Capítulo 12
La sala de reuniones olía a madera encerada, café recalentado y tierra húmeda de una maceta que alguien acababa de regar.
En la pared, las veintitrés fotografías seguían formando aquel arco imperfecto que ya nadie en la comisaría era capaz de mirar como veintitrés casos separados.
El agente especial Thomas Mercer llegó cinco minutos antes de la hora.
Traía un maletín oscuro, un traje demasiado correcto para el calor de Florida y la tranquilidad irritante de quien no necesitaba demostrar que sabía de qué estaba hablando.
Reynolds esperaba otra cosa.
Un hombre del FBI dispuesto a explicarles todo lo que habían hecho mal.
Mercer dejó el maletín sobre la mesa y miró primero la pared.
No dijo nada durante unos segundos.
Después se volvió hacia ellos.
—Antes de empezar quiero dejar clara una cosa. He leído los veintitrés expedientes.
Brooks levantó las cejas.
—¿En el avión?
—Y en el aeropuerto. Y anoche.
Miró a Reynolds.
—El trabajo de reunirlos está bien hecho. Muy bien hecho. Nadie los había puesto juntos antes.
Reynolds no esperaba aquello.
—Gracias.
—No he venido a enseñarles su caso. Ustedes lo conocen mejor que yo.
Mercer se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla.
—He venido a añadir una forma distinta de mirarlo.
Simmons abrió la libreta.
Mercer volvió los ojos hacia la pared.
—Y quiero empezar por lo que más les molesta.
Brooks resopló.
—Tiene para elegir.
—No hay cuerpos.
Nadie dijo nada.
Mercer asintió.
—Exactamente.
Reynolds se cruzó de brazos.
—Veintitrés mujeres desaparecidas y ni una sola localizada.
—Veintitrés desaparecidas —corrigió Mercer.
—Eso he dicho.
—No exactamente.
Reynolds lo miró.
Mercer señaló las fotografías.
—Todavía no tienen veintitrés asesinatos. Tienen veintitrés mujeres que faltan.
La sala quedó en silencio.
—Sé lo que están pensando —continuó—. Yo también lo pienso. Pero una investigación empieza a estropearse en cuanto uno convierte una sospecha en un hecho porque la sospecha parece evidente.
Simmons escribió aquello.
Reynolds no.
—Entonces ¿qué hacemos con que no haya cuerpos? —preguntó.
Mercer se acercó a la pizarra.
Escribió una palabra.
DISPERSAR
Debajo, otra.
CONCENTRAR
Se volvió.
—Lo tratamos como una conducta.
Brooks miró la pizarra.
—Explíquese.
Mercer señaló la primera palabra.
—Supongan que una persona comete delitos en distintos lugares y deja cada consecuencia en un punto diferente. Una jurisdicción encuentra una cosa. Otra jurisdicción encuentra otra. Ninguna sabe que existe el resto.
Miró a Reynolds.
—Eso ya les ocurrió a ustedes con las desapariciones.
Reynolds asintió.
—Hasta que juntamos los expedientes.
—Exacto.
Mercer dejó el rotulador sobre la bandeja.
—Ted Bundy es un ejemplo útil. No porque crea que su hombre se parezca a Bundy. No lo sé y sería absurdo decirlo. Lo que me interesa es su movilidad. Distintos lugares. Distintas policías. Distintas piezas de una misma historia separadas por fronteras administrativas.
Simmons miró el mapa.
—Dispersar.
—Sí. Las fronteras son nuestras. Para él pueden no significar nada.
Mercer señaló la segunda palabra.
—Y después está lo contrario.
CONCENTRAR
—John Wayne Gacy utilizó de forma reiterada espacios que controlaba. Dean Corll también recurrió a lugares vinculados a su propia vida. Casos distintos, hombres distintos, motivaciones distintas. Lo único que quiero que miren es la conducta.
Golpeó la palabra con el dedo.
—Reducir el mundo. En lugar de depender de muchos lugares, depender de uno o de muy pocos.
Brooks miró otra vez las veintitrés fotografías.
—¿Y cuál cree que tenemos?
—No lo sé.
La respuesta llegó tan rápida que Brooks lo miró.
Mercer sonrió apenas.
—Acostúmbrense. Voy a decirlo bastante.
Reynolds señaló la pizarra.
—Pero una de las dos.
—Quizá.
—Eso no ayuda mucho.
—Ayuda más que enamorarse de la equivocada.
Mercer volvió a la mesa.
—No quiero que salgan de aquí cogiendo a Bundy, a Gacy o a cualquier otro hombre y pegándolo encima del suyo. Los ejemplos sirven para construir preguntas. No para fabricar respuestas.
Cogió una carpeta.
—Y ahora quiero enseñarles un tercer caso por una razón diferente.
La dejó sobre la mesa.
—Wichita.
Reynolds levantó ligeramente la cabeza.
—Kansas.
—Kansas.
Mercer escribió en una esquina de la pizarra:
1974
—Hace ocho años una familia fue asesinada en su casa.
No añadió detalles.
No hacía falta.
—Meses después apareció una comunicación de alguien que afirmaba ser responsable y que conocía información suficiente para que la policía tuviera que tomarlo en serio.
Debajo escribió tres letras.
B. T. K.
Brooks se acomodó en la silla.
—El de las cartas.
—Entre otras cosas.
Mercer señaló las iniciales.
—Lo importante hoy no es qué significan. Es que él mismo decidió tener un nombre.
Simmons frunció el ceño.
—Aunque no sepamos quién es.
—Exactamente.
Mercer escribió debajo:
RECONOCIDO ≠ IDENTIFICADO
Reynolds leyó la frase.
—Quiere que sepan que existe.
—Pero no quién es.
—¿Fama? —preguntó Brooks.
Mercer hizo una mueca.
—Puede ser parte. Pero «fama» nos permite dejar de pensar demasiado pronto.
Se acercó a las fotografías.
—Lo que sabemos es que alguien que podía permanecer completamente oculto decidió intervenir en la forma en que la policía y los medios entendían determinados hechos.
Se volvió.
—No le bastaba con que existieran. Quería que alguien supiera que estaban relacionados.
Reynolds miró las iniciales.
—Que vieran una serie.
Mercer lo señaló.
—Eso.
Simmons dejó de escribir.
—¿Y seguimos sin saber quién es?
—Seguimos sin saberlo.
Mercer volvió a mirar la pizarra.
—Eso es lo interesante. Puede ser reconocido como autor y continuar sin ser identificado como persona.
Reynolds se quedó mirando aquella ecuación.
Mercer continuó:
—Desde 1974 ha habido más hechos atribuidos al mismo responsable y más comunicaciones. La información ha ido cambiando. Su relación con la policía también.
Hizo una pausa.
—Por eso no quiero que miren sus veintitrés desapariciones como si hubieran ocurrido todas a la vez.
Fue hacia la pared.
Señaló una fotografía.
—La primera.
Otra.
—La quinta.
Otra.
—La décima.
Otra.
—La última.
Bajó la mano.
—Su hombre también tiene una historia.
—¿Una evolución? —preguntó Simmons.
—Exactamente.
Mercer regresó a la mesa.
—Ordenen los casos por fecha. No por condado, no por edad, no por ninguna teoría. Por tiempo.
Reynolds miró la pared de nuevo.
—¿Qué buscamos?
—Cambios.
Mercer contó con los dedos.
—Qué hacía al principio y deja de hacer después. Qué empieza a repetir. Dónde se arriesga más. Dónde se vuelve más cuidadoso.
—Una biografía —dijo Reynolds.
Mercer asintió.
—De decisiones.
Brooks señaló las iniciales de Wichita.
—¿Cree que el nuestro también quiere ser reconocido?
—No tengo ninguna prueba.
Otra vez, inmediata.
—Entonces ¿por qué nos cuenta esto?
Mercer miró a Brooks.
—Porque quiero que recuerden que no están investigando una fotografía fija. Están investigando años de conducta.
Señaló B. T. K.
—El hombre que la policía buscaba en 1974 no es exactamente el mismo problema que intenta resolver en 1982, aunque la persona pueda ser la misma.
Reynolds entendió.
—Aprende.
—Todos aprendemos.
Mercer borró las iniciales, pero dejó:
RECONOCIDO ≠ IDENTIFICADO
Después volvió a las dos palabras principales.
DISPERSAR
CONCENTRAR
—Volvamos a sus mujeres.
Brooks suspiró.
—Sabía que íbamos a terminar ahí.
—Siempre terminamos ahí.
Mercer abrió otra carpeta.
—Ustedes han construido el caso desde un lado.
Miró la pared.
—Veintitrés nombres sin cuerpo.
Simmons lo miró.
Mercer continuó:
—Ahora miren el problema al revés.
Reynolds tardó un segundo.
—Cuerpos sin nombre.
Mercer asintió.
—Jane Doe.
Brooks dejó de bromear.
—¿Cree que alguna puede estar ya localizada?
—Creo que no lo saben.
Mercer se sentó.
—Puede haber una mujer encontrada hace años que nunca fue identificada. En otro condado. Bajo otro expediente. Sin nadie que supiera que debía compararla con uno de estos nombres.
Reynolds miró las fotografías.
Por primera vez pareció ver otro tipo de pared posible.
No rostros.
Expedientes sin rostro.
—Nombres sin cuerpo —dijo Simmons.
—Y quizá cuerpos sin nombre.
Mercer juntó las manos.
—Crucen las dos listas.
—Eso puede ser una barbaridad de expedientes —dijo Brooks.
—Sí.
—Gracias por la delicadeza.
—Para eso me pagan.
Brooks lo miró.
—Empieza a caerme mal.
Mercer sonrió.
—Me han dicho cosas peores.
Reynolds seguía con la vista fija en la pared.
—Si encontramos una coincidencia...
Mercer levantó una mano.
—Entonces tendrán una coincidencia.
—Y un lugar.
—Sí.
—Eso puede decirnos si dispersa o concentra.
—Puede empezar a decirlo.
Reynolds lo miró.
Mercer sostuvo la mirada.
—No se adelante.
Reynolds sonrió sin humor.
—Últimamente me lo dicen mucho.
—Será por algo.
Simmons disimuló una sonrisa.
Mercer se levantó otra vez.
—Hay una última cosa.
Cerró la carpeta.
—Y esta es la parte que no sé resolverles.
Reynolds levantó la cabeza.
Mercer miró las veintitrés fotografías.
—Por qué ellas.
La habitación cambió.
No mucho.
Pero cambió.
Brooks fue el primero en hablar.
—Ya hemos mirado todo.
—No existe «todo».
—Edad. Raza. Trabajo. Barrios. Estado civil. Aspecto.
—Y no encuentran un grupo claro.
—Nada.
Mercer caminó lentamente frente al corcho.
—Eso no significa necesariamente que no haya criterio.
Se detuvo delante de Jessy.
—Significa que no han encontrado el suyo.
Reynolds lo observaba.
Mercer señaló la fotografía.
—¿Qué vio en ella?
Después señaló otra.
—¿Y en esta?
Otra.
—¿Y aquí?
Bajó la mano.
—Eso es lo que me interesa.
Simmons frunció el ceño.
—Usted nos ha hablado de conducta durante una hora.
—Porque eso puedo estudiarlo.
Mercer volvió a la mesa.
—Puedo preguntar qué decisiones necesita tomar un hombre para moverse entre condados. Puedo observar si cambia con el tiempo. Puedo comparar una conducta de dispersión con otra de concentración.
Miró otra vez las fotografías.
—Pero todo eso ocurre después de algo.
Reynolds entendió antes que los demás.
—Después de elegir.
—Exactamente.
Mercer cogió el rotulador.
Debajo de las otras palabras escribió:
ANTES
No añadió nada más durante unos segundos.
—Yo puedo intentar estudiar lo que hace después de elegir a una mujer.
Se volvió.
—Lo que no puedo decirles es por qué empieza por esa mujer y no por la que estaba a dos metros.
Nadie habló.
Reynolds miró a Jessy.
Marga.
Alicia.
Perla.
La viuda de Marsh.
Las demás.
Veintitrés.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Simmons.
Mercer dejó el rotulador.
—Buscan a alguien que sepa formular esa pregunta mejor que yo.
—¿Un psiquiatra? —preguntó Brooks.
Mercer se encogió de hombros.
—Tal vez.
—¿Psicólogo?
—Tal vez.
—Es usted muy útil con los títulos.
—El título me importa menos que la cabeza.
Mercer señaló la pared.
—Necesitan a alguien que mire esas fotografías y no empiece preguntando qué les pasó.
Reynolds lo miró.
—Sino qué vio él.
Mercer asintió.
—Eso.
Se acercó a la primera fotografía.
—Porque para nosotros son veintitrés mujeres muy diferentes.
Señaló otra.
—Para él, quizá no.
Otra.
—Puede que exista algo que las coloque dentro de la misma categoría.
La palabra quedó flotando.
Reynolds frunció el ceño.
—¿Categoría?
—Es una posibilidad.
—¿Qué clase de categoría?
Mercer negó.
—Si lo supiera, no estaríamos teniendo esta conversación.
Volvió hacia la mesa y empezó a recoger sus papeles.
—No busquen otro asesino para copiarle encima. No busquen una etiqueta porque les tranquilice tenerla. Busquen a alguien que pueda mirar las mismas veintitrés mujeres y hacerse una pregunta que nosotros todavía no sabemos formular bien.
Brooks miró el corcho.
—Eso suena muy fácil cuando lo dice usted.
—Nunca he dicho que lo sea.
Mercer cerró el maletín.
Parecía dispuesto a marcharse.
Reynolds seguía mirando la palabra escrita en la pizarra.
ANTES
—Mercer.
El agente se volvió.
—¿Sí?
—Si encuentra a alguien así...
Mercer esperó.
—¿Me llama?
—Claro.
—Aunque sea un loco.
Mercer miró otra vez las veintitrés fotografías.
—Especialmente si sabe hacer la pregunta correcta.
Cogió la chaqueta.
Antes de salir señaló la pared una última vez.
—Ordenen los casos por fecha. Revisen las Jane Doe. Y no conviertan una teoría en evidencia solo porque encaje demasiado bien.
Después se fue.
Durante unos segundos ninguno habló.
Simmons fue la primera en levantarse.
Cogió el teléfono.
—Empiezo por Broward.
Brooks buscó otra línea.
—Palm Beach y los rurales para mí.
Reynolds no se movió.
Seguía mirando las fotografías.
Veintitrés mujeres.
Hasta aquella mañana había pensado que la pregunta era qué les había ocurrido.
Mercer acababa de poner otra delante.
Mucho más difícil.
¿Por qué ellas?
Reynolds se acercó al corcho.
Jessy.
Marga.
Alicia.
Perla.
Distintas edades.
Distintas vidas.
Distintas caras.
Y, sin embargo, alguien había mirado a cada una y había tomado la misma decisión.
Esta.
Esta también.
Esta también.
Reynolds intentó encontrarlo.
Una característica.
Un gesto.
Algo.
No vio nada.
Solo mujeres.
Quizá ese era precisamente el problema.
En algún lugar, dentro de la cabeza de un hombre al que todavía no podían nombrar, aquellas veintitrés fotografías pertenecían a la misma clasificación.
Y Reynolds no sabía leerla.