.
Miró la pizarra.
Las sillas.
La distancia entre la primera fila y la mesa.
—Sí.
Dejó la carpeta.
—Me servirá.
—Bien.
—Necesitaré tiza.
Helen señaló una caja sobre el borde de la pizarra.
—Ahí tiene.
Greck cogió una.
—¿Cuándo empezamos?
—Empiece cuando quiera.
Greck observó otra vez la sala.
—Mañana.
—Muy bien.
Helen se acercó a la puerta.
—Voy a dejarle instalarse. Vendré luego a ver cómo está.
—No hace falta que se preocupe por mí.
—Es mi trabajo.
Greck sostuvo su mirada.
—El mío también.
Helen no preguntó qué quería decir.
—Nos vemos después.
Y salió.
A la mañana siguiente, Greck volvió temprano.
Dejó la carpeta sobre la mesa, abrió el cuaderno y repasó las notas que había preparado.
Cuando llegó la hora, cerró el cuaderno y levantó la vista.
—A ver. Levantad la mano los que, si os cruzáis por la calle con un asesino de treinta personas, creéis que lo notaríais. Algo. Un escalofrío, una mala espina, lo que sea.
Esperó. Se levantaron algunas manos, dudando.
—Bien. Guardaos esa mano, y guardaos esa cara, porque al final de la clase os la voy a recordar.
Sonrió, y abrió el cuaderno grueso que llevaba siempre.
—Hoy os saco un perfil de mi libro. Y no es una teoría, no es un ejercicio: pasó de verdad.
Münsterberg, en la Silesia prusiana, lo que hoy es Ziębice, en Polonia.
La casa se abrió en diciembre de mil novecientos veinticuatro.
Apuntadlo, buscadlo esta noche si queréis, os espero mañana con la cara pálida.
En los manuales lo veréis con una etiqueta que a mí me hace gracia: el caso sin nada.
El aburrido. El que no tiene explicación.
—Se inclinó hacia ellos—. Yo os voy a enseñar todo lo que a esos manuales se les escapó.
Bajó la voz. La sala se inclinó con él.
—Empecemos por el niño. Siempre por el niño.
Una granja grande, muchos hermanos, mucho ruido.
Y en medio, un crío que no habla. ¿Me oís?
No que hable poco. Que no habla. Cinco años, seis años, y ni una palabra, mientras los demás gritan alrededor.
Los padres lo llevan al médico: ¿es sordo?
, ¿es tonto?, ¿qué le pasa a este niño por dentro?
—Hizo una pausa—. Y un día, por fin, habla.
Pero el que ha aprendido a vivir callado tantos años, ¿sabéis qué?
, ya no vuelve. Se queda ahí dentro. Es el peor de la clase.
El que sobra en el recreo. Y a los doce años hace por primera vez lo que hará toda la vida: se va.
Desaparece de casa. La policía lo pesca en un camino y lo devuelve.
A las dos semanas, otra vez. Lo devuelven. Otra vez.
Se enderezó de golpe.
—Y aquí viene lo que me pone de los nervios de los manuales.
Miran esto y escriben: nada relevante. ¡Nada relevante!
Un niño que no habla, que no encaja, que a los doce ya sabe borrarse de un camino.
—Golpeó el cuaderno con un dedo—. Ahí está el hombre entero, señores.
Ahí está ya todo. El que aprende de crío que desde el silencio se maneja mejor el mundo.
El que descubre a los doce que uno puede irse y que los caminos no preguntan tu nombre.
La desviación no cae de mayor, como un rayo.
Está en el niño. Siempre está en el niño.
Lo que pasa es que nadie mira a un crío callado y ve lo que va a ser. Yo sí. Por eso estáis aquí.
Dejó que se posara. Disfrutaba.
—Seguimos. Ese niño se hace hombre. Jardinero, oficio de manos.
Se instala en el pueblo. Y ahora agarraos, porque esto no os lo esperáis.
Se convierte en el hombre más querido de la comarca.
El que alquila cuartos baratos al que no tiene nada: al vagabundo, al que va de paso, al mendigo sin equipaje.
Les abre la puerta él mismo. Cama, comida, a veces gratis.
Los domingos toca el órgano en la iglesia, con los ojos cerrados, y las mujeres mayores lloran de lo bien que lo hace.
Lo llaman Papá. Sin ironía. Con cariño. Es la persona en quien más se confía en kilómetros a la redonda.
Levantó un dedo.
—Y esa confianza es la llave. Apuntadlo también.
Casi no se le oía ya.
—Porque mientras el pueblo duerme tranquilo sabiéndolo cerca, Papá hace dos cosas.
La primera os la digo sin adornos y seguimos: a los que entran por su puerta y no tienen quién los eche de menos, los mata.
Y no los entierra. Los aprovecha. Cura la carne en sal, en tarros grandes, como quien guarda cerdo para el invierno.
Y baja al mercado y la vende. Y la gente se la come, y le da las gracias, y le dice qué buen género traes siempre, Papá.
—Paseó la mirada por la sala, sin prisa—.
Con la piel hace correas. Tirantes. Cordones.
Cosas que uno se abrocha por la mañana sin pensar.
Convirtió a las personas en objetos de diario y los repartió por el pueblo, casa por casa.
Nadie respiraba. A Greck le encantó.
—Pero la segunda cosa es la que a mí me quita el sueño.
Llevaba un cuaderno. —Levantó el suyo, despacio, y volvió a dejarlo—.
No un diario. Nada de angustias, nada de arrepentimientos, nada de por qué lo hago.
Un libro de cuentas. Cada renglón, una persona.
El nombre, cuando lo sabía. La fecha. Y el peso.
Con una letra pulcra, ordenada, la misma con la que apuntaba la compra.
Una letra que no temblaba nunca. Página tras página, año tras año, mientras seguía tocando el órgano los domingos.
Llevaba la contabilidad de sus víctimas como quien lleva la del pan.
Se apartó de la mesa.
—¿Y cómo cae? Por casualidad, como casi siempre.
Uno que entra por esa puerta tiene la suerte que no tuvieron los otros: sale malherido y consigue pedir ayuda.
Abren la casa. Los tarros. Las correas. El cuaderno con la lista larguísima.
—Hizo la pausa más larga de la clase—. Y esa misma noche, en la celda, antes de que nadie pueda sentarse enfrente y preguntarle por qué…
se ahorca. Se va como se iba de niño por los caminos.
Sin explicaciones. Y el porqué se lo lleva entero. Para siempre.
Los miró, radiante y terrible a la vez.
Porque nos parte en dos y no nos deja unir las mitades.
El niño: ahí se ve venir la desviación, si uno se atreve a mirar.
El hombre: el cuaderno, la sal, el órgano.
Pero en medio, el motivo, el sentido, el para qué…
un renglón en blanco. Se lo llevó a la tumba y nos dejó a todos con la pregunta en la boca.
Bajó del todo la voz. Casi con dulzura, que es lo que hiela.
—Y ahora os devuelvo la mano que levantasteis al principio.
Los que creíais que lo notaríais. —Sonrió—.
No vino con cara de monstruo. Vino con las manos limpias, tocando el órgano, dando de comer al que no tenía nada.
Un pueblo entero lo llamó Papá durante veinte años.
Y para cuando alguien se atrevió a mirar de verdad dentro de aquella casa, la lista ya era muy larga.
—Cerró el cuaderno—. Esa es la lección. La única que os pido que no olvidéis nunca.
Silencio.
—Lo dejamos aquí.
Nadie se movió.
La puerta se abrió.
Helen asomó la cabeza.
—¿Qué tal ha ido?
Greck se volvió.
—Mejor de lo que esperaba.
—Me alegro.
Helen entró unos pasos.
Greck miró hacia las sillas.
—Son buenos.
Helen siguió su mirada.
—¿Sí?
—Algunos todavía se precipitan demasiado con las conclusiones.
—Bueno.
Helen sonrió.
—Tiene tiempo.
Greck recogió el cuaderno.
—Tenemos tiempo.
Helen no respondió a eso.
—¿Quiere utilizar la sala mañana también?
—Por supuesto.
—Entonces procuraré que pueda estar tranquilo por la mañana.
—Gracias.
—Intente descansar algo también.
Greck sonrió.
—Cuando terminemos.
Helen sostuvo un instante su mirada.
—Buenas tardes, señor Greck.
—Buenas tardes, Helen.
Ella salió.
Greck esperó a que sus pasos desaparecieran por el pasillo.
Después abrió otra vez el cuaderno.
En una página nueva escribió:
El acceso no se obtiene. Se concede.
Lo leyó una vez.
Luego cerró el cuaderno.